Año 1.—Número 2.Madrid 16 Abril 1883. REVISTA IBÉRICA DE POLITICA, LITERATURA, CIENCIAS Y ARTES. Director: D. Juan Reina. SUMARIO. — 16 Abril 1883. DON MELITON MARTIN.—Confidencia preliminar. CLARIN.—Boileau. DON MARIANO DE CÁVIA.—El periodista, Papa. DON JOSÉ R. MOURELO.—El color del agua. DON ANGEL DE LUQUE.—Revista política ex- terior. DON MANUEL DEL PALACIO.—Epigrama. DON FRANCISCO DE ABARZUZA.—Trasmisiones (poesía). DON JUAN REINA.—Au Bonheur des dames. DON JOAQUIN MORENO —Libros nuevos. REVISTAS EXTRANJERAS: Revue Suisse. Revista de derecho internacional. La Filosofía positiva. Journal des Savants. Comptes Rendus. Revue politique et litteraire. Revue scientifique. 16 de Abril. Aprobado por el Congreso el proyecto de policía de imprenta, despues de un rápido debate sostenido, en último término, por los Sres. Esteban Collantes, Betan- court y Villalba, con los Sres. Becerra y Romero Giron, votada definitivamente la ley modificando la constitu- cion del Estado mayor del ejército, y en el Senado la de establecimiento de colonias agrícolas; un suple- mento de crédito de 6 millones de pesetas en favor del ministerio de Fomento, con destino á construccion de carreteras, y otros proyectos de interés ménos general, se ha dado la voz de silencio á los periódicos ministe- riales por lo que á cuestiones políticas se refiere. Nadie, en efecto, se acuerda ya del programa po- lítico de un gobierno que no lo tiene; ni discute so- luciones, que no se plantean, á los conflictos que en cada ramo surgen, efecto de la inaccion ministerial. Calma, es la consigna en todas partes. El ópio del po- der invade el cerebro de cada consejero responsable, y medio desvanecidos sueñan que están despiertos. El Sr. Nuñez de Arce, dormido, apenas logró evadir el grave y, para él funesto, incidente Loren-Prender- gast, se cree convertido ahora en aquel protagonista de Echegaray que tenia la muerte en los labios. Otras ve- ces cree percibir la voz indefinible de Gullon que le tranquiliza diciendo: "No temas la muerte; mañana serás conmigo en la cesantía." " Calma, calma, " continúa, no obstante, el Jefe. ¿Quién piensa ya en política? Las reformas administra- tivas distraen la opinion pública, la atencion de todos está en el fomento de las artes, de la agricultura, la in- dustria .... En tanto, el ministro de Gracia y Justicia sospecha que nadie le obedece y que los reos por delitos graves de- jan libre en las cárceles las celdas en que se amontonan los jornaleros; piensa que los nombres inscritos en el escalafon de jueces celebran la venida inesperada de S. E. al poder con una danza en que los más hábiles pujan el puesto á los más pacíficos, y se afana por romper los estudios jurídico-penales que representan en él toda una gloriosa vida de trabajo. ¿Quién piensa ya en política? ¿Quién se atreve á sospechar que las listas electora- les no serán, por mofa, colocadas en muchos municipios á la altura que Calígula ponia sus decretos? ¿Quién espera soluciones á la crisis por que atravie- sa Andalucía, cuando se molesta á los obreros de Pala- frugell en vez de auxiliar el desarrollo de sociedades cooperativas? ¿Es síntoma de bienestar tanto abandono? ¡Seis millones de pesetas sobre lo sesenta de déficit, para la construccion de carreteras! Esto es administra- cion pura; nada, segun el Sr. Sagasta, tiene que ver con la política; afirmacion exacta cuando se habla de ciencia; pero infundada respecto á la política de com- padres que hoy domina. No hace mucho que el Sr. Silvela, ex-ministro de la Gobernacion, dió en el Ateneo una conferencia sobre las leyes de obras públicas, digna de recordarse. Ha blaba ante un público amante de lo bello, y recogió nu- tridos aplausos por la forma de su discurso; pero ¡cuán- ta amargura en el fondo! Con datos fehacientes y la franqueza de un Hartmann, nos hizo saber el mal in- corregible de nuestra administracion. Las concesiones de carreterras se obtienen de un ministro cuando éste no tiene ó no quiere dar credenciales á los diputados. Si únicamente preocupan los problemas de adminis- tracion, ¿cómo se acentúa el barullo de la Hacienda? Mientras el Sr. Puerta hace constar en el Congreso que los recibos del impuesto de la sal no llegan á los con- tribuyentes sino con apremio, el Sr. Fernandez de la Hoz participa que algunas Administraciones económi- cas no reciben los resíduos del empréstito de 1873 por ejercicios anteriores á 1877, y en el Senado se discuten nada ménos que las ideas generales que el Sr. Pelayo Cuesta profesa respecto á reforma de aranceles, como si se tratase de un asunto completamente nuevo. Raya en efecto á tal altura la pereza ministerial, yacen tan postradas la administracion del Estado y la administracion de justicia, que nadie se acuerda de teorías políticas ante la consternacion que produce la anarquía que nos rige. El ministerio chico ha demostrado una vez más que no hay enemigo pequeño. No es un ministerio de tran- sicion, sino de destruccion, este ministerio Epi ménides, capaz de dormir cuarenta años, como el cretense de la fábula. 26 REVISTA IBÉRICA. Próxima á publicarse la importante obra de nuestro sabio colaborador Sr. D. Meliton Martin, titulada Pónos ó la comedia humana, bosquejada por el autor hace veinte años, y totalmente refundida ahora con arreglo á los últimos adelantos de la ciencia, creemos com- placer á nuestros lectores insertando la si- guiente CONFIDENCIA PRELIMINAR. Yo no sé, benévolo lector ó atrabiliario, si despues de callar y más callar te habrás en- contrado alguna vez con el pecho rebosando cuitas y si por ende habrás experimentado la urgente necesidad de verter en pecho amigo alguna parte de tus amarguras; pero hayas o no padecido semejantes ánsias, y estés ó no dispuesto, por lo tanto, á tolerar mis desaho- gos, prevéngote sin ambajes que no tengo humor para comenzar el relato de mi cuento, si no me prestas antes tu atencion y escuchas paciente y resignado mis tiernas quejas y mis sentidas confianzas. No te impacientes; no te asustes; soy hombre de mi siglo como tú; si te robo breve rato de ese tu vivir vertiginoso, pagártelo hé en oro de buena ley ó en valor equivalente, con garantía de sinceridad é hi- poteca de llaneza. Has de saber, amigo ó enemigo mio, que á mí me sucedió de mozo como á la inmensa mayoría de mis coetáneos: despues de haberme atibor- rado la memoria con las sabias lecciones de mis honrados maestros, la doctrina corriente más selecta y la prosa convencional de muy buenos y muy renombrados libros, halléme como fabricante cuyo almacen está provisto de materia prima añeja o averiada y que no puede fabricar género vendible, productos idó- neos para el cambio. Ni áun vivir podia, y mucho ménos medrar, sin rehacer total y cui- dadosamente mi educacion moral y literaria, porque al obrar conforme á lo aprendido, cada paso era una candidez y porque saltábame á los ojos de continuo la poca ó ninguna con- formidad entre la conducta y las doctrinas de los hombres, entre sus palabras y sus obras. Al emprender la tarea de mi nueva educa- cion, preguntéme como tantos otros: ¿De dónde? vengo? ¿Cómo debo obrar? ¿A dónde voy? Y ape- nas medité algun tanto acerca de la correla- cion y la importancia de estas tres pregun- tas —compendio de la curiosidad humana y síntesis de toda filosofía—cuando me sedujo aquella sentencia del buen Sócrates que dice: «la verdad es como un hilo iluminado en su »centro, cuyos extremos en la oscuridad se »pierden; los filósofos se paran en el centro, »los sofistas siguen más allá.» Esto me bastó para circunscribir mis inves- tigaciones á lo más inmediato, ó al alcance, deseoso de pisar en firme antes de engolfarme en brazos de la fantasía por los profundos abismos del pasado, ó de remontarme con sus alas á las regiones futuras. Además, la sabi- duría antigua, habia dicho «Conócete á tí mismo,» y tomando por punto de partida tan sesuda prescripcion, deduje la necesidad de conocer al hombre y á las sociedades por él constituidas, para lo cual era indispensable analizar su actividad y tener conocimiento de las leyes que la rigen. Hícelo así, y saqué es- tas consecuencias: 1.ª, la obra humana se hace con las manifestaciones ó productos de nues- tra compleja actividad; 2.ª esta actividad, ó sea el trabajo humano, en toda época ó lugar consta de tres clases de movimientos, de algo meterial mecánico, algo razonador y algo sensorio; 3.ª, las leyes del trabajo, como fuente de todo bien y de todo mal, son fundamen- tales para todo conocimiento y todo juicio, y 4.ª, nuestra mision terrena es el trabajo, si damos á esta palabra una definicion cien- tífica. Aquí tienes, lector, en cuatro trazos, la gé- nesis de mi pensamiento. Darle á conocer á los demás de tal modo y en tal forma que el adolescente ó la mujer hallaran recreo en ello, ciencia los hombres viriles, y materia para meditar los pensadores ó ancianos, fué desde luego mi ambicion y el objeto que irreflexivo me propuse. Impaciente por realizarle, emborroné mi pri- mer cuento hace veinte años, y le lancé al mundo y á la vida en una atmósfera cuyos ele- mentos de tolerancia eran muy otros de los actuales. Por eso y por un temor, entonces lógico y lícito, de escandalizar con atrevidas novedades, el engendro debió ser concebido en hora aciaga y nacer feo y raquítico, á juz- gar por la pena de menosprecio que la crítica le impuso sin apelacion, y de la cual,—sea di- cho entre paréntesis,—apelo á los venideros. Durante los veinte años transcurridos he procurado dar á entender el fundamento de mis opiniones en otros libros como La Filo- sofía del sentido comun, Le Travail humain, El Co- nato de clasificacion de los conocimientos humanos, y en Las Huelgas, El Trabajo en España y varios otros escritos de menor cuantía, quise ensa- yar la solidez de la doctrina en la piedra de toque de su apecacion, su eficacia para resol- ver los problemas sociales de todas y cuales- quiera épocas. Por otra parte, los progresos del pensa- miento en España han sido grandes desde entonces, y si no abrigo plena esperanza toda- vía, confio hallar, en general, alguna más benevolencia. Escuelas y pensadores hay hoy REVISTA IBÉRICA. 27 en boca de todos, desconocidos ó ignorados en 1863. Con lo dicho basta y sobra para explicar, si no para justificar, mi atrevimiento al ofrecer al público español una nueva edicion de El Pónos. ¿Y qué es El Pónos? se me preguntará. Va- mos por partes y despacio. Por de pronto cúmpleme advertir, que no presumo haber dado la existencia á uno de aquellos hijos bellísimos, honra, gloria y em- beleso de sus padres. Es como una creacion anticipada, la cual, á fuerza de cuidado y cor- recciones, podria ser con el tiempo tan her- mosa como es útil. Para decir sin rodeos el valor justo que le doy, me valdré de un. muy apropiado símil. El Pónos es como una de esas copias de la figura humana hecha por mano de niño sobre lienzo de pared: un redondel con ínfulas de círculo, representa la cabeza; den- tro de él dos puntos desnivelados son los ojos, una raya la nariz y otra debajo la boca. El cuerpo de esta cabeza—curva del órden de las calabazoides—lleva dos líneas á uno y otro lado, y otras dos inferiores y colgantes con cinco trazos divergentes en las extremidades de las cuatro, para completar la representa- cion sensible de la imágen que bullia en el cerebro infantil, imágen y representacion in- formes cuanto defectuosas, pero que andando los tiempos y de retoque en retoque pudieran convertirse en un Apolo ó una Vénus, en un dechado de gracia y de lozanía. Mi obra—lo sé y lo digo sin rebozo—es como el pueril alarde, mas ¿quién se atreverá á negar que encierra siquiera los contornos de la grande, de la mag- nífica epopeya. Lícito me será, pues, indicar en confianza su genuina significacion y los motivos ó razo- nes de su especial estructura. Hay en toda obra forma y fondo. En la mia el fondo es lo principal, y quienes prescindan de él, deben renunciar á su lectura. Quisiera deleitar, pero prefiero instruir. Cuantos lean con detenimiento las cuatro partes de El Pónos, comprenderán desde luego que aspira á ser una síntesis general deducida de la historia, conforme á las leyes de evolu- cion proclamadas por la ciencia. Advertirán tambien cómo procuro presentar el desenvol- vimiento histórico, demostrando con ejemplos, que todo lo humano es obra del trabajo, y re- clamando el puesto primero y principal en los gloriosos anales, para los soldados oscuros, cuyas heróicas proezas fueron el noble pedes- tal de esas egregias figuras no siempre dignas de exclusiva admiracion ó de servir de mo- delos . Presentar así en cuadro animado y reducido nuestra mision sobre el planeta, tomando en cuenta los elementos verdaderos de la civili- zacion y sus fuerzas impulsoras, y presentar- le, sonriendo tristemente ante los sueños, los errores, las flaquezas, y los desengaños de la especie, es de suyo temerario; pero aspirar á trazarle en forma amena ó galana ofrece difi- cultades, insuperables casi, casi. Más fácil me hubiera sido escribir uno de esos rosarios de rapsodias en treinta ó cuarenta tomos, tan ci- tados como poco y mal leidos, y de los cuales nadie saca una síntesis concreta, un concepto claro de la historia para su uso y su guía. Y sin embargo, yo me decidí por lo más di- fícil y ménos eficaz para alcanzar por de pron- to fama y nombre, porque cabalmente mi pro- pósito era sustituir la interminable é inconexa serie de hechos cronológicos, el revuelto arse- nal de teorías y argumentos (valederos para defender todo dislate y todo error, perpetuán- dolos), con un resúmen sencillo de las leyes superiores á cuyo imperio vivimos entregados, dentro de cuyo resúmen cupiese la medida de nuestro libre albedrío, el catálogo de los me- dios á nuestra disposicion, las reglas del bien obrar y buen vivir, y todo ello diluido en la poesía seductora y la tiernísima solicitud que velan de continuo sobre el hombre para auxi- liarle en la lucha y endulzarla embellecién- dola. Cualquiera que compare mis ciclos de des- envolvimiento, ya material, ya intelectual, ó ya afectivo, con los ciclos de Vico en su Scien- za Nuova, por ejemplo, paréceme que notará novedad y trascendencia. Expuesta así mi aspiracion, no es difícil en- tender cómo la forma se me impuso. Conden- sar datos tan múltiples, épocas de tanta du- racion, lances al parecer contradictorios, en tan reducido molde; adivinar su sentido para ponerle al alcance de la generalidad, sólo po- dia intentarse con el recurso de abstracciones dentro del libre campo de la fábula. Conozco los inconvenientes de esta forma; mucho he vacilado, mucho he discurrido: no encontré otra solucion y la acepté, como acepto los fun- dadísimos reproches que por unos y otros se me harán En un período literario de gustos ultra-analíticos en donde todo es subjetivo, y cuando lo subjetivo se alambica y desmenuza hasta descender á las naderías de lo pueril ó al fango de lo libidinoso; cuando las gentes se extasían con descripciones convencionales de lo trivial y mentidas autopsias psicológicas, ¿quién no tendrá un anatema para la obra cuyo procedimiento dialéctico exige del lector un discurrir suyo propio, á fin de saborear sus abstracciones? Porque la grande dificultad para entender el alcance de mi obra, nace de sus alegorías y de su absoluta generalidad. Seuda es la menti- 28 REVISTA IBÉRICA. ra en todo, como Dinamion representa la fuerza en sus manifestaciones múltiples, y si acaso predomina en aquella abstraccion el sentido religioso, no es culpa mia si entre los erro- res infinitos acariciados por los pueblos, los errores religiosos siempre descuellan y tras- cienden. Por lo demás, yo no puedo estar conforme con aquellos que en absoluto rechazan la for- ma alegórica y casi la dan por muerta. ¿Qué serian las obras más grandes del ingénio hu- mano sin la fábula y el símbolo?. Dante, Gœ- the, Calderon, si hubiesen renunciado al sim- bolismo, ¿nos habrían legado por ventura sus más deliciosas enseñanzas?. Claro está que si las creaciones alegóricas se reducen á perso- nificar cuatro virtudes ó vicios—como en el Criticon ó el Pilgrim's Porgress—para hacerlos dialogar pesadamente, el simbolismo, al tras- pasar los límites del breve é ingenioso apólo- go, puede hacerse insoportable; pero si toman do de éste la sencillez y el candor se complica la trama cómica ó dramática en proporcion á los ensanches del molde, no hay razon para negar la posibilidad de escribir la Comedia de la Vida de un modo ameno y simpático. Porque yo carezca de estro, de inspiration, de númen, no hay razon para declarar la obra desacertada ó imposible. Dichas estas compendiosas frases en discul- pa de mi tenaz insistencia, añadiré muy po- cas más. No siendo mi intencion ni mi propósito ha- cer la historia detallada de los inventos hu- manos, héme limitado á mencionar, cual ejem- plos, algunos de los principales, colocándolos en el punto y hora de más efecto, para dar re- lieve, no al cuento, sino á la doctrina. Por esto y despues de preparar su adveni- miento, concentro su significacion y sus ven- tajas en un símbolo maravilloso, y por eso personifico los agentes naturales, como el fue- go, la pesantez ó aire, ganoso de despertar la meditacion de mis lectores para inocular en sus conciencias el mor á algo superior, cuya bondad se manifiesta en todo cuanto nos ro- dea. Sin semejante recurso habría sido poco un libro en cada caso, para decir peor, y hacer resaltar aún ménos, las maravillas poéticas que nos envuelven do quier. Algunas notas, muy pocas, muy sucintas, he intercalado en el texto para orientar de cuando en cuando al pensador ó al curioso. Quizás haya quien hubiera deseado más. Ano- tar cumplidamente mi leyenda exigiría por lo poco ocho ó diez tomos gruesísimos, y ante tamaña árdua empresa, y por piedad hácia el lector, hube de retroceder. No vaya á creerse ahora que abrigue yo la necia pretension de decir algo original y nue- vo. Faltaría á mis más arraigadas conviccio- nes y al íntimo sentido de mi obra. Cuanto digo lo he aprendido de mis antecesores, ó me lo han enseñado mis semejantes en la prác- tica. La forma sola tendrá, tal vez, algunos lineamientos personales mios, pues áun el re- curso de colocar al protagonista de mi cuen- to en una isla, se ha empleado antes de mí, ya por Defoe, en su famoso Robinson, ya por Abubeker-ben-Tofail, el árabe de Guadix, en las aventuras de Hai Ebn Yokdhan, traducidas al latin por Polocke con el título del Auto- didactus: el primero para poner de relieve el poder de la diligencia y la utilidad de lo apren- dido, áun en medio del aislamiento y desam- paro; el segundo á fin de demostrar—y en mi sentir tan falsa como gratuitamente—que la razon individual se puede formar por sí, y lle- gar al sumo saber en una sola existencia indi- vidual hasta confundirse con su creador. Aún hay más: algunos de los nombres grie gos (empleados con el deseo de hacer el cuen- to universal) se encuentran en obras antiquí- simas, entre las cuales citaré El Coloquio del Obispo Teodulo, allá en los primeros siglos de la Iglesia, en cuyo Coloquio, reducido á seten- ta y siete estancias, aparecen Alitia (la verdad) y Pseusti (la mentira), equivalentes á la Alecia y á la Seuda de mi historia. No tengo, pues, sino una única ambicion: la de contribuir en la escasa medida de mis fuer- zas á la emancipacion de Alecia, procurando persuadir al hombre de la necesidad de some- terse á las divinas leyes de este mundo, y en- señándole que su mision en él es de actividad ó de trabajo. Ni la naturaleza, ni el destino, me permitieron aspirar á mayor gloria, porque aherrojado á mis muchos y pesadísimos debe- res, he vivido como náufrago en medio de las oleadas de ciencia nueva y vieja fé, causa de las borrascas de mi tiempo, y llevado aquí y allí, por manera irregular, fui tragando boca- nadas de saber y de cultura, que si excitaban en mí, cual las salobres ondas de la mar, una sed inextinguible, negábanme punto de repo so, una playa ó un albergue donde saciarla á mi sabor en los perennes manantiales de la verdad y de la belleza. Despues de tanto trabajar, ni áun puedo exornar mi obra con un soñado atractivo: el atractivo de la ilustracion. Dado á luz hace veinte años mi primer informe esbozo, varios de nuestros pintores (entre los cuales pudiera citar nombres conocidos) me instaron á em- prender otra edicion ilustrada. Segun ellos, pocos libros brindan al lápiz del artista con cuadros más variados y fantásticos. Yo, cono- ciendo los defectos del engendro, me propuse rehacerle tan luego como la fortuna me otor- gara algunos años de tranquilidad, é ir entre- REVISTA IBÉRICA. 29. tanto allegando los recursos indispensables á la realizacion del plan. El hombre propone y la malicia del prógimo dispone. Acepté la di- reccion de unas obras colosales, creyendo ter- minarlas en cinco años, y doce malgasté, no del todo estérilmente, en apartar á dos infeli- ces del suicidio, y ocho llevo padeciendo mar- tirio por la justicia. Ni pude, pues, pulir mi obra, ni puedo ahora sufragar los indispensa- bles desembolsos para su cumplida ilustracion. Con el pié ya en el estribo, duéleme dejar detrás de mí, defectuoso y contrahecho, al po- bre hijo de mi amor, y por eso antes de em- prender el eterno inevitable viaje, le doy una recorrida á la ligera, y te le ofrezco, carísimo lector, algo curado de escrúpulos y temores, ménos oscuro de lenguaje, y más resuelto y viril. Préstale oído y atencion, porque tal vez te evite lecciones duras en la escuela de este mundo. Prevéngote, sin embargo, que sus pa- labras suelen ir tan sóbriamente religadas, que de no leerlas todas, meditando, pudieras sacar de algunas, ó deducciones falsísimas, ó muy erróneas consecuencias. Pónos es así: ó se le toma en junto, ó se le deja. Dios te guarde, y á mí—si yerro—me per- done. Meliton Martin. ——— BOILEAU. — I. Malos tiempos corren para la retórica, para los preceptistas y para los escritores que jura- ban por Horacio y Quintiliano. Aunque la es- tética, filosofía de lo bello, tampoco puede alabarse de merecer hoy gran respeto; sin em- bargo, su desprestigio no ha producido la reaccion que parecia natural, en favor de su enemiga la antigua retórica. Hoy, á pesar de que cuantos mozalvetes piden a palabra en el Ateneo, están convencidos de que es una abstraccion la idea absoluta de la belleza, y de que la fisiología es la que acaba á por expli- car esas que se han llamado ley estéticas, seguimos diciendo todos con el personaje de Moratin:—¡Las reglas! ¿Para qué sirven las reglas? Se quiere destronar á la estética, pero no la restauracion de la retórica. Cualquier gaceti- llero, crítico temporero, se sonrie de lástima si le hablan de la armonía como fundamental idea de lo bello; citar á Hegel en estas mate- rias es ya cursi; pero si se habla de Quinti- liano, la sonrisa se acentúa, y en llegando á Boileau se suelta una carcajada. ¡Boileau! ¿Con qué rima Boileau? dice algun purista de ahora. Las vulgaridades, los lugares comunes se- pudieron tolerar perfectamente, con poca bon- dad natural que se tuviere, mientras su mate- ria propia fué el truismo, ó sea, en castellano, la verdad de Pero Grullo; cuando las frases hechas y los pensamientos hechos, que tam- bien los hay, se fundaban en ideas sencillas, de sentido comun, de tradicional origen; pero hoy no basta la paciencia de Job para soportar el vulgo de los hombres aparte—como ellos se llaman—de los que tienen el prurito de lo en- revesado, de lo original, de lo excepcional y escogido. Ideas atrevidas y muchas veces aven- turadas, gustos y sentimientos alambicados y retraidos, que hace sesenta años eran rarezas de muy pocos, hoy son la vanidad de los más, y así el pesimismo, el escepticismo y otras cosas que no son para la multitud, andan por todas partes; el desprecio de la autoridad en todas materias ha cundido; pensar como los demás parece vulgaridad insigne; ya nadie quiere ser burgués, en el sentido que dan á la palabra ciertos escritores franceses. El adoce- namiento consiste en la pretension de no ser adocenado. Con un mundo así no hay doc- trina que dure, no hay escuela que se logre, no hay entusiasmo que no se disipe enseguida. ¡Cómo habia de subsistir la retórica! Cayó la estética, sí, pero la estética no se levanta. Comprendo que el dividir la literatura en obje- tiva y subjetiva será bueno, á lo sumo, para hacer unas oposiciones, no para creerlo como se nos dice; pero esto no nos anima á restable- cer las antiguas reglas: no hay géneros inter- medios ni lo lírico es predominantemente subjetivo... pero tampoco queremos la epanadiplosis, ni resucitamos la concatenacion. Abajo todo eso. El génio es génio. O sopla la musa, ó no sopla; esa es la cuestion. Y en cuanto á la crítica, es claro que tambien es intuicion pura. A todo lo que suene á griegos y latinos lo llamamos pseudo-clásico. Admiramos á Grecia ¡cómo no! in partibus infidelium—no tanto á Roma, que imitó servilmente; —creemos en la armonía plástica, en la sencillez del Partenon y en las sales de Aristofanes (á quien no leemos, por- que la verdad es que aquellas alusiones no se entienden); pero no pasamos de ahí; á los se- ñores del Renacimiento que se entusiasmaban con romanos y griegos, fuego graneado: los muy pícaros han calumniado á Aristóteles, no han entendido á Homero y han despreciado á Platon. Racine es un poeta de salon que tem- blaba delante de un rey; sus griegos y roma- nos son caballeros de la corte de Luis XIV; sus pasiones están tiradas á cordel y recorta- das por un patron, como aquellos alejandrinos y como los árboles de Versalles. Todo esto y mucho más lo sabe ya y lo dice el vulgo, y cuando un orador trasnochado lo 30 REVISTA IBÉRICA. repite en Ateneos y Academias, el vulgo aplaude, porque ahora el vulgo sólo encuen- tra que un escritor, orador ó poeta no es vul- gar, cuando piensa como él, es decir, cuando es pura vulgaridad. En cualquier criticastro que en otro tiempo desde su categoría se diera por muy contento con citar oportune atque in- oportune algunos versos de la Epístola á los Pisones, ahora vereis doctrinas propias—doc- trinas de propios, es decir, de aprovechamiento comun—llenas de distingos y excepcionales hasta renegar de sí mismas. Pondré un ejem- plo: el idealismo y naturalismo. Decidirse por una ú otra escuela, hoy se cree vulgaridad insigne; el caso es descubrir que en rigor no hay tales distinciones, que todo consiste en una mala inteligencia, que todo es ideal á su modo y natural á su manera. Cualquier escri- torzuelo recien nacido, está ya de vuelta cuando el lector va. Así las cosas, apenas se puede vivir, literariamente, se entiende. Y en tales circunstancias, hablar de Boileau parece el colmo de lo cursi. ¿Quién no se cree de gusto más fino y de más sagaz criterio que el preceptista francés? Aquí á Boileau le han leido pocos, pero de Hermosilla, á quien han leido casi otros tan- tos, se dicen pestes que se pueden aplicar al francés sin inconveniente. ¡Pobre Hermosilla! ¿Qué estudiante de preparatorio no le ha des-- preciado á él y todas sus figuras, desde las tribunas de algun Ateneo de esos que debieran venderse por piezas en las tiendas de juguetes? ¿Pues qué, no saben ya discípulos y catedrá- ticos de literatura, que el buen Hermosilla no veía más allá de sus narices, y que todo su clasicismo estaba traducido del francés? Pues Boileau, otro que tal. ¡Poco se le ha despre- ciado en Francia, y por consiguiente en toda Europa, desde que hay romanticismo!—¿Que Víctor Hugo le dirige una pulla? Pues todos los Víctor Hugos de campanario le insultan y se rien de sus reglas, que, despues de todo, «están traducidas del Arte Poética de Horacio» (como ya sabia Perrin). . . . . . . . . . . . . Ese es el Boileau de los que no le han leido. Permítaseme á mí prescindir de cuantas vul- garidades han dicho los que se rien de la retó- rica vulgar; permítaseme olvidar las patrañas que corren acerca del carácter literario de Boileau entre los oradores de Ateneo y críticos de gacetilla que escriben ó cuentan historias universales del arte al minuto, con grandes síntesis y grandísimas mentiras. Permítaseme decir algo del Boileau que resulta estudiando sus obras y lo que se sabe de su vida. Ninguna persona honrada y de buen sen- tido pensará que quiero darme tono, como se dice vulgarmente. No pretendo ser el único que conozca en España algo de lo que fué el verdadero Boileau, antes de que hiciesen su caricatura los filósofos de la historia del arte. En Francia y otros países en que estos asuntos se toman con calor, es claro que son muchos los que tienen del famoso Despreaux mejor idea de la que pasa por buena entre los numerosos. enemigos del retórico. En España tambien habrá muchos hombres imparciales y serenos que habrán leido las obras de Boileau y sabrán á qué atenerse. Yo no creo decir nada nuevo, pero si lo que yo mismo he visto por mis ojos. Este trabajo no tiene otro origen ni otro mo- tivo. Leí á Boileau, vi que no era lo que dicen muchos escritores y detrás de ellos el vulgo, y por un movimiento que inspiró en mí la jus- ticia, cogí la pluma para tratar someramente tal asunto. II. Generalmente se habla de Boileau sin pen- sar en su vida, juzgándole por algunos de sus escritos, casi siempre los que produjo en su ve- jez, en medio de enfermedades, mal humorado y ya decaido el vigor de su pluma. Muchos no ven en él más que el retórico preocupado con las mil nonadas de las reglas de pura for- malidad; se cree que sólo atendía al rigor de la medida en el verso, á la integridad de los hemistiquios, á la pulcritud del lenguaje, y fuera de esto, se dice, no hay en él más que frialdad, tirantez de pedante; se piensa que es un escribano de las letras, un curial del Par- naso con apego á las antiguas fórmulas. De la crítica esencial, la que apunta á las cosas y no á la arboladura, como diría Campoamor, poco ó nada sabría Despreaux, segun sus enemi- gos. Verdad es que en su tiempo no se habia inventado la crítica trascendental, ni era la literatura más que escogido pasatiempo; Boi- leau mismo declara que el hacer versos es ocupacion insuficiente. Que le vers ne soit pas votre éternel emploi cultivez vos amis, soyez hommes de foi: c'est peu d'étre agreable et charmant dans un liore, il faut savoir encore et converser et vivre. Pero es injusto pensar que no habia en el amigo ilustre de Racine más que un retórico alejandrino, incapaz de ejercitar el gusto en materia más importante que la crítica de he- mistiquios y cesuras. Aunque jurase por Aris- tóteles y por Horacio, Boileau tenia criterio propio, mucha experiencia del arte, conoci- miento del que era propio de su siglo, fino gusto y grandes cualidades de satírico, en lo que respecta á sus facultades de creacion. Pienso en este ligero trabajo estudiarle, con- siderarle en los diferentes aspectos en que se ha calumniado su memoria; lo primero de- biera estudiarse en él al hombre agreable et charmant, que sabe además de escribir libros, et REVISTA IBERICA. 31 converser, et vivre. Pero este asunto exige más páginas que las que puedo consagrar hoy ya á nuestro autor. Para preparar esta materia, par, que parezca ménos inverosímil ver en Boileau un revolucionario de la literatura de su tiem- po, casi un frondeur respecto de la Academia en la que no entró, á pesar de los deseos de Luis XIV, hasta edad avanzada, cuando ya ha bia escrito todas sus obras maestras (1), para este fin, digo, conviene ante todo deshacer las preocupaciones relativas al preceptista, al retórico formulista, al que muchos califican de servil imitador y hasta plagiario de Horacio. Si vemos, y creo que si, en el Arte Poética de Despreaux algo más que la Epístola á los Pi- sones, reglas que hoy todavía es oportuno re- petir á los autores que las olvidan, observa ciones profundas que obedecen á una crítica racional, práctica y de buen gusto eterno, es taremos más dispuestos á creer despues que Boileau fué el crítico más oportuno en su épo ca, el azote de la depravacion de las letras, el hombre de ingenio más poderoso en la rela- cion de la crítica de su tiempo, el gracioso satírico que fustigó á los necios con valor y chiste primoroso, el espíritu delicado que ni podia tolerar la hojarasca de la poesía corte- sana y churrigueresca, ó preciosa ó culterana de su tiempo, el noble amigo y consejero de Ra- cine y Moliere, el admirador de Corneille, el terror de los vates palatinos , el coco de los académicos presumidos y adocenados, la flor y nata de la cultura francesa, que despues dis- frazada de tantas maneras habia de llenar el mundo. Cíñome hoy, pues, á la obra puramente re- tórica de Boileau: dejo para otro dia, además de los rasgos de su vida y carácter, el exámen de sus sátiras, de su Lutrin y de su Carlos, los principales versos de Boileau sin duda. *** No son los críticos del siglo XIX los prime- ros que han acusado á Boileau de servil imita- dor de Horacio: ya algun poeta de su tiempo dijo que su Arte Poética era una traduccion de la Epístola á los Pisones. Boileau contestó victoriosamente que de sus cuatro cantos, que tenían muchos cientos de versos, eran sólo unos cuarenta ó cincuenta los tomados osten- siblemente del lírico y famoso preceptista la- tino. Para la crítica filosófica del siglo XIX, cuarenta versos todavía serian demasiado: en el tiempo en que Boileau escribia son todo ni alarde de originalidad y de independencia, po lo poco. ----------------------------------------------------- (1) Nació Boileau en 1.° de Noviembre de 1636. Las primeras sátiras son de 1660, y en 1683 todavía no er académico. Seria una exageracion extravagante querer hacer de Boileau un naturalista á lo Zola; pero sin ir tan lejos, me atrevo á decir que esos idealistas, que pretenden para su escuela el abolengo inmemorial del arte, olvidan que el mismo Boileau, el meticuloso retórico, dicta en su Arte Poética, más vilipendiada que leida, reglas tan sanas de naturalidad y realismo, que si siempre se hubieran seguido no necesitaria hoy el naturalista atacar tan duramente á los que al prescindir de ellas, hacen de la litera- tura un juego tal vez agradable, pero insigni- ficante y pueril muchas veces. El naturalismo contemporáneo declara una y otra vez que muchos de sus dogmas, acaso los esenciales, no pretende haberlos descu- bierto, sino que estaban ya en el clasicismo. En efecto; en la Poética de Boileau vamos á ver no pocos de los preceptos y consejos artís- ticos que la moderna escuela ha necesitado re- sucitar con nuevas fórmulas, y reforzándolos con argumentos de la experiencia literaria, tan rica en nuestro tiempo. No todo puede pintarse, dice el idealismo; el trabajo del arte es de seleccion: hay objetos en la naturaleza. y sentimientos bajos en el alma que no pueden ser ménos bellos en el arte, por culpa de su extremada fealdad en el mundo real. Hace poco tiempo, un gran es- critor, que es un mediano filósofo, Renan, sos- tenia esta doctrina casi con las mismas pala- bras. Contra ella protesta el naturalismo que dice: todo significa algo; todo se puede copiar, si se sabe; todo es digno del arte, si se encuen- tra su aspecto propio para la representacion. Esto mismo, pese á Reman, lo habia dicho ya Aristóteles en su Poética (cap. IV), y esto mismo lo repite Boileau en su Arte con imá- genes expresivas: Il n'est point de serpent ni de monstre odieux qui, par l'art imitè no puisse plaire aux yeux. Y más adelante: D'un puceau delicat l'artifice agreable du plus affreux objet fait un objet aimable. La pintura del amor suele ser lo que se cen- sura más en el naturalismo contemporáneo, porque se atreve á llevar á la escena y al libro las más inmorales pasiones de este género. Boileau quiere que el lenguaje sea casto, por- que lo crudo del lenguaje moderno en ciertas materias no lo consentian las costumbres de su época; pero reconoce el derecho del poeta á pintar el amor, por inmoral que sea: L'amour le moins honnête, exprimè chastement, n'excite point en nous de honteux mouvement. Esto mismo es lo que repetimos al idealismo un dia y otro; las pasiones más vergonzosas, el amor más lúbrico expresado castamente, no con hipocresía, no con velos que aumenten la 32 REVISTA IBÉRICA. lascivia, sino con castidad, con la intencion del arte, sin pasear el ánimo por el vicio, no des- pierta ideas vergonzosas, sensualismo grosero. En Zola, por ejemplo, no se encuentran esos veneros de lascivia que buscan en Paul de Kock y en ciertos novelistas en boga los espí- ritus enfermos de ese mal de podredumbre. ¡Oh, cuánto más avanzado, cuánto más des- preocupado y valiente se presenta Boileau, el crítico del siglo XVII en esos versos, que mu- chos críticos, hasta libre-pensadores, de nues- tros dias! El amor más vergonzoso en sí, cuando es casta la pluma, no despierta la las- civia. Verdad hoy desconocida por los hipó- critas y necios. Uno de los grandes defectos del idealismo, que su contrario censura con razon, es la va- guedad de lugar y tiempo, el desprecio del medio cuya accion y caracteres se mueven. El romanticismo ya se sabe que ha hecho tabla rasa en esta materia; de este mal tambien pa- decia el arte contemporáneo de Boileau; el estudio de las influencias ardientes y la repre- sentacion del medio en el cuadro literario, son adelantos que se deben al naturalismo. Pero Boileau ya decia á este propósito: Des siècles, des pays, ètudier les mæurs: les climats font souvent les diverses humeurs. En este último verso se llega hasta la lite- ratura del temperamento y del clima, como aparece en Numa Roumestan, por ejemplo. Otra de las censuras que el naturalismo di- rige á la escuela idealista, se refiere al perso- nalismo, al elemento lírico que los novelistas introducen, á sabiendas ó sin querer, en sus obras. Unas veces por alarde de humor, otras por orgullo ó vanidad, por endiosamiento, y otras por impericia, los idealistas reflejan á cada momento en sus novelas su manera de ser, la historia de su corazon ó de su pensa- miento. Unas veces disertan como poetas líri- cos, otras hablan por boca de los personajes con insoportable monotonía, haciendo impo- sible todo encanto de imitacion, propia de la vida. Tambien este vicio lo reprueba Boileau con elegante concision en dos versos en que ade- más se indica la causa frecuente de tal defecto: Souvent, sans y penser, un ecrivain qui s'aime, forme tous ses heros semblables á soi-même. Hablando directamente ya con los poetas cómicos, que son los que tienen por asunto la realidad de la vida ordinaria, el crítico del si- glo XVII les dice: Que la nature donc soit votre etude unique, auteurs qui pretendez aux honneurs du comique. No diría más Zola á Dumas y Sardou, ni más tampoco haría falta decir á los autores de co- medias de España. Recuerda Horacio las de Terencio y se en- tusiasma recordando la exactitud de aquellos caracteres: Ce n'est pas un portrait, une image semblable, c'est un amant, un fils, un père vèritable. Esta es la ley suprema del naturalismo, la completa verdad, que produzca el mismo en- gaño, si es posible, en los hombres, que pro- duce en las golondrinas la cruz de la sala del refectorio en la Cartuja de Granada. Allí las golondrinas van á posar el vuelo sobre los cla- vos... pintados. ¡Ese es el arte! Así lo quería ya Boileau, el servil imitador de Horacio. ¿Cómo se consigue este triunfo principal del arte? El naturalismo dice: Con la observacion; estudiando el mundo, no esperando el maná de una inspiracion mitológica. Y Boileau en. seña esto, que viene á ser lo mismo: Estudiez la cour et connaissez la ville; l'une et l'autre est toujours en modèles fertiles. ¡Modelos! es decir, casi casi el documento hu- mano. Pero, profanos, no creias, por la sencillez del procedimiento, en la facilidad del arte; no hay más que copiar, es cierto; pero copiar lo que se debe y como se debe es para pocos. Boi- leau nos lo advierte: La nature, fèconde en bizarres portraits, dans chaque ame est marquèe à de diffèrents traits, un geste la decouvre, un rien la fait paroître; mais tout esprit n'a pas des yeux pour la connaître. Sólo este último verso, sabido y meditado por muchos noveles escritores naturalistas que andan por Madrid y provincias, nos evitaria á los revisteros de libros el disgusto de tener que decir á tales escritores que para ser artis- tas no basta creer, y que en esta materia la buenas obras no las inspira la fé. Y basta de citas. Vea el lector si el Arte Poé- tica de Boileau es obra de un retórico preocu- pado con las frases del verso y del lenguaje únicamente. Nada más que con lo copiado se ve clara- mente que es Boileau un crítico de más actua- lidad, más útil y oportuno en nuestro tiempo que muchos trasnochados románticos, reac- cionarios en política tal vez; pero muy libera- les á su modo en estética. Clarin. ——— EL PERIODISTA, PAPA. —— Digámoslo sin rodeos ni escrúpulos. Durante veintidos ó veintitres años, las llaves de San Pedro han estado á veces sobre la mesa de una redaccion, tiznándose con la tinta fresca de las cuartillas recien emborronadas y los perió- dicos recien impresos. El periodista que ha REVISTA IBÉRICA. 33 ejercido de Papa, con aquiescencia del verda- dero Vicario de Cristo, con admiracion de los católicos intransigentes, con envidia de todos los prelados del orbe y á despecho del episco- pado francés, era Luis Veuillot. —¡Roguemos á Dios por su alma! han dicho los fieles al tener noticia de su fallecimiento. ¡Ah! El estaba más seguro de sí y más con- vencido de su influjo soberano. Las puertas del Paraíso debian abrirse ante él de par en par. Angeles y serafines, tronos y potestades, ha- bian de inclinarse a su paso, saludando en in- menso coro su llegada... Y en cuanto al Señor de cielo y tierra, ¿qué habia de hacer sino ,jus- tificar las arrogantes esperanzas que Veuillot manifestaba en estos versos suyos? J'espère en Jèsus. Sur la terre Je n'ai pas rougi de sa foi. Au dernier jour, devant son Père, Il ne rougira pas de moi. Esto es hablar de potencia á potencia. Ni debia expresarse de otra suerte el famoso pe- riodista Diserten otros si sus defensas reli- giosas y sus ataques desmedidos han causado en definitiva, más daño que provecho al Ca- tolicismo: estudien su influjo en la historia de la Iglesia: pónganle en el lugar que desde este punto de vista le corresponde. Yo no quiero ver en él más que al periodista, y cele- brar—por honra de la clase—la fuerza inmensa del periodismo en nuestros tiempos. Arma vi- rumque cano Luis Veuillot era, por decirlo así, una paradoja andando. Hijo de un pobre tonele- ro, correveidile despues de un procurador, sin estudios de ningun género, sin cultura universitaria ni académica., sin más cono- mientos que esos que se adquieren revuelta y desordenadamente en los periódicos del dia y en los autores de referencia, sin saber una pa- labra de historia, ni de teología, ni de nada fundamental, este gacetillero insigne logró imponerse al clero, supo inspirar á Pío IX to- das sus ideas, y despues de una lucha memo- rable, consiguió que todo un Concilio Ecumé- nico pasase por las horcas caudinas de su voluntad. Y todo esto, sin la elocuencia del Crisóstomo, sin la profundidad del obispo de Hipona, sin la ciencia del Angel de las Es- cuelas, sin la fé de San Francisco, sin el prestigio de Ignacio de Loyola, y aun sin los medios coercitivos de Alonso de Torquemada. El redactor de L' Univers ha ejercido en su tiempo tanta autoridad como cualquiera de esos varones en el suyo. Así es la verdad, fun- dada en hechos. Despues de escribir en periódicos de todos los matices y de publicar cosas de todos los co- lores, despues de haberse batido en duelo tres ó cuatro veces, despues de haber ido á Roma y haber abrazado allí la fé católica con extre- mada violencia, despues, en fin, de múltiples episodios, cuya prolija relacion dejo al que es- criba la biografía puntual y detallada de este hombre peregrino, entró como redactor en L'Univers Religieux hácia 1843. Cinco años des- pues era redactor en jefe, y escribía con la mis- ma pluma que habia defendido á los Orleans: «La revolucion de 1848 es un aviso de la Pro- videncia. La monarquía muere de gangrena senil. Francia creia ser monárquica y era re- publicana.» En cuanto se convenció Veuillot de que la república no habia de convertirse en brazo de la Iglesia, tornó de nuevo á la mo- narquía, y en 1850 pedia la fusion de los Or- leans y los Borbones. Pero hé aquí que llega el 2 de Diciembre, y ante los alardes católicos de Luis Napoleon, exclamaba nuestro hombre: «Desde el dia 2 de Diciembre, hay en Francia un gobierno y un ejército, una cabeza y un brazo...» Más adelante, riñó con el imperio y tendió su diestra protectora al representante de la legitimidad, diciendo arrogantemente: —Mientras el conde de Chambord sea buen católico, mejor para él. Veuillot pospuso todo interés político al in- terés pontifical. Se erigió en juez del dogma, y llegó á ser omnipotente dentro de la Iglesia. Redujo á polvo el galicanismo, y tuvo bajo su poder á todo el clero, desde el altivo purpura- do que luce ostentoso pectoral de esmeraldas, hasta el pobre cura de aldea de sotana raida y miserable. ¿Trataba algun espíritu indepen- diente de escapar á semejante tiranía? Pues acababa por rendirse á la férrea mano del pon- tífice laico, del periodista con tiara. En vano quisieron resistirle al principio de su domina- cion Montalembert, Sibour, Falloux y Dupan- loup. En vano protestaron enérgicamente contra el intruso. El Papa dió la razon al su- premo inquisidor de la fé, por medio de la En- cíclica de 21 Marzo de 1853 contra Mons. Si- bour, que habia suspendido L' Univers en su diócesis. Todas las conciencias católicas esta- ban sometidas á su anatema. El, y sólo él, era el único comentarista de las verdades revela- das. Lanzaba excomuniones con más seguri- dad que el mismo Pio IX y con más frecuencia que todos los Pontífices habidos y por haber. Cuando se reunió el Concilio, no perdonó ata- que de ningun género contra los prelados y clérigos poco devotos del Syllabus. Maret, Gra- try y Dupanloup, tres eminencias, lleváronse la porcion más selecta y copiosa de las injurias de Veuillot... Pero el sabio obispo de Orleans, cuyo tem- peramento era tambien de periodista, dió de mano á la paciencia y requirió al Warwick del pontificado con estas palabras: «Os estais atribuyendo en la Iglesia un pa 34 REVISTA IBÉRICA. pel intolerable. Ha llegado el momento de que nos defendamos contra vos... Os acuso por vuestras usurpaciones á costa del episco- pado y por vuestra perpétua intrusion en los más graves y delicados asuntos. Os acuso de insultar y calumniar á vuestros hermanos en la fé... Haceis odioso al Papa; suscitais tempes- tades contra la Iglesia... Os complaceis en proponer las tésis más exorbitantes, más pro- vocativas, las tesis mismas de nuestros enemi- gos más encarnizados, y en los mismos tér- minos. De esta suerte, perpetuais, mientras está en vuestra mano, las tristes discordias que nos devoran. Si vuestro lenguaje fuese el de todos los órganos religiosos, si se averi- guase que, en efecto, vuestras doctrinas son las nuestras, las doctrinas de la Iglesia, los ódios que despertais serian tan universales como son ya formidables, y la Iglesia seria proscrita de todas las naciones civilizadas.» Al audaz polemista le importaba un ardite de todo esto. ¿No estaba el Papa con él y se inspiraba en él? Pues ante su pluma tenían que rendirse todos los báculos de la cristiandad. Con su sombrero de copa encasquetado, hacia que todas las mitras estuviesen al mismo nivel. No más alardes de independencia religiosa, ni de transacciones con el progreso, ni de armo- nías entre los dogmas antiguos y el racionalis- mo contemporáneo, ni de componendas entre la ciencia y la fe, ni siquiera distingos peli- grosos entre las sanas creencias religiosas y las absurdas supersticiones... Como le decia el obispo de Orleans, recreábase en sostener las proposiciones más irritantes y en propagar las invenciones más ridículas. Su credo era el cre- do quia absurdum. Si se erguía en la Iglesia al- guna cabeza enfrente de la suya, si alguien se atrevia á mirarle cara cara, reproducia la le- yenda del Rey Monje... En un dos por tres for- maba una nueva campana de Huesca, y como D. Ramiro de Aragon, complacíase en poner, á guisa de badajo, la cabeza de un obispo. A esto llegó y esto hizo durante veintitantos años un periodista. sin principios. Con harta más razon que un orador de nuestro Ateneo de Madrid, podia exclamar él: —¿De dónde venís vosotros? ¿De dónde ven- go yo? Vosotros venís de las universidades, de los seminarios, de las academias, de los tem- plos, de los alcázares, de los talleres . ¡Yo vengo de la calle! Y de la calle, de enmedio del arroyo, donde no pudo hacer sino el aprendizaje de la crá- pula, se encumbró hasta dictar leyes á la grey católica, como pudiera hacerlo el más sabio de los sacerdotes ó el más santo de los creyentes, como no pudieron sobrarlo los reyes y empera- dores que han intentado hacer sentir á la Igle- sia el peso de su poderío. Y desde la calle, este plebeyo, que alabó á la Revolucion francesa por haber proclamado los derechos del hom- bre, subió hasta disfrutar los privilegios que han perdido instituciones un tempo omnipo- tentes. —Yo tambien, solía decir á este propósito, he guardado puercos en mi infancia, como Sixto V. Veuillot no perdió nunca lo que de semejan- tes roces se le habia pegado. Es más; tenia para dar y vender, como suele decirse. ¡Así acostumbraba á poner á sus enemigos! Esta era precisamente la fuerza de Veuillot, y este su procedimiento. Aderezando á su modo la desnudez en la expresion de Rabelais, con los giros en la frase de Moliére y la manera en el chiste de Voltaire (1), sin perjuicio de llamar á Voltaire rastrero, á Moliére ramplon y á Ra- belais inmundo, se compuso un estilo especia- lísimo, lleno de vida y movimiento, de osadía y descaro, de afirmaciones sin ejemplo y de ataques personales, en que la grosería solía rivalizar con la gracia. Cuando se leen ciertos artículos suyos, no parece que escribe, sino que escupe. Los hombres de virtud sólida y piedad sincera se escandalizaron al principio; luego aplaudieron; despues se deleitaron. ¿Y como no? El principal servicio que Veuillot prestó al Catolicismo — así lo confiesa y pre- gona Mr. Scherer— fué el de devolverle el va- lor, haciéndole pasar de la defensiva á la ofen- siva, de la apología al ataque. Veuillot—añade —luchó contra el enemigo, metiéndose campo adentro entre las huestes de la incredulidad contemporánea. y como se las habia á menudo con hombres de moralidad dudosa, de mediano talento y de erudicion tan superficial como la suya, hizo estragos á las veces en esta clase de libre-pensadores. Así ocurrió que las gentes de buen humor y amigas de reir á costa del prógimo, se encontraron frecuentemente del lado de los devotos. Entre éstos, el que más descarado se mostraba, el que escribía mejor y el que pegaba más fuerte, era Veuillot. ¿Para qué necesitaba más? Las gentes se dan por sa- tisfechas con todo eso, y ante el éxito del sis tema, las grandes autoridades eclesiásticas no podían ménos de declararse solidarias, de este campeon ardiente y denodado del catolicismo militante. No he de investigar ahora—ya lo he dicho más atrás—cuáles fueron las consecuencias de esta solidaridad, y si, en efecto, al estar de acuerdo en todo Pio IX y Luis Veuillot, corrió la Iglesia el peligro inminente de que se reali- zasen los tremendos daños vaticinados por monseñor Dupanloup. El hecho es que con el advenimiento de Leon XIII al sólio pontifi- ––––––––––––––––––––––––––––––––– (1) Esta observacion es del gran crítico Sainte-Beuve. REVISTA IBÉRICA. 35 cio, coincidió la decadencia de alma y cuerpo de Veuillot. El hecho es que si este escritor de tan extrañas dotes habia señalado rumbos ciertos y seguros a la intransigencia religiosa, si habia logrado contra viento y marea que la Iglesia militante echase por ellos, hoy toma el clero actitud harto contraria á la que antes pasaba por más digna y meritoria á los ojos de Dios. Si los acontecimientos han demostra- do en Francia—como lo hacia notar Le Temps en uno de sus últimos números—que la fé no era bastante general ni bastante viva para ofrecer al clericalismo el punto de apoyo de un alzamiento contra los poderes constituidos , si allí se han convencido los levitas de que lo mejor que pueden hacer es volver al santua- rio, practicar tranquilamente las virtudes del sacerdocio y procurar el modo de entenderse con el siglo, ¿no sucede lo mismo en los demás países católicos? ¿No acontece lo propio en nuestra España? Este género de reaccion ha determinado aquí la Union Católica, y aunque entre nosotros ha dejado Luis Veuillot algunos discípulos medianamente aprovechados, que alardean de la energía y denuedo que éste ha- bia perdido en los últimos tiempos de su labo- riosa existencia, ni la época, ni el país, ni el episcopado, ni el supremo jerarca del Catoli- cismo, se muestran propicios á que tomen alientos y prestigio los pontífices láicos... Dis- poniendo éstos de la ardiente iniciativa y del cáustico estilo de Veuillot, acaso, acaso logra- sen dar en nuestra patria al sistema de la in- transigencia á todo trance, lo que llaman los franceses un regain d'actualité ; pero, desgra- ciadamente para sus propósitos, son, además de hombres de pasiones, esclavos de un parti- do, y esto jamás lo fué Luis Veuillot. Si en algo le imitan, no es en su incomparable arro- jo, sino en sus pequeñeces. Para ellos, nada tan admirable en el desenfadado polemista, como esta salida de tono con que atacaba, á falta de razones, á uno de los más ilustres po- líticos de este siglo: —Pero, señor, ¿qué puede esperarse de un hombre que es tan feo? Esto decia de Cavour, á pesar de que él tam- poco tenia nada de bonito, si bien era, en cam- bio, de facha harto vulgar. Esas genialidades, sin embargo, convertidas en sistema; ese gracejo, malgastado en insul- tar todo género de glorias, que no fuesen las pura y exclusivamente religiosas; ese cinismo en la polémica; esa mezcla extraña de devo- cion y sarcasmo; esa suma de labor ímproba, perdida para lo porvenir, dieron á este hom- bre, que casi, casi me dan ganas de llamar un Voltaire vuelto del revés, la supremacía incon- testable y el extraordinario influjo que á muy pocos es dado poseer dentro de una sociedad religiosa tan vasta, tan poderosa y tan firme como la católica. ¡Oh maestro, maestro! ¿Quién duda, ante ejemplo tan asombroso y peregrino, del poder y la eficacia del periodismo contemporáneo? Periodista y nada más que periodista, sin mez- cla alguna de cualquiera otra calidad , era Veuillot, y sin embargo, fué como un pontí- fice máximo de estos tiempos. Los italianos suelen llamar al Padre Santo el papa blanco y al general de la Compañía de Jesús el papa negro. A Luis Veuillot se le podia haber llama- do el papa gris. ¡Oh maestro, maestro! Si Budha, Moisés, San Pablo y Mahoma volviesen á tomar vesti- dura corpórea en este valle de lágrimas, ¿qué habian de hacer sino coger la pluma y meterse á periodistas? Mariano de Cávia. ———— EL COLOR DEL AGUA. —— I. No hay libro referente á este asunto que no diga que el agua más pura, obtenida por des- tilacion ó combinando directamente los ele- mentos que la forman, es incolora si se consi- dera en pequeñas masas y toma color, más ó ménos verdoso, considerándola en grandes cantidades. Es indudable este hecho: el agua no es per- fectamente incolora, como no es el aire com- pletamente trasparente Basta mirar gran can- tidad de agua, contenida en cualquiera vasija, es suficiente fijar la vista en el mar, en los rios y en los lagos, para percibir colores azules, verdosos y hasta negros; segun basta levantar los ojos en un dia sereno para ver la atmósfera coloreada de diversos tonos azules y de mati- ces más ó ménos amarillos y rojizos. Considerando atentamente las estrechas re- laciones que existen entre las propiedades de la atmósfera de las grandes masas de agua, respecto de las modificaciones que hacen ex- perimentar á la luz y al calor, puede determi- narse una serie de analogías muy importantes y de gran interés científico y práctico. En efecto; partiendo del principio de que ni la atmósfera ni el agua del mar están consti- tuidas por elementos perfectamente homogé- neos, venimos á parar en que las propiedades de ambas, resultan, sin duda alguna, del con- flicto y combinacion de esos elementos hete- rogéneos. Un ejemplo lo demuestra con gran claridad. Cuando un músico oprime cualquie- ra tecla del piano, el macillo hiere la cuerda correspondiente y prodúcese sonido musi- cal; supongamos que sea el do de la escala. 36 REVISTA IBÉRICA. Esta nota no es movimiento simple, ni res- ponde á la vibracion de toda la cuerda en con- junto y como de una vez; es, por el contrario, producto complejo y resultado final de una se- rie de vibraciones y movimientos distintos de cada una de las partes de la cuerda, vibracio- nes y movimientos que los procedimientos de la acústica permiten aislar y áun combinar de di- ferente manera para producir sonidos diversos. Sucede lo mismo con el aire y el agua, con esta última especialmente. En la atmósfera la mezcla y union de los gaseosos elementos, causa ese purísimo azul, que por tonos distin- tos, pasa al rojo vivo y al amarillo franco. En el agua da lugar al hermoso azul índigo del Mediterráneo, al azul celeste del Océano, á la purísima tinta del lago de Ginebra, al tono verdoso del Rhin y de los lagos de Constanza y Lucerna, al verde puro del lago de Kloen- thal y á la negrura del lago de Staffel. Sin embargo, tomando en pequeña cantidad cual- quiera de estas aguas de colores tan diversos, aparece perfectamente límpida y trasparente sin la menor traza de color alguno; al igual que en el aire el diferente color de la atmós- fera no impide que aparezca diáfano cuando se le contempla en limitado espacio. ¿De qué proviene y á qué causas debe atri- buirse el hecho de producir color la reunion de elementos perfectamente incoloros? ¿Ha de admitirse que la coloracion del cielo y la de las aguas son exclusivo efecto de la cantidad de masa, ó deben buscarse otras razones para, explicar satisfactoriamente tales fenómenos? En estas dos preguntas se contiene el asunto que vamos á tratar en el presente trabajo, es- crito con motivo de una interesante conferen- cia acerca del particular, dada por Mr. Spring en la Universidad de Lieja. Desde luego rechazamos la idea que consiste en creer que de la cantidad de masa depende el color del agua, porque de ser así, debiera determinarse la relacion entre la cantidad de agua y el color, y además, siendo idéntica ó muy semejante la composicion del agua, no se comprende diversidad tan completa de tin- tas, desde el amarillo, el azul y el verde, hasta el negro. Por otra parte y segun vere- mos más adelante, en masas de agua relati- vamente pequeñas, pueden producirse las mis- mas coloraciones que en los mares y los rios, como tambien en cortas cantidades de aire es posible hacer ver los colores del cielo, repi- tiendo los brillantes experimentos de Tyndall. Todavía cabe inquirir, sin salirse del asunto, si el agua que llamamos pura y como tal usa- mos en los laboratorios, es perfectamente in- colora, y en caso de no serlo, averiguar cuál es el color propio del agua especie química, del agua completamente pura. Por solo el enunciado de las cuestiones ob- jeto de nuestro estudio, se viene á parar á esta afirmacion: el agua presenta en la naturaleza diversas coloraciones que no pueden ser debi- das á su masa ni á la cantidad de ella que se considere. Nuestro problema está, pues, en la determinacion de las causas que motivan los diferentes colores de las aguas naturales, para deducir de aquí cuál sea el color propio del agua, si es que alguno tiene. No por simple curiosidad, ni por afan de in- vestigar manifestaciones especiales de la na- turaleza se ha emprendido el estudio de la coloracion del agua. Fines más altos y prác- ticos se persiguen. Suponiendo que el color de las aguas dependa de reacciones particula- res ó de la composicion química de ese líquido en mares, rios y lagos, determinar por tales reacciones y composicion el color, valdría tan- to como hacer de la luz admirable medio de análisis para los liquídos, como lo ha sido, en manos de Tyndall, para gases y vapores, y de esta suerte podría dotarse á la química de nuevo procedimiento analítico cuyo valor é importancia no es preciso encarecer. Que el color del agua es asunto digno de atencion y de bastante trascendencia para ocupar la actividad de los hombres de ciencia, se demuestra en el hecho de haber sido estu- diado por muchos y de haberse emitido hipó- tesis y teorías para explicarlo; sin embargo, hasta despues de los últimos estudios sobre el color del cielo, no han tenido aquellos la im- portancia de primer órden que actualmente revisten. Para llegar al conocimiento de la causa que produce la coloracion de las aguas, no basta invocar analogías y semejanzas con el aire; es preciso buscar pruebas evidentes, practicar experimentos numerosos y de ellos inducir la explicacion que buscarnos. En este respecto puede dividirse el asunto en dos par- tes principales, comprendiendo la primera el exámen y crítica de los trabajos y doctrinas anteriores á los recientes experimentos de Spring, y la segunda toda la doctrina ex- puesta por este sabio. Entrando ya completamente en el asunto y reduciéndolo á sus verdaderos términos, par- tiendo de que el agua, considerada en grandes extensiones, no debe su coloracion á la masa, venimos á parar en que el problema de la co- loracion del agua se limita á determinar qué clase de sustancias en ella disueltas ó qué suerte de principios por ella arrastrados, cau- san las diversas tintas de que antes se habló. Por de pronto, debe consignarse una opinion bastante autorizada y no desprovista de fun- damento Sábese como Tyndall, despues de una serie de notables experimentos, llegó á averi- REVISTA IBÉRICA. 37 guar la causa del color azul del cielo. Ha demostrado el ilustre físico que esta corti- na azul de la atmósfera no es producto de la absorcion de todos los rayos coloreados que forma la luz blanca, sino consecuencia de la reflexion de la luz blanca por elementos mate- riales infinitamente pequeños y perfectamente incoloros. Hé aquí algunas indicaciones acerca de esta teoría. Un rayo de sol, lo mismo que la vibracion de una cuerda, es resultado final de la combi- nacion y composicion de otros movimientos, tambien vibratorios, de longitudes diversas, verificados en diferentes períodos de tiempo. En la cuerda que vibra estos movimientos ele- mentales llámanse armónicos; en el rayo de luz blanca se denominan colores. La ciencia posee medios para desdoblar cualquiera sonido en sus armónicos, como posee el prisma para des- componer la luz blanca en los colores que la constituyen. Y así como hay procedimientos en virtud de los cuales se anulan ciertas vi- braciones sonoras y sólo se perciben otras, tambien existen cuerpos que absorben y anu- lan alguno ó algunos de los colores de la luz blanca, reflejando y haciendo perceptibles otros. La atmósfera posee color azul, y este color, segun la opinion de Tyndall hoy admi- tida por todos los sabios, no es debido á la anulacion de las otras tintas que unidas al azul forman la luz blanca, sino á la reflexion de los rayos solares por pequeñísimos corpús- culos, perfectamente diáfanos. Para afirmar esto ha sido necesario estable- cer un principio general que consiste en ad- mitir que toda sustancia reducida á vapor, cuando empieza á liquidarse, precipitándose en gotas de extremada pequeñez, produce colora- cion azul, siempre que se someta á la accion de la luz blanca. Tyndall, con aquella sagacidad de experimentacion que tanto le distingue, lle- gó á producir el color azul del cielo en tubos de vidrio que contenian diversos vapores en estado corpuscular sin otro artificio que hacer atravesar por ellos un rayo de luz blanca. El ingenioso físico obtuvo de esta manera efectos sorprendentes. Figúrese el lector un tubo de un metro ó metro y medio de longitud, perfectamente seco y vacío de aire, atravesado en el sentido de la longitud por un rayo de luz blanca. Esta no causa efecto alguno y el tubo permanece perfectamente trasparente é incoloro. Pero en el momento que en él pene- tran algunas burbujas de aire, que antes de llegar al tubo atravesaron un líquido volátil, un espectáculo maravilloso se produce; el rayo de luz determina el nacimiento de una nube azul tan hermosa y pura como el cielo en dia sereno. No importa la naturaleza del líquido, sólo se exige la pequeñez de los corpúsculos para que se presente el color azul. Una prueba de esto puede obtenerse fácil- mente echando en un vaso de agua algunas gotas de una disolucion alcohólica de resina de pino, sustancia insoluble en el agua y que se precipita formando ligerísima nube. En este caso, teniendo el vaso en reposo puede observarse el color azul del cielo mirando á través del agua, lo cual demuestra que es un efecto de reflexion de la luz blanca por la ma- teria muy dividida. Todavía puede observarse otro fenómeno curiosísimo y que es necesario tener muy en cuenta. Si se mira el agua del vaso de arriba á abajo, se nota en seguida coloración roja muy semejante á la que matiza el horizonte en la salida y en la puesta del sol. Hecho es este que demuestra que si la luz reflejada por la materia corpuscular tiene color azul, la trasmitida por ella posee tinte rojizo. Ahora bien; dadas la semejanza y analo- gía del aire con el agua ¿es posible aplicar la teoría de Tyndall á la coloracion de las aguas en los lagos, en el mar y en los rios? ¿Habrá en estas grandes masas líquida una sustancia en estado corpuscular, que como el vapor acuo- so de la atmósfera, refleje de distinto modo la luz y haga aparecer azul celeste la linfa del Océano, verde como la yerba el agua del lago de Kloenthal y tan oscura que parece negra la del Staffel? Este es el problema que debemos resolver, y á decir verdad, cúmplenos confesar que es tan seductora la teoría de Tyndall acerca del co- lor del cielo y son tantas las semejanzas de la atmósfera con el Océano, que á primera vista parecen perfectamente aplicables las conclu- siones del físico inglés á la explicacion del co- lor del agua., y áun hemos de decir que, durante algun tiempo y gracias á los repetidos expe- rimentos de Sorét y otros sabios, que afirma- ban la presencia en el agua de partículas trasparentes sumamente ténues, á las cuales era necesario atribuir sus distintas coloracio- nes, túvose por evidente. Sin embargo, debe rechazarse tal hipótesis por razones poderosas que en otro artículo trataremos de exponer, al mismo tiempo que examinamos una teoría novísima perfectamente racional y demostrada por múltiples experimentos. II. En dos grupos pueden clasificarse las opi- niones emitidas acerca de las causas del color del agua. Unos lo atribuyen á circunstancias puramente físicas, y por completo indepen- dientes de la composicion de aquel líquido. 38 REVISTA IBÉRICA. Piensan otros que el color del agua procede de verdaderas reacciones químicas, verificadas en el seno de la masa líquida, y no reacciones distintas de las que vemos ordinariamente en los laboratorios, sino sencillas combinaciones y acciones químicas elementales y nada com- plejas. Para los primeros, que se fundan sobre todo en las propiedades ópticas del agua, la colora- cion de ésta ha de atribuirse á causa análoga á la que produce el color del cielo, ó bien á ciertas materias, quizá de naturaleza orgánica, las cuales tiñen de diversos colores el líquido que las contiene. Para los segundos, dedicados especialmente á la observacion de los cambios de color que experimenta el agua, la coloracion que ella posee es causada por las reacciones de las sus- tancias que contiene, y de cuya existencia, áun en las aguas más puras, no puede dudarse un punto. A la primera categoría pertenece la hipóte- sis expuesta anteriormente, segun la cual, el color del agua debia atribuirse, como se atri- buye el color del cielo, á mero efecto de refle- xion de la luz sobre corpúsculos perfectamente trasparentes. Por sus condiciones de quietud, color cons- tante, puro y franco, prestábase admirable- mente á la prueba el hermoso lago de Ginebra. A fin de demostrar cumplidamente la teoría, era preciso probar que la coloracion azul de aquellas aguas, se debia única y exclusiva- mente á reflexion, y que, por consiguiente, al trasmitirse la luz por toda la masa del agua, presentaba el color rojo característico con las circunstancias ya indicadas. Contradictorios son los experimentos practi- cados. Varios observadores, en diferentes pun- tos y ocasiones, notaron que mirando por un prisma de Nicól las aguas del lago de Ginebra, la luz azul emitida estaba polarizada. El mis- mo Tyndall hizo atravesar un rayo de luz por cierta cantidad de agua procedente del Medi- terráneo, unas veces, y otras del lago de Gi- nebra, observando siempre que la luz trasmi- tida estaba polarizada y tenia color azul. Por otra parte, si la coloracion del agua fuese de- bida á materia especial, ya llevada por el agua misma, ya contenida en el limo de los lagos y rios, debiera aislarse como se aislan otros cuerpos que dan coloraciones especiales á los líquidos que los contienen; de modo, que si en cualquier agua echamos una disolucion de acetato básico de plomo y jabon, habiendo ma- teria colorante, debe precipitarse, y como esto no sucede, deducen los partidarios de la teoría física del color del agua que éste es debido á accion puramente óptica, á fenómeno de re- flexion enteramente análogo al que motiva la coloracion del cielo. A pesar de pruebas tan concluyentes, existe un experimento que demuestra precisamente lo contrario. El distinguido físico Mr. Soret ha observado repetidas veces el lago de Gine- bra en dias nublados, y pudo notar que la luz trasmitida por el agua no estaba polarizada, y el líquido era, no obstante , de hermoso color azul. Además, y este hecho es conclu- yente, si el color del agua se debiese á la cau- sa física que produce el color del cielo, no sólo se vería roja la luz trasmitida en el interior de la masa líquida, sino que el espectro de las aguas azules ostentaria el rojo y el amarillo. Tyndall ha demostrado precisamente que la luz propagada á través del agua jamás pre- senta color rojo, y el Padre Secchi ha visto que en el espectro del agua faltan completa- mente los colores amarillo y rojo. Aun sin acudir á delicados experimentos, puede verse con mucha facilidad que el agua atravesada por la luz, nunca presenta tintas rojizas. Todos los que han descendido al fondo del mar con escafandra, saben perfectamente que el líquido elemento ofrece siempre colora- cion verde ó azul, nunca tonos amarillentos. Y basta meter la cabeza en el agua y abrir los ojos para ver por todas partes el color verde ó azul, igual al que se percibe en el agua mi- rando á su superficie. Pertenece ya al segundo grupo una hipóte- sis bastante autorizada, que consiste en atri- buir el color de las aguas á la naturaleza de los residuos que dejan despues de la evapora- cion. Para llegar á afirmar tal cosa se apeló á la análisis química ; se evaporaron muchas aguas; examináronse cuidadosamente sus re- sídos; se recogió materia del fondo de los rios; analizóse cuidadosamente , y juntando una porcion de datos y experimentos, llegóse á conclusiones como las siguientes. Casi todas las aguas son en su origen azu- les, y esta coloracion se debe á la materia or- gánica en ellas contenida. Las aguas azuladas pueden cambiar de color y tomar tintas verdes si en su fondo hay algun limo de color amarillo. Todavía es posible que las aguas amarillen- tas y oscuras deban su color á la presencia de grandes cantidades de materia orgánica. Como consecuencia de esto, se llega á afir- mar que el predominio de sustancias orgáni- cas, puede convertir una agua azulada en agua verde, amarilla y áun negra; todo depende de la relacion que haya entre las cantidades de sustancias orgánicas y alcalinas contenidas en el agua , porque reaccionando éstas sobre aquellas, hacen aumentar la cantidad disuelta. Importa mucho á nuestro propósito exami- REVISTA IBÉRICA. 39 nar con cierto detenimiento esta hipótesis. Fúndanse los partidarios de ella en que las aguas azules contienen generalmente poca materia orgánica, y además en el análisis de algunas aguas, practicado con cierto cuidado. Seria muy de desear que se dijese y deter minase con toda claridad el color propio y verdadero de la materia orgánica disuelta en el agua. En esta parte, pensamos que se ha elegido el peor medio para llegar al resultado apetecido. Sin excepcion alguna, fijáronse to dos cuantos del asunto se han ocupado, en el color de los residuos obtenidos por evapora- cion, respecto de cuyo asunto vamos á expo ner algunas observaciones, relativas á la in- fluencia de la temperatura en la coloracion de los residuos obtenidos por evaporacion de dife- rentes clases de agua. Tratándose de un litro de este líquido que contenia sustancias fijas en corta cantidad, y regular proporcion de materia orgánica, y que se evaporó á la temperatura constante de 73º centígrados, el residuo seco con reaccion alcalina, tenia color oscuro, y antes, húmedo todavía, era amarillo, y el agua de que proce- dia, perfectamente azul. Un litro de agua, rica tambien en sustancias orgánicas, evaporado á igual temperatura que el anterior, dejó un residuo ligeramente alca- lino que ofrecia débil matiz amarillo. Esta agua, como la precedente, era azulada. Procedentes del mismo rio se evaporaron se- paradamente tres litros de agua, que tenia co- lor verde, á temperaturas distintas, y pudo verse cómo sin pasar nunca de 100º centígra- dos y siendo los residuos muy poco alcalinos, su color cambiaba á medida que se secaba, haciéndose más oscuros cuanto era más ele- vada la temperatura. Por último, hemos de citar el caso de una agua bastante oscura y rica en materia orgá- nica, cuyo resíduo fijo no presentó ni trazas de reaccion alcalina. En nuestro sentir, y á la vista de estos re- sultados, no puede afirmarse que la materia orgánica contenida en las aguas posea deter- minado color, pues siendo ella fija, necesaria- mente habria de comunicárselo al residuo obtenido por evaporacion, ni podemos creer tampoco que el color oscuro de algunas aguas proceda tambien de materias orgánicas ne- gruzcas disueltas á favor de una cantidad rela- tivamente grande de sustancias alcalinas con- tenidas en el agua, desde el momento que observamos una bastante oscura, cuyo resi- duo no produce reaccion de álcali. Hay además otra prueba, á saber: los análi- sis citados por Spring en su conferencia de Lieja, análisis que demuestran que el color de las aguas no está en relacion ni con la canti- dad de materia orgánica, ni con las sustan- cias alcalinas que contienen. A este propósito se citan las aguas verdes de Ysaar que contienen mucha mayor canti- dad de materia orgánica y álcalis que otras aguas muy oscuras. Además, si el color del agua estuviese en relacion con las materias alcalinas que con- tiene, resultaria la siguiente clasificacion de las aguas por su color: Aguas azules. Apenas contienen materia al- calina: son duras. Aguas verdes y verde-azuladas. Encierran muy poco álcali y tambien son duras. Aguas amarillas y oscuras. Contienen muchas sustancias alcalinas y son por lo tanto aguas dulces. Basta leer esta division para comprender su poco fundamento. Por otra parte, con notar que el agua de los rios es casi siempre azul y perfectamente potable, y observar que aguas verdes como las del lago de Starnberg son dulces, está destruida por su base la teoría Antes de llegar á los últimos trabajos y á la novísima hipótesis acerca del color del agua, conviene recordar un momento las interesan- tes variaciones de coloracion del mar y la re- lacion que tales cambios guardan con la com- posicion y cantidad de sales disueltas en el agua. Muchas veces el agua de color azul claro se hace verde, y de este color, pasando por diver- sas tintas, llega hasta el negro. En otras oca- siones, por el contrario, desde el verde oscuro pasa al azul del cielo, siguiendo una gradacion de tonos hermosísimos. Si en cada uno de los cambios de color se determina la densidad del agua del mar, de- pendiente en cierto límite de las sustancias disueltas, se observa que aquella aumenta á medida que domina el color azul y disminuye si la coloracion es verde. De aquí se quiso deducir que el color del agua del mar se debia á la sal disuelta en ella, y que las aguas más saladas eran las más azu- les, idea que si no expresa un hecho perfecta- mente cierto, sirve como punto de partida á los interesantes trabajos de Spring. Tambien es notable y curiosa otra observa- cion, practicada con más ingenio que fortuna, segun la cual en todas las aguas y áun en el hielo existe alga microscópica de color azul, verde y amarillo, segun el período de su des- envolvimiento, y enteramente negra despues de la muerte. A su presencia se deberia el color de las aguas, pobladas entonces de otro ser que aña- dir á la larga lista de los que en ellas descubre y revela el microscopio. José Rodriguez Mourelo. 40 REVISTA IBÉRICA. REVISTA POLÍTICA EXTERIOR. La alianza italo-austro-alemana —Explicaciones de Bismark.—La dinami- ta en Inglaterra.—Fenianos y nihilistas.—Conflicto parlamentario en Noruega.—Neutralizacion de los Estados —La Iglesia y el Estado en Servia.—Energia ministerial.—Los Estados Unidos y Méjico.—Indios apaches.—Egipto, basutos, zulús, boers y cafres.—El rey de los ashan- tees.—S. M. Kalakana I. La triple alianza de Italia, Alemania y Aus- tria y los mil distintos comentarios que este hecho ha inspirado en los círculos diplomáti- cos de Europa, puede decirse que reunen en sí todo el interés de la política exterior en la pa- sada quincena, al ménos desde el punto de vista internacional. Un periódico, importante por su significa- cion política y por su tirada, echó á volar el rumor de que Guillermo III, Francisco José y Humberto I, habian decidido unirse fraternal- mente en són ofensivo y defensivo contra cualquier ataque que pudiera iniciarse contra ellos en el exterior; y los diplomáticos, y los escritores políticos y los hombres de Estado de todos los países vienen desde entonces co- mentando la noticia, conjeturando acerca de las consecuencias del hecho y discurriendo planes á su antojo, ya antes de que la noticia del periódico á que aludo hubiera recibido con- firmacion semi-oficial siquiera. Quién, discurria que la tal alianza iba enca- minada sola y exclusivamente contra la Repú- blica francesa, quién, apoyándose en los apres- tos militares que de algun tiempo acá viene haciendo Alemania en sus fronteras del Norte, pretendia que la política exterior del imperio moscovita era una de las cosas que se prome- tian combatir los nuevos potentes aliados, y casi todos que el equilibrio europeo famoso se hallaba en gran peligro, porque unido el po- derío de Italia y Austria al de Alemania, las tres potencias darian soluciones que disgus- taran á las demás en los diferentes problemas árduos que hoy se debaten con afan. Escusado me parece decir que todos estos temores son exagerados. La alianza es un he- cho consumado, cierto. No es posible dudar de ello despues de un artículo que ha publicado hace pocos dias La Gaceta de Alemania del Norte, órgano oficial del canciller Bismarck; pero ni tiene las tendencias que se le atribuyeron en un principio, ni puede tener en los tiempos que vivimos, el alcance que le daban algunos que olvidan cuánto han progresado los pueblos desde que esas alianzas eran una verdadera fuerza de accion irresistible en la política europea. El lenguaje del príncipe de Bismarck paré- ceme por esta vez sincero: Alemania, Austria é Italia, que por su situacion topográfica en Eu- ropa, tienen intereses á veces comunes, han seguido los consejos de su prudencia unién- dose, no en pacto á la antigua usanza, sino- pura y simplemente por medio de promesas,- que hechos posteriores pudieran con facilidad modificar, para la defensa de sus intereses si alguien intentara menoscabarlos, al tratar de resolver algunas de las cuestiones pendientes en el actual momento histórico. Mas esto no quiere decir que haya hostili- dad hácia Francia, á lo cual se opone la políti- ca pacífica que las tres potencias europeas en cuestion vienen siguiendo, ni animosidad con- tra Rusia, porque la estrechísima amistad que une al emperador de Alemania con el czar mos- covita no lo consentiría. El decantado equilibrio europeo está por ahora asegurado, y sus entusiastas admirado- res pueden estar tranquilos si para la paz de los pueblos no consideran necesario más que aquello. En Inglaterra la situacion es dificilísima. Los hijos de la Gran Bretaña se han llegado á alarmar de tal manera por los audaces mane- jos del fenianismo, que el pánico cunde por las poblaciones más importantes del Reino- Unido, las cuales se agitan, presas del males- tar que hace poco se sentía en Rusia. No les falta razon; el complot descubierto en Birmingham por la policía inglesa unos cuan- tos dias há, prueba claramente que la lucha que esas asociaciones secretas venian soste- niendo contra los poderes constituidos en In- glaterra y contra la integridad de aquella na- cion, al atravesar el canal de San Jorge para salir de Irlanda, ha variado por completo de carácter. No se trata ya de aquella guerra de colonos de escaso desarrollo intelectual, que quejosos de los propietarios de las fincas que arrenda- ban, vengaban en ellos sus agravios, ó ha- ciéndose instrumentos inconscientes de man- datos superiores , asesinaban á mansalva á encopetados funcionarios ó inocentes polizon- tes. No. Esta lucha tiene caractéres más gra- ves, constituye peligro mayor para Inglaterra. Los comprometidos en el último complot per- tenecen á la clase media de la sociedad; son médicos, ingenieros, abogados, convertidos en fabricantes de dinamita y otras sustancias ex- plosivas con que volar edificios públicos, des- truir otros asegurados de incendios que arrui- nen á las compañías aseguradoras, esparcir la alarma por do quier, provocar el abandono de empresas industriales y hacer todo el daño po- sible á sus enemigos irreconciliables, los in- gleses, para obligarlos á que fatigados de la lucha y hastiados de buscar inútilmente me- dios de defensa, tanto más difíciles, cuanto que el enemigo es invisible, abandonen la Ir- landa y la dejen entregada á sus propios recur- REVISTA IBÉRICA. 41 sos, proclamando, si no de grado, por fuerza, la independencia de aquella isla. Si los ideales perseguidos por los fenianos son distintos de los que soñaban los nihilistas, los procedimientos empleados para arribar á la realizacion, son los mismos. Mas la causa de los irlandeses no es de tal carácter que les esté permitido el uso de tan malas armas para su defensa, ni la policía inglesa adolece de los defectos que tiene la de Rusia, ni el criterio absolutista de los consejeros del czar Alejan- dro II, á propósito para agriar esas cuestiones, puede compararse con el criterio altamente liberal que informa siempre la política de mis- ter Gladstone y sus compañeros de gabi- nete. Toda la desventaja está, pues, de parte de los misteriosos fabricantes de dinamita, que apenas nacidos, habrian sido reducidos á la nada sin el apoyo que le prestan diferentes ele- mentos de los Estados-Unidos. Pero como este apoyo realmente existe en América, el peligro está en pié y la lucha habrá de ser titánica. El conflicto entre la Corona y el Parlamento de Noruega, á que aludí en la anterior Revista, ha entrado en una nueva fase, la más intere- sante, quizás, porque es la precedente á su resolucion definitiva Hace unos dias comenzó en la Cámara noruega el debate sobre la pro- posicion presentada por el Comité Prolokol para procesar á los ministros, ya que no ha podido pedir que se procesase al rey por estar escu- dado tras de su inviolabilidad constitucional. Todavía no hay tiempo de conocer en Ma- drid el resultado definitivo de la discusion; pero sin temor de equivocarme, se puede ase- gurar que será favorable á lo que el partido liberal se propone: es decir, á que se exija es- trecha responsabilidad á los ministros que se atrevieron á aconsejar al rey en contra de los deseos expresados por la Representacion na- cional. La cuestion es curiosísima desde el punto de vista del derecho político moderno, y sur- gió hace ya algunos años en el Parlamento de aquel país. Unas Cámaras propusieron que los minis- tros, para ser completamente responsables, debian asistir á las sesiones del Parlamento, presentar sus proyectos á la Representacion nacional y discutirlos con los diputados, como sucede en casi todos los países regidos por instituciones representativas. El gobierno combatió, al lado del rey, con todas sus fuerzas, aquella innovacion, y acon- sejó al soberano, como medio de conjurar el conflicto, la disolucion de las Cámaras en uso de su regia prerogativa; y las Cámaras fueron disueltas. Pero hubo que convocar á nuevas eleccio- nes, y el pueblo noruego, más amante de la libertad de lo que generalmente se cree por estas tierras, y más educado que muchos otros que blasonan de estarlo grandemente, por acá, dieron al gobierno el merecido castigo, ha- ciendo triunfar en las urnas á sus candidatos predilectos, los defensores de la reforma, que otra vez fué aprobada. Este juego se repitió cuatro veces consecu- tivas, y como con arreglo á la Constitucion, muy liberal, por cierto, de Suecia y Noruega, un proyecto votado en tres legislaturas con- secutivas puede pasar á ser ley sin necesidad de la sancion real, y es más, sin que el rey pueda oponerle su veto, el partido liberal del Parlamento quiere á todo trance aplicar á este asunto la Constitucion, y procesar á los mi- nistros que han contribuido con sus impolíti- cos consejos á que el conflicto actual asuma las proporciones que hoy tiene. No exageraba yo, pues, al comenzar dicien- do que la cuestion es interesantísima, y de ella me propongo tener al corriente á los lectores de la REVISTA IBÉRICA. A pesar de lo mucho que este asunto preo- cupa á suecos y noruegos, no descuidan éstos otros proyectos de carácter distinto, cuya rea- lizacion ansían hace mucho tiempo. El ideal de la neutralizacion absoluta de Suecia y Noruega, como pretende Dinamarca tambien, parece haber dado algun paso hácia su reali- zacion, gracias á las gestiones activas de ele- mentos muy valiosos de la sociedad de aquel país. Si las grandes potencias se decidieran á garantizarle, como á Suiza, su neutralidad absoluta, mucho se habria adelantado por el camino que conduce á un ideal remoto, irreali- zable por ahora, pero no por eso ménos bello, que alimentamos cuantos suspiramos por la verdadera fraternidad de los pueblos, sin exa- geraciones insensatas, pero sin falta de fé tampoco. El gobierno sérvio ha resuelto de plano el conflicto de los obispos, nombrando á un archimandita y yendo en busca del patriarca de la Iglesia servia en Hungría para que lo consagre. Estos dias han dicho los periódicos que Rusia pensaba fomular reclamaciones con- tra la conducta del gabinete de Bucarest; parece inverosímil. Si no lo hizo cuando la cuestion estaba sin resolver, ménos querrá ahora oponerse á hechos consumados por un gobierno que ha dado en esta ocasion buena prueba de ser ardiente defensor de los dere- chos del Estado, sin dejar de respetar los de la Iglesia. A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César. Bien pudiera servir de ejem- plo la conducta de los ministros de Milano I á otros de grandes países en que se lucha con problemas parecidos y que no tienen ni la 42 REVISTA IBÉRICA. energía ni la resolucion de acometer solucio- nes radicales. En los Estados-Unidos, libre-cambistas y proteccionistas se aperciben á la gran batalla que han de librar en la legislatura del próximo Congreso á propósito de la reforma arancelaria que quedó á medio plantear al terminar la pa- sada legislatura. Los partidarios de ambas es- cuelas económicas se agitan y trabajan con actividad, unos para plantear, otros para com- batir principios del libre-cambio, nuevos en la gran República norte-americana y á mi enten- der saludables para su industria, como en prin- cipio lo son todos los que se inspiran en un criterio liberal y reciprocista. El tratado de fronteras entre los Estados- Unidos y su vecina la República mejicana, ha sido firmado ya. Buena falta hacia á los dos países, pues la cuestion de fronteras ha cau- sado grandes disgustos, y estaba llamada á producir muchos más. Méjico progresa de una manera admirable, goza de un desarrollo notable en los gérme- nes de su riqueza pública, y si no fuese por lo mucho que la dan que hacer los indios apa- ches que invaden los distritos limítrofes á los Estados-Unidos, gozaria de una paz octaviana. Las tribus de indios que se han propuesto ex- terminar á los blancos, cometen grandes des- manes que en vano tratan de evitar los sol- dados mejicanos, que los persiguen con una actividad digna de mejor suerte, ya que no de mejor causa. En Africa los asuntos de Egipto en calma; durante la pasada quincena no han ocurrido acontecimientos que modifiquen en nada la situacion. Lo mismo sucede en el extremo austral de aquel continente. Basutos, zulús, boers y ca- fres, siguen en sus trece, y las cuestiones en que intervienen, en el mismo estado que á la fecha de mi última Revista. En cambio el país de los ashantees se halla en un estado de des- organizacion y anarquía completos. El rey de aquellos salvajes ha abdicado dejándoles des- amparados, y los ingleses de la costa de Oro, que para estas cosas se pintan solos, se las han arreglado de modo que los ashantees vayan á pedirles proteccion. Como se descuiden, muy pronto van á verse convertidos en súbditos de la Gran Bretaña, formando parte de una de las colonias de ese gran pueblo. En la capital de las islas Sandwich grandes festejos para la coronacion del rey Kalakana I y su esposa. La ceremonia se verificó hace tiempo, pero hasta hace pocos, días no he leido los pormenores de aquella fiesta. Hago de ellos gracia á los lectores de la REVISTA IBÉRICA; básteles saber que ha sido una cere- monia completamente á la europea. Kalaka- na I no ha querido ser ménos que el czar de Rusia. No en balde hizo una visita por estas' tierras el verano pasado. Angel de Luque. Madrid 15 Abril 83. EPIGRAMA. (INÉDITO.) Blas y Roque discutieron, Y tanto se acaloraron Que, sin saber lo que hicieron, Como gatos se arañaron, Como perros se mordieron. Dice á coro la opinion Que de toda discusion Brota la luz; dirá bien; Pero en más de una ocasion Brota la sangre tambien. Manuel del Palacio. ———— TRASMISIONES. —— II. Oigo la voz y cedo: Inútil es temblar ante el dilema Que hace del hombre un mónstruo de su miedo Ó en forma de su instinto le convierte; Soporte resignado el anatema Que en la abyeccion comun, quien sólo es fuerte, Cono el tirano ostenta su diadema, Se mostrará con él la sien ceñida Proclamando el terror la ley suprema Que rige el movimiento de la vida. ¿Qué puede realizar sin que fermente, Como un hervor de sangre, su apetito? ¿Sin que su mano armada se ensangriente, Con la apariencia infanda de un delito, En cuanto vive y que al viv r espera El placer y el amor, con la ternura Con que este corazon templar quisiera Su sed de amor y su ansia de hermosura? Una fuerza, jamás interrumpida, Naturaleza ó dios, ¿quién la conoce? Á las fuentes eternas de la vida Abre los cáuces rápidos del goce Y arrebatada entre sus ondas huye, sin que ceda el impulso que la lleva Adonde exhausta al parecer concluye; Porque es donde reposa y se renueva. Y en el círculo inmenso que describe El universo abraza, Y en cuanto inmóvil yace, en cuanto vive, Otro interior y semejante traza Al que todo lo absorbe y circunscribe. En lo interior así de cada cosa, En la entraña del órgano viviente, Gira esa fuerza que jamás reposa, REVISTA IBERICA. 43 Que los forma y despeña en el torrente Que con la vida universal rebosa. El espíritu así se representa, Por la fuerza encauzado, su tumulto Invasor en los mundos que ensangrienta, Cuando el fin de la vida satisface, Para hundirse en un fondo tan oculto Como el lóbrego abismo en donde nace. Vorágines las dos en que el olvido En una, guarda su ignorado origen; En otra, el fin, tambien desconocido, De cuantos desde un fondo se dirigen Al otro, en donde tantos se han perdido. Si no temblais, venid; vereis que en una Toda una especie, sin dejar indicio De su paso en la tierra halló su cuna: ¿Qué madre la meció? ¿Qué precipicio La devora? No hay nada que os recuerde Su origen, ni os conduzca á donde yace; Pero, sondad, sabreis donde se pierde; ¡Pensad! Nunca sabreis en donde nace! ¡Amad! Donde el amor la disemina, Ocultando su génesis remota, Vereis la plenitud con que germina, La actividad creciente que la agota. La fuente en que se abreva Por sus entrañas corre y de ellas brota, Para que vida de dolores beba. Y ved, la misma gota De sangre, nutre el músculo que extiende Para matar el hambre, como el arco Que la flecha mortífera desprende La misma gota de humeante charco De sangre de sus víctimas asciende, Y nutre como al músculo la fibra Que con su misma intensidad se extiende Pero que luz y pensamiento vibra. La luz en que el espíritu se inflama, Y la sed material que le acongoja, Es hervor de la sangre que derrama; Al festin nos conduce y nos arroja En brazos de la virgen que nos ama, Cuando al placer interrogar espera Con la trémula voz con que nos llama. Y nos lleva la lúbrica y grosera Necesidad del goce á su regazo, Buscando en él la sensacion impura Nacida con el fuego del abrazo Que comprime su elástica cintura; La forma que en el seno levantada Temblando de emocion, voluptuosa Parece para el ósculo formada Que hará palidecer la ardiente rosa Sobre su nívea redondez plegada. Y descorre la mano de la gula De su púdico lecho el cortinaje, Que al descubrir su desnudez ondula. Ese lecho es su altar, no es móvil tienda En que sestea amor en un viaje, En él oficia, en él hará su ofrenda, De nueva dicha irredimible gaje. Y la obtiene: ya es madre y se arrodilla Ante ese Dios que ha dado á la materia La misma ley que á la razon y al bruto: Cuando tiene ponzoña la semilla Produce el árbol ponzoñoso fruto, Y el fruto humano es gérmen de miseria O es amenaza de dolor y luto Y al cielo una plegaria Por ese nuevo sér dirige en vano; Débil, le espera la abyeccion del paria; Fuerte, la que es más vil, la del tirano. Francisco de Abarzuza. AU BONHEUR DES DAMES. Emilio Zola ha lanzado á la curiosidad pú- blica, un nuevo volúmen de su gran obra Les Rougon Macquart. Rompiendo toda ley, ó mejor dicho, todo precepto arbitrario, ha llegado á imponer su sistema y su estilo en todo el mun- do culto. Apenas han trascurrido dos ó tres meses desde la publicacion de Au Bonheur des dames y el ejemplar que tengo á la vista pertenece al duodécimo millar de la edicion Charpentier. Una vez más los periódicos y re- vistas de casi todos las países donde los hay, han tenido que hablar, quieras que no, del jefe de la escuela naturalista. Hay entre los críticos dos clases de miopes. Unos que entusiasmados con la última pro- duccion del génio á quien admiran, pretenden sacar de ella todo un tratado completo de esté- tica; otros que sólo ven los defectos y conde- nan de una plumada una escuela, un sistema, por un solo libro; á veces por un capítulo, una escena y hasta por una frase. Zola pinta el vicio fangoso de las más in- mundas tabernas; no hay para los primeros objeto más digno del arte en nuestro siglo. Si se les recuerda que Zola ha escrito tambien idilios, se encogen de hombros; esos fragmen- tos de Les Rougon Macquart, son ligeros peca- dillos de que ahora se cura el autor. Despues de Nana, Pot-Bouille, despues, ¿ quién sabe? El delirium tremens del bajo realismo. Los segundos miopes creen que el gusto lite- rario está perdido desde que un escritor in- troduce tales «saletés» en sus obras y campea por sus respetos en la república de las letras. Pero he aquí que Zola, impasible en su rít- mica tarea de reflejar toda una época de la agitada sociedad francesa, á retrato por año, sin preocupaciones de partido, de secta ni de clases, presenta un libro que pueden leer sin riesgo las más púdicas doncellas; donde hay esposas que aman á sus maridos con inmensa ternura, y una jóven que atraviesa sin man- 44 REVISTA IBÉRICA. charse, alta la frente, sin más escudo que la voluntad de ser honrada, ni más armas que el perfecto equilibrio de un temperamento sano y una conciencia recta, por medio de la cor- rupcion de costumbres que caracteriza al se- gundo imperio francés. Es curiosa, por demás, la lectura de algunas criticas publicadas en estos dias acerca de Au Bonheur des dames; leerlas todas seria imposible; abultan diez veces más que la obra en cues- tion. Quién, cansado de luchar contra el natu- ralismo, pinta á Zola convertido y aprovecha la ocasion para desagraviarle con un tributo de elogios; quién, se ve obligado á rehacer toda una retórica fundada en L'Assomoir ó en Pot- Bouille; quién, por último, se convence de que no hay en la nueva escuela, que ya invade to- dos los dominios del arte, ningun propósito exclusivo, como no sea el de decir siempre verdad y toda la verdad. Quidquid agunt homines, votum, timor, ira, voluptas, Gaudia, discursos, nostri est farrago libelli; que decia Juvenal docena y media de siglos antes que Zola naciese. La tendencia que predomina en la opinion de los críticos, es que Zola vuelve á sus primi- tivas aficiones románticas, por lo que al fondo de su obra se refiere, aunque sin despojarse, antes acentuando la nimiedad realista por lo que al estilo respecta. Nada más desprovisto de fundamento. El Octavio Mouret de Pot-Bouille, vuelve á ser héroe de una novela, despues de haber en- viudado de la virtuosa Mad. Heduin y haber conseguido realizar sus sueños de comercio en alta escala. Denise entra en calidad de ven- dedora en las inmensas galerías del Au Bonheur des dames, y desde el dia de su llegada hasta que contrae matrimonio con Mr. Mouret, el fa- vorito de las damas de París, pinta, el autor toda una Odisea en los procelosos mares de la concupiscencia, sin que por un momento si- quiera se turbe la calma virginal de la jóven. ¿Es que Zola ha estudiado en París una clase de mujeres de ese temple? ¿Es que irritado por las acusaciones que se le dirigían de haber re- bajado el nivel moral de Francia, ha querido fingir una virtud imposible en aquel medio á fin de arrancar á sus adversarios una demos- tracion ad absurdum? Por mi parte, creo que hay antecedentes para resolver esta cuestion. Hace dos años, cuando se publicó Nana, el éxito de esta obra marcó el período álgido de irritacion en los enemigos de Zola. Este creyó conveniente defenderse, y lo hizo de un modo magistral en la serie de artículos publicados en Le Fígaro, y despues coleccionados en un volúmen con el título de Una campaña en 1881. Entre ellos habia uno cuyo epígrafe, si mal no recuerdo, era La mujer honrada. En él trazó el bosquejo de la que algunos meses despues fué Mad. Heduin, como tipo abundante en la bur- guesía francesa. La esposa de Mr. Robineau en Au Bonheur des dames y la de Mr. Baudu están_ cortadas por un mismo patron; y finalmente,; Denise no viene á ser otra cosa que Mad. He duin jóven. La virtuosa parisiense de Zola es, por tanto, un estudio hecho de buena fé por el autor de Les Rougon Macquart. Ese idilio que por bosques y florestas tiene pilares inmensos de telas, encajes, plumas, alfombras y jugue tes, puede ser un vivero de felicidad en medio del bullicio de la Babilonia moderna: «On doit toujours croire les femmes honnetes, monsieur. Il y en a beaucoup qui le sont je vous assure» (pág. 424), dice el autor por boca de Denise. No hay, pues, vuelta al romanticismo, sino sinceridad en el carácter de la heroina. Estas acusaciones de volver á los primeros; pasos, penden siempre de un hilo sobre la ca- beza de todo autor que se distingue. No hace muchos años se levantó, entre los escritores, franceses que se dedican á estudios filosóficos, una polvareda parecida á la que hoy se agita entre los literatos. Littré, el gran pontífice del positivismo francés, habia publicado en la Re- vue positive un notabilísimo artículo acerca del; sentimiento religioso, aventurando algunos párrafos sobre los dulces recuerdos de la fé que, caracteriza los sentimientos de la infancia. El escándalo fué mayúsculo; la grey positi- vista perdía su pastor; hasta llegó á dudarse de la salud mental de éste. Entonces Littré es- cribió el último de sus artículos Par la derniè- re fois. Lo cierto era que el maestro no se contradecia, que el positivismo nunca habia prescrito el sentimiento religioso y que única- mente los exaltados se permitían tan rotun- das negaciones. Algo por el estilo ocurre con Zola; no es él, son algunos sectarios los que exageran. Au Bonheur des dames lejos de ser un cambio de sistema, es el colmo del naturalismo. El autor quedó muy satisfecho de su Ventre de París y ha repetido. Esta novela es toda una, pura descripcion de los mercados; los persona- jes no exceden en importancia á los objetos que les rodean; el espíritu de observacion, el optimismo de la realidad subliman el mare- magnum de la vendeja; diríase que el lector presencia la digestion de una ciudad. Si los seres humanos que allí accionan toman vida real á los ojos del lector, esto, es debido á la destreza con que están trazados. Zola que ne cesita cuatrocientas páginas para represen-, tar en toda su complejidad el mecanismo de. un mercado, tiene bastante con ciento para dar vida y personalidad indeleble á una milla rada de individuos. REVISTA IBÉRICA. 45 En la novela que motiva este artículo ocurre exactamente lo propio. Cada personaje es una rueda de la inmensa maquinaria del gran esta- blecimiento comercial de Mr. Mouret. Asom- bra la erudicion de Zola en la materia propia de cada una de sus novelas. Imposible recor- dar los nombres todos de sus criaturas. Parece al concluir la lectura que se ha vivido un año entre aquellas pirámides de artículos de co- mercio, teatro de pasiones y de intrigas desar- rolladas con la misma lentitud y profusion de accidentes y en la misma forma que ocurren en realidad. Cien veces hace recorrer detenidamente las galerías de «Au Bonheur des dames;» cambia la colocacion de cada objeto; hace el balance anual; derriba y reconstruye parte del edifi- cio; despide docenas de sirvientes y les susti- tuye ó vuelve á admitir; altera los precios de cada mercancía; arregla los bazares y extien- de su mirada escrutadora á todos los estable- cimientos que rodean al que pudiéramos lla- mar gran protagonista de la novela. Cuando estudiamos la historia de civiliza- ciones muertas y sepultadas, sentimos un va- cío inmenso ante la falta de accion y la oscu- ridad en que para nosotros queda la vida de los personajes. Algun fragmento de descrip- cion, alguna correspondencia íntima, rara vez el propósito deliberado de consignar los vul- gares detalles de la vida ordinaria, es todo lo que á su disposicion tiene el erudito para ir formando, con la paciencia y el talento de un Thierry ó de un Momsem, algunos cuadros de costumbres reunidos como un mosáico de di- minutas piezas. La novela naturalista, ya lo decia Balzac en el prólogo de la Comedie humai- ne, está llamada á cumplir esa mision. Leyen- do á Balzac, á Flaubert, á Zola, aprenderán más historia de Francia las generaciones futu- ras que leyendo colecciones de Le Journal oficiel. Se acusa á Zola de pesimista porque ofrece á la sociedad francesa un espejo. Ménos tra- bajo costaría demostrar que hay en sus obras algo que se parece á un renacimiento de la sátira antigua. ¡Cuántas veces el eminente escritor naturalista, al redactar sus famosas notas, se habrá sentido impulsado por la mis- ma indignacion que movia el estilo de Juvenal cuando, en medio del bullicio y de la crápula de otro imperio, se paraba en la calle para es- cribir en sus tabletas: Omne in præcipiti vitium esteti: utere velis; totos pande sinus. Dicas hic forsitan: Unde ingenium per materiæ? Hoy, como entonces, el asunto se impone por sí mismo. Unde ingenium per materiæ? Juan Reina. LIBROS NUEVOS. Historia de la revolucion de Inglaterra; por lord Ma- caulay.—Traduccion española de la Biblioteca Clásica; por el Sr. D. Daniel Lopez.—Tomo II. Tiempo era ya que viera la luz pública el tomo II de la gran obra del insigne historiador inglés. Contiene este tomo los capítulos III y IV, ó sea el estado de In- glaterra en 1685 y el advenimiento y los principios del reinado de Jacobo II. El primero de estos capítulos es una obra admirable en que el insuperable escritor bri- tánico, desplegando el riquísimo caudal de conocimien- tos que atesora su inteligencia, sacando á la luz pública la inmensa multitud de noticias y datos que encierra el inagotable archivo de su memoria sorprendente, ver - tidos en aquella forma gallardísima que desde muy jóven le valió el primer puesto entre los literatos de su país, ofrece ante los ojos del lector admirado, pintura viva y animada de la Inglaterra de los Estuardos, sin olvidar el más leve detalle, sin que la más pequeña mi- nuciosidad parezca enojosa ó impertinente al lector. Por lo demás, es esta obra la realizacion del más difícil de lograr de todos los ideales históricos. Teníamos aca- bados modelos de narraciones de sucesos particulares en los historiadores griegos y latinos. Habíamos visto en nuestro siglo renacer y volver á todo el explendor de la vida un pueblo que en el continuo vaiven de la vida habia desaparecido, muchos siglos antes, del teatro de la historia, lo cual no fué parte á impedir que un his- toriador de génio, el gran Thierry, nos lo presentase con toda su individualidad, con su carácter propio y perso- nal. Pero todo cuanto hasta ahora se habia hecho en historia, habíase presentado meramente con carácter episódico, sin merecer más elogios que los que al buen deseo tributan cuantos hasta hoy habian intentado pre- sentar en toda su complegidad el desenvolvimiento de una civilizacion, ó el viaje de un pueblo á través de los siglos, que del estado bárbaro y primitivo llega á la edad de refinamiento y grandeza que marca la época de su apogeo en la historia. El historiador británico no in- tentó ofrecer más que el cuadro interesantísimo de la historia de su patria, desde la desdichada época de los Estuardos, hasta el actual período de prosperidad y grandeza, y por desgracia no logró completar su desig- nio, terminando la obra al final del reinado de Gui- llermo III. La opinion unánime de la crítica europea, el éxito prodigioso de la obra y su traduccion á la ma- yor parte de los idiomas, es cuanto podemos decir en defensa de un libro en que apenas encontró nada dig- no de censura la pasion política ó la diferencia de ideas religiosas. La traduccion española que tenemos á la vista nos merece el más cumplido elogio. Segun dice una adver- tencia del editor, puesta al frente del volúmen, una pe- queña parte de ésta fué traducida por el Sr. Juderias, traductor tambien del tomo primero, y si bien esta parte más imperfecta del libro difiere totalmente del estilo sóbrio y cortado del autor es, con todo, bastante mejor que la mayor parte de las traducciones que por ahí corren. En cambio la traduccion del Sr. Lopez acusa, desde luego, la mano del entendido literato que cono- ciendo cuán conveniente es en toda traduccion conser- 46 REVISTA IBÉRICA. var los caracteres esenciales de estilo del original, ha mostrado que no es tan difícil como pudiera parecer á primera vista el hacer pasar de una lengua á otra un autor sin despojarlo de su personalidad. Ya lo había dicho Pichot en el prólogo de su traduc- cion francesa de Macaulay. Es tan latina la forma del historiador británico, que seria hasta criminal el alte rarla al hacerla pasar á una lengua neo-latina. Los eru- ditos apéndices en que, en estilo llano, explica el señor Lopez algunos pasajes del texto que no tienen traduc- cion exacta en nuestra lengua, por referirse á cuestio- nes políticas y administrativas de carácter esencial- mente local, muestran desde luego con cuánta concien- cia escribe, y representan, además, larga y laboriosa preparacion en el jóven traductor, á quien ya conocía- mos por sus importantes trabajos acerca de Shakespeare en España. El Último estudiante, novela; por el señor marqués de Figueroa. El libro con que por primera vez se presenta ante el público el marqués de Figueroa, objeto de favorable acogida por la prensa, acusa desde luego en su jóven autor envidiables condiciones y felicísimas aptitudes, que andando el tiempo producirán, á no dudar, sazona- dos frutos. Mucho se puede esperar ya de quien empieza con una obra en que, aparte de ligeros defectos, pro- ducto de la inexperiencia casi todos, se ve ya en el es- critor completo dominio del idioma y condiciones de narrador que le dan pleno derecho al título de novelista. Fundamentos de la sociologia; por D. Vicente Colo- rado, secretario primero de la Seccion de Ciencias mora- los y políticas del Ateneo de Madrid. Más poeta que pensador el Sr. Colorado, ha sabido trazar un cuadro completo de las leyes naturales que informan la vida social, lleno de entusiasmo por la nueva ciencia, correcto y elegante en el estilo; pero en el cual aparece más el ardor de secta, que la serenidad de la crítica. Ha logrado el jóven poeta despertar gran interés hácia los estudios sociológicos, y ni uno solo de los ora- dores que en el Ateneo han tercido en los debates de la Seccion que el Sr. Gonzalez Serrano tan dignamente preside, ha dejado de tributar elogios al trabajo que nos ocupa, siquiera algunos hayan combatido sus afirma- ciones. Apasionado de los ideales modernos, exagera el autor su optimismo de lo porvenir, tanto como su pesimismo de lo pasado, y combate la ciencia antigua con dureza, á nuestro parecer injusta, puesto que ella ha servido de base á los adelantos modernos y de caudal á la cultura del mismo Sr. Colorado. María de los Angeles, novela; por D. José de Na- varrete. Una novela de costumbres andaluzas, escrita con la frescura de imaginacion y la franqueza de estilo que caracterizan al Sr. Navarrete, tiene en sí motivos de in- terés, hoy que Andalucía triunfa por sus aficiones en el gusto del público. Agréguese á esto que en María de los Angeles se hacen alusiones á personas muy conocidas en lo que ha dado en llamarse high life y se comprederá esta pregunta y respuesta: —¿Ha leido Vd. María de los Ángeles? —Todavía no; es decir, la leeré. Joaquin Moreno. REVISTAS EXTRANJERAS. ÚLTIMOS NÚMEROS PUBLICADOS. —— REVUE SUISSE. SUMARIO.—I. La lengua francesa y las lenguas extranje- ras; por M. Eugenio Ritter.—II. Miss Nellie, novela; por Mad. Juana Mairet.—III. Un recuerdo de Luis Blanc; por Federico Frossard.—IV. La crisis agrí- cola; por M. Numa Droz.—V. Una excursion por Es- paña; por M. E. Rios.—VI. Horacio Benedicto de Saussure; por M. Ernesto Naville —VII. Crónica parisiense.—VIII. Crónica italiana.—IX. Crónica alemana.—X Crónica inglesa—XI. Crónica suiza. —XII. Crónica política.—XIII. Boletin literario y filosófico. La crisis agrícola es general en toda Europa. M. Nu- ma Droz trata este interesante problema, en una serie de artículos verdaderamente notables. Despues de enu- merar los medios que existen para difundir la ense- ñanza científica de la agricultura, haciéndola práctica y popular, establece unta comparacion de los adelantos realizados por esta industria en los principales países, y demuestra que están en relacion directa de los gastos anuales de cada gobierno en dicha enseñanza. Hé aquí tá estadística que M. Droz inserta en su tra- bajo: Francia2.020.250 francos. Prusia1.015.466 Saxe125.625 Baviera92.865 Gutemberg185.022 Baden96.625 Austria1.283.750 Italia433.050 Suiza 1 250.000 El articulista encuentra deficientes estos gastos, cree quo sus resultados no serán cumpletos mientras se multiplique considerablemente el número de escuelas prácticas. REVISTA DE DERECHO INTERNACIONAL Y LEGISLACION COMPARADA. SUMARIO.—La cuestion del Danubio: Estudio crítico; por M. Ed. Engelhardt.—La proteccion de los telé- grafos submarinos y la conferencia de París; por Luis Renault.—Idea de un tribunal internacional; por el conde de Kamarowski, profesor en la Universidad de Moscou.—Exámen retrospectivo de los más im- portantes trabajos legislativos llevados á cabo en Sue- cia desde 1870 á 1879; por M. K. D'Olivecrona.— Solucion que ha dado la Constitucion federal suiza á las cuestiones confesionales; por Alfredo Martin.— Noticias diversas —Crónica de hechos internacio- nales.—Obras recibidas. Despues de mencionar el ilustre autor de El tribunal internacional las diversas opiniones que respecto á una REVISTA IBÉRICA. 47 institucion universal se han expuesto, demuestra que sea la que quiera la forma en que se le dé vida positiva, ello es que las condiciones de la diplomacia y hasta el inevitable antagonismo y enormes aprestos militares de las naciones, exigen la formacion de un organismo con autoridad propia que determine, por el pronto, algunas relaciones de los pueblos, y sea á la larga garantía perfecta de paz y de justicia. Son las más notables del trabajo, las consideracio- nes encaminadas á encontrar la forma de organizacion del tribunal internacional. Opta el autor por un orga- nismo puramente jurídico, porque entiende que todo aspecto político seria un obstáculo para la realizacion, y de alcanzar vida, haria de las naciones, respecto á la institucion internacional, á manera de cantones de una federacion, privándolas de personalidad y embargando su propio desenvolvimiento. Esto es lo más importante del articulo, aparte de las reflexiones, mediante las cuales, llega el escritor ruso á demostrar, que despues de todo, el mencionado tribu- nal no seria sino la definitiva concrecion orgánica de los tribunales arbitrales, los nacionales de presas y consu- lares, y por último, del gran movimiento de la opinion hácia ese ideal, que ha pasado por utopia por los exa- gerados limites á que se ha querido llevar desde los tiempos de Sully. LA FILOSOFÍA POSITIVA. SUMARIO.—I. El pasado de la filosofía; por E. de Ro- berty.—II. La agricultura.—III. La política reli- giosa del Occidente en la China; por M. Jametel.— IV. La eleccion de los magistrados en los seis tribuna les civiles del departamento de París en 1790; por Amagat.—V. La colonizacion francesa del continente africano; por X.—VI. Ni A ni B; por Eugenio Noel. —VII. Luis Blanc y Gambetta; por E. Wyrouboff.— VIII.—Variedades.—IX. Bibliografía. La política religiosa del Occidente en China es, sin duda, uno de los trabajos más notables que, no sólo en la citada Revista, sino en muchas obras, se han publi- cado de poco á esta parte. Es un estudio de crítica his- tórica acerca de unos sucesos no bien estudiados ni mejor encaminados, que importan sobremanera á Euro- pa. Con criterio puramente positivista, siempre impar- cial, examina el autor la política seguida en Oriente por las naciones europeas, desde que comenzaron las primeras misiones. Censura agriamente á los gobiernos que, mediante la diplomacia y las armas, han preten- dido y pretenden imponer unas creencias que la mayor parte de ellos persigue en su país, y sobre todo, cos- tumbres sociales y económicas. Aplaude, en cambio, á los misioneros, desalojados de la China por intrigas interesadas, los cuales con su resignacion, su heroísmo ante la muerte y los grandes servicios prácticos prestados á los naturales, habian logrado captarse el aprecio de muchos, convertir á no pocos al Cristianismo y hasta echar naturales y libres relaciones entre el Celeste Imperio y los países euro- peos. El autor considera que esta debiera haber sido la política seguida en el extremo Oriente. Para demostrar esto y justificar aquella censura hace atinadas disqui- siciones históricas, analiza hechos, desentierra datos y razona con no poca serenidad de juicio en asunto como este, en que es difícil tenerla. JOURNAL DES SAVANTS. SUMARIO.—Marsillo de Padua; por MM. Ad. Franck.— Las actas de los mártires; por Gaston Boissier.—Fe- derico II y María Teresa; por H. Wallon.—Escritu- ra y pronunciacion del latin literario y vulgar; por E. Egger.—Los papiros greco-egipcios; por R. Dareste. Por todos es sabido cuánta es la erudicion que reve- lan todos los escritos publicados en esta Revista, y si á las eruditas investigaciones hubiéramos de atenernos para juzgar de la importancia de los trabajos, quizá prefiriéramos el de Egger sobre escritura y pronuncia- cion de la lengua latina, porque es una de las mejores y más pacientes labores que ha realizado el famoso profe- sor francés. Pero sin ser inferior á éste por lo que hace á la exegesis y á la induccion histórica, es además de mayor alcance, por el contenido, el artículo firmado por M. Paraste, sobre los papiros greco-egípcios Aparte del estudio hecho sobre memorias y libros de los sabios que se han dedicado á descifrar los caracteres densóticos de antiquísimos documentos repartidos en los Museos y Bibliotecas más notables y haciendo caso omiso de las comparaciones con referencias de escritores griegos con que ilumina el trabajo, lo más interesante de él, desde el punto de vista positivo, es el descubrimiento de leyes y costumbres de los antiguos egipcios, averiguadas me- diante el detenido y juicioso exámen de los papiros des- cifrados hasta ahora por los sabios. Entre las conclusiones, la más nueva es la que se re- fiere á la organizacion de la familia. En ella parece que existia cierto predominio de la mujer, á pesar de per- mitirse la poligamia; el contrato matrimonial se hacia libremente y sin intervencion de la autoridad, estipu- lándose por consiguiente diversamente, respecto á los bienes, aunque se observaban ciertas reglas. La fórmula de las arras aparece ya consignada en dichos docu- mentos. Aunque no existia el registro civil, se advierte ya una forma imperfecta suya, en la presentacion del hijo. La sucesion se regia por la legítima, observándose per- fecta igualdad entre los hijos, salvo una especie de me- jora del primogénito. La venta y el préstamo se hallan regulados al tenor de las noticias que sobre las mismas instituciones dejó Diodoro de Sicilia y es curioso en extremo lo que se ha podido averiguar acerca de la organizacion judicial del derecho penal y sobre todo lo relativo á leyes de policía. COMPTES REUDUS DE LA ACADEMIA DE CIENCIAS DE PARÍS. Hé aquí en resúmen los premios ofrecidos por esta Academia para los años 1883, 84, 85 y 86. Premio Bordin.—Cuestion propuesta para el año de 1884: " Descubrimiento de las lineas de inflexion sobre cualquiera superficie, " segun fué propuesta por Monge en 1881 en una Memoria de la misma Academia, titulada , "Teoría de las nivelaciones y los terraplenes." Constituye el premio una medalla, cuyo valor es 3.000 pesetas. Premio Grancoeur.—Este es anual, de 1.000 pesetas, y se concederá al autor de descubrimientos ó trabajos que contribuya al progreso de las ciencias matemáti- cas puras y aplicadas. 48 REVISTA IBÉRICA. Premio extraordinario de 6.000 pesetas para 1883, destinado á recompensar todo progreso capaz de acre centar la eficacia de las fuerzas navales francesas. Premio Goncelet.—Tambien es anual y encaminado á recompensar la obra más eficaz para el progreso de las ciencias matemáticas puras y aplicadas. El premio con- siste en una medalla equivalente á 2 000 pesetas. Premio Montyon.—Anual y consistente en una me- dalla equivalente, tambien á 700 pesetas, que se adjudi- cará al que haya inventado ó perfeccionado instrumen- tos para la agricultura, para las artes mecánicas ó para las ciencias. Premio Fourneyron,—De 500 pesetas por un "Estu dio teórico y experimental sobre las diversas maneras de trasmitir el trabajo á distancia." —Lalande, de 540 pesetas por el mas interesante descubrimiento astronó- mico.—Damoiseau, de 2.000 pesetas, para 1885, sobre un exámen de la teoría de los satélites de Júpiter, de- terminacion de la velocidad de la luz y construccion de tablas particulares para cada satélite.—Valz, de 2.000 pesetas, sobre el mismo punto que el premio Lalande. Otro premio.—De 1.000 pesetas; tésis: "Perfeccionar la teoría de la aplicacion de la electricidad á la trasmi- sion del trabajo." Para 1884.—Otro igual para 1885, por un "Estudio de la electricidad de cuerpos cristali- zados." Premios Bordin—(1885). Sobre el origen de la elec- tricidad de la atmósfera; medalla 3.000 pesetas, y Vai- llant (1884), para una Memoria sobre esta cuestion: "Nuevas investigaciones sobre los fósiles, verificada en una region que no se haya explorado bajo su aspecto pa- leontológico durante veinticinco años." Otro premio de Bordin 1.883, 3.000 pesetas, sobre esta cuestion: "Ense- ñar, por medio de observaciones directas y experiencias la influencia que ejerce el medio sobre la estructura de los órganos vegetales " Grandes premios de ciencias físicas (1883), de 3.000 pesetas; tésis: Desarrollo histológico de los insectos.— Otro igual (1884), para un "Estudio sobre la forma de distribucion de los animales marinos del litoral francés." Premio Breant, de 100.000 pesetas para el que des- cubra un medicamento que cure el cólera asiático, ó ave- rigüe claramente sus causas y los medios de hacerlas cesar, ó cuando ménos encuentre una profilaxis segura por el estilo de la vacuna.—Otro de Lerres (1884), de 7.500 pesetas, al mejor trabajo sobre "Embriología ge- neral aplicada á la fisiología y á la medicina. " Premio Penaud (1883); 3.000 pesetas al que haya in- troducido mayores adelantos en la navegacion aérea; otro de Montyon, anual, sobre los medios más eficaces para disminuir la insalubridad de cualquier arte ó in- dustria. REVUE POLITIQUE ET LITTERAIRE. SUMARIO.—El naturalismo en el siglo XVII; por M. Fer- dinand Brunetière.—La elevada sociedad japonesa en el siglo X.—Un D. Juan japonés; por Arvède Bari- ne.—La Bossu; por Hugues Le Roux.—Inglaterra. La nueva ley contra las explosiones; por M. Georges Lyon.—E. Talbert; por M. Eugenio Manuel.—Notas é impresiones; por Luis Ulbach.—Boletin. "O la palabra naturalismo nada significa y se aplica equivocadamente sin comprenderla, ó cuadra á las mil maravillas á personas que se citan como los más empe- lucados de nuestros grandes hombres: Pascal, Bossuet, La Bruyère, en la prosa; y en la poesía, La Fontaine, Molière, Boileau y sobre todo Racine." Así empieza su discurso el crítico francés. A conti- nuacion procura recordar las relajaciones del gusto que en la historia de la literatura han dado motivo para que los escritores se aparten del estudio de la naturaleza. Una de ellas es la caricatura provocada por el deseo de ridiculizar y por el de fijar de un modo notable los ras- gos salientes de un carácter. Otra tiene su fundamento en el prurito de expresarse con primor. Otra, en fin, es la moda, tan tiránica en la literatura como en el vestir. Despues examina las obras principales de Molière, de Pascal y de Racine, buscando en todos ellos los ras- gos naturalistas no accidentales, sino como propósito firme de reflejar la verdad. "Para Boileau, como para nosotros los naturalistas, el problema está en hallar "el aire" de cada uno, y presentarle tal cual es por los medios que le correspon- den, y que en cierto modo no convienen más que á él." "Las palabras naturaleza y natural brotan á cada mo mento de la pluma á todos ellos." REVUE SCIENTIFIQUE. SUMARIO.—Geografía. Los derechos de Francia en Ma- dagascar; por Gabriel Marcel.—Astronomía. Velada de un astrónomo; por M. L. Barrè.—Agronomía. Fer- tilizacion de las Landas; carta de M. Duponchel.— Fisiología. Museo de Rio Janeiro; por M. County— Industria. Procedimiento para evitar explosiones en las calderas de vapor; por M. Trève.—Revista de fí- sica.—Academia de ciencias de París.—Crónica. M. Trève se ha consagrado en estos últimos meses al estudio de las explosiones que suelen ocurrir en las cal- deras de vapor, sin que el cálculo científico hubiese po- dido hallar hasta ahora las causas, una vez adoptadas todas las precauciones que la ciencia aconseja. Estas causas estriban en la costumbre de contener el agua en una ebullicion naciente por espacio de muchas horas, y provocar de repente la formacion rápida del vapor. La última explosion ocurrida se verificó á las ocho de la mañana, despues de haber permanecido la caldera toda la noche á una mediana temperatura. El agua privada de aire determinó el accidente tan luego como se activó el fuego. M. Trève propone que antes de encender definitiva- mente el fuego, se practiquen inyecciones de aire para suplir el gas expelido por la ebullicion. Los estudios de M. Trève merecen atencion, no sólo de los industriales, sino de los marinos, cuya existen. cia, así como la conservacion de sus buques, están ex- puestos á una catástrofe que en adelante será posible evitar. ————————————————— NOTA. Por error del escribiente del Sr. Abarzuza, se cometieron varias erratas en su poesía La Vida. Donde decía "hermoso enjambre," debió decir "hu- mano enjambre." Donde "la fuerza ni la guerra, " "la fuerza ni la garra." Donde "los umbrales de sus tiempos," "los umbrales de sus templos." Madrid 1883.-J. Lopez, impresor, Caños, 1 triplicado.