ANTONIO LOPEZ GARCIA CUADERNOS DE ARTE DIRIGIDOS POR JOSE LUIS TAFUR JOAQUÍN DE LA PUENTE ANTONIO LOPEZ GARCIA Y SU TIEMPO ATENEO MADRID 1 9 5 7 LAS OBRAS REPRODUCIDAS FUERON PRESENTADAS EN LA SALA DEL PRADO, DEL ATENEO DE MADRID, DEL 3 AL 20 DE DICIEMBRE DE 1957 ESTA COLECCION ESTA PUBLICADA POR LA EDITORA NACIONAL LA vida se nos escapa de las manos insensiblemente. Creemos en nuestra juventud-, hasta tanto otra más fresca no aparece a la mirada, atónita por tan insoñable novedad. Nos hace mayores o vie- jos la fragancia. Vemos las pausas de los propios pasos en presencia de mayores premuras e inquietudes. Entonces caemos en la cuenta de que algo cambia en torno a nosotros. Que nosotros no somos ya la única esperanza. En ese momento, no carente de drama, asoma lúcido un interrogante, y, si alguna generosidad nos queda, hacemos el mejor de los esfuerzos por entender. Entender un arte, una vocación, supone plantearse el problema con el mayor de los rigores, con el atrevimiento filosófico reclamado por el más puro de los sentidos matemáticos de lo moderno. Los factores están ahí: un hombre con todo cuanto de común tienen los hombres, un hombre que no debe confundirse con ninguno de los hombres; un arte con todo lo común de las artes, un arte diferenciable de las demás de las artes; un tiempo pleno de comunidades con otros tiempos —idos o venideros—, un tiempo distinguido de cualquier tiempo real. Y el término hombre implica dos factores más: el de las con- diciones personales —aptitudes— para la tarea vocacional- mente elegida y el de la postura —actitud— frente a los otros elementos del engranaje vital. Postura y aptitud nacen parcialmente con el individuo, son consecuencia de la naturaleza física y espiritual del mismo, pero también podemos considerarlas como bienes adquiribles, de sarro- llables, o a determinar por la más íntima circunstancia, la historia cotidiana del hombre que las posee o habrá de poseerlas. Un hombre puede saber de todos los hombres por el mero hecho de serlo él. Un hombre es un misterio para los otros, lo mismo que éstos lo son para él. Luego, un hombre necesitará de algo —el arte, por ejemplo—, para referirse o decirnos cuanto sabe de los hombres. Para indagar lo que desconoce de los hombres e inquirir y explicar cuanto no sabe y puede conocer de sí. Todas las artes sirven a este fin. La elegida en la ocasión presente se llama pintura y ella, que en adelante será el portavoz y la realidad del hombre, habrá de encararse con el tiempo. El tiempo, que no lo es todo, sí es al menos la clave con que se cierra la curva problemática, el que nos entrega el hombre-acto capaz de sustentar valores. Supongamos uno de esos casos, verdaderos en la hipó- tesis. Imaginemos en los días en curso la resurrección de un Velázquez que olvidó que él fué Velázquez. Su con- textura física y espiritual sería, al nacer un 6 de enero de 1936 —nos importa sea la fecha del nacimiento de Antonio López García— la misma que cuando le bauti- zaron en la Sevilla del 6 de junio de 1599. Pues bien, a estas alturas, el año pasado no habría tenido a su hija Francisca. (Si tenía novia, buscaría piso.) No estaría casado con Juana Pacheco, porque hoy los maestros no pasean a sus hijas por la Escuela de Bellas Artes. En su primerísima juventud no habría oído hablar con demasía de Rafael o de Miguel Ángel. Nadie nos negará que atronaría sus oídos acaso su propio nombre, el del Veláz- quez del xvii; o el de Picasso del xx: Lo gracioso es que, una vez más, a lo mejor, hubiera repetido aquello de que prefería ser "el primero en la grosería que el segundo en la delicadeza". Es decir, que no habría querido seguir a Picasso y tampoco a Velázquez. La hipótesis, perfectamente lícita, nos alecciona por dos vertientes. El lado que ahora nos interesa se refiere a eso que se llama circunstancia y que a mí me ha venido en gana denominar tiempo, en cuanto factor inexcusable a referir hoy al caso de Antonio López García. Antonio López García, soltero, natural del Tomelloso y de veintiún años de edad, que cumple ahora su servicio militar en el Ejército del Aire, que acaba de salir de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando con notas cali- ficadoras brillantes, conoce la historia inmediata a nosotros, de tanto peso sobre nosotros, de oídas o por la machaco- nería periodística de los con poca imaginación. Ya sabe- mos que la historia es algo vivo, pero, con la mejor de las intenciones, podemos afirmar que todas esas cosas, para Antonio López García, son letra escrita, con toda la efica- cia de la letra escrita en la que se cree, o no se cree. Es letra demasiado escrita como para que constituya esa absoluta realidad requerida para el impulso creador inédito. Un hombre de tal edad, si se encuentra con la angustia será como algo injustificable en la historia de su vida. Si topa con el odio, quizá no sepa de su origen. Si halla la confusión, ignorará los intereses creados. Si cruza con la superficialidad, puede pregunte dónde podrá uno diver- tirse en serio, esto es, de verdad y mucho. Si le llaman al orden, dirá que hay tanto que ordenar que bien puede esperar un poco él. Si le hablan de la deshumanización del arte, contestará que todavía no ha podido prescindir de sí, que no sabe si merecerá la pena prescindir de sí. Las respuestas de un hombre de mi edad hubieran sido otras. El tono de los mayores quién sabe si rezumaría decepción y desengaño. La postura de Antonio López García dice bien a las claras que la exigencia de su tiempo, del minuto vivo de la vida actual, no es la apetencia des- humanizadora de la primera postguerra, el apetito de clasicismo de los años veintitantos, la aventura abstracta- que vuelve y explica a la primigenia razón del cuadro, o el expresionismo formalista vibrante de colores. A la lógica, con el tiempo, la sustituye la personalidad. Si toda la madurez hubiera sido joven, en estas calendas ya al mundo lo veríamos de acuerdo. No se entienden los más grandes pensadores de la humanidad porque perdieron la rigidez lógica de la infancia. Vibran contra sí las gene- raciones inmediatas, porque la lógica juvenil repugna lo arbitrario de lo personal. No entienden los niños a sus mayores. De poder, ya discutirían los actos y las palabras paternos. La juventud grita y se desangra siempre por servir a la justicia, porque le hierve en el alma la fuerza de su lógica. El niño y el joven siempre miran con ojos atónitos, sin pestañear. La vida es una sorpresa brutal y algunas veces una auténtica locura. El tiempo de Antonio López García está loco. Es un absurdo poco edificante. No sabe ni lo que quiere: Tiene más miedo que vergüenza y le da pánico tener vergüenza. De ahí que Antonio López García al conjugar un tiempo que le toca, que no es él, que no lo ha hecho él, no tenga miedo de exponer tanta vergüenza. A nadie habrá de apetecerle tener la facha de los personajes de Antonio. ¡Hace tanto tiempo que no nos atrevemos a mirarnos sinceramente al espejo! No tiene miedo ni vergüenza porque la juventud afronta inconscientemente los peligros, porque ella no es responsable de nada de cuanto se la obliga a vivir. Sabe lo que quiere: vivir. Sabe lo que ve: la vida. Sabe lo que quiere por la apasionada hondura de su juvenil querer. Sabe lo que ve: el disparate —¡buen profeta fuiste, Goya!—, porque sus ojos están muy abiertos por la extrañeza, el asombro y quién sabrá si también por el espanto. ¿Se ha impuesto en los jóvenes decir la verdad? ¿Im- pone la hora de hoy hacer arte testimonial? ¿Realmente testifica nuestros días el arte de Antonio López García? A la vista de sus obras cada cual piense lo que le conven- ga, que eso es lo que se piensa, lo que a cada uno cree que le conviene. Ahí están los últimos cuadros de Antonio López García... Antonio López García, pintor manchego —acordémonos de las desventuras de Alonso Quijano el Bueno—, pintor español hasta por los apellidos. I. La madre. II. La casa. III. El matrimonio. ««¦"• >mm liíiit \ . g:^ ..." ÍT' ,.: -5. IV. Matrimonio joven. iilisiíiiili¡§íisii VI. Niña muerta VII. Tres mujeres. VIII. La nevada y los naipes. IX. Bodegón en Nochebuena. X. Los novios. Este vigésimosexto número de los Cuadernos de Arte del Ateneo de Madrid, se terminó de imprimir en ALTAMIRA Bravo Murillo, 31, Madrid, el día 2 de diciembre de MCMLVII FOTOS : BALMES 1. El niño ciego de Vázquez Díaz vicente aleixandre 2. La pintura de Alfonso Ramil Adriano del valle 3. Luis María Saumells vigente marrero 4. La pintura de Ortiz Berrocal josé maría jove 5. El escultor José Luis Sánchez ángel ferrant 6. José María de Labra, pintor miguel fisac 7. Vaquero Turcios en sus dibujos luis felipe vivanco 8. Jesús Núñez, aguafortista mAnuel Sánchez camargo 9. Luis García Bustamante josé hierro 10. Osvaldo Guayasatnín josé maría moreno galván 11. Antonio Quirós josé de castro arines 12. El escultor Mustieles alejandro núñez alonso 13. La pintura de Ortega Muñoz josé camón aznar 14. Pablo Serrano, escultor a dos vertientes enrique lafuente ferrari 15. Will Faber eduardo westerdahl 16. Las arpilleras de Millares c. l. popovici 17. La pintura de Juan Guillermo rafael morales 18. Francisco Arias jesús suevos 19. María del Carmen Laffón eduardo llosent y marañón 20. Rafael Canogar JOSÉ luis fernández del amo ' 21. Antonio Valencia ramón d. faraldo 22. Francisco Mateos juan antonio gaya nuño 23. Rubio-Camín, o la madura juventud L. FIGUEROLA-FERRETTI 2 4. Santi Sutás jaime ferran 25. Galicia Barnett D. Conlan 26. Antonio López García Joaquín de la Puente /ANTONIO LÓPEZ GARCÍA nació en Tomelloso (Ciudad J. V Real) el 6 de enero de 1936. Su primer y único maestro fué el pintor manchego Antonio López Torres. Realiza sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Expone en la Sala de la Dirección general de Bellas Artes con el pintor Lucio Muñoz y los escultores Julio y Francisco López, 1955. Viaja por Italia con una bolsa de viaje que le concede la Delegación Nacional de Educación. Participa en la Exposición Viajera del Ateneo de Madrid "Arte Joven", en la Exposición de pintores manchegos, en las Nacionales de Bellas Artes de 1955 y 1957. En esta última se le concede el premio de la Diputación de Jaén. Es la primera Exposición individual que realiza en Madrid. Figuran obras suyas en Colecciones de Madrid, Portugal, Brasil y Nueva York.