ANTONIO VALENCIA CUADERNOS DE ARTE DIRIGIDOS POR VICENTE CACHO VIU RAMON D. FARALDO ANTONIO VALENCIA ATENEO MADRID 1 9 5 7 LAS OBRAS REPRODUCIDAS FUERON PRESENTADAS EN LA SALA DEL PRADO, DEL ATENEO DE MADRID, DEL 25 DE MARZO AL 7 DE ABRIL DE 1957 ESTA COLECCION ESTA PUBLICADA POR LA EDITORA NACIONAL YO SOY PARTIDARIO, lo confieso, de que el hombre se parezca a sí mismo en todo lo que hace, incluso en arte. Prefiero reconocer la vida en lo que veo, reconocer todo lo que en ella puede inspirarme algo intenso, cariño, enardecimiento o ganas de comer. Comprendo que mi punto de vista es más semejante al de un perro que al de un pintor metafí- sico, por ejemplo, pero los pintores metafísicos se encuen- tran tan seguros de sí mismo que no se les puede tomar en serio, especialmente al por mayor. Y así, me entusiasma ver en la pintura seres humanos, territorios, bichos, herramientas, sucesos, mucho más que nebulosas, estructuraciones, hiperboloides, etc. Quiero decir que me basta con lo que ignoro, y que si no sé casi nada, tampoco pretendo saber más, pues ya me cuesta bastante entender lo que veo y llamar por su nombre a las cosas que creo conocer. También me ocurre que conozco íntimamente a muchos de los que exploran el subconsciente y la abstracción, y como los conozco, sé que son iguales a mí mismo, y que lo que procede de ellos y yo no entiendo, es porque tienen ganas de enga- ñar, de fastidiar o de jugar. Después de todo, no sé de nada más abstracto que el servicio doméstico o que una pareja de enamorados paseando por ahí. Esta "posibilidad de reconocer" es la primera razón que me atrae en la pintura de Antonio Valencia: la cuestión previa. Aún no sé nada de sus cuadros. Los veo, simplemen- te. Es como el mo- mento en que un des- conocido da por pri- mera vez la mano a otro que va a ser su amigo. La aparien- cia de su rostro me es simpática. El ros- tro engaña, pero a veces el alma engaña más. Sabía una frase de Gide sobre este asunto, pero la he ol- vidado. Luego empiezo a observar con calma, y siento que las ra- zones de mi adhesión son más profundas. Desconfío de ellas, pues he com- probado que los grandes embustes suelen presentarse con un aspecto muy profundo. Ahora, si trato de explicár- melas, me doy cuenta de que esta pintura me atrae por unas cuantas cosas como éstas. Primero, porque me intriga. Me hace formularme preguntas. Me digo, por ejemplo: ese es un ser humano, tiene párpados y brazos como yo, pero, ¿por qué su piel posee color de plata y su cuerpo es inarticulado como una montaña? Eso es mar y aquello espacio, pero, ¿por qué el mar es tan negro y el espacio rojo como una quemadura?... O sea, me intriga, pero siempre sé por qué y en donde estoy. Pretende asombrarme, pero no demasiado. Me deja siempre algo para mí. Encuentro intolerable esa clase de pintura en que la cantidad de estupor exigida al que la contempla es tan desmesurada que hay que asfixiarse en él para creer en él. Segundo: me gusta porque puede ser una aventura, pero no es, en todo caso, una experiencia. Hoy se viene llamando experiencia a muchas asquerosidades, que, even- tualmente, pueden titularse también "libertad creadora del artista", "sinceridad", "mensaje" y otros sonidos gra- maticales de la misma ambigüedad, como si la pintura no la hicieran los pintores, sino los oradores de las sectas espiritistas. Por lo que a mí se refiere, ya tengo bastantes experiencias; ahora deseo conclusiones o aventuras vivi- das, por lo menos. Las aventuras se diferencian de las experiencias en que no se satisfacen con conclusiones provisionales. Quieren ir más lejos, aceptan un riesgo mayor; ponen en juego más cosas. La aventura, en el caso de Valencia, consiste en buscar "una realidad con- creta y comprobable". El riesgo es encontrarla o no. La "experiencia" evitaría probablemente la realidad y nos llevaría a un mundo en el que podríamos hallarnos tan cerca del infinito como de la farsa. Tercero: porque no es fiel al espíritu de su época. Esta fidelidad al espíritu de la época es una frase que repiten muchos iluminados, aunque cada uno ve la época como conviene a sus asuntos. Es chocante que se hable tanto del espíritu de una época que, en arte, se ha formado con la más descarada mezcla del arte de todas las épocas. Lo que hace Valencia no pretende esa fidelidad. Puede pertenecer a la prehistoria, al futuro o al presente, pues no intenta ser fiel, sino ser verdadero. Cuarto: me gusta porque no se propone ser universal. La universalidad era deseable y meritoria cuando los hombres pintaban vacas dentro de una cueva; pero des- pués de la invasión de nuestro planeta por las publica- ciones de Skira, que han puesto la universalidad a precio de almacén, es más decente ser de donde es uno: pro- vincia, aldea, caserío o villorrio, y no hacer nada por disfrazarse de Marco Polo. Estos cuadros no dejan lugar a dudas en cuanto a lo que representan, de dónde vienen, la naturaleza del hom- bre que los engendró, su pueblo, su raza. Y esto está bien; es lo que impide que el arte se parezca a la Agencia Cook y a los paquetes de correos que van de un lado para otro porque uno se olvidó de timbrarlos y de escribir el 'remite'. Quinto: porque no es arte angustiado. Puede contener dolor legítimo, legítima soledad, amor o desafío, pero no angustia. Esa confidencia sonrojante en labios de un varón: "Estoy angustiado", no es la de esta pintura. Yo opino que sus colores no se alimentan de alarmas femeninas en época gestante. Lo que revelan es el puño y la dignidad de un hombre biológicamente entero. Sexto: porque no me hace pensar en Picasso. Supongo que un artista-pintor nacido en Colombia puede genui- namente enlazar con el arte de sus mayo- res. Si alguien ve aquí floraciones pi- cassianas, es porque Picasso se inspiró en formas originales de aquella tradición. Tal vez sea necesario no confundir un proble- ma de estética con un problema de san- gre. Por este camino se acabará diciendo que el hombre de Al- tamira se encontraba influido por Picasso. Y séptimo: porque es una pintura que no entiendo del todo, pero sé que no es por culpa suya, sino más bien mía. Pienso que ser hombre equivale a tierra, a casa, a querer algo que vive y algo que ha muerto; y me digo, que este pintor viene de un país donde los elementos no se confunden con las buenas costumbres, y el bosque, la tierra y la atmósfera conservan su personal grandeza, su peligro, su misterio. Aquí todo ha acabado por ser como nosotros queremos, pero allí muchas cosas son aún como les da la gana, hay más kilómetros de extensión salvaje que animales racionales, la tierra experimenta temblo- res y los movimientos atmosféricos y fluviales se parecen a nuestras guerras. Es comprensible que un hombre nativo de estos climas vea como sucesos naturales lo que a mi me parece misterioso, y que sean ciertos, o verosí- miles, el riego sanguíneo del espacio y los mares como pieles de lobo. Me han dicho que allá nacen esmeraldas y café, y la nieve convive con el petróleo. Puede que se reproduz- can las mismas convivencias en los cuadros de este pintor y que proceden de ahí sus verdes vitreos, sus rojos-caribe y las demás propiedades de su paleta. El orden rígido de sus formas es tradicional en el pueblo que creó uno de los primeros dibujos antropológicos, y lo creó con útiles cortantes. Un pintor colombiano tiene derecho a usar un pincel como si usase un hacha. Por lo mismo, no deben extrañarnos los tonos que visten a sus persona- jes. Debe pensarse que hay lugares en que el color no se utilizó como maquillaje y sí como distintivo sagrado o como traje de fiesta. Si alguna vez estos rostros se nos antojan máscaras, imaginemos lo que parecerían nuestros rostros a las criaturas pintadas por Valencia. En resumen, ésta es una pintura igual a un hombre, con su cuerpo, su presencia peculiar, su tez originaria, su aire de familia. Nos instruye sobre unas gentes y unas costumbres, y nos ofrece sin disimulo, con líneas claras y penetrantes colores, todo lo que puede hacerla más o menos grande. Quiero decir, todo lo que puede hacerla honorablemente humana. LAMINAS I. Las mujeres de los pescadores. II. Maternidad doble. III. Las espectadoras. IV. Aguadoras. V. El campo. VI. Diálogo de pescadores VII. El boga. VIII. María. IX. Mujeres junto al mar. X. La llamada. Este vigésimoprimero número de los Cuadernos de Arte del Ateneo de Madrid, se terminó de imprimir en ALTAMIRA Bravo Murillo, 31, Madrid, el día 23 de marzo de MCMLVII FOTOS: BALMES COLECCION "CUADERNOS DE ARTE" 1. El niño ciego de Vázquez Díaz Vicente Aleixandre 2. La pintura de Alfonso Ramil Adriano del valle 3. Luis María Saumells Vicente Marrero 4. La pintura de Ortiz Berrocal José María Jove 5. El escultor José Luis Sánchez Ángel Ferrant 6. José María de Labra, pintor Miguel Fisac 7. Vaquero Turcios en sus dibujos Luis Felipe Vivanco 8. Jesús Núñez, aguafortista Manuel Sánchez Camargo 9. Luis García Bustamante José Hierro 10. Osvaldo Guayasamín José María Moreno Galván 11. Antonio Quirós José de Castro Arines 12. El escultor Mustieles Alejandro Núñez Alonso 13. La pintura de Ortega Muñoz José Camón Aznar 14. Pablo Serrano, escultor a dos vertientes Enrique Lafuente Ferrari 15. Will Faber Eduardo Westerdahl 16. Las arpilleras de Millares C. L. Popovici 17. La pintura de Juan Guillermo Rafael Morales 18. Francisco Arias Jesús Suevos 19. María del Carmen Laffón Eduardo Llosent y Marañón 20. Rafael Canogar José Luis Fernández del Amo 21. Antonio Valencia Ramón D. Faraldo ANTONIO VALENCIA nació en Circasia (Colombia), en 1923. Estudió pintura en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá. En esta ciudad fundó y dirigió la revista de arte Plástica. Ha viajado por la mayoría de los países de Europa y Africa del Norte. Ha expuesto en varias ciudades de su país y de España, en la Bienal de Venecia (1951) y en la primera y tercera Bienal hispanoamericana de Arte celebradas en Madrid y Barcelona. En esta última obtuvo, en compañía de otros pintores colombianos, el Gran Premio de Pintura a la aportación de un país.