FRANCISCO MATEOS cuadernos de arte DIRIGIDOS POR VICENTE CACHO VIU JUAN ANTONIO GAYA NUÑO FRANCISCO MATEOS ATENEO MADRID 1 9 5 7 LAS OBRAS REPRODUCIDAS FUERON PRESENTADAS EN LA SALA DE EXPOSICIONES DEL ATENEO BARCELONES, DEL 30 DE MARZO AL 12 DE ABRIL DE 1957 ESTA COLECCION ESTA PUBLICADA POR LA EDITORA NACIONAL VED todos la sencilla manera que la tradición utiliza para abocar a una pintura resuelta y naturalmente novecentista, tan novecentista como la de Francisco Mateos. Porque tra- dición -y no otra cosa- es la dicción de rico y optimista color que consuela y encubre el desaso- siego de sus criaturas. Así lo hacían nuestros hombres del siglo XVII al pintar un martirio; así nuestro Goya al enhebrar sus extraordinarios sarcasmos. Martirios y sar- casmos que continúan siendo temario para todo el arte europeo de la despistada mitad de siglo, la que, por ese mismo despiste, entiende que lo dramático y siniestro, lo atormentado y dañado, lo doliente y angustioso, ha de ser dicho con negruras y regrisados. Pero contra este error de concepto, la pintura española enarbola su brioso color. Y la línea programática de Francisco Mateos, sevillano, paisano de Murillo y de Valdés Leal, compatriota de todos los mejores especialistas en martirios y de todos los más impávidos coloristas de nuestro arte, corrobora la adhe- sión a lo tradicional. Ciertamente, el espectador de esta exposición de Francisco Mateos puede argüir que no hay en su pin- tura tales martirios ni cuáles dolencias. Pero la fácil con- testación la trae la obra del artista. Porque cuando un hombre cuenta más de medio si- glo de vida y casi otro tanto de pin- tura, significa que nada ha improvi- sado, que todo su mundo anda provisto de una sangre y un ambiente pro- pios, que poseen ya una especial costumbre de actuar y de vivir o morir. Bueno fuera que tratáramos de descu- brir ahora al maestro Francisco Mateos, cuando hace tanto tiempo que fué llamado maestro, y con tan derecha ra- zón, en París o en Munich. En estas ciudades, y en otras muchas de la vieja Europa, y en otras más de la ya casi vieja América, quedan aureoladas con el estricto aire museal que merecen sus gentezuelas absurdas, miedosas, grotescas, con perenne propensión a enmascarar sus debi- lidades, sus desgracias y sus mezquinas suertes. Mateos procuraba siempre una solicitud de enmascaramiento a sus criaturejas, apiadado por la severidad que las movía de uno a otro lado. También es un arbitrio viejo en nuestra mejor pintura éste de permitir disfraces. Sí, de verdad. Pero así como las máscaras de Solana no llega- ban a cubrir su horrenda y cansina tristeza, las de Mateos acertaron a simular joviali- dad, al amparo de ese espléndido co- lor que tiene mu- cho de goyesco y no menos de sevi- llano. Un color que juega los ama- rillos de mayor pureza posible y los carmines que casi saben a naran- ja. Con su riquísi- ma paleta, podía Francisco Mateos ordenar lo que quisiera a sus alocadas gentezuelas, con la seguridad de que seria obedecido. Hace algún tiempo, con motivo de su exposición ante- rior, Mateos me anunció que había mudado de manera, que había asumido un nuevo estilo. No lo creí, porque no podía ser cterto. Digo más: que habría considerado delictivo que hubiera algo de verdad en ello. Y no había verdad. Lo ocurrido, simplemente, se reducía a que las gentezuelas insensatas, las criaturejas vestidas de opulen- tos colores, habían dejado de jugar a enmascararse y pre- ferían mostrar sus bienes y sus males abiertamente, como cualquier quisque de carne y hueso. Y ahora, en esta exposición, han asumido un aire resignado y frontal, con sólo un mínimum de los gestos subrepticios y alocadillos a que andaban acostumbradas. Ni Mateos ha cambiado el estilo que le granjeara estimación dentro y fuera de fronteras ni podía hacerlo. Sus cria- turillas le son fie- les, pero en tanto él les continúa fiel. Ni ellas ni nosotros le tolera- ríamos lo contra- rio. Y, natural- mente, el color continúa con la opulencia -casi pudiéramos lla- marla histórica, a fuer de continua- da tradición-, sin la que apenas pu- diéramos concebir la pintura de Ma- teos. Los amarillos soberbios, los carmines claros, los ver- des incisivos, los ocres extrañamente sugeridores, algún azul oportunísimo. Todo ello conjugado en un barroquismo al que basta algún pequeño conjuro para convertirse en sín- tesis prieta. Algunos paisajes interferidos entre estos personajes quietos y resignados, seguramente resignados porque ya no tienen derecho a enmascararse, les proveen del ámbito míseramente ideal para reposar durante todas las horas y minutos del menudo drama que se adivina. No podía ser de otro modo. Cuando una pintura ha optado por acercarse de modo tan resuelto a una humanidad en- deble y pesimista, el paisaje, el Edén y el Hades que se les prepara no puede ser sino este raro, anfibio, pelado esce- nario que arma su progenitor, Francisco Mateos. No hay moraleja, ni resolución, ni siquiera fin, en este menudo drama, que tanto ha cuidado alejarse de la anéc- dota. Con tal de no recaer en ésta, Mateos no escati- ma afectos, gestos, chillidos, gritos. Pero cuando pu- diera parecer cer- cano el desenlace, éste se queda en buena y pura plás- tica. La buena, pura, precisa plás- tica de todo un pintor español, ab- solutamente inje- rido por nuestro tiempo, manifies- tamente in curso en la tradición es- pañola, pintor de antaño, de hoy y de mañana, hombre batido, hombre triunfador, hombre triunfado. Sencilla- mente, un pintor de 1950. El lo ha declarado: "Tenía que ser pintor vivo -pero no artesano de primores-, porque durante el medio siglo pasado estuve en medio de la vida viviendo". Viviendo, mirando, viendo, trabajando, y todos los mil gerundios capaces de expresar la postura del hombre comprensivo del gran espectáculo de la Humanidad y de su Humani- dad. Por eso es por lo que la postura de Francisco Mateos, pese a la enormidad numérica y a la diferencia- ción de su mundo protagonista, jamás se convierte en un satírico ni en un burlador. Es un amigo bienintencio- nado de sus modelos, de los modestos paisajes que les convienen, de las vestiduras de que les provee, de las florecillas o de los vasos de vino que les brinda. Sin saña, sin segunda intención. Su expresionismo es el más cariñoso que jamás haya conocido muñeco movido por pintor. Pero en lo que se engaña Mateos es en su certificación negadora de ser un artesano de primores. Quiéralo o no lo quiera, lo es. Y su obra, un lejano primor colorista en vieja y buena gama de absoluto pintor. Sus criaturi- llas, las que ya han desistido de enmascararse, lo saben tan bien como nosotros. LAMINAS I. Galicia. II. El vino. III. Espiguitas. IV. Muchachitas. V. Mercadillo. VI. Campesinas. VII. Cacharros. VIII. La gallinita. IX. Las frutas. X. El río. Este vigésimosegundo número de los Cuadernos de Arte del Ateneo de Madrid, se terminó de imprimir en ALTAMIRA Bravo Murillo, 31, Madrid, el día 29 de marzo de MCMLVII FOTOS: BALMES COLECCION "CUADERNOS DE ARTE" 1. El niño ciego de Vázquez Díaz vicente aleixandre 2. La pintura de Alfonso Ramil adriano del valle 3. Luis María Saumells vicente marrero 4. La pintura de Ortiz Berrocal josé maría jove 5. El escultor José Luis Sánchez ángel ferrant 6. José María de Labra, pintor miguel fisac 7. Vaquero Turcios en sus dibujos luis felipe vivanco 8. Jesús Núñez, aguafortista manuel sánchez camargo 9. Luis García Bustamante josé hierro 10. Osvaldo Guayasamín josé maría moreno galván 11. Antonio Quirós josé de castro arines 12. El escultor Mustieles alejandro núñez alonso 13. La pintura de Ortega Muñoz josé camón aznar 14. Pablo Serrano, escultor a dos vertientes enrique lafuente ferrari 15. Will Faber eduardo westerdahl 16. Las arpilleras de Millares c. l. popovici 17. La pintura de Juan Guillermo rafael morales 18. Francisco Arias jesús suevos 19. María del Carmen Laffón eduardo llosent y marañón 20. Rafael Canogar josé luis fernández del amo 21. Antonio Valencia ramón d. faraldo 22. Francisco Mateos juan antonio gaya nuño FRANCISCO MATEOS nació en Sevilla. Estudia libre en Madrid. Empieza a trabajar como dibujante en España con D. José Ortega y Gasset; colabora en La Esfera, Nuevo Mundo y Gil Blas, de Madrid, y en Hojas Selectas de Barcelona. Pensionado por el Estado español en Alemania, Francia y Bélgica, estudia pintura y grabado en la Escuela de Bellas Artes de Munich. Pone en escena, en colaboración con el pintor alemán Willy Geiger, teatro clásico español, en el teatro Nacional muni- qués. Hace figurines para la U. F. A. en Berlín. En París realiza pinturas murales para la Universidad de la Sorbona, siendo nombrado decorador oficial de la misma. Es uno de los pintores españoles que figuran en la llamada Escuela de París. Poseen cuadros suyos los Museos de Arte Moderno de París, Nueva York, Cleveland, Pittsbourg; en el Museo Real de Bruselas y en el de Arte Contemporáneo de Madrid.