CRISTINO DE VERA CUADERNOS DE ARTE DIRIGIDOS POR JOSE LUIS TAFUR LUIS TRABAZO CRISTINO DE VERA ATENEO MADRID 1959 LAS OBRAS REPRODUCIDAS FUERON PRESENTADAS EN LA SALA DEL PRADO, DEL ATENEO DE MADRID, DEL 17 DE ABRIL AL 2 DE MAYO DE 1959 ESTA COLECCION ESTA PUBLICADA POR LA EDITORA NACIONAL Depósito legal M 3.159-1959 Cristino de Vera no ha cumplido la treintena. Es canario de nacimiento, no sé de qué isla, y espigado, bastante alto. Hombre pausado, sosegado, nada frenético; lo cual no quiere decir que la procesión no le ande por dentro; pues él, como cada quisque, tiene sus inquietudes, artísticas y de las otras, las humanas de todo ser viviente. Muchas cosas le acucian a Cristino, amén de la pintura: muchas cosas que podrían inclinarle a correr. Pero sabe estarse, no quieto, pero sí al paso conveniente, y no hace como tantos otros, que andan tras se ignora qué presa, como lobos hambrientos. Cristino marcha a su paso. A su paso. No se atosiga. Por lo mismo, tampoco se traiciona. Mi primer contacto con la pintura de Cristino de Vera fué obra del azar. Yo recibo catálogos, pero no siempre los veo. Iba por la calle, de paso, y vi un anuncio en la puerta de una galería madrileña. Me parece que conocía algo el nombre, por haber visto un catálogo pegado en la cartelerilla que tienen en el Café Gijón, y creo que también un escrito en los periódicos, donde se explicaba que el artista era discípulo de Vázquez Díaz. Mas esto no me invitaba nada, porque yo apenas confío en los discípulos —que a menudo suelen vender y hasta crucificar al maestro— y varios casos recientes me hacían sospechar lo último, Entré en la galería. Estaba la sala desierta. Vi unos cuadros grises, azulados, con unos toques de tierras y leves carmines. Como un fino color de pizarra lucense animada por tímidos musgos. ¡Y piense usted ahora en las Canarias y en la distancia que hay a Lugo! ¡Qué cosas éstas del arte! Unas figuras alargadas, secas, de mujeres hierá-ticas, de hombres hieráticos. Una mujer con los brazos levantados, tiesos, tiesa. Los pies plantados, rígidos, muy abiertos. Como una inmensa A mayúscula, toda la mujer. Otra mujer con una escoba. La escoba: un trazo vertical u oblicuo, no puedo recordarlo. Pero, sí que era algo que partía y ordenaba el espacio del cuadro. Una nueva mujer sentada, muy metida en sí misma, con la cabeza hincada en el pecho, y la espalda inclinada: una espalda muy recta, muy derecha en su inclinación, como la escoba. Unos hombres también. Unos bodegones. He dicho: unos bodegones. La palabra bodegones —tan resobada— aquí resulta equívoca. Era algo —unos frutos, o un cesto, o un trozo de pan...— Pero todo tan parvo, tan escaso y meramente indicado, que se reducía más bien a un simbolismo. Se acordaba uno de los símbolos religiosos del pan y el vino; se acordaba uno de algo conventual, claustral. Miré despacio aquellas pinturas: la materia era ligera, seca. Al óleo del pigmento parecían haberlo dejado reducido a su mínima expresión. Se lo habrá quitado —pensé— con el clásico secante. La impresión seca era agradable. Austera. Daba un mate jugoso. Nada empalagoso. Enjuto y apagado. Estaba dada la pasta con toques pequeñitos, unidos unos a otros sin llegar a fundirse, dejando miligramos o diezmiligra-mos de tela al aire, dejando entrever la tela; pero todo muy bien tejido, como si el pigmento fuera, él también, otra tela encima de la tela. Es curioso la influencia que, el puro hecho de poner la pintura en la superficie, tiene sobre el ánimo del espectador. Aun sin haber figuración se siente la presencia de algo vivo: se siente en forma de vibración. La mujer sentada, metida en sí misma, me dejó una indeleble impresión. Un cestillo que había sobre una mesa —casi no era una mesa—. sobre una faja horizontal, me conmovió igualmente. Unas fiorecillas. Florecillas en un búcaro. Unas florecillas, no: unas man-chitas blancas, grises, sonrosadas. Todo muy leve. En la mano de alguna de aquellas mujeres, tampoco me acuerdo de cuál, otra flor: una flor como la copa de un pequeñísimo cáliz. Estuve un buen rato saboreando aquello, y luego salí. En la calle hacía frío. La noche era muy limpia. Anduve despacio, deseando, sin embargo, llegar a un café, pues tenía frío. Me retenía en la calle cierta íntima impresión, recibida de las pinturas de Cristino. Pinturas religiosas —pensaba—. He aquí la verdadera pintura religiosa. No sabía yo entonces quién podía haber pintado aquello. No conocía aún personalmente a Cristino de Vera, y no podía imaginármelo como es. Pensaba con todo, en cómo sería el hombre. Este hombre tiene espiritualidad —recuerdo que me decía. Se me venía a las mientes mucha pintura hecha con fines religiosos. Se me venían también en ciertas esculturas —no diré de qué escultor, pero vive aún—, hechas con el deliberado propósito de exaltar la espiritualidad. Deliberado propósito... Me repugna ese misticismo convencional —me digo a veces—. ¡Qué cosa más antipática! Y hasta se diría que tiene un fondo siniestro. La parábola de Jesús sobre los sepulcros blanqueados, no sé por qué, acude a la memoria. La pintura de Cristino era otra cosa: tenía vida; y mucho menos cálculo. Lo que no quiere decir que se despreciase la composición: al contrario, una gran preocupación por ella parecía mostrar el pintor. Pero la secreta fuente estaba en otro sitio, en el mismo lugar del corazón. Vida... Días después conservaba el propósito de escribir una nota en "Indice" sobre Cristino. Otras ocupaciones lo impidieron. Vinieron nuevas exposiciones. Me ocupé de ellas. Cristino fué no olvidado, pero sí preterido. No quería hablar de él a la buena de Dios; precisamente porque aquel pintor me había interesado. Hablaré en el número que viene. En el otro. Pasó más de un año. Entremedias recibí —o encontré entre la correspondencia amontonada sin leerla todavía, no pude precisarlo— unas letras del artista, invitándome a ver su obra, pues, según me decía, leía mis críticas y me gustaría que viese aquélla. No me fué posible ir. Así, hasta que el otro día llamó Cristino: —Venga usted a "índice", si le parece bien, y así podremos charlar un rato. Vino. Vi al hombre. No me lo figuraba exactamente así; no me lo figuraba, por ejemplo, rubio y con ese ligero ceceo canario, sino que me lo figuraba, mejor, castellano. Pero en seguida fué él mismo. Obra y hombre coincidían admirablemente. Cuando me pidió, con algo de temor, si yo quería hacerle la presentación para las monografías que viene publicando el Ateneo, en seguida le dije que sí: —Cuente con ella. Me aburre, la verdad, ver tanta y tanta exposición. Es como una plaga de pintores: la nueva plaga bíblica, pues siempre tiene que haber una para purgar nuestros pecados. Es una proliferación que abruma. La atención no da para tanto. Pero Cristino de Vera, no era masa; Cristino no era plaga. El domingo 22 de febrero de este año, a eso de las cuatro y media, para que hubiera luz —decía el pintor—, fuimos al estudio. Fuimos andando; y, andando, hablamos un poco. Se habla muy a gusto con Cristino. Ya dije que no se apura. Subimos al estudio, que está en un tercero o cuarto: un par de habitaciones alquiladas en un piso habitado por una familia. Encendió la luz eléctrica. La ventana estaba cerrada. Vi un mundo de cuadros colgados por las paredes, telas en el suelo, rotas o dobladas, de cuadros pintados y desechados: un gran tumulto. El espacio era pequeño para tanto cuadro. Un caballete no muy grande. Una paleta no muy grande. Pocos trebejos de pintura. Ningún adorno. Creo que un cacharro de barro para poner unas flores, tirado, sin flores, entre las telas. Unas flores de papel sobre un saliente de la pared. Fui mirando los cuadros. Cristino decía, de cuando en cuando, una breve palabra para explicar sus intenciones. A medida que iba mirando, el tumulto se ordenaba. El orden estaba en los cuadros, dentro de ellos, la ventana seguía cerrada. —No sé para qué nos hacía falta la luz del día —pensé, y se lo dije a Cristino. Fué a abrir la ventana. —No la abra aún; ya lo hará. Me estuve saturando del espíritu que por allí vagaba. El espíritu, como el orden, estaba allí, también en los cuadros, más aún que en las palabras. —Pintura religiosa —volví a decirme—. Y: ¿qué es lo religioso? Una mujer muy larga, sentada de frente, completamente de frente, como en ciertas pinturas góticas, tenía los ojos bajos, mirando hacia una blanca florecilla que sostenía entre sus manos. Profunda serenidad. Concentración profunda de la figura. Ensimismamiento Ensimismamiento... Pero no, con todo, alejamiento; no misantropía; no odio a la vida; no odio a sí mismo; no odio a la flor, ni a cosa ninguna. Amor. Amor a las cosas, en la forma de aquella pequeña y humilde flor. Amor a los seres vivos. Caridad, en suma. Eso es: caridad de buena ley, y un silencio adecuado. Vi también dos o tres retratos: —Los pinto —me dice Cristino— para disciplinarme; y para evitar el amaneramiento. El contacto con la realidad y con el hombre vivo enriquece siempre. Y luego, vuelvo a lo mío: —¿Le parece monótono? —No me cansa esta monotonía; porque hay un alma aquí. Aquí hay compañía. Aquí están los campos lejanos; en la figurilla, aunque sólo sea, de esa casi imperceptible flor; aquí está el trabajo del hombre; en la figura escueta de ese cesto de secos mimbres; y aquí está también el sentido cotidiano —y eterno— de la vida cotidiana, de la vida de hogar, en la imagen de esa vulgar escoba que, en las manos graves y serias, compasivas también, de la mujer, parece un cetro: una fuente de orden y de secreta armonía. Hago con el mayor gusto esta presentación de Cristino de Vera, que desde hace poco tiempo es ya para siempre uno de mis mejores amigos. Confío en que su obra habrá de durar; pues es de ley y tiene un hondo sentido humano. Que la obra y que el autor maduren y sazonen hasta alcanzar "la plenitud de su perfección", es cuanto yo deseo a la obra y al amigo. Así lo espero y así sea. LÁMINAS I. Bodegón. II. Cesta y noche. III. Muchacha de brazos en alto. IV. Mujer con cesto en soledad. V. Mujer de la rosa roja. VI. Muchacha con flor. VII. Mujer y noche. VIII. Cabeza. IX. Retrato. X. Crucifixión. Este cuadragésimo séptimo número de los Cuadernos de Arte del Ateneo de Madrid, se terminó de imprimir en ALTAMIRA Bravo Murillo, 31, Madrid, el día 17 de abril de MCMLIX FOTOS: BALMES COLECCION "CUADERNOS DE ARTE" 1. El niño ciego de Vázquez Díaz vicente aleixandre 2. La pintura de Alfonso Ramil adriano del valle 3. Luis María Saumells vicente marrero 4. La pintura de Ortiz Berrocal josé maría jove 5. El escultor José Luis Sánchez ángel ferrant 6. José María de Labra, pintor miguel fisac 7. Vaquero Turcios en sus dibujos luis felipe vivanco 8. Jesús Núñez, aguafortista manuel sánchez camargo 9. Luis García Bustamante josé hierro 10. Osvaldo Guayasamín josé maría moreno galvan 11. Antonio Quirós josé de castro arines 12. El escultor Mustieles alejandro núñez alonso 13. La pintura de Ortega Muñoz josé camón aznar 14. Pablo Serrano, escultor a dos vertientes enrique lafuente ferrari 15. Will Faber eduardo westerdahl 16. Las arpilleras de Millares c. l. popovici 17. La pintura de Juan Guillermo rafael morales 18. Francisco Arias jesús suevos 19. María del Carmen Laffón eduardo llosent y marañón 20. Rafael Canogar josé luis fernández del amo 21. Antonio Valencia ramón d. faraldo 22. Francisco Mateos juan antonio gaya nuño 23. Rubio-Camín, o la madura juventud l. figuerola-ferretti 24. Santi Surós jaime ferrán 25. Galicia barnett d. conlan 26. Antonio López García joaquín de la puente 27. Manuel Hernández Mompó luis garcía-berlanga 28. Carnet de viaje de Rosario Moreno josé hierro 29. Los hierros de Martín Chirino josé ayllón 30. Noticia de Bruno Saetti enrique lafuente ferrari 31. El expresionismo de Fernando Mignoni m. ballester cairat 32. La poética ingenuidad de Pepi Sánchez condesa de campo alange 33. El pintor José Vento josé maría moreno galván 34. Isabel Santaló, o «la moral construida» caballero bonald 35. José Caballero ramón d. faraldo 36. Trinidad Fernández gerardo diego 37. La pintura de Gerardo Rueda m. sánchez-camargo 38. La fase austera de César Manrique juan antonio gaya nuño 39. Lucio Muñoz francisco saenz oiza 40. Cárdenas ramón d. faraldo 41. El arte de Vaquero josé camón aznar 42. Manuel Rivera luis gonzález robles 43. La escultura de Venancio Blanco antonio manuel campoy 44. Eva Fischer joaquín vaquero 45. José Guinovart c. rodríguez-aguilera 46. Pancho Cossío josé hierro 47. Cristino de Vera luis trabazo CRISTINO DE VERA nace el 15 de diciembre de 1931 en Santa Cruz de Tenerife, estudia en el taller del pintor Vázquez Díaz y en la Escuela de San Fernando de Bellas Artes de Madrid. Expone en la Sala Sagra, en colectivas. Y en los años 55 y 57 exposiciones individuales, en la Sala Alfil. Concurre a la Bienal del Mediterráneo en Alejandría, sus obras son expuestas en Grecia, Turquía, etc. Es seleccionado para el Festival Internacional de Arte de San Sebastián, para la exposición «20 años de pintura española contemporánea» en el Palacio de la Fox de Lisboa. Cuadros en diversas colecciones de España y extranjero y en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid.