DISCURSO PRONUNCIADO POR EL ILMO. SEÑOR D. JOSE MORENO NIETO EL DIA 30 DE NOVIEMBRE DE 1881 EN EL ATENEO CIENTÍFICO Y LITERARIO DE MADRID CON MOTIVO DE LA APERTURA DE SUS CATEDRAS MADRID IMPRENTA CENTRAL Á CARGO DE VÍCTOR SAIZ CALLE DE LA COLEGIATA, NÚM. 6 l88l DISCURSO. DISCURSO PRONUNCIADO POR EL ILMO. SEÑOR D. JOSE MORENO NIETO EL DIA 30 DE NOVIEMBRE DE 1881 EN EL ATENEO CIENTÍFICO Y LITERARIO DE MADRID CON MOTIVO DE LA APERTURA DE SUS CATEDRAS MADRID IMPRENTA CENTRAL Á CARGO DE VÍCTOR SAIZ CALLE DE LA COLEGIATA, NÚM. 6 l88l Señores: En el año anterior, examinados ya los principales problemas que miran al orden filosófico y al social, os indicaba la conveniencia, ó mejor dicho, la necesidad de abarcar en nuestras tareas y ver de apropiarnos los grandes trabajos que se habían llevado á cabo por el pensamiento moderno en la esfera de las ciencias naturales y la de las históricas; y considerando que lo que tocaba á estas últimas era más propio de nuestro instituto, y que de otra parte urgía más llamar sobre ellas la atención en nuestro país por el olvido en que están en él algunas de sus más principales disciplinas, intenté trazar un bosquejo de aquella ciencia que lleva el nombre de lingüística, diciéndoos como en cifra y compendio los resultados obtenidos en esa rama importante del humano saber. Debía de empezar por el estudio de las lenguas los trabajos con que discurriese 6 ante vosotros en ocasiones como ésta, al intento de describir y apreciar los trabajos históricos modernos y de descubrir, según ellos, la vida de la humanidad y las leyes según que se ha cumplido, porque la lengua es la primera creación del espíritu general y á un tiempo mismo la primera condición de su vida y desarrollo. — Pues ahora voy á hablaros de unos estudios que deben seguir á los de las lenguas, como que han nacido en gran parte de los progresos obrados en el conocimiento comparado de aquellas: me refiero á los estudios, ó digamos á la ciencia llamada Mitología comparada. Y os advierto que debajo de tal nombre que pongo como título de este trabajo, resultará que ha de ser mi principal asunto la ciencia comparada de las religiones. I. Esta ciencia de la Mitología comparada, como estudio verdaderamente crítico y serio, es enteramente moderna. Ella trata de averiguar por un trabajo reflexivo el modo de formación de esos grandes hechos humanos que se llaman religiones y cuál es el carácter y verdadera índole de cada una de ellas, y aspira á componer más adelante con espíritu crítico el árbol genea- 7 lógico de esas religiones, presentándolas como obra de la humanidad en cuya vida van apareciendo. Semejante trabajo no podía tener lugar sino cuando hubiese aparecido la idea de la humanidad y se hubieran fundado los estudios tocantes á su vida, cual se expresa en la historia universal, es decir, en nuestros tiempos. Sin embargo, la Grecia, ese país que se elevó en sus bellos días hasta la verdadera ciencia y á la cultura liberal del espíritu y que representa la aparición del racionalismo en el mundo antiguo, ya se aplicó á reconocer el origen y significación de sus mitologías y de sus concepciones religiosas; pero no era fácil que pudiera penetrar en el secreto de aquellas creaciones sencillas del genio primitivo de los pueblos, ni reconstruir todo ese mundo de sentimientos, de vagas, lejanas tradiciones que se ofrecían á sus ojos bajo disfraces y formas extrañas á su manera de pensar. La primera impresión que sintieron los filósofos fué de sorpresa ante las extrañas y á menudo inmorales leyendas de los dioses. El sentido moral y religioso, que fué ennobleciéndose, sobre todo desde la época de Anaxágoras, sentíase contrariado por las creencias tradicionales, y se veía inclinado á rechazarlas y condenarlas. Lo divino, cual se aparecía en la razón, se levantaba á protestar contra las extravagancias de aquellas historias y fábulas. No desconocieron sin embargo los filósofos de la Grecia el fondo religioso que entrañaban aquellas mitologías y los movimien- 8 tos morales que despertaban y sostenían, y dispuestos á dar una explicación satisfactoria á lo que tan irracional aparecía tomado á la letra y según su significación tradicional, hubieron de recurrir para el propósito al sistema de la alegoría y al de la interpretación histórica. Según el primero de los dos sistemas citados, los mitos no eran sino verdades y enseñanzas, ora del orden natural, ora del ético y político, ocultas bajo el velo y apariencia de la alegoría; de que se derivaba que había que ir más allá de su letra para descubrir el fondo generalmente racional que contenían. Algunos escritores de la época clásica, y los neo-platónicos en los últimos días del Helenismo, defendieron este modo de interpretación. Según el otro, los mitos eran representaciones alteradas de sucesos pasados, ó dígase historia poetizada, y sustituía hechos naturales á aquellos que se presentaban con el carácter de maravillosos. Este último sistema, llamado Evhemerismo, del nombre de su autor, tuvo entre los Estoicos numerosos partidarios, y fué el más seguido entre los intérpretes romanos. Los escritores cristianos naturalmente se vieron llevados á no ver en las religiones paganas otra cosa que invenciones de Satanás ó torpes creaciones del hombre decaído, y en sus polémicas tomaron de ordinario los puntos de vista del Evhemerismo, que se prestaba á las mil maravillas para la crítica cada vez más apasionada y violenta que hicieron de las supersticiones gentílicas. 9 El Renacimiento y todo el movimiento que produjo durante tres siglos nada adelantó en cuanto á la interpretación de la mitología clásica, ni cambió las maneras de pensar que sobre esto habían prevalecido en los períodos anteriores, de tal modo, que los escritos que nacen en esta dirección ofrecen en lo tocante á la hermenéutica mitológica el mismo candor y las mismas doctrinas en que abundan las interpretaciones caprichosas de los antiguos.—Es menester llegar á los nuevos tiempos para encontrar ensayos de explicación hechos según espíritu diferente, y que, con más ó menos fortuna, van abriendo el paso á nuevas y más derechas doctrinas y á más acertados métodos de exegesis. Al hablar de esta manera, no me refiero, entiéndase bien, á la obra de Dupuis titulada Origen de los Cultos. Con un conocimiento más extenso de las religiones orientales que sus predecesores, no fué este escritor más allá que ellos en el conocimiento de su verdadera naturaleza, ni era fácil, inspirado como lo estaba por estrecha filosofía sensualista, que pudiera reconocer el sentido de esas creaciones espontáneas de la infancia de la humanidad. Por entonces iba desenvolviéndose aquel gran trabajo filosófico que había inaugurado el eminente filósofo de Koenisberg, y al golpe de las doctrinas que desde Schelling fueron apareciendo para explicar la vida del espíritu colectivo y el modo como él se manifiesta y desarrolla, fué preparándose la gran revolución que había de 2 10 realizarse en la crítica filosófica acerca de la simbólica general. Los trabajos de Schelling sobre las divinidades de Samotracia, cualesquiera que sean su mérito y su mayor ó menor acierto, y los que Hegel hizo después en su Filosofía de la Religión, anunciaban desde luego el rumbo que debían de tomar los trabajos de la ciencia europea. Inspirada en parte por esta nueva dirección, aunque refiriéndose más inmediatamente á los trabajos de erudición que había ido lentamente atesorando la ciencia, publicó por aquel tiempo Greuzer La Simbólica, obra vasta y de grandiosas proporciones, la más atrevida é importante de cuantas sobre estas materias habían visto hasta entonces la luz pública. Este trabajo, sin embargo, no hacía sino exponer con espíritu algo diferente miras muy análogas á las de los antiguos, como quiera que suponía las religiones y mitologías imaginadas por los sacerdotes, los cuales habían depositado en símbolos acomodados á las muchedumbres los resultados de enseñanzas profundas, que, al decir suyo, se encontraban en el comienzo de las antiguas civilizaciones.—Un escritor de los más perspicaces é insignes que ha producido este siglo, dotado de una intuición maravillosa, O. Müller, fué el primero que dió á conocer la verdadera índole de las leyendas divinas de la antigüedad, ó, si decimos, de sus mitos, presentándolos, no como dogmas misteriosos de una casta sacerdotal ó invenciones caprichosas de los poetas, sino como 11 la obra sencilla de los pueblos en su infancia. Él se representó los mitos como actos inconscientes y necesarios, por los cuales el espíritu del hombre, aún incapaz de abstracción, miraba todas las cosas bajo una forma concreta y viva, y afirmó que, alterados por la tradición oral y desfigurados por los poetas, habían sufrido numerosas alteraciones. Por esto el primer deber de la crítica era el remontar hasta su forma más antigua y asistir en cierto modo á su nacimiento en la imaginación, para lo cual, ya que sin la trascendencia con que se hizo después y que era á la sazón imposible, indicó los auxilios que podían prestar el estudio de las lenguas y el método comparativo.—Estas enseñanzas de O. Müller dieron á la ciencia de las mitologías no pocos de sus principales fundamentos, y bajo su inspiración algunos escritores distinguidos, como Pre-ller y Welker, ilustraron con disquisiciones importantes las mitologías de la Grecia y Roma, pueblos á que naturalmente hubieron de dirigir en primer término sus miradas. Entretanto, iban progresando de una manera sorprendente los estudios históricos, los cuales se extendían á todas las fases y momentos de la vida de los pueblos y á todas las razas y civilizaciones, estableciéndose, por natural consecuencia, el estudio comparativo de todas ellas; y el de la mitología, limitada hasta entonces á la antigüedad clásica, se extendió poco á poco á la de otros pueblos. En medio de este gran movimiento había nacido la lingüística, cuyo primer resultado 12 había sido el dar á conocer el parentesco y común origen de todas las lenguas habladas por la extensa familia de pueblos apellidados más tarde indo-europeos, parentesco de tal linaje, que hacía que no fuesen todas ellas sino variedades del mismo tipo. Y la ciencia, con este descubrimiento y con la conviccion de que esa unidad de len • guas suponía igualdad de origen y una vida pasada en común en remotas edades, sospechó, y pronto vió confirmada su sospecha, que uno mismo era el origen de las mitologías de los pueblos de esa familia, y se puso á compararlas unas con otras y á explicarlas todas por las originarias y primordiales, ayudándose para tal empeño del estudio de las etimologías. El primer trabajo que vió la luz pública en que se trató de la mitología según estas ideas y principios, fué el que con el título de Mitología germánica dió á sus compatriotas y á la ciencia el nunca bien ponderado Jacobo Grimm. Siguióle después otro que alcanzó desde luégo gran fama, y que se le consideró entonces y sigue teniéndosele con razón como el trabajo fundamental y clásico en este orden de estudios, el del celebrado escritor A. Kuhn, titulado Die Herab-kunft des Feuers und des Goettertranks. En este importantísimo estudio dió á conocer el renombrado escritor los mitos numerosos de los dos ciclos referentes á la bajada del fuego y á su descubrimiento, y á la bebida celeste, que bajo una ú otra forma se encuentran en todos los pueblos de esa familia, y con incomparable sagacidad y 13 erudición pasmosa expuso las concepciones primeras que ellos ocultaban, y, siguiéndolos en su historia y vicisitudes, mostró la que cada pueblo había puesto de su propio genio y cuanto por la acción del tiempo se había agregado á aquellas primeras creaciones, trasformándolas y desfigurándolas. Ya antes, en eruditísima Revista fundada por este escritor y por Auffret, llamada Zetschrift zur vergleichende Sprachforschung aufdem gebiete der deutschen grietchischen und lateinischen, en donde colaboraban filólogos y críticos de los más famosos de Alemania, se habían publicado y seguían publicándose curiosos é importantes artículos que iban preparando el crecimiento de estos estudios. Diólos nuevo impulso la obra de Schwartz, Der Ersprung del Mythologie, en la cual se aspiraba á determinar el significado general de todos los mitos; y un escritor señalado por su vivo ingenio y rica fantasía, así como por su vasto y variado saber y por sus raras dotes de escritor, Max-Müller, trasladado á Inglaterra para hacer la edición del Rig Veda, empezó á propagar y popularizar estos estudios por medio de escritos que llegaron á acreditarlos y á ponerlos en boga en Inglaterra, en Francia y en Italia. Después han venido Breal, y Gubernatis, y Darmesteter, y Cox, y Sayce, y otros no menos distinguidos pensadores, que han agrandado singularmente el campo de la mitología comparada. Veamos de apreciar los caracteres de esta nueva escuela, fundadora de la ciencia de la mitolo- 14 gía comparada. Y desde luego os haré notar que ella no busca en la especulación y en aquellas construcciones a priori, tan atrevidas á veces y temerarias como falsas, en que se han ejercitado por tiempos los filósofos alemanes; no busca, vuelvo á decir, en ese método y construcciones el camino para descifrar el enigma de las primeras edades y revelarnos el secreto de las mitologías: no; ella, á pesar de algunos desaciertos de que os hablaré dentro de poco, ha seguido el camino que debía de seguir: es á saber, el camino de la observación y de la investigación experimental, ó si decimos, rigorosamente histórico, y ha buscado los materiales en la tradición y en los monumentos en que están consignados los mitos y ha procurado estudiarlos en sus comienzos, viendo de determinar primero la concepción originaria, y luégo sus varios desarrollos, marcando las variaciones que ha sufrido aquella con el andar del tiempo ó en medio de los accidentes de sus emigraciones entre diversas razas ó distintos países. Después de esto, bajo la convicción de que las leyendas y fábulas mitológicas son creaciones de la infancia del hombre, casi contemporáneas á la creación del lenguaje, viendo que las varias familias de la gente indo-europea, adonde ha dirigido muy especialmente sus miradas, vivieron juntas durante un período indeterminado allá en las regiones inmediatas al Indo-kusch, de donde hubieron de separarse en una época ya de cierta cultura, las unas al Occidente, las otras al Mediodía, sospechó, como ha poco os decía, que al 15 cumplirse esa separación, ya existiría entre ellas un fondo mitológico que debieron llevar consigo á los países á que se trasladaron. Y en su virtud hubo de comprender que el conocimiento de cada una de las mitologías de esas diferentes familias no podía alcanzarse sino comparando unas con otras, y todas ellas refiriéndolas á sus orígenes. El descubrimiento del Rig Veda, documento el más cercano á aquella época anterior á la dispersión, que ya era hacedero el estudiar y apreciar una vez en posesión la Europa del sanscrito, vino á facilitar esta tarea, dando á la ciencia moderna que pudiese sorprender los mitos en el trabajo de su formación, y que pudiese penetrar y descubrir su sentido y concepto primero, el cual se trasparenta casi siempre en los pasajes de ese importantísimo monumento. Ya en semejante camino, que era el que debía de emprender el espíritu humano para rehacer el pensamiento de las antiguas edades y seguirle en todo su proceso, las investigaciones han sido á no poder más fructuosas; y emprendidas y dirigidas por sagaces é infatigables escritores, han dado resultados que maravillan. Muchos de los principales monumentos han sido analizados y estudiados, el Rig Veda, el Zend Avesta, el Edda Escandinavo, los grandes poemas de la India y sus monumentos cosmogónicos, la Ilíada y la Odisea de Homero, los Niebelungens, los trabajos mitológicos de Hesiodo y cuanto relativo á las tradiciones míticas se encuentra en los poetas trágicos y líricos, y en escritores como Apo- 16 llodoro y Pausanias. Ni han sido olvidados los monumentos epigráficos, numismáticos y demás que la arqueología ha podido reunir, en los cuales ha grabado á la continua el genio de los pueblos y representado sus fábulas y leyendas. Y además de los trabajos que podemos llamar de alta mitología, las investigaciones de los científicos se han dirigido también á esa otra más modesta, conocida con el expresivo nombre de Volk-lore, ó dígase mitología popular, conservada en cuentos, leyendas y proverbios que aun repite el pueblo, y se remontan á veces á las edades más antiguas, y conservan creaciones, algunas de las cuales nos ofrecen, como antiquísimas medallas, el sello y representación que ni en esos ni en ningún otro documento escrito se presentan tan puras y genuinas como las ha logrado conservar la memoria del pueblo. Las grandes colecciones de los hermanos Grimm, de Afanasiev y Pitré, y los trabajos importantísimos de Maunhardt, Kelly, Liebrecht, Coello y Conssiglieri Pedroso, para no citar otros, han hecho adelantar notablemente estos estudios tan en boga en otros países como olvidados en el nuestro. Cuanto á la exegesis mitológica de esta escuela , ó sea cuanto á su doctrina sobre el origen y carácter de los mitos, no son menores sus excelencias. Ella rechaza toda idea de una enseñanza dada en forma de alegoría, la cual supone en los tiempos primitivos un conocimiento é intención incompatible con lo que nos muestra la psicología social, y ayudándose de lo que como evidente 17 nos presenta esa misma ciencia en las obras que la han constituido, declara que la mitología es un modo de concepción de las cosas, una forma del conocimiento, la que corresponde á los primeros días de la vida del espíritu; en suma, que ella no es en su contenido y en su forma más que el conjunto de cosas y hechos que constituyen el mundo exterior, apreciado y sentido y expresado como pudo sentirlo, apreciarlo y expresarlo el pueblo en aquellos tiempos que llamamos la edad de oro de la infancia. — Y en efecto, en general, esto es la mitología: es, en mi sentir, algo más, como luego diré; pero es en primer término y por todo su dominio lo que dice la escuela filológica; esa saber: la naturaleza exterior, sus fenómenos, aquellos sobre todo que mayor impresión habían de producir en el hombre. Sí, la naturaleza, repercutiéndose en la conciencia del pueblo, presentándose en forma de impresión, de sentimiento, de idea: esa naturaleza delante del hombre como simbolismo ó como inmenso jeroglífico, en que él veía, no con los ojos de la ciencia, mas por el vidrio de su fantasía y al través de las nieblas de su ignorancia: ese es sin disputa el fondo y la ocasión de las creaciones mitológicas. ¿De dónde, si no, había de sacar aquellas tan extrañas ficciones, con qué materiales había de tejer esas fábulas que por tiempos llenan el campo del pensamiento en todas las regiones de la tierra? ¿Á qué había de referirlas? Las historias de Zeus, y de Juno, y de Minerva, y de Plutón, y de Neptuno, lo mismo 3 18 que las de Indra y Visehnu, y de Wodan y Zío y Donar, y de Fricka, y de Frouwa, y las de Prometeo, y de Hércules y de Edipo, y las relativas á los Maruts, y los Titanes, y los Gandarvas, y los Centauros, y las Nornas, las Parcas y las Valkuras han parecido á los modernos exegetas símbolos no más, recuerdos, expresiones de seres y fenómenos naturales, para los unos, como Max-Müller y Breal, los celestes ó solares, para Kulhn y Kelly los atmosféricos, y para otros, con mejor acuerdo, entre los que citaré á Mannhard y Baudry, cuantos presentan el cielo y la tierra, los aires y los mares. Y fuerza es reconocer que las demostraciones que ofrecen los escritos de esos modernos críticos no dejan duda, no diré sobre todas, pero sí sobre aquella su afirmación fundamental de que la mitología entraña un fondo naturalista y que su base es siempre un objeto ó un fenómeno físico. ¿Pero es sólo el hecho físico expresado bajo forma poética todo el fondo de los mitos? ¿No hay en ellos algo secreto, ni late en ellos una idea interior puesta por la razón que la ha vivificado y dado una significación espiritual y religiosa? ¿Esa adoración y esos cultos que han suscitado por do quiera las concepciones mitológicas han podido referirse sólo á seres materiales, ó á fenómenos físicos, ó á epítetos con que el habla humana tratara de nombrarles? ¡Ah! este es el gran problema, y aquí la escuela filológica ha pecado á mi juicio gravemente. Sus principales representantes, y en particular Max-Müller y Breal, ¦ 19 afirman que los mitos fueron al principio objetos ó fenómenos naturales, designados con epítetos ó nombres apelativos, los cuales nombres, como perdiesen con el tiempo su significación y pareciesen sustantivos, fueron considerados como nombres propios de dioses. Con cuya operación resultaron convertidos en entidades divinas los objetos y fenómenos, ó mejor dicho, los nombres que les designaban. Así, para ellos, Agui representó en el principio sólo el fuego material, Indra el sol que lanza rayos, Zeus la bóveda celeste, Neptuno la mar y el agua dulce; pero cuando con la dispersión de las razas y el trascurso del tiempo fueron las palabras perdiendo su trasparencia, y, si vale el vocablo, obliterándose su sentido, esos nombres, que eran todos apelativos, se mudaron en nombres propios y quedaron por este solo hecho creados los dioses citados. Y añaden que las historias de esas entidades ó dioses no son otra cosa que metáforas verbales ó poéticas, que tomándose en tiempos posteriores á su nacimiento como hechos reales y divinos, por haberse obscurecido también el sentido de ellas, formaron esas leyendas extrañas que nos muestran las mitologías. De manera que en esta concepción el mito ha nacido de una evolución del lenguaje y de un error de las generaciones que han seguido á las primitivas, las cuales tomaron en un sentido equivocado las palabras y relatos que habían recibido: de donde resulta que el elemento religioso y divino ha sido infundido en las mitologías, no por obra y virtud 20 directa del espíritu humano, sino por obra y virtud de la lengua. El axioma nomina numina resume, según ella ha declarado, el principio fundamental de esta escuela. Semejante opinión paréceme de todo punto inadmisible. ¿Cómo suponer que pasó un largo período sin que se despertase en el alma humana la idea de un sér ó de seres que estaban detrás ó por encima de los fenómenos, y cómo afirmar que esta idea se incorporó de súbito á las palabras porque éstas, designando al principio cualidades de objetos ó sustancias, perdieron su sentido? ¿Cómo mudar en Dios la noción sensible que la palabra expresaba no teniendo antes la idea de Dios? No: Agui, para referirme á los ejemplos puestos, no fué nunca sólo el fuego material que arde, sino un poder universal, inteligente y libre; Indra no fué sólo la tormenta, sino el Dios terrible y justiciero; ni Zeus el cielo brillante, sino el señor de los Dioses y los hombres, y Neptuno el Dios de los mares; es decir, que todos ellos representaron poderes superiores á la naturaleza y verdaderas concepciones metafísicas. Detrás de todos los fenómenos que herían vivamente su imaginación, el hombre, por ley de su esencia, veía seres ó potencias que se manifestaban en ellos, y tales seres los hacía á su imagen y semejanza. Cuanto en esas épocas de sencillez despertaba en él una gran emoción, el sol que nacía todos los días lleno de luz y de vida y se hundía en el Occidente, la luna que alumbraba triste y silenciosa la noche, una estrella que bri- 21 llaba de una manera especial, el relámpago, el rayo, un gran río, una montaña elevada, el bosque espeso y umbrío, todo eso lo declaraba misterioso, es decir, divino, y de uno y otro modo lo personificaba. Detrás del mundo visible vislumbraba otro mundo que era su causa y razón y que en él se revelaba por modos y maneras que de ordinario le imponían y aterraban. Y por eso se prosternaba ante él y le adoraba. No parecían los fenómenos naturales al hombre niño hechos mecánicos, regidos por inflexible y matemática ley, sino acciones de los seres que vislumbraba más allá de los fenómenos, y con tales acciones tejía historias peregrinas. No había venido todavía, no había de venir en mucho tiempo la ciencia á revelarle la verdad de ese mundo físico en que él se veía envuelto y como sumergido. Así, el universo era un drama en que lo divino y lo terreno, lo ideal y lo sensible se mezclaban en oscura y caprichosa confusión, y en que intervenía inmensa muchedumbre de extrañas figuras. Y notadlo bien; ese mundo de lo divino, que en el pensamiento del pueblo envolvía la naturaleza toda, cuando se levantaba su mente desde los horizontes terrestres á un más allá, se le presentaba como una síntesis en que iba desprendiéndose y se veía vagamente aparecer y flotar la idea de un sér que todo lo abarcaba y dominaba; pero ese sér superior, anuncio de la unidad por que siempre suspira el pensamiento, se dispersaba después en la infinita variedad de los accidentes y movimientos cósmicos. ¡Ah! sin este 22 elemento de lo inmaterial como sér y persona que movía y empujaba el universo, no puede explicarse la mitología; y es en vano, después de haberle negado en la doctrina que estamos combatiendo, venir luégo, como lo hace Max-Müller, hablando de un sentimiento religioso distinto de la creación mitológica, haciendo una separación profunda en lo que desde el principio viene unido y confundido. Y si ahora desde la causa inmaterial que ponía la razón detrás de los objetos y hechos visibles descendemos á estos hechos y objetos mismos, veremos que se confundían ellos en cierto modo con aquel, y se juntaban en una obscura unidad, de que resultaba que lo espiritual se materializaba y lo sensible se idealizaba ó cambiaba en persona, habiendo así un tránsito y alternada trasformación de lo uno en lo otro que favorecía singularmente el nacimiento de las mitologías. Y aun por esto lo que fué nombre de objeto ó fenómeno sirvió para designar al sér divino á quien se atribuía y que en él se manifestaba, y señalados con este mismo nombre dos seres que por otro lado se juntaban en la razón y la fantasía, era natural que en toda aquella construcción hecha por el pueblo del mundo que veía y de la vida de ese mundo, al expresarla y darla cuerpo en el lenguaje resultase serie infinita de creaciones mitológicas. Y esto es lo que hace tan difícil el distinguir en los mitos lo que es de intención y sentido divino y religioso, de lo que es mera alegoría ó ficción poética de fenóme- 23 nos. Yo no sé decir siempre, si cuando el poeta védico habla de Indra lanzando rayos sobre las nubes, pensaba en el dios que á sus solas invocaba y á quien ofrecía el soma en su propio hogar rodeado de la familia, ó si quería sólo describir el astro del día, ese cuerpo incandescente y luminoso disipando con sus rayos las nubes que velaban su faz. Como quiera, esa unión de los dos elementos y la facultad de personificarlo todo y de animar la naturaleza con seres dotados de propia vida, es para mí el principio y soberana explicación de las mitologías. En el curso de su larga y obscura evolución, unas descienden, digámoslo así, camino de lo sensible y terreno, perdiendo en cierto modo el carácter de símbolo en que se trasparentaba lo divino, para conservar sólo lo material personificado y encerrado en las bajas regiones del cosmos, y entonces vienen las leyendas propias sólo para entretener y alimentar la fantasía: otras se elevan, y levantando sin cesar el elemento divino que ellas entrañan, van formando las religiones, creando sus dogmas, sus teologías y sus cultos. 24 II. De lo expuesto podemos deducir ahora cuál es la relación que guardan las religiones y las mitologías y cómo deben de ordenarse los estudios que tengan por objeto estas dos cosas. A juzgar por los escritos de los mitólogos, al menos los de la escuela filológica, que son los que llevan ahora la voz en este linaje de estudios, una debe de ser la ciencia comparada de las mitologías, y otra la ciencia comparada de las religiones; pero no es esta la opinión más exacta, ni es la de todos los escritores. Sin contar los que han estudiado estos grandes hechos desde las alturas de la filosofía de la historia, y refiriéndome ahora principalmente á aquellos que los han tomado bajo el punto de vista experimental, ó sea á los fundadores de la Volkerpsicologie, los Lazaras, los Waitz, los Bastian y los partidarios de la escuela positivista como Helwald, Caspari, Lubbok, Tylor, unos y otros unidos hoy casi siempre en comunes convicciones y en la cuestión de procedimiento, todo lo que toca á la esfera del sentimiento religioso es considerado por ellos como de igual naturaleza, y aspiran á construir en unidad continua y en serie Cuantas creaciones, ora mitológicas, ora religio- 25 sas, se encuentran en todas las razas y gentes, pueblos y civilizaciones, desde sus grados más imperfectos hasta aquellas manifestaciones que significan la mayor perfección y más alto progreso. Y cualesquiera que sean los principios filosóficos que mueven á estas escuelas, y el espíritu no nada elevado que las guía en todas las investigaciones, paréceme que, en el punto de que ahora me ocupo, ellas van por donde debe caminar, aunque con miras más altas, la ciencia, y que, en efecto, hay que estudiar estos hechos y construirlos de una manera análoga á como los construyó Creuzer, es decir, como una Simbólica. Quiero decir que aquí, como en las demás esferas de la vida universal, hay que abarcar todos los tiempos y todos los grandes centros formados en la historia, y en ellos seguir la evolución religiosa, en cada uno de ellos primero, y después en todos, considerándolos como puntos y partes diferentes de una común humanidad, y desde sus primeros á sus últimos momentos, en su gradual desenvolvimiento: todo esto, sin separar como cosas diferentes las mitologías de las religiones, se entiende en cuanto éstas sean obra del espíritu humano. Por cuyo método y plan podrá escribirse la verdadera ciencia comparada de las religiones, de las cuales las mitologías no serán sino una parte. Esta ciencia y los grandes problemas que corren á su cargo se imponen hoy á todos los pensadores. Y como se acerca el día en que nues- 4 26 tra noble España se aplique por su parte á resolverlos, y me temo que intente hacerlo pidiendo consejo á erradas doctrinas, yo, aun conociendo la grave responsabilidad de ponerlas de frente en esta ocasión solemne, he venido á hablaros de ellas, no exento de temor, mas con hidalgo propósito. Y aunque con rapidez suma y del modo que considero propio de este linaje de discursos, que no en forma didáctica y sistemática, he procurado decir algo sobre lo que debe estimarse como principal. En efecto, os he indicado cuál es, en mi sentir, el concepto fundamental de esta ciencia y cuál su contenido, y también según qué método deben hacerse sus investigaciones. Cuanto á su plan y modo de construcción, de las indicaciones presentadas en los párrafos últimamente leídos podéis deducir cuál es mi pensamiento. Extenderme más sobre estos puntos no lo consiente la índole de este trabajo, por lo cual, en el tiempo que me queda, habré de limitarme á tratar de una cuestión difícil por todo extremo y escabrosa, que no puedo ni debo de excusar. Esa cuestión es la que se encierra en las siguientes preguntas: ¿Qué juicio hemos de formar hoy de las llamadas religiones gentílicas: ha sido su acción provechosa ó ha sido funesta? En la obra de la educación humana, ¿qué papel han hecho y qué son, comparadas con el Cristianismo: qué relación guardan con él? Desde luégo las religiones son una aspiración en que el hombre, envuelto en lo finito, mues- 27 tra su deseo de romper esta estrecha región y elevarse á mayores alturas. Semejante aspiración, y los movimientos que ella produce, ocasionan una elevación espiritual, la cual ya de suyo ennoblece al hombre. El nacimiento de ellas es la aparición del ideal en aquella parte de la tierra en que se presentan, cualquiera que sea la forma más ó menos incompleta como esto se verifique. Por eso la religión, toda religión, es de alguna manera, y podemos decir por su sentido general, un suceso fausto en la vida de la humanidad. Tomándolas en su conjunto y en su significación en la historia humana, yo las considero como el esfuerzo del hombre que tiene sed de Dios, que le busca sin cesar, y que sin sentirse jamás satisfecho hasta aquel día en que había de sonar la buena nueva, no se cansó jamás de buscarle. Sí: las religiones han buscado siempre lo divino, han creado un mundo para el alma y la conciencia, y han despertado en los pueblos aquellos sentimientos que constituyen la vida religiosa; por donde han formado las civilizaciones y creado los grandes focos de que arrancaron por siglos multitud de esfuerzos, de anhelos, de sentimientos, y actos de desinterés y abnegación. Los altares y templos son lugares donde la humanidad ha venido á confesar su fe en un sér perfecto é infinito, y su creencia en un orden moral sin el cual no es posible ni adelanto ni progreso. Recorriendo los códigos religiosos de las varias edades, examinando sus liturgias, pe- 28 netrando en el sentido de sus himnos y oraciones místicas, nótanse allí á menudo acentos brotados al contacto de un ideal que estremece y levanta el alma, y al través de mil sombras y en medio del inextricable laberinto de extraños símbolos y tradiciones, no es raro ver que circule como idea ó impulso secreto algo que, recogido en estos días con cuidado, despierta en nosotros emociones, las cuales concuerdan con las que produce aquella inspiración cristiana que rige nuestra conciencia. En los primeros versos de los poetas y sacerdotes védicos, alta inspiración calienta su mente, y brotan de sus labios acentos del más puro sentido religioso. La religión del Egipto está llena de la idea de la inmortalidad, y pocas veces se vió expresada con tan ardorosa convicción y rara energía la idea de una justicia absoluta rigiendo las acciones de los humanos. ¿Y quién no ve grandeza singular en aquella concepción del Mazdeísmo, de la luz y las tinieblas y del mal y del bien? Y en su larga lucha y el triunfo del bien sobre el mal tras infinita serie de fatigas y alternadas victorias y vencimiento, ¿quién no descubre ideal propio para guiar los espíritus y llevarlos por rumbos de perfección y de nobleza? En la moral del Buddismo exáltase sobremanera el sentimiento de la humildad y el del amor al hombre; y en los libros de Lao Tseu y de Confucio leemos máximas de moral que nos encantan y edifican. Sí: es menester juzgar las antiguas religiones con un criterio más imparcial que lo que ha sido 29 costumbre hacerlo hasta ahora, y no mirarlas sólo como inmensas aberraciones que, lejos de ir por tiempos ayudando á la educación de la humanidad, no sirvieron sino para corromperla y degradarla. Durante largos períodos, ellas han formado, como indiqué poco ha, la esencia y principio interior de las civilizaciones. Pues bien: ¿es que las antiguas civilizaciones no representan en la historia humana grados de perfección, situaciones á que han llegado los pueblos por virtud de esfuerzos generosos levantando al hombre sobre el estado de la animalidad, y sacándole de las miserias y las torpezas de la barbarie ? Grandes escritores, algunos de los cuales figuran entre los más ilustres de la presente centuria, Lasaulx, Dollinger, Stiefelhagen, Max-Müller, Hegel, Ritter, aunque de sentido y de pensar tan diferentes, están de acuerdo en esta manera de apreciar las religiones gentílicas. En este sentido abunda, á no dudarlo, el insigne Moehller, honra y prez de la ciencia católica, el cual, derivándolas, es verdad, ¿y cómo no? de la revelación primitiva, pero acompañándolas siempre de movimientos propios del hombre, nacidos de su instinto nativo y de las facultades religiosas vivaces siempre aun después de la caída, encuentra enseñanzas, máximas y virtudes que aplaude sinceramente, y descubre en la India, en la China, entre los Parsis y en otras regiones virtudes generosas, hechos de alto valor moral, visiones del bien, que son claro testimonio de los servicios 30 que han hecho á la humanidad esas civilizaciones en medio de sus errores. Ahora, después de todo esto, justo es añadir, y nadie podrá oponerse á ello razonablemente, que esas religiones oscurecían á menudo con graves errores las partes de verdad que contenían, y que al lado de virtudes y hechos buenos que provocaban, llevaron á veces los pueblos á prácticas inmorales y perversas.—Y sin hablar de las que han vivido y aun viven en las regiones del Oriente, cuyos dioses eran en general sombríos y terribles, y que más bien oprimían que consolaban al hombre, veamos las que, formadas dentro de las lindes de los dos grandes imperios, de Alejandro y de Roma, conocemos especialmente con el nombre de Paganismo. El Paganismo, que fué en su origen y conserva siempre el sello de una religión naturalista, se había convertido en los últimos tiempos en simbolismo principalmente poético y en culto idolátrico sin trascendencia moral ni metafísica, habiendo desaparecido de él en gran parte aquel elemento que sirve para la vida y la dirección de la conciencia. No carecía, es cierto, de lo divino, pero estaba en él como elemento vago é ineficaz, desfigurado y alterado por mil representaciones sensibles, y por la muchedumbre de supersticiones y fantasías que constituían la historia y leyendas de sus divinidades. En ese mundo revuelto y fantástico del Paganismo no existía un ideal claro del bien, ni un concepto espiritualista del sentido de la vida, ni 31 la visión de una existencia ultramundana; nada de eso que es tan propio para acalorar los afectos derechos y levantar las almas. Era la misma vida temporal con sus accidentes, y sobre todo con sus deseos y sus aspiraciones terrenales: apénas si traspasaban aquellas religiones los horizontes de lo finito y de lo actual. Y en medio de esa atmósfera de representaciones supersticiosas y de preocupaciones de lo sensible, en medio de tantos cultos venidos de diversos lados que se mezclaban y confundían, perdiendo todos ellos su sentido primitivo, abríanse paso prácticas mil, absurdas y repugnantes, y fiestas licenciosas envolvían cual lepra asquerosa las sociedades paganas y las iban disolviendo. En aquella hora, y cuando había llegado ya la plenitud de los tiempos, apareció el Cristianismo. El Cristianismo es el punto central, el solsticio de la historia humana. Todas las religiones anteriores á esa religión divina son, en lo que tienen de principal, á manera de presentimientos que la llaman y prefiguran, y cuantos sentimientos generosos entrañan, y cuanto hay en ellas de noble, á menudo en forma esporádica y desfigurada, otro tanto se halla en él contenido por modo excelente y perfecto. Por eso, habiendo sido revelado, y no conociéndosele orígenes humanos ni halládose el cauce por donde haya podido venir la corriente que le haya traído, diga lo que quiera la crítica contemporánea, parece, y esto es particular excelencia suya, como si fuera el resumen de todo el movimiento de la 32 historia anterior y como nacido de un esfuerzo del genio de la humanidad, hecho cuando habían llegado los tiempos y cuando todo estaba preparado para la obra de salvación. De salvación, sí. Del lado allá del Calvario el mal triunfaba constantemente del bien, y no se veía salvación para ello; del lado acá de ese monte en que se cumplió el augusto sacrificio, han nacido al calor de la Cruz fuerzas morales que redimen al hombre sin cesar y que aseguran para siempre la elevación de la conciencia y la victoria final y definitiva del bien y de la justicia. Al hombre antiguo, que vivió lleno de angustia y desaliento, abrióle por la redención las puertas de la esperanza, y á el que adoraba los fetiches, y que llegó á adorar á los emperadores, le dijo por boca del Príncipe de los Apóstoles aquella cosa inmensa, como la llamó un escritor, de que el Cristo había hecho al hombre participante de la naturaleza divina. La religión cristiana es, en todo el rigor de la frase, la religión absoluta. Eslo por sus dogmas, por su moral, por su culto; es decir, por las doctrinas que enseña, por las virtudes que engendra, y por los sentimientos, afectos é impulsos que provoca. Después de ella no vendrá, no puede venir otra religión, y las sociedades que la recibieron, si llegan á repudiarla, caerán en sombras de muerte, de que ningún Mesías vendría de nuevo á redimirlas. ¡Ah! aunque algunas veces he llegado á temerlo, tengo confianza en que no la repudiarán; no son tan insensatas 33 que vayan á renegar de ella. Por otro lado; las religiones llamadas paganas desaparecieron; y después del día en que San Pablo anunció en Atenas, entre los adoradores de aquellas divinidades impúdicas y livianas, la existencia de un Dios, Espíritu puro, Padre de los hombres, ¿quién creerá que pueden de nuevo levantarse los altares paganos?—Las que siguen aún impotentes y estadizas en vastas regiones del planeta, irán desapareciendo también al contacto de la civilización europea, que no podrá hacer propaganda eficaz, ni extenderse por el globo, ni llevar á feliz remate la obra que le está encomendada, si no se acompaña de la religión del Crucificado. No ha sido vaga promesa ni caprichosa profecía aquel anuncio que desde el principio hizo el Cristianismo, de que llegaría un día en que se juntaran en uno, es decir, bajo una misma fe, todos los hijos del hombre: ese día llegará, y será el bienhadado y venturoso.