NICOLÁS MARISCAL, Delegado Oficial de Méjico al VI Congreso Internacional de Arquitectos, Miembro del Ateneo Mejicano Artístico y literario, Profesor de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Méjico, etc. LA CRISIS ARTÍSTICA Y LITERARIA EN LA ÉPOCA MODERNA Conferencia leída en el Ateneo de Madrid, el 28 de abril de 1904, por invitación de su Junta de Gobierno. MADRID Establecimiento tipográfico de los Hijos de J. A. García CAMPOMANES, NÚM 6 -- 1904 SEÑORES: Difícil es, si no imposible, alzarse por sobre todos los escepticismos, las tradiciones de tribu ó de pueblo, los intereses de partido y los contrastes de la vida individual para rendir, por latría de evidencia, un culto humano á alguna verdad en todo orden la primera y, por su esencia, incorruptible. Nuestra condición de hombre nos lleva al error; la tenuidad de nuestro entendimiento se enrarece y disgrega en las cimas y en las simas del Universo, y nuestras ansias de saber se abisman en la oscuridad. El «politicum animal» se encarna en un conjunto de circunstancias varias por la tradición, por la lengua y por el clima; de suerte que, para penetrar en el campo de las objetivas realidades, nacemos atraillados por un orden de cosas que no tienen relación con lo absoluto en sí sino con las transitorias condiciones de una colectividad. Ni basta el maravilloso vehículo del pensamiento, el lenguaje humano va á estrellarse en las complejas asociaciones de la individualidad pensante y el signo se convierte en emblema. Apenas nacemos á la vida racional, cuando ya tropezamos en el sistema; sistema en la moral, sistema en la ciencia, sistema en la política, sis- -- 4 -- tema en el arte. Diríase que la mente universal es un prisma de innumerables caras que quiebra la luz de lo Verdadero, de lo Bueno y de lo Bello en infinitos colores; un espíritu superior que hiciese el recuento de todos los humanos sistemas, escribiría al principio: «espectro solar del entendimiento humano»....¿Dónde está el genio, dónde el semidiós ecléctico que, por milagrosa revolución, haya resuelto en luz blanca el infinito iris?.... ¿Habrá de ser blanca la luz de la Gran Realidad?.... Pero bien; prescindiendo de las ansiedades eternas del pensamiento y de ese horizonte sin fin que--en su multiforme é incesante vuelo--en cada ramo del humano saber le sorprende, ¿han arrojado las contrastadas olas del océano pensante, algo positivo como el bien y estable como el progreso á las riberas del tiempo? ¿Hay monumentos de moral, de ciencia y de arte que no podamos destruir sin condenarnos á nosotros mismos á la muerte eternal de la inacción por la clausura del entendimiento?.... Para mí tengo que sí; mas ni maldigo las afirmaciones, ni las negaciones, ni las dudas de los sistemas; los bendigo en nombre de la razón, en cuyo divino origen me aferró, y creo que toda escuela contiene algún bien, alguna verdad, alguna belleza, á la manera que todo átomo un principio de fuerza, toda célula un principio de vida y todo substratum terrestre un fomex gestador. La razón humana, señores, ya libre, imparcial y regida por principios de evidencia inmediata, ya modificada por el prejuicio del sistema, de la tradición ó de la escuela, es el único agente colector y aquilatador de la materia plástica á las exteriorizaciones del pensamiento -- 5 -- racional: el pensamiento arrancó la gama á la tempestad, al huracán y al ave; el ritmo al movimiento universal, y á los rumores coexistentes del planeta el acorde; como al espacio la extensión y el número, como á la materia la asociación y la disociación, y como al individuo la ley de la sociedad. Es este un hecho inmanente en el genus homo, y objetivo en la Historia; este hecho me guía á que haga objeto de la breve disertación que vengo á ofreros, en esta noche en que se me ha conferido el inmenso honor de hablaros, el concepto de que la monentánea crisis artística y literaria por que atraviesa el espíritu humano, no es más que la aglomeración de los congénitos obstáculos, que lo arredran en el periplo del tiempo y del espacio, por el desequilibrio de las facultades racionales, al descubrir el gran mundo de las conquistas satisfactorias á la vida terrestre. El inmortal pensador D. Julián Sanz del Río, proclamó (*) que el pensamiento racional se amanera en determinada profesión de ciencia ó arte. Hubo también un gran violinista que, guiado sólo por el numen del canto, proclamó en sus obras didácticas el mismo principio respecto del arte, diciendo que el ejecutante se amanera en determinado modo de expresar lo bello, por la exclusiva admiración de un solo músico. Esa manera científica de ensimismamiento de la inteligencia hizo que Bufon no entendiese á Racine, y que Montesquieu no hiciese preferido objeto de sus delicias á Virgilio y á Dante; que Chateaubriand desdeñase á Laplace y a Newton, y sugirió al filósofo de Vich el cuadro en que resucita á ------ (*) «Análisis del Pensamiento Racional». -- 6 -- cien ilustres ensimismados para poblar con ellos un manicomio. Y fueron esos sabios enjambre de genios, constelación de soles; ¿cómo exigir á cada obrero del progreso la ciencia universal, la posesión de todos los hilos de la inmensa trama del pensamiento milenario para hacer una armónica síntesis? A mi ver esa objeción, presentida por Bacon de Verulam, al acometer su obra de habilitar y flexibilizar el humano entendimiento para recorrer las varias esferas de la ciencia, puede ser destruida. El primer estado del hombre individual como de hombre social fué, indudablemente, de experiencia, lógica y cronológicamente hablando. Ese estado puede muy bien definirse por la traducción orgánica y sensible de la inmensa naturaleza condicionada por la ignorancia y las necesidades del sujeto. El dolor, el placer, la vida, la muerte, el movimiento, el reposo, el deseo, la aversión; hé aquí, señores, las nociones primitivas y concretas que, como las raíces de una lengua universal, después de haber engendrado la actividad pensante hasta hacerla culminar en reflexión racional, hablaron ayer, hablan hoy y hablarán por siempre en idioma humano todo cuanto hay en moral, en política, en ciencia y en arte. Uno de los ideólogos más profundos, Diderot, clasifica (*) entre los apotegmas irreflexivos de la ciencia popular el trillado principio de que tot capita tot sensus, haciendo observar que, aun cuando no hay nada más común que tener una cabeza propia, es rarísimo encontrar un propietario de una opinión; y es esto ------ (*) Ensayos. -- 7 -- absolutamente exacto, tratándose de la esclavitud intelectual, íntegramente pasiva, en que el hombre nace. Un individuo que nace en Arabia, á pesar de esa luz que misteriosamente se refleja desde el primer momento de la concepción «en todo hombre que viene á este mundo», viene al mundo de Mahoma: de Mahoma en las costumbres, de Mahoma en la política, de Mahoma en los individuos y en la sociedad, de Mahoma en el cielo y en la tierra, de Mahoma en la vida y en la muerte; de manera que el hecho de nacer lo incorpora ya, ó mejor, lo arraiga como un árbol á un estrecho pedazo de tierra, desintegrando así á la humanidad en un miembro que, con sus amores, con sus odios sagrados y con sus prejuicios, habrá de romper la fraternidad natural. ¿Quién le volverá al seno de los hombres? Sin la Ciencia, nadie. Sus costumbres no serán las suyas, sino las de su pueblo; sus opiniones no serán las suyas, sino las de su sociedad; la Verdad, el Bien y la Belleza no serán la conquista de su sér natural, sino la de su raza, pudiendo decirse con el citado ideólogo que en ese confinamiento nacional «hay muchas, muchísimas cabezas, mas muy pocas opiniones». Por otra parte, hay un hecho íntimo que aparentemente contradice la sabia observación de Diderot, pero que, bien examinado, la aclara y explica el pensamiento de Sanz del Río, un hecho que hace pensar que todos los que nos iniciamos en la vida racional con la mira de tener una determinada personalidad derivada del concepto de lo que es, deberíamos pasar una revista general, no prospectiva ni retrospectiva, sino introspectiva á todos nuestros haberes racionales -- 8 -- y practicar así un inventario de verdades y prejuicios, para concluir, sobrepujando los unos y fecundando las otras, á la personalidad racional que nuestra capacidad orgánica nos demarca como último término de evolución psicológica. Ese hecho es que no hay idea alguna que evoque en distintas inteligencias idénticas asociaciones; ni las más simples, como el punto, la línea y la extensión, en lo abstracto, ó como la materia, la fuerza y el movimiento en lo concreto; de otro modo, las inteligencias conciben de diversa manera; de aquí la variedad de definiciones de un mismo y único objeto, de aquí el concepto afirmativo y el concepto negativo de las cosas: el punto es el primer elemento de la extensión, es el límite de ella, es la extensión no prolongada; la línea es la trayectoria del punto, la negación de latitud y profundidad; la extensión es un todo continuado, es un todo no interrumpido; la materia es una extensión impenetrable, es la negación del vacío en la extensión; la fuerza es la causa del movimiento, es la negación de inacción; el movimiento es el cambio de lugar, es la negación de reposo. Si es esto exacto en lo simple, lo es con mayor razón en lo complejo. La sensación, la experiencia, la comparación, la reflexión, el juicio y el raciocinio, esas cinco etapas en que considero dividida la evolución racional, son otros tantos períodos de diversificación en las asociaciones psicológicas. Así que toda idea que se encadena á las múltiples y varias asociaciones de las inteligencias, reaparece en las exteriorizaciones del pensamiento en formas diversas, antagónicas á veces, como las olas de un mar, según las peñas y playas en que chocan y según la densidad é intensi- -- 9 -- dad de las ráfagas que lo agitan. Pero existe respecto de esas ideas una unidad substancial en el íntimo sentir de la conciencia, á pesar de toda definición, y en el fondo de toda asociación racional. En efecto, tanto para el sabio como para el ignorante, el punto no es la línea, la línea no es toda la extensión, la materia no es la fuerza, la fuerza no es el movimiento. Ahora bien, si para las asociaciones de orden puro y racional que se encarnan en la evidencia el hombre no puede prescindir de la paulatina gestación del pensamiento y ver en un solo y primitivo acto el sér mismo de las cosas, mucho menos en el orden aplicado; así que, en la variedad de caracteres del hogar, se encuentra el confinamiento de familia, la educación; en el comercio de familias de diversa educación se halla el confinamiento civil, un círculo social, político ó jerárquico; el encadenamiento de círculos política ó socialmente diversos, engendra un confinamiento superior en que, tanto el elemento individual como el elemento colectivo, ceden de un hecho algo para formar el carácter nacional, el confinamiento de Patria; de ahí la derivada de los vicios y virtudes de los pueblos en lo intelectual, en lo moral y en lo político; de ahí los providenciales arbitrios de la Ciencia que, basada en lo que es y trascendiendo todo confinamiento relativo, ha de encontrar en la complexión humana los arbitrios para unir familia á familia, sociedad á sociedad y nación á nación en el confinamiento de la humanidad por la humanidad: el individuo cede á la familia, la familia cede á la sociedad, la sociedad á la nación: el ideal de la ciencia y del arte es que la nación ceda á la humanidad. Por eso el pensamiento de Diderot, la idea de Sanz -- 10 -- del Río y la de Bacon no son, en substancia, más que manifestaciones diversas de un mismo principio que lleva en sí una providencia, un remedio; porque, sin destruir la obra de la razón--condicionada ó no por lo relativo y variable--y sin asentar la utopía de la Ciencia universal, pone como base de todo conocimiento la naturaleza de las cosas, lo que es. Por ende, concluyo: que el pensamiento, naturalmente, se amanera en una ley de ensanchamiento sucesivo hacia la naturaleza de los objetos en lo racional puro y en lo aplicado; que el pensamiento humano es unificable sólo en la congénita luz del ser ó no ser de las cosas, en la ciencia del ser ó no ser; si se admite, si existe, si puede existir esa ciencia, y, en fin, que la variedad real ó aparente de síntesis y sistemas, tanto en la moral como en la política, en la ciencia y en el arte, emana de asociaciones ideológicas no fundadas en lo real objetivo, ni para analizar en la ciencia, ni para aplicar en la moral y en la política, no para idealizar en el arte, ni para construir con ellas la augusta unidad del progreso. La Ciencia, señores, hija de la experiencia y de los fortuitos hallazgos del pensamiento, como la lente de un péndulo que cuelga de lo infinito no sabido, se forja en las necesidades y aspiraciones innatas de la sociedad, y va de ella á las ideales regiones del arte, y á ella vuelve en las plásticas concretaciones de las Pirámides del Palemón, de La Ilíada, de La Eneida, de La Divina Comedia y El Paraíso perdido, de Los Lusíadas y El Quijote, de La vida es sueño, de Los Miserables y El Fausto, de la Novena Sinfonía, del Moisés de Miguel Angel y las Inmaculadas de Murillo, para continuar en -- 11 -- isocronismo eterno sus indefectibles oscilaciones de lo humano á lo ideal y de lo ideal á lo humano, en la indefinida amplitud del Progreso. Isaías, Jeremías, Asaf, Eman é Iditum, exhalaron sus cantos en la civilización circunscrita por la humanidad de Arana, de Ghanaam, de Jether, de Lehabim, de Misraim, de Gomer, de Kouch, de Ophir y del Gran Mar; Orfeo, Píndaro y Homero cantaron en el mundo de la Arcadia y de la Hélade, de los países tenebrosos de los Cimmerios, de las Hespérides, de Trinacria, de Libia y de Egipto, de los Fenicios y Erembes, de los Henetes y los Frigios, de Chipre y de Sidón; del mundo de Erastóstenes y Tolomeo surgieron Esquilo y Eurípedes, Virgilio y Lucrecio. Y fué el saber de la humanidad antigua el que, cristalizando en el arte, iluminó los senderos prácticos de la vida civil, encendió el fuego sacro del amor patrio, ensanchó los dominios del progreso; el que afirmó y arraigó costumbres, pasando de etapas de sombra á comienzos de crepúsculo, y de crepúsculos á auroras, para que la plena luz de lo Bello irradiase de Homero y Virgilio á Boccacio, á Dante, á Ossian y Byron, á Garcilaso y Cervantes, á Calderón, á Víctor Hugo, á Goethe, á Campoamor y Zorrilla, en el gran planeta que, completado por Colón, habrá de oir en estos siglos los cantos de una nueva poesía, de un nuevo arte hijo de la no interrumpida humanidad. Pasaron ya las canciones órficas y olímpicas, pasaron ya las epopeyas de odio y sangre, pasaron los trenos y las profecías, pasaron los acentos heroicos en honor de las aventuras de los semidioses, pasaron ya las visiones del Tártaro y del Empíreo; ya hoy se anuncia en las cláusulas del moderno -- 12 -- clasicismo, hijo del Renacimiento y nieto de la antigüedad, como en una invocación de la especie humana que duda, inquiere y comprueba, la grande epopeya que, desligada de todo empirismo irracional, cantará las luchas de la inteligencia y los triunfos del saber, verdadero hipántropo que, sin sangre, escala el Olimpo ideal en la Verdad de la ciencia, en el Bien de las instituciones y en la Belleza de las artes. Ese ideal, vaticinado por los videntes de la Filosofía, soñado por Pí y Margall, por Giner y González Serrano, y presentido por Altamirano y Justo Sierra en mi Patria, ha encontrado grandes obstáculos en el siglo XIX y en los primeros albores de la actual centuria. No existe una escuela filosófica que en el siglo XIX haya condensado la labor secular del pensamiento; la panificación de las ideas del siglo XVIII en instituciones humanas, no ha tenido ninguna modificación de cuya originalidad pueda blasonar el pasado siglo; parece que el verbo de Descartes de Diderot, de D'Alembert y Volney ha hecho punto final, y afligida la razón humana, desesperada, pretende consolarse lanzando al orbe como un sarcasmo y como un insulto á su propia exagerada impotencia, no un cuerpo de conocimientos, no un eslabonamiento de adquisiciones en el campo de lo que es, sino un método, un confinamiento: el Positivismo; con él se ha forjado la fórmula empírica que bien puede llamarse la economía del hombre-manos, porque niega una de las tres grandes categorías impuestas á la razón por la naturaleza de las cosas: el por qué. Admite sólo el qué y el cómo y rechaza el orden especulativo puro que, como principio, medio evolutivo y término final, implica toda ciencia. -- 13 -- Existía la negación de la razón por la fe; faltaba la negación de la razón por la razón, el más peligroso acaso de todos los sistemas, de todos los métodos y de todos los confinamientos: en su pars construens, porque desintegra las energías intelectuales del sujeto, y en su pars destruens, porque desintegra el objeto en sus relaciones de principio y fin. Ese grito de desesperación exhalado por Comte ha tenido resonancia, porque ha vibrado en un siglo descontento de sí mismo á la vez que de todo lo antiguo; en que han absorbido á las inteligencias maravillosas adquisiciones que, si bien han aproximado los pueblos, han hecho de la humanidad un inmenso mercado. Pretendiendo sofocar sus naturales ansias de saber, la razón ha fundido todas sus energías en los instintos de comercio, en la prosecución de cuanto pueda arrojar inmediatamente la consecuencia de un tanto por ciento. La veta de oro, el monopolio, la inversión de capitales, el acrecentamiento de territorio, eso forma el ideal de nuestros días, el cual, robusteciendo el poder de pocos, aniquila á muchos; sin que haya más ciencia que lo que á ese ideal converja. Si la Metafísica misma lograse evitar una huelga, darle prestigio á un negocio ó afirmar alguna institución bancada, tendría entonces como signo específico de ciencia, lo que en cifras redondas arrojasen sus efectos. La ciencia del sujeto, se ha dicho, está exhausta, y en las adquisiciones de ella tan atrasados estamos hoy como ayer. ¡Aun privilegiadas inteligencias que venero, han adoptado el credo empírico de no hay más ciencia que la ciencia positiva, y Comte es su profeta! Entiendo, pues, que el pensamiento de una parte de -- 14 -- la humanidad se ha amanerado en un método al que quizá conviniese mejor el nombre de Negativismo que el de Positivismo. Parodiando una alegórica frase de Leibnitz, diría que el pensamiento positivista quiere ensanchar la labor del conocimiento á la manera que el astrónomo que intentase ensanchar la Astronomía sin el estudio de la óptica y del telescopio, y como el fabricante de instrumentos astronómicos que prescindiese del ojo.--Era de aguardarse la discordancia de los bandos docentes en la Pedagogía moderna, porque si proclamándose dicho método esencialmente antropológico y humanitario, se aleja más y más en el mundo científico-económico de la tierra de promisión en que las masas sociales hubieran de tener á la mano el camino de la emancipación por el trabajo, el talento y la virtud, no ha sido más feliz al resolver los problemas de la educación; ha creado una pedagogía automática y, creyendo haber encontrado la fórmula universal y el camino único en que toda inteligencia concibe la verdad, ha suplantado la ciencia de las leyes del pensamiento individual y colectivo por una jerga fundada en una inconsecuente metafísica. Los nuevos metodistas de la filosofía se han hecho sentir en el arte. Wagner y Listz, á pesar de ser genios, como muchos pensadores positivistas, por haber presentido la necesidad de un nuevo arte, fruto de nuestros siglos, consciente ó inconscientemente, han llevado al arte de los sonidos el espíritu cuasi-religioso, el confinamiento del Positivismo, tienen su pagoda en Bayreuth. El Positivismo niega la ciencia del yo del sujeto; el Wagnerismo niega el objeto del arte, la expresión de la -- 15 -- belleza. El Positivismo confina la actividad intelectual en la experiencia limitada, el Wagnerismo circunscribe el arte por el sentimiento indefinido; pero se debe hacer constar que la obra de Wagner, como la de Comte, ni es escuela ni es original. No es escuela porque carece de principios condensados en reglas concretas; no es original porque su error, debido á la ignorancia filosófica de muchos maestros en la estética, es antiguo y caracteriza precisamente un período de sombra en los fastos de la estética musical, ciencia verdaderamente nueva. Wagner fué simplemente la energía y el éxito que, por personalísimas circunstancias, fundaron el Positivismo musical. Mattheson, Marpurg, Forkel, Engel, Heinse y otros musicólogos habían establecido anteriormente que el objeto de la música era la expresión del sentimiento. El objeto del arte es la expresión de lo bello, la idealización de la forma por obra de la materia plástica que da el ser específico á cada arte liberal. El sentimiento es de orden psicológico ó patológico, radica en lo relativo, varía de persona á persona, de clima á clima y de circunstancia á circunstancia; es lo vago, lo indeterminado é indeterminable. Hegel lo ha dicho (*): lo que se siente permanece envuelto por la sombra de la individualidad más abstracta; por eso los caracteres de la sensación son puras abstracciones y no los de la cosa misma. En Arquitectura, en Pintura y en Música; ante un monumento, ante un cuadro, ante una sinfonía, el ------ (*) Estética T. I., 42. -- 16 -- sentimiento podrá moverse ó no; pero en tanto lo esencial de la obra es la expresión de la Belleza que ha de apelar en primera instancia á la imaginación y luego á la inteligencia y al raciocinio, dentro de la idea de la obra. No sorprende, pues, que Wagner, al romper la naturaleza, el ser del principio, haya destruido en la armonía el ritmo y la melodía, la naturaleza del medio plástico de su arte, cifrando el objeto inmutable de la Música en los veleidosos caprichos del sentimiento enteramente relativo, enteramente vago, abstracto y exótica á lo que es en el arte musical. Mas no pretendo, señores, deprimir á un genio que sintió la necesidad--aún no satisfecha--de una reforma en el drama lírico, porque sólo el espíritu de un grande hombre podía sentir esa necesidad; tampoco me aventuro á un estudio analítico «n una materia en que apenas me he iniciado, y me ceñiré por ahora á bendecir la obra de Hanslick, que ha hecho oir en los grandes centros de enseñanza un eco de verdad artística; á Bonavia Hunt, que ha sembrado en la escuela y en el colegio de Cambridge nociones salvadoras; á Clement y Fetís, doctores de la verdad musical; al arco de Joachim, de Sarasate y de Monasterio, que en el mundo moderno han evocado el alma de Bach, de Bethoven, de Haydn, de Mozart, de Schuman y de Mendelssohn, al sonar entre los hombres esa música, que semeja combinaciones angélicas robadas á algún repertorio celeste; esa música, en que no son las hermosas formas de las cantantes,, ni las valiosas decoraciones del teatro, ni las situaciones escénicas, ni la complexión nerviosa de los espectadores, lo que nos lleva de la mano á la contemplación de los panoramas misteriosos -- 17 -- de lo infinito, sino las beatíficas irradiaciones que, en rumoroso océano, brotan de la verdad. El interés egoísta como fin de la ciencia, el empirismo rutinario como fórmula educativa y el sentimiento versátil como principio, medio y fin del arte, son la triforme hécate positiva que, con el nombre de Decadentismo en el orbe literario, amaga hundir á la divina poesía. Ya que los grandes, los maestros, desdeñan tomar en consideración este mal de unos pocos extraviados en literatura, permítase que un estudiante como yo haga algunas breves consideraciones sobre el Positivismo literario, sobre el confinamiento llamado Decadentismo, Modernismo ó Delicuescencia. En primer lugar, no es escuela, no tiene principios, la ciencia no lo anima; no tiene ideal, el egoísmo lo informa; no tiene reglas, es el esoterismo del capricho. Para el Wagnerista literario, la verdad del concepto, el valor léxico ó ideológico de la palabra, la armonía, del todo son accidentales en el arte cuyo objeto--abstracto, indefinido y condicional--es provocar emociones, expresar el sentimiento, no con relación á la verdad que se adueña de la imaginación racional, sino con relación á la fantasía en estado patológico. Para «el delicuescente», la palabra no es símbolo representativo, es emblema indefinido; por eso, definir el Decadentismo es aniquilarlo, y poco hay que decir de él, sino que tiene su génesis, no en lo sustancial, por esotérico; ni en lo formal, por caprichoso; sino en el apetito inmoderado de gloria, en la carencia de intereses puramente científicos, por la ignorancia de una ciencia equilibrador del juicio; en el prestigio que la casualidad ó los prejuicios de una masa social han -- 18 -- dado á algunos escritores, en el estado neurótico de sus prosélitos, en el desprecio de los maestros que desconoce y en el ansia de fundar un arte asequible, sin añejo estudio, sin virtud y sin aptitudes. Pero conste que el confinamiento decadentista no ha tenido que ver, por fortuna, con la epopeya y el poema; su esfera de acción es el regocijo literario, el retruécano y las estrofillas aisladas. Bien ha dicho un poeta amigo, hijo de este país: No pueden los espíritus ineptos ordenar en estrofas los conceptos. Sólo en una forma creo acertado al Positivismo literario: en la elección de materia plástica para una de sus más favoritas exteriorizaciones; gusta del fiemo: es este el único elemento con que acaso, por el símbolo y el enigma, alcance á levantar obras dignas de atención, porque, desgraciadamente, el genio sucio de la humana sensualidad es el nato hierofante para dar á entender todo lo obsceno. Si la crisis de nuestros tiempos ha sido la aglomeración de los obstáculos que, naturalmente, impiden al hombre actuar en un mundo de verdad, tenemos, por otra parte, que la siempre efectiva ley del progreso, sacará, positiva ó negativamente, grandes ventajas de esa crisis. Hay muchas instituciones que incesantemente trabajan por la verdad. El Ateneo de Madrid es un faro para el arte en ambos mundos; también el Ateneo Mexicano alberga á muchos de los depositarios de las ideas salvadoras. Justo Sierra, Juan de Dios Peza, Joaquín D. Gasasús y muchos más, son allende el mar los vástagos de una generación ilustre: de Alarcón, de Gorostiza, de -- 19 -- Ignacio Ramírez, de Altamirano, de Carpio y Riva Palacio, que á su vez lo fueron de los grandes y únicos maestros por quienes España mira frente á frente á la humanidad de todos los siglos y de todos los países gloriosos en los genios que produjeron. Desearía, para concluir, señores, que me asistiese en estos momentos alguna autoridad, algo de vuestro prestigio, para que, haciéndome digno representante del Ateneo de mi Patria, pudiese en su nombre invitar á todos los artistas de nuestra lengua á propalar por todos los medios posibles el estudio del arte en sí mismo y en sus monumentos, ya aquilatados por la ciencia secular y por los hechos inmortales en la vida intelectual de las naciones, para que, unificados en el ideal de la belleza todos los que la persiguen, no sea el arte moderno indigno de la admiración y amparo de los sabios; á que predicaseis la necesidad de la paciencia, de la constancia, de la honradez y de la tenaz crítica de sí mismo por el estudio de la naturaleza de cada arte, á fin de que en estrofa como en nota y en colores como en piedra, llegue á concretarse el numen divino del arte futuro, hijo de la ciencia de los siglos y honor de la especie humana.