ISABEL SANTALÓ CUADERNOS DE ARTE DIRIGIDOS POR JOSE LUIS TAFUR CABALLERO BONALD ISABEL SANTALÓ O «LA MORAL CONSTRUÍDA» ATENEO MADRID 1958 LAS OBRAS REPRODUCIDAS FUERON PRESENTADAS EN LA SALA DEL PRADO, DEL ATENEO DE MADRID, DEL 12 AL 26 DE MAYO DE 1958 ESTA COLECCION ESTA PUBLICADA POR LA EDITORA NACIONAL HE llegado frente a la pintura de Isabel Santaló en una clara mañana, cerealmente encendida de rubias y azules candelas. ¿Qué es, en primer lugar, lo que se resiste a establecer una inicial comunicación entre estos sobrios lienzos inquietantes y mi personal actitud receptiva? ¿Acaso no puedo soslayar el recuerdo de aquellos arranques pictóricos de Isabel, de aquella primitiva modestia con que la pintora iba desvelándose sus propias limitaciones? Creo, sin embargo, que me equivoco. Entre los utensilios y los inesperados hallazgos que encuentro ahora en este taller, el tiempo ha ido depositando algo así como un servicial poso de experimentación y de encarnizado aprendizaje. Pero yo sé que hay algo que me impide promover una primera y elemental correspondencia entre el mundo de esta pintura y mi capacidad de asimilación. Existe aquí una especie de frontera temporal, un muro de arisca y difícil turbación plástica, que sólo me deja ver su confusa resultante creativa. Poco a poco asisto al descubrimiento de unos lienzos tímidamente, honestamente cerebrales, broncos y tiernos a la vez, que parecen luchar por desembarazarse de su propia y fervorosa fabricación. Me doy cuenta que hay un manantial de palpitante luz fluyendo de algún sitio, no sé si del ventanal que azulea en lo alto o de aquel resquicio de un lienzo sin terminar que ya empieza a vivir sobre el caballete. Isabel Santaló está frente a mi, al lado de sus cuadros, formando con ellos una unidad ascética y emprendedora, dependiendo entre sí como la oculta veta de agua y su manar. Isabel Santaló viste de negro, y pienso que también hay detrás de su pintura un riguroso y amargo color negro agazapándose entre sus vislumbres cromáticos. Pero aún no he podido llegar a identificarme con lo que miro. Súbitamente siento cómo me estoy acercando a algo que no es todavía, concretamente, la pintura de Isabel Santaló, pero que sí la presupone, al menos en su interno proceso constructivo, en su adivinatorio esquema conceptual, En una mesa, bajo el ofertorio de las cándidas tonalidades del sol, hay un recipiente plano, de madera. sobre el que se agrupan y amasan unas determinadas materias puras. Isabel Santaló fabrica aquí sus propios colores, los junta y los reciennace con una amorosa sabiduría, laborando con tierras y aceites artesanos. A través de esta tabla, a través de esta alumbradora alquimia de elementos pictóricos, los cuadros de Isabel empiezan ahora a cobrar, no sé por qué, una paciente pureza conmovedora, torpe y sabia al mismo tiempo, igual que el depósito del liquen sobre las tejas. Se me van mostrando entonces con diáfana prudencia todas y cada una de las razones de la intuición de la pintora. Sospecho que Isabel Santaló no se trazó ningún planteamiento preconcebido al realizar estos cuadros, sino que fué intuyendo sus soluciones a medida que los inventaba. Es lógico imaginar que ella misma se habrá ido encontrando, a lo largo de un lento proceso de acuciantes sorpresas, con todo un constructivo sistema de intuiciones. Tal vez su posible filiación con un abstractismo formal no sea otra cosa que una simple necesidad inconsciente de expresar aquellas sorpresas, coincidiendo casi inesperadamente en el procedimiento. Pero estos problemas no me importan ahora demasiado. Es curioso representarse cronológicamente la evolución de la pintura de Isabel Santaló. Entre aquellas iniciales cabezas de niños y las últimas abstracciones —que acaso no lo sean nunca del todo— han transcurrido seis, ocho años. ¿Qué entraña el desarrollo lineal de esta pintura? En principio, parece evidente que hay una soterrada continuidad unificando las dispares intenciones de todos esos lienzos. Es innegable que el pincel es ahora menos minucioso, más liberado de femeninos temores y de preocupadoras enseñanzas; el color se ha purificado en algún juego imaginativo, violentándose en una lúcida y áspera materia; las formas están ya distendidas en un contorno de superficies planas, insistentemente reñidas con el halago, casi atónitas en su rudimentaria y valerosa artificialidad. Pero, en el fondo, existe un constante y abarcador encadenamiento relacionando unos cuadros con otros. Las naturales mudanzas están concordándose desde los primeros lienzos hasta los últimos, de tal forma que lo que en un retrato suponía una concreta realidad física lo sigue siendo ahora, incluso dentro de su abstracta evasión hacia lo poético, quiero decir hacia lo más real. También las referencias con la Naturaleza continúan definiendo esta pintura; pero lo puramente figurativo ha venido a transformarse en una desarbolada y patética red de ensoñaciones, donde es lo entrevisto quien tiene una más decisiva representación externa. Cuando se ha conseguido una personal identificación con estos cuadros, puede también adivinarse el temple humano de quien los fué construyendo. Isabel Santaló ha trabajado mucho y delante de mucha soledad, de una soledad febril, casi avarienta, poblada de contradictorios imperativos, de entrañables callejones sin salida. Isabel Santaló ha vivido sus cuadros cada mañana, soñándolos desde mucho antes de realizarlos, sin darse demasiada cuenta de ello, viéndose materialmente reproducida en cada pincelada, retratándose ella misma a través de una larga serie de adivinaciones y de súbitas consecuencias creadoras. No es fácil intentar un traslado literario de esta pintura. Para narrarla es preciso no ir hacia ella, sino venir de ella, sin los impedimentos de su técnica o de su variable fortuna como tal obra de arte. Uno regresa de estos cuadros con un cierto y misterioso regusto conventual, con una especial suerte de compleja melancolía. Entre los límites de cada lienzo, cualesquiera que sean sus propósitos, se nos está instituyendo siempre un supuesto de virtud, un inconcreto temor de romper alguna armonía plástica, algún silencio necesario, alguna momentánea paz. A la vista de estos cuadros no puedo evitar el pensamiento de haber participado en un hermoso peligro. Una mirada más, un esfuerzo más para abarcar todo el sentido de esta pintura, y su organizada y trémula intuición, su casi espontáneo universo, quedarán truncos. Todo lo que es Isabel está reproducido, inscrito en su pintura, abasteciéndola de moral, por así decirlo, y justificando incluso la buena ley de sus posibles equivocaciones. Porque su pintura, habla con palabras reales y también habla con palabras soñadas. Esos toros de nocturna tragedia, esas cabezas ciegas que no miran a parte alguna, esos colores que ya son sólo formas, ¿no sobreviven acaso como turbias transfiguraciones de la realidad, como deformadas memorias del sueño? Decía Stendhal —y recordaba Baudelaire— que "la pintura no es más que moral construida". Y eso es, en definitiva, lo que pretenden ser los cuadros de Isabel Santaló. Que ya es un ambicioso programa. LÁMINAS I. Figura. II. Toro. III. Dos figuras. IV. Cabezas, V. Jinete. VI. Toros. VII. Figura y perro VIII. Composición. IX. Dos figuras con toro. X. Composición. Este trigésimocuarto número de los Cuadernos de Arte del Ateneo de Madrid, se terminó de imprimir en ALTAMIRA Bravo Murillo, 31, Madrid, el día 10 de mayo de MCMLVIII FOTOS : BALMES COLECCION "CUADERNOS DE ARTE" 1. El niño ciego de Vázquez Díaz vicente aleixandre 2. La pintura de Alfonso Ramil adriano del valle 3. Luis María Saumells vicente marrero 4. La pintura de Ortiz Berrocal josé maría jove 5. El escultor José Luis Sánchez ángel ferrant 6. José María de Labra, pintor miguel fisac 7. Vaquero Turcios en sus dibujos luis felipe vivanco 8. Jesús Núñez, aguafortista manuel sánchez camargo 9. Luis García Bustamante josé hierro 10. Osvaldo Guayasamín josé maría moreno galvan 11. Antonio Quirós josé de castro arines 12. El escultor Mustieles alejandro núñez alonso 13. La pintura de Ortega Muñoz josé camón aznar 14. Pablo Serrano, escultor a dos vertientes enrique lafuente ferrari 15. Will Faber eduardo westerdahl 16. Las arpilleras de Millares c. l. popovici 17. La pintura de Juan Guillermo rafael morales 18. Francisco Arias jesús suevos 19. María del Carmen Laffón eduardo llosent y marañón 20. Rafael Canogar josé luis fernández del amo 21. Antonio Valencia ramón d. faraldo 22. Francisco Mateos juan antonio gaya nuño 23. Rubio-Camín, o la madura juventud l. figuerola-ferretti 24. Santi Surós jaime ferrán 25. Galicia barnett d. conlan 26. Antonio López García joaquín de la puente 27. Manuel Hernández Mompó luis garcía-berlanga 28. Carnet de viaje de Rosario Moreno josé hierro 29. Los hierros de Martín Chirino josé ayllón 30. Noticia de Bruno Saetti enrique lafuente ferrari 31. El expresionismo de Fernando Mignoni m. ballester cairat 32. La poética ingenuidad de Pepi Sánchez condesa de campo alange 33. El pintor José Vento josé maría moreno galván 34. Isabel Santaló, o «la moral construida» .......................................caballero bonald ISABEL SANTALÓ es el nombre artístico de Isabel Martínez Ruiz, que nació en la ciudad de Córdoba. Estudia pintura en las Escuelas Superiores de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, en Sevilla, y de San Fernando, en Madrid. Expone en varias exposiciones colectivas y hace dos exposiciones individuales en la Sala Clan de Madrid. En la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1957 le es otorgado el premio de la Diputación Provincial de Albacete. También en el año 1957 es pensionada para un viaje de estudios en Italia.