Año I.--Número 4. Madrid 16 Mayo 1883. REVISTA IBÉRICA DE POLITICA, LITERATURA, CIENCIAS Y ARTES. -------------- Director: D. Juan Reina Queda prohibida la reproduccion de los artículos literarios y científicos que se publiquen en esta Revista. SUMARIO. -- 16 de Mayo. DON J. ORTEGA MUNILLA.--Panza-al-trote. DON JACINTO OCTAVIO PICON.--Un cuento en una carta. DON JOSÉ R. CARRACIDO.--Las ciencias induc- tivas. DON LUIS MARCO.--Velocidad de la transmision nerviosa. DON ANGEL DE LUQUE.--Revista política ex- terior. DON CARLOS FERNANDEZ SHAW.--Sonetos. DON ANASTASIO R. LOPEZ.--Poesías de D. Fran- cisco de Abarzuza. DON JOAQUIN MORENO.--Miscelánea. REVISTAS EXTRANJERAS: Revue des Deux - Mondes. Biblioteca Universal y Revista Suiza. Revue Britanique. 16 de Mayo. Entre las acusaciones que se formulan contra el Go- bierno, figura la de poco artista. Hace veinte dias mor- tales que sólo piensa en buscar una postura académica para caer y no acierta á encontrarla. Apenas se toca un resorte de la mal traida maquinaria política que no des- cubra el mismo letrero: Inmoralidad. No querian provocar una crisis franca á consecuen- cia del debate Fiori-Giron; se negaban á reconocer los inconvenientes de que el Sr. Abascal continuase al frente del Municipio de Madrid, y la actitud del conde de Xiquena ha precipitado los acontecimientos. El re- gistro es diferente; pero la nota idéntica. Esta cuestion trajo por incidencia al Congreso de diputados una polémica más acerca del modo como en España se practican las elecciones. Pocas veces se habrá escuchado en Parlamento algu- no discurso más amargamente franco y sincero que el pronunciado con tal motivo por el más fogoso de nues- tres oradores. No es de hoy, ni de este Gobierno, sino costumbre inveterada en nuestro país, la corrupcion del sistema electoral. Cómplices de ella son los gobiernos, los candidatos y los electores. Apenas se anuncian nue- vos comicios, el ministerio se ve agobiado de ruegos y asediado de comisiones: los pretendientes se cuidan más de una sonrisa del ministro de la Gobernacion que de conquistar voluntades en sus distritos. Inútil seria modificar el sufragio; ocioso que se im- pongan severas penas á los infractores de la ley; el mal está muy hondo y hay que estudiarle con serenidad. Tales fueron, si no las palabras, las ideas manifestadas con extraordinaria elocuencia, por el Sr. Romero y Ro- bledo. Cuando el hombre de partido se eleva á la mision de estadista, debe estudiar los hechos y buscar sus leyes naturales sin pasion ni enconos. ¡Ojalá los discursos de este género reemplazasen siempre en nuestras Cortes á las diatribas menudas do las comadres políticas! Difícil, por no decir imposible intento, el del señor Sagasta de ganar el verano entre dimes y diretes de las oposiciones. La dimision del alcalde de Madrid era una de las tres que pide la opinion publica por un solo motivo. La discusion de los nuevos presupuestos debe decidir la suerte final del ministerio. ¿Cómo encontrar una caí- da más artistica que la motivada por una serie de dis- cursos de Moret? De dos partes debe constar la campaña del ilustre economista: una crítica y otra productiva. El diputado demócrata que en una serie de discusiones parciales ha ido notando los mil lunares de unos presupuestos calcu- lados á ojo de buen cubero, puede ahora lucir todas sus galas oratorias, formulando el mot de la fin de esta anó- mala situacion. La izquierda dinástica, puede darse por seguro que procurará inducir al más importante de sus jefes para que abandone los escrúpulos que lo colocan á honesta distancia, dado que esa honestidad no denota doncellez, sino viudez prolongada. Con este motivo los astrónomos de la política se de- dican á inventar cábalas, no más sólidamente fundadas que las de ciertos astrónomos, amantes de lo maravi- lloso, cuando un corneta, despues de recorrer la excén- trica elipse de su órbita, camina en direccion del sol, como si hubiera de precipitarse en su candente masa. ¿Será absorbido por la atraccion solar? ¿Continuará su marcha alejándose de nuevo en progresion inversa á la velocidad con que se aproximó? Ambos fenómenos se registran en la historia de nuestro sistema planetario. Todo consistirá en la ener- gía con que se verifique la atraccion. Mas si el Gobierno sucumbe en la discusion de pre- supuestos, sin que la opinion pública, ni quien ha de ser su intérprete más fiel, le permita conservar el mando durante el anhelado estío, ¿quién se encargará de for- mar gabinete? ¿Se cumplirán al fin los pronósticos de que, haciéndonos eco de los primeros rumores, dábamos cuenta en la crónica de nuestro número anterior? Preguntaba en Francia una señora á uno de nuestros primeros hombres de Estado: --Monsieur C: ¿Qué pronosticais de las cosas de Es- paña? --Madame: En España puede fundarse todo, menos puentes y pronósticos. --¿...? --Los primeros porque los destruyen las faccio- nes; y los segundos porque los hunde la casualidad. 74 REVISTA IBÉRICA. PANZA-AL-TROTE. ---- PANZA-AL-TROTE.-- Apodo con que se nota á aquel que anda siempre comiendo á cos- ta ajena, ó á donde halla oca sion de entrarse, y que ordi- nariamente padece hambre y necesidad. (Diccionario de la Acade- mia Española.) I. Cementerio.--Evocacion del espíritu. Robustas espaldas, hechas á tal oficio, lle- vaban por la cuesta de Areneros, una tarde de las más frias de Noviembre, poco antes de que oscureciese, la parihuela mortuoria de la par- roquia de San Ildefonso. Los cuatro sepultu- reros, de desiguales estaturas, por lo que la caja iba desnivelada, caminaban deprisa, á veces metiéndose en la acera para evitar los charcos y barrizales, ya saliéndose al camino real, donde el continuo paso de carretas habia dejado hondos carriles, especie de vía que el Noviembre traza alrededor del mundo, y que el Mayo borra en un dia de sol. ¿Dónde está el sol? ¿Ha venido alguna vez por aquí? Diríase que no, segun lo turbio del celaje, que con bandas de nubes plomizas cierra el espacio libre entre una manzana de casas pobres y un taller de picapedrero. Ni tampoco acreditan que haya pasado por aquí la escoba de oro de sus rayos, los blandos lodazales, que han hecho del camino un pantano y de las ruinas de aquellos dos casucos de adobes un informe montículo de barro. Las dos filas de olmos, que suben con prodigios de valor la cuesta del cementerio, enseñan las ramas sus hojas, y éstas, desprendidas días antes de sus tallos nativos, giran alrededor de ellos por el en- charcado suelo, no decidiéndose á la separa- cion definitiva. --Semana de beneficio para la cama redonda, dijo uno de los sepultureros, empujando la caja sobre el hombro para cambiar el sitio de apoyo. --Este es el tercero que nos da propina, afirmó otro de los cuatro Una carcajada soez dió vueltas alrededor de la caja. Empezaba á llover de nuevo. Las go- tas de lluvia, suspendidas un instante en la atmósfera, volvían á descender con ruido y fuerza. Sobre la tapa de la caja sonaban como con redoble de tambor: sobre la cara de los enterradores simulaban lagrimas que prestaba la naturaleza á quien de otro modo no era capaz de ellas; en las charcas negruzcas caian con ruido de agua hirviente, y mil pompillas de barrizoso cristal estallaban en la superficie. Más turbio se puso el cielo; más oscuro aquel telon de nubes plomizas, y la luz hubiera por completo faltado á la tierra á no haber sido el dichoso acaso de que al ponerse el sol, una- de sus últimas miradas pudo atravesar triste cielo y urbano paisaje, produciendo una ilu minacion amarilla, que centelleó en los char- cos, ensangrentando sus aguas. Luz mori- bunda y agua pluvial se unieron en el espacio, La gota y el rayo se besaron, y aquellas se de- jan atravesar por éstos en una explosion de- amor, convirtiéndose el temporal deshecho en graciosa cascada de piedras preciosas. Llovian rubíes , diamantes, zafiros, y sobre todo, ópalos; la coloracion recorrió todos los tonos. Iba del aurífero al anaranjado, deteniéndose en el violeta donde desarrollaba riqueza inaca- bable de matices. El mísero cortejo, cruzando aquella tempestad de agua y colores, tenia algo de desfile teatral, y parecia que el cielo, queriendo honrar con la solemnidad más ade- cuada el entierro de aquel pobre, pedía pres- tados á la luz Drumont sus resplandores falsos. El arco iris surgió de entre las ráfagas de llu- via, y distendió su curva noble excelsa, apo- yando un pié en el Pardo y otro en los llanos de Vallecas. Madrid quedó encerrado en aquella faja de luz. Mas fué por poco tiempo: el dia se aleja y los sepultureros hubieron de apretar el paso para llegar al cementerio de San Ilde- fonso antes de que, con las de la luz, sus puer- tas fueran cerradas. El agua, cayendo sin cesar durante una se- mana, habia hecho su oficio en el cementerio, borrado inscripciones, anegado tumbas, ayu- dado á la tierra en su faena digestiva. La arena de los senderos, oprimida por la grave pisada de los sepultureros, conservaba la huella de los ocho pies paralelamente señalados, como si por allí hubiese pasado la bestia fantástica destructora que tiene su pesebre en el nicho. Estas huellas habian descrito una línea curva, habian cruzado las dos primeras salas, habian traspuesto los límites de una tapia, al otro lado de los cuales parece comienza un corral. La arena no avanzaba más allá de aquel porton desvencijado y la tierra negra recobraba sus derechos. Allí sí que habia hecho su oficio el agua. En un enorme hoyo se habia reunido una mediana acequia, y dos cavadores procu- raban en vano cegarla con sendas espuertas de tierra. Un poco más allá otro hoyo, que frisaba en barranco, mostraba, completamente al descubierto, cadáveres recien echados. Uno de ellos estaba desnudo del todo, y la cal que le habian arrojado, por que más pronto se le comiera la nada, cubría su rostro. El de una mujer, vestida con una como bata de percal negro, llevaba su pudor hasta á aquella cínica y brutal tumba; pero otro cadáver femenino, de edad y rostro indescriptible é inexplicable REVISTA IBÉRICA. 75 --tal le habian puesto el lodo, y lo que el Ar- cipreste de Hita nombraba "demasías de la ca- labrina"-permanecia en una desnudez inde cente. No hallaba el gusano obstáculos en el brocado y el oro, como en el cadáver de un monarca, sino que franca y generosamente se entregaba allí la materia á la materia, como si un nuevo nacer cubriese en cendal de ino- cencia el taller de la renovacion de los do- lores. Si ridículamente hubiese entonces preten- dido plagiar á Shakespeare un dramaturgo, hubiese podido apuntar en su libro de memo- rias este diálogo. SEPULTURERO l.º--Poca carne traemos. Esto es engañar á esos señores. (Señalando lo más profundo del barranco.) CAVADOR 2.º--¿Es el último de hoy? SEPULTURERO 2.°--(Secándose con un sucio guiñapo el sudor de la cara, que no por eso queda limpia.) El último. Pesa poco; pero como era tarde, hemos andado listos... y se suda... SEPULTURERO 4.°--Venga la cal. (Le acercan una espuerta y con un cazo de fontanero que hay hundido en la cal que contiene, echa un poco en el hoyo.) Vamos allá. A la una, á las dos... (Se oye ruido de cuerpo que cae en tierra. Los sepultureros, sosteniendo una de las varas de la parihuela-caja, han hecho girar ésta, de manera que se vaciara, y el cadáver ha salido. --Dejan la caja en el suelo; echan más cal so- bre el cuerpo muerto.) SEPULTURERO 3.º--(Tirando de una sábana que envolvía el cuerpo.) ¡Qué flaco está! ¡Qué naturalezas tan tísicas! El mundo se acaba. Huesos, huesos y nada más que huesos. CAVADOR 2.°--No es como esa mujer que tra- gísteis esta mañana. Ahí está; aún se la ve el cogote. No quedan ya más que dos enemigos del alma: el mundo y el demonio... La carne la hemos enterrado hoy á las diez. SEPULTURERO 1.º--¿Quién tiene un cigarro? SEPULTURERO 3.º--(Alargándole la petaca.) Cualquiera... Echad más cal. CAVADOR 2.º--¿Para qué? Este hombre no tiene trabajo alguno; ya está en esqueleto. Se conoce que se le han comido en el mundo y no nos traen más que los huesos. SEPULTURERO 2.º--¡Sí, pero buena panza! ¿Está hinchado? CAVADOR 1.º--Borracho... El vino hincha. CAVADOR 2.º--A algunos. SEPULTURERO 3.°--Mira qué cabeza se trae. ¡Pistonuda! El pelo le llega al cuello. Es una melena de teatro. CAVADOR, 2.º--¡Pues anda, que la barba!... No estaba abonado á Sí sí. Uñas y pelo: eso es lo que no deja de crecer cuando viene la mi- seria... y el hombre se va pareciendo al oso. SEPULTURERO 2.°--Aprieta la lluvia. Vámo- nos. Hasta mañana. Dame lumbre... La lluvia arreció en tal manera, que no hubo en toda la villa paraguas bastante fuerte para librarse de ella. La plaza de Chamberí se inun- daba, las alcantarillas rebosaban el barro, y de las canales y las esquinas de los tejados se des- prendían diluvios. Solitario se quedó el ce- menterio, y el último muerto que acababa de tomar posesion de sus tres piés de tierra, con- servando por todo abrigo un guiñapo de ca- misa que le cubria los brazos, parte del pecho y hasta las rodillas, fué bañado por la lluvia, especie de bautismo que la muerte le aperci- bia. El lácio y guedejudo cabello, la barba cre- cida al descuido de una larga enfermedad, ha- blaban de no lejanos años juveniles y daban al lívido rostro señales de majestad desusada y algo melodramática. La línea negra que in- dicaba. el lugar de la boca, partía en dos el óvalo del rostro, y se destacaba crudamente en el semblante, que ya empezaba á presentar aspecto de asquerosa blandura gelatinosa. El mucho llover habia puesto la tierra tan blan- da que, poco despues de haber sido arrojado el cadáver al gran hoyo, el propio peso le ha- bia hecho marcar una huella con que el lodo parecia querer copiar las líneas del cuerpo. Disuelto con el agua un gran terron en que se apoyaban los piés del muerto, éste se des- lizó por la pendiente, y acomodada su espalda en la huella, vino á quedar como sentado; sus codos se apoyaron en las rodillas; cayó la ca- beza por su propio peso hácia adelante, y no pareció sino que, recobrada la vida por el bueno del difunto, adoptaba postura de des- canso para aguardar en cómoda actitud el des- enlace de aquel incidente último del triste dra- ma, sobre el cual no habian aún corrido el telon de tierra. El viento se desató de repente, hizo palpi- tar en negras olas todos aquellos pequeños mares de barro de los charcos; hubo árbol que mojó sus tiesas aristas en la humedad del suelo, y más de una chapa de zinc voló por la atmósfera. Chirrearon al mismo tiempo los alambres de las coronas puestos en las se- pulturas y los goznes de las vidrieras en los nichos que las tenian; paseóse, bajo las ga- lerías, el vendabal, retorciéndose furioso por ellas y arrebatándoles el silencio--ese sudario invisible de los cementerios.--Hasta parecia que el muerto hablaba, que el viento traia sílabas dichas por lábio humano. En el cielo, el desatentado huracan habia barrido las nu- bes; las cuarteó, las rasgó en mil girones y se llevó hácia Levante la tempestad, dejando limpio el cielo, centelleantes las estrellas, como si acabasen de crearlas, ó cuando mé nos, de darlas un limpion... Pero no: induda- 76 REVISTA IBÉRICA. blemente en aquel conjunto de notas silbonas, aulladoras, que gemían, maldecian, susurra- ban preces, proferian maldiciones, se queda- ban medio dormidas en blando sollozar de en- decha elegiaca ó se desataban en inarmónico arpegio de gritos, la garganta humana ponia un alarido. El hombre, en aquel concierto de la tempestad, dejaba exhalar el sonido de su voz. Puede el viento silbar en un agujero, teclear en los quebrados losanges de la lápida, tañer áspera viola, pasando su arco entre las hojas secas de una corona de siemprevivas; pero no puede balbucear la palabra. Y eran palabras, palabras del pátrio idioma, un ¡qué frio! seguido de una tos fuerte; un ¡ay! prolon- gado en notas de llanto; un ¿qué... es... es... to ...? que el viento desarticulaba como si des- parramase las letras al conducirlas. Cuarto menguante el de la luna, su luz no alumbraba la escena lo bastante para que el horrible misterio pudiese descubrirse. Todo lo brillante del cementerio brillaba: la cúpula de la capilla, de pizarras negras: las cruces de metal, de un sarcófago, neciamente solemne y lujosamente estúpido; los surcos trazados por la carretilla de mano del cavador, que estaban llenos de agua; los abalorios de una corona de- positada por el viento en medio de una senda. Pero en la hoya grande todo era tinieblas: los paredones de la derecha la dejaban en la oscu- ridad. De nada nos sirven los ojos: la tiniebla es la ceguera de todos. Espíritu descubridor de los secretos sepul- crales, el que revuelve las cenizas para buscar la causa de ellas; el que anda por las heladas venas hasta llegar al corazon, ya frio, donde se esconde un misterio de amor; el que dele- trea los epitafios de alemaniscas letras; el que convoca junto á las tumbas recientes los diabólicos duendecillos de la murmuracion y la curiosidad, para que tejan, con hebras de dolor y risa, el velo de luto de las reputacio- nes; el que ha sacado á luz el secreto de la vanidad faraónica, envuelta en olorosos gui- ñapos; el que ha resucitado la historia del hom- bre convertido en un soplo de ceniza, en los terrenos plutónicos; sí, tú, espíritu de la no- vela, ven á ayudarme. Dime si ese rígido ca- dáver se ha movido, si ha hablado, qué pala- bras pronunció... si ese pedazo de carne que va á devorar el lodo fué el alcázar de un héroe ó la guarida de un miserable. II. El poema de los guiñapos. Clara no tenia paraguas, sus botas no esta- ban en buen estado, y sus tacones tan torci- dos, que la marcha era para ella operacion dolorosa. Con la lluvia se le habia pegado el pardo velo de su manto á la cara; las bandas de su negro pelo relucían, no por artificio del cosmético, sino por el del agua del cielo. Su manton negro tenia rotos, en vano remenda- dos, manchas lavadas sin éxito: plegado rígi- damente, acusaba la delgadez del cuerpo y la absoluta carencia de lo que llamó el cínico artista "gracias curvas." Iba muy deprisa, muy deprisa, por la calle de Atocha, tanto que dejaba atrás los tranvías. Su paso era irregu- lar: ya. avanzaba midiendo con ancho compás- las losas, ya con paso precipitado, pero corto. Se ajustaba con ambas manos, que eran muy lindas, las caídas del manto y el pañuelo so- bre el raso pecho. Miraba al cielo, amenazan- te y torvo. Én la plaza de Anton Martin un cojo hacia bailar un perro, vestido con roja casaquilla galoneada de oro. Un grupo de chiquillos, es- tudiantes y soldados le miraba, y cuando pasó Clara alguno la dijo: --Vaya un lucero que le ha robado á Vd. el cielo, flamenca. Aludian á que Clara era tuerta del ojo dere- cho,y con una fealdad tal, que en vano habia la naturaleza plegado, por disimular la ausen- cía del cristal humano, la doblez del párpado, porque se descubría su deficiencia, antes que el fulgor vívido de su sana pupila, en que la parte deshecha del rostro yacia en un estado de tristeza cómica, deformado con el estira- miento de los músculos faciales. Poca impresion hizo á Clara el brutal chiste soldadesco, porque no se notó en su rostro cosa alguna que expresase dolor, ira ó despe- cho. Continuó su camino, cada vez más de prisa, y al andar, lo sonaban en la faltriquera unos cuantos cuartos. Un tranvía, un camion y una berlina, habian tropezado é intercepta- do la calle. Por arriba y por abajo se veian otros vehículos detenidos y mucha gente al- rededor. Tuvo tambien que pararse allí Clara y abrirse camino á codazos. El vocerío de ma- yorales y cocheros disputando con feroces blasfemias y rudas palabruchas, creció cuan- do en los esfuerzos que hacia el caballo de una berlina de punto por avanzar, tropezó y cayo al suelo, quebrando las varas de la limonera. Aumentó el gentío, y Clara hubo de detener- se ante uno de esos aparatos anunciadoras de teatros, hechos con arreglo al patron de las horcas, para que luzcan los grandes reclamos del arte teatral; en letras gordas, nombres ilustres y vulgares, títulos célebres y descono- cidos, de grandiosa memoria y de estúpida gracia; mucha prodigalidad de "eminente," "aplaudidísimo" y "popular" y el panegírico del atrezzista, mezclado con el del génio. --¡Sullivan!--dijo Clara, leyendo uno de los carteles. REVISTA IBÉRICA. 77 Una lágrima acudió á su pupila sana, y añadieron los labios de Clara: --¡Pobre Sullivan! Pudo abrirse camino entre la multitud, y cuando lo consiguió, llevaba la mano derecha puesta en el pecho, por el sitio donde la ana- tomía encuentra el corazon y la psicología el centro de los dolores humanos. La po- bre tuerta llevaba silenciosamente un hilo de lágrimas continuo, que cala por su pálida me- jilla y la absorbía el manto. Sus piés chapo- teaban en la acera mojada de cierto barniz biscoso y negro; su alma lloraba infinita y profunda afliccion. Ella creyó que el corazon se encogía, se encogia bajo un peso muy grande, muy grande, y que la apretaban el cuello con un dogal invisible y cruel. --¡Pobre Alonso! exclamó entre dos sus- piros. Llegaba al Colegio de San Cárlos, de cuya puerta salía rumor de colmena agitada: dejó atrás esta puerta y por la de más abajo, entró en el Hospital general. El portero la detuvo y la dijo: --¿No sabe Vd. que no se puede entrar hoy? --No, balbuceó Clara con voz apenas inteli- gible. No vengo á ver á... Vengo á ver si... di- funto... --Pase á la oficina, le interrumpió el porte- ro; diciendo despues: por el patio, á la derecha. Estaba el patio encharcado, y los tiestos, sin plantas, amontonados en un rincon, como cuerpo sin alma. El edificio del Hospital gene- ral en esta parte, poco há derribada, era un dédalo de pasillos estrechos y húmedos que conducian á piezas destartaladas, de luces es- casas y paredes nitrosas. En la direccion, la principal sala de todas aquellas, habia cuatro mesas, abrumadas por el peso de legajos y fajos de papel. Un mozalbete, entre hombre y niño, con sus manguitos de sarga en ambos brazos y con. un cigarro puro en la boca, esta- ba allí, sentado en un sillon, como único re- presentante de la burocracia benéfica. --¿Qué ocurre? dijo con mal humor, inter- rumpiendo la lectura de un periódico y arro- jando dos espirales de humo por la nariz. --Creo, dijo con firmeza Clara, que la fami- lia de un enfermo que fallece aquí... puede re- coger su cadáver y enterrarlo. --Sí. --Pues yo soy... --¿Cómo se llamaba el enfermo? prosigió el doncel burócrata, como hombre acostumbra- do á casos semejantes. Y echó mano á un libro alfabético. --Alonso Ponzano. --A... Alonso... Murió el 13. ¡Ya está en- terrado, señora! --¿Ya? --Sí; hace dos días que ha muerto, y para qué se iba á guardar aquí... Clara vaciló; su mirada giró por la estancia como buscando un punto de apoyo para su persona. Se aproximó á la mesa, puso su mano, húmeda de sudor frio, sobre una car- peta en que habia desparramados polvos de salvadera, algunos de los cuales se adhirieron á sus pulpejos. --¿No ha dejado cartas ó papeles? preguntó. --Veremos. El escribiente consultó el libro y dijo: --Sí; puede Vd. recoger los efectos que trajo el difunto. Suba Vd con este volante á la sala de Santa Casilda. Maquinalmente obedeció Clara; sin darse cuenta de sí, subió al piso tercero, donde esta- ba la sala de Santa Casilda, y allí, previa pre- sentacion del volante, la entregaron un envol- torio muy sucio, dentro del cual habia un par de viejos zapatos, un libro, un paquete de pa- peles y varias prendas de ropa. Un entorpeci- miento singular se apoderó de su alma. No advertia qué pasaba á su alrededor, no sabia si era de dia ó de noche, si estaba viva ó muerta. Las únicas sensaciones de su sér, eran el peso del lío de ropa en su brazo derecho y la aspereza de las arenillas de la salvadera ad- heridas á su mano izquierda. En este estado llegó á la calle de Embajadores, núm. 65, y subió á su casa. El llavin se le habia dejado puesto por olvido al marcharse. Apretó el pes- tillo, y entró en su palacio de techumbre abohardillada. Un catre de tela, dos sillas ba- jas de anea, un espejo redondo, de los que lleva el soldado en su mochila, un cesto de costura y un estantito colgado de la pared con cuerdas, y en él algunos libros, compo- nian el adorno de la pieza. Se dejó caer Clara en el lecho, y oprimió sobre su corazon el maloliente lío de guiñapos. Dejó correr las lá- grimas. --¡Ya estoy sola, sola, sola!.. ¡Mi vida se acabó!.. ¡Alonso muerto y enterrado... Dios sabe dónde! No me he atrevido á preguntarlo, de miedo á saber que está en aquel pudridero de los pobres, peor que un perro... ¡Ay de mí! Besó el lío de guiñapos, hundió en él su ros- tro como en carne viva, sensual y adorada, embriagándose su nariz recta y aguda con el olor del tabaco que dominaba sobre el de láu- dano y el de aguardiente en aquellos pingos. Despues se puso en pié, sacó de la faltriquera un papel que envolvia un poco de dinero y le tiró sobre la cama. --¡Ibais á servir para enterrarlo! dijo con el acento con que hubiese dicho: "íbais á ser- vir para enterrarme." Se quitó el manto, y debajo de sus negros pliegues apareció por completo la despeinada 78 REVISTA IBÉRICA. cabeza, cuyo pelo escaso, negro y bronco, for- maba un rodete de dos trenzas. La color de Clara era morena, con tal cuál peca en la na- riz; sus labios, delgados y poco fáciles á la son- risa, con cierta plegadura severa, más propia de la ancianidad que de la juventud. A pesar de esto, Clara Lafuente no habia cumplido aún los treinta años, bien que le faltara poco. La estatura alta, la delgadez suma, completaban un conjunto sin gracia ni belleza. Sólo las ma- nos eran bonitas: gordezuelas y esbeltas, pro- metian engañosamente un buen brazo. Deshizo Clara el lío de ropa, sacó cuidado- samente lo que contenía. Puso en el suelo los zapatos, en la cama unos pantalones, de modo que con sus canales tropezaron en los zapatos; y sobre los pantalones un chaquet. Quedó re- constituido allí el forro de un hombre. Clara le contempló con embeleso. Hasta sonrió, sí, sonrió; su ojo sano arrojo en un segundo mil chispazos de lumbre vívida, y la vacía órbita del ojo perdido tembló, como sintiendo no po- der arrojar tambien, en haces de miradas amo- rosas, el sentimiento que embargaba el ánimo de Clara. Esta se sentó en una de sus dos sillas, se puso á contemplar el traje. ¡Buen espec- táculo! Los zapatos estaban rojos de no tra- tarse con el betun, y tenían barro del diluvio universal. Los pantalones, que eran á cuadros negros y blancos, acababan en una sombra de tela, en un fleco recamado de lodo, en un des- filachamiento inverosímil; en las rodilleras un siete, y poco más arriba una mancha sebosa, de apoyar las manos en los muslos, postura de holgazan. Por los mismos trotes y malandan- zas habia pasado el chaquet, y raída su trama, usado el galon de seda que pretendia ador- narle, desgarrados los ojales y raidos los for- ros, lo que quedaba sin roto, las manchas lo cubrian: de modo, que allí las habia de tinta, de vino, de grasa, de tabaco húmedo, de agua y polvo. El chaquet habia muerto virgen de cepillo. Clara sonrió, hemos dicho; pero aquella son- risa fué breve, y luego volvieron las lágrimas; al fin su alma fué juguete de burla feroz de su pasion y de su duelo, y ora lloraba, ora inter- rumpia el lloro con una sonrisa, que parecia más natural en rostro de enajenada que en el de persona cuerda. Volvió á levantarse, cogió un cepillo y limpió guiñapo por guiñapo, y vació los bolsillos del chaquet, en cine habia un terron de azúcar, partículas de tabaco, un lapiz sin punta y con el cabo deshecho á mor- discos, una carta del gran poeta Perez de Haro recomendando á Alonso Ponzano al Ramon Ceñiz, director de la compañía del teatro del Príncipe. Cuando acabó la limpieza, es decir, cuando hubo quitado al paño una mínima parte de su suciedad, Clara sacó lo que quedaba en el pa- ñuelo de yerbas en que todo habia sido en- vuelto. Desató el paquete de papeles, y se escaparon del atadijo más de cien hojas, de diferentes tamaños, unas rayadas y escritas cuidadosamente, la mayor parte con borrones y entre-renglonaduras: de todas las desdichas que pueden pasar á un escribiente, desde el volcarse el tintero en la pagina, hasta enre- darse en una paja del papel un pinito de la pluma, disparando el otro menudas gotitas negras, todo le habia sucedido al autor de aquellos escritos. Rápidamente los hojeó Clara. Puede acom pañarle en su lectura quien se tome el trabajo de seguir la nuestra. J. Ortega Munilla. ------------ UN CUENTO EN UNA CARTA. ---- Querida Julia: Ya que tanto te interesas por mí, voy á con- fesártelo todo abriéndote mi corazon; que si la espontaneidad y la franqueza hacen á la amis- tad más firme, en cambio con la excesiva re- serva se debilita y aminora. Lo que temes es cierto: no soy feliz. Nues- tra brillante posicion, nuestra riqueza, la paz que se disfruta en mi casa y el afecto entra- ñable que hijos y padres nos tenemos, devol- viéndonos el cariño, multiplicándolo como los espejos se vuelven las imágenes, no bastan á disipar la tristeza que se ha apoderado de mi alma. Sabes que nuestra fortuna es muy reciente, casi de ayer. ¿Te acuerdas cuántas veces tu generosidad vino en socorro de mis necesida- des? Tal vez lo olvides como toda alma grande olvida los beneficios que dispensa; yo recor- daré siempre tus favores, que si quien hace el bien no há menester guardarlo en la memo- ria, quien lo recibe debe grabarlo en su alma. Vivíamos pobres, pero contentos, sostenidos por una resignacion muy parecida á la espe- ranza, cuando de pronto nuestra suerte varió, y aquella estrechez, casi rayana en la necesi- dad, vino á trocarse de repente en una riqueza que toca en la opulencia. Hace cuatro años, durante el invierno, su- frió mi marido un fuerte ataque de reuma, y los médicos le aconsejaron que tomase los ba- ños de X... en la primavera próxima si quería precaver los efectos del mal para el año inme- diato; por cierto que tú me prestaste los cua- tro mil reales que nos hicieron falta. Desde aquel viaje data nuestra riqueza. Juan se en- contró allí con un antiguo amigo y condiscí- pulo suyo, que se llamaba Mateo Resmilla, po- REVISTA IBÉRICA. 79 bre y desgraciadísimo cuando fueron juntos estudiantes; pero á la sazon muy rico y tan feliz como se lo permitían los tenaces dolores que le hablan llevado á la misma casa de baños que á mi Juan. Era el Mateo Resmilla un hombre moreno, pequeño, grueso, coloradote, pesado, de mo- vimientos tardos, de cuello corto, con una gran predisposicion á dormirse en cualquier postura, fácilmente irritable y con todos los caracteres de un temperamento marcadamente sanguíneo, de esos que parecen á todas horas amenazados de una congestion cerebral. Re- cordaron al verse los dias de su juventud, las mañanas en que iban juntos á la Universidad, los apuros en vísperas de exámen, la mala cama y peor comida que la patrona les daba, los aprietos en que les ponia su falta de dinero, y aún tengo para mí que recordarían tambien algo de esas aventuras que todos los hombres han tenido de muchachos y que rara vez lle- gamos á saber nosotras. Durante aquellos po- cos días, su amistad se reanudó tan sólida- mente, que á las preguntas indiferentes suce- dieron las inspiradas por el cariño verdadero, y entonces supieron ambos que su posicion era completamente distinta. Mi Juan estaba pobre: para él y su familia sólo contaba con los doce mil reales del destino á que hizo opo- sicion cuando acabó la carrera: en cambio Resmilla, que fué á Cuba desesperado, habia hecho una gran fortuna. Empezó por lo que comienzan muchos de los que allá van sin más recurso que su voluntad ni más apoyo que su propia energía, es decir, por barrer una tienda en la que entró de cria- do, de la cual fué luego dependiente, en la que figuró despues como socio y de la que al fin llegó á ser dueño, convirtiendo en opulenta casa de banca el miserable tenducho á cuya puerta llamó desamparado y miserable. Todo esto se lo explicó Resmilla con muchos deta- lles á Juan; pero no le dijo la cantidad á que ascendia su capital, ni era tampoco fácil su- ponerla, porque vivía modestamente: su único lujo consistía en fumar tabacos exquisitos y llevar en el dedo meñique de la mano izquierda un brillante magnífico. Terminados los baños al cabo de nueve días, resolvieron volver juntos á Madrid, y para via- jar cómodamente, tomaron ellos dos los tres asientos de la berlina de la diligencia que ha- bia de llevarles desde el pueblo hasta la esta- cion más próxima del camino de hierro. Eran ya los últimos dias de Mayo; hacia mucho calor; el coche iba despacio envuelto en una nube de polvo y moscas; el sol caia de plano sobre los campos abrasados; no se mo- vía un pelo de aire y los árboles secos que de trecho en trecho se veían en las laderas del ca- mino, dejaban caer las ramas lacias, sedientas y cubiertas de un velo polvoriento y sucio. A medida que pasaban las horas arreciaba el ca- lor, un calor sofocante, intenso, que caldeaba la caja del coche, hacia sudar copiosamente á las pobres mulas que lo arrastraban á fuerza de latigazos, y arrancaba de cuando en cuando frases de mal humor y de impaciencia á los dos infelices viajeros. Mi marido, en aparien- cia más endeble, pero en realidad más fuerte que Resmilla, soportaba aquellas molestias, pero Resmilla comenzó á sentirse mal, sufrió un mareo, le dieron dos ó tres vahídos pasaje- ros y concluyó por perder el sentido, alar- mando á Juan que procuraba inútilmente ha- cerle volver en sí. Al caer la tarde, llegó la diligencia á un pueblo de no escaso vecindario, donde habian de cenar los viajeros y mudar el tiro los zaga- les para continuar el viaje; pero Juan, viendo el mal estado de Resmilla, ni quiso aceptar la responsabilidad de meter a su amigo en el co- che, tal como se encontraba, ni pudo abando- narle solo y entre gentes extrañas. Mandó, por tanto, bajar los equipajes de la vaca, pidió un cuarto con dos camas, acostó al enfermo con ayuda de un criado, y se preparó á pasar la noche en aquella mala posada, disponiendo antes que llamasen al médico. Cuando éste llegó, Resmilla había recobrado el sentido. --No te alarmes, le dijo Juan, esto no es nada. Nos hemos embaulado en ese maldito coche enseguida de almorzar, te has mareado, has hecho mala digestion... En fin, esto no es nada. Nos iremos por la diligencia de mañana. El médico examinó cuidadosamente á Res- milla, escribió una receta, ordenó que le dieran poca conversacion, y salió del cuarto hacien- do una seña á Juan para que le siguiese. Fuera ya de aquel aposento, le habló así: --¿Es Vd. pariente de ese caballero? --No señor: soy solamente su amigo; pero no he creido conveniente dejarle aquí solo y en ese estado. --Pues ha hecho Vd. perfectamente, porque ese señor está muy grave. Eso que Vd. ve es ni más ni ménos que una congestion cerebral de las que vienen espada en mano, y contra las cuales nada podemos. Si tiene familia, avísela Vd.; si es creyente, dígale Vd. que se prepare, porque esto va muy deprisa. Y como no sea para cosa grave, que no le hablen: el cura, el escribano y Vd.... pero poca, poca conversacion. Figúrate cómo se quedaria Juan. No tuvo otra cosa que hacer, sino lo que era forzoso. Dudó mucho antes de decidirse; pero ¿quién acepta la responsabilidad de dejar morir así á un hombre, sin prevenirle del riesgo que 80 REVISTA IBÉRICA. corre, sin pensar en que puede tener familia á quien desear ver, ó graves asuntos que arre- glar? Juan mandó llamar al alcalde que estaba en un café inmediato jugando al dominó, habló con él unos instantes, teniendo la dicha de tropezar con un hombre listo, y aprove- chando luego un momento de lucidez en que Resmilla era dueño de todas sus facultades, entró á verle. --Creia que dormias, y por eso no entraba. --Me siento mal, muy mal: ven, te quiero hablar; más cerca. Esto se acabó. Hace dos años tuve otro ataque, y me dijeron, ó mejor dicho, yo averigüé que los médicos afirmaron que si se repetia... en fin, que yo conozco que me muero. Haz que vengan un escribano y tes- tigos. Salió Juan del cuarto, no sin haber procu- rado calmar á su infeliz amigo, mandóse venir á un escribano, entraron como testigos el al- calde con un hermano suyo, y un momento despues Resmilla dictó su testamento con voz clara, en términos breves, y lo firmó sin que la mano le temblara. Pero tú figúrate cuál seria la sorpresa de Juan, cuando al hacer la institucion de here- dero, Resmilla declaró que no tenia familia y que dejaba toda su fortuna, de cerca de un millon de duros, á su amigo D. Juan de Alerce. ¡A mi marido! En vano Juan, asombrado de lo que oía, quiso contradecirle, preguntarle si no tenia otros deberes que cumplir ó instrucciones que darle: Resmilla se ratificó en lo dicho, rozó al alcalde que se aproximara á la cama, repitió clara y terminantemente su voluntad, aseguró que no tenia familia, y añadió por último: --Que me entierren modestamente, y tú, Juan, haz construir en mi pueblo una escuela; dinero te queda para eso y mucho más. Dos horas despues, Resmilla era cadáver y nosotros éramos ricos. A los tres dias, Juan salia para Madrid: á los cuatro meses estába- mos en posesion de la fortuna de aquel hom- bre, que por tan extraño modo nos habia hecho poderosos. ¡Qué cambio se operó en nuestra casa y áun en nosotros mismos! Juan hizo dimision del destino; alquilamos un cuarto mucho mejor que el que teníamos; sustituimos el mobi- liario viejo, reunido poco á poco, por uno en cargado de pronto y pagado en el acto; nos abonamos á la ópera; me hice trajes magnífi- cos; tomé un aya francesa á los chicos; varia- ron radicalmente nuestros gustos; casi se tor- cieron nuestras inclinaciones, como si al con- tacto del oro, que los disculpa, pudieran desplegarse los defectos... pero seguimos que- riéndonos y estimándonos cual si fuéramos pobres. Estoy segura de que ni Juan gasta un duro cuyo empleo yo no conozca, ni yo doy. un paso que él no pueda saber. Y sin embargo, me falta aquella dicha tran- quila y reposada de los tiempos pasados: desde hace algunos meses bulle en lo hondo de mi corazon una pena como una burbuja de aire en el fondo de un vaso: no es suficiente para- agitarlo y basta para conmoverlo... Ya sabes que mi padre tuvo la manía de los pergaminos y blasones: por eso cuando me casé me dió, entre otras muchas cosas, dos cuadritos pequeños en que él mismo habia di- bujado nuestro escudo, un jeroglífico muy raro, que sólo él sabia descifrar, en el cual se veian dos pajarracos estupendos, una maza que parecia una badila, dos calderos y un perro. Pues bien; hace poco mi marido quiso arreglar un salon, vino un tapicero á casa, tomó medidas, echó líneas, trazó proyectos y por último, nos preguntó que cómo deseába- mos los cortinajes, aconsejándonos que los hiciésemos muy anchos, de felpa roja y con nuestro escudo sobrepuesto , bordado con se- das, en el centro. Ya le iba yo á contestar que no teníamos escudo, cuando Juan le repuso: --Bueno; venga Vd. dentro de unos dias y le daremos el dibujo. Mi marido se habia acordado de los dos cua- dritos que me dió mi padre cuando nos ca- samos. Efectivamente, y como yo sospechaba, ape- nas se fué el tapicero, Juan me preguntó por los dos escudos para escoger el que hiciera mejor. --Están en la boardilla, le contesté. --Pues mándalos bajar. Di á un criado la órden, pero no supo hallar- los, confié el encargo á mi doncella, que tam- poco dió con ellos, y por útimo, me decidí á subir á buscarlos yo misma, pues aunque la pretension de Juan me parecia ridícula y el viaje á la boardilla me hacia muy poca gracia, con todo transigia antes que con tener un dis- gusto con tan trivial motivo. A la mañana siguiente subí al desvan, donde por cierto no habia estado desde que nos mu- damos de casa, y donde, además de nuestros trastos viejos, se habían hacinado tambien algunos muebles en mal uso de los que tuvo en su cuarto de una casa de huéspedes nuestro infortunado Resmilla. Dos horas largas me pasé buscando los escudos de mi nobleza: por fin los encontré en un rincon con los marcos deshechos, los cristales rotos y el color comido por el tiempo. Iba ya á salir de aquel desvan oscuro y su- cio, cuando hácia un extremo vi colocados, sin órden ni concierto, los muebles del pobre Resmilla: una taquilla desvencijada con los cajoncillos volcados sobre un seron de esparto; REVISTA IBÉRICA. 81 una butaca coja con el respaldo grasiento y el cuero despellejado por las uñas de los gatos; un armario de pino pintado y un veladorcito de caoba deslucida, lleno de manchas de tinta, sobre las cuales resaltaban unas cuantas gotas de esperma. ¡Qué muebles tan viejos y tan sucios! ¡Qué emocion tan dulce y tan intensa! Nadie podrá explicar cómo brotó la sensacion que experimenté. Nadie sabrá decirme por qué modo misterioso áquellas maderas apoli- lladas y mugrientas despertaron en mi alma un sentimiento tan poderoso y tan profundo. Los ojos se me arrasaron de lágrimas y dejé caer al suelo los dos cuadritos de los escudos. Volvíme para salir de allí y ya iba á meter las llaves en la cerradura, cuando vuelto con- tra el muro, ví un cuadro que por su forma y su tamaño me era desconocido. Pensé que seria tambien de Resmilla y acercándome á él logré, aunque pesaba mucho, darlo vuelta y poner- lo de frente hácia la poca luz que entraba por un ventanuco estrecho cubierto por una cor- tinilla natural de polvo y telarañas. Era un retrato de hombre jóven, moreno, pequeño, grueso, coloradote y corto de cuello .. Me figuré quién era, pero no me satisfacía la sospecha: aquella misma tarde pregunté á Juan: --¿De quién es un retrato de Hombre que hay en la boardilla y que yo no conozco? --¿Uno rechoncho, muy encendido de color, ordinario y corto de pescuezo? --Sí; ese. --Pues ¡toma! Ese es el retrato de Resmilla. ........................................................... Sí, Julia, sí; era el hombre á quien debemos nuestra fortuna; el que aseguró el porvenir de nuestros hijos; el que convirtió en perso- naje al empleadillo de doce mil reales; el que cubrió de brillantes mis dedos ennegrecidos por las picaduras de la aguja: aquella imágen, por ridícula que fuese, debia ser sagrada para nosotros y estar en el mejor salon de nuestra casa, en el mismo salon donde Juan quiso po- ner, y al fin puso, los escudos de mi padre. Te confieso que desde entonces, sin haber dejado de querer á Juan, le estimo ménos por- que es de los que ignoran que hay en el mundo algo más hermoso que hacer bien; agrade- cerlo. Adios Tuya siempre, X... Por la copia, Jacinto Octavio Picón. ------------ LAS CIENCIAS INDUCTIVAS. ---- Todas las ciencias en su comienzo se hallan constituidas por hechos al parecer arbitrarios y caprichosos sin conexion ni enlace entre si, ni ley que los rija. Asunto bien fácil es el buscar ejemplos que confirmen esto. Se des- cubrieron en el seno de la tierra cuerpos de formas geométricas y regulares, y se conside- raron como juegos ó caprichos de la Natura- leza: idéntica explicacion se daba de los fenó- menos meteorológicos, de las criaturas mons- truosas y del desarrollo de las enfermedades. Sin remontarnos á siglos anteriores, tenemos la ciencia más moderna en el órden de las na- turales, la Química, que descansa sobre la afinidad, considerando esta supuesta fuerza como una simpatía ó antipatía que se desar- rolla entre los cuerpos al ponerse en contacto, sin que hasta al presente se hayan medido sus efectos ni calculado sus equivalencias, de tal modo, que la Química parece hoy la ciencia de las pasiones moleculares, desarrollada en una serie de idilios y dramas, en los que son per- sonajes los átomos. El progreso de las ciencias se encarga de ir borrando estas arbitrariedades, levantando del fondo mismo de estos hechos, al parecer in- conexos, la ley fatal y rigorosa que á todos envuelve, pudiendo afirmar con un ilustre pensador, que el azar es la ignorancia. Y no se diga que es esto una utopia moderna, hija de los espíritus trabajados por el prurito de la originalidad; todos los pensadores de alguna exigencia lo han afirmado así, aunque care- ciendo de conocimientos positivos, sus afirma- ciones no tenían otro valor que el de inspira- cion ó presentimiento genial. Ya Pitágoras hablaba del ritmo y armonía de las esferas, afirmando de una manera abso- luta que los números rigen el mundo. Platon, in- terrogado acerca de la ocupacion de la divini- dad, contestó que geometriza continuamente, in- dicando con esto que todos los fenómenos de la realidad obedecen á leyes tan rigorosas como los teoremas geométricos y el mismo texto bíblico confirma este aserto con la tan conocida frase que todo está dispuesto conforme á peso y medida. A pesar de esto, hay ciencias en las que no sólo no se han formulado leyes, sino que se niega rotundamente la posibilidad de formu- larlas jamás, entre las que figuran las bioló- gicas, psíquicas, sociales, etc. Fácil tarea seria demostrar, recorriendo to- das las ciencias, que la ley es factor comun de la realidad entera, y por ende que su conoci- miento perfecto seria aquel en que todo su contenido se condensase en vigorosas y sen- cillas leyes; pero por ahora nos limitaremos á mostrar la evolucion de las matemáticas y la Física en este sentido. El desarrollo de una ciencia está en razon directa de la simplicidad de su objeto, lo cual 82 REVISTA IBÉRICA. es perfectamente lógico, pues en el caso con- trario, siendo necesarias muchas fuentes de conocimiento, mientras éstas no se conozcan no podrá brillar aquella en todo su explendor. A la manera que no surge una especie or- gánica mientras no existen sus condiciones de vida de las cuales á su vez es consecuen- cia, tampoco se forma una ciencia sin las que le son preliminares engendrándose en ellas como el compuesto en los componentes. Tratando Delbeuf de esta cuestion señala cinco períodos comunes al desarrollo de todas las ciencias en los que conviene fijar la aten- cion, porque constituyen una de las bases fundamentales sobre que descansan el sentido y plan relativos á nuestro asunto. 1.° De observacion en el cual la ciencia está constituida exclusivamente por hechos (cien- cias biológicas). 2.° De generalizacion cuando los hechos están resumidos en leyes empíri- cas no compenetradas por el elemento racio- nal (Geología, Química). 3.° De simbolizacion aquel en que además de leyes empíricas como simple enunciation de hechos constantes se aplica el algoritmo como medio de unifica- cion (Física en general). 4.º De verificacion cuando el algoritmo no sólo representa y ex- plica todos los fenómenos conocidos, sino que razonando sobre él, predice los desconocidos (Mecánica celeste, óptica matemática). 5.° De consagracion en el cual la ciencia pierde por completo su parte experimental siendo tan perfecto su estado que el pensamiento cree poseer sus moldes para construirla solo por el razonamiento (Mecánica, Geometría, Álge- bra). Desde este punto de vista las ciencias difie- ren entre sí más que por su contenido por su grado de desarrollo. Sin duda aparecerá algo extraña é infun- dada la fijacion de períodos idénticos para todas las ciencias, sobre todo en los términos extremos. Dado el estado actual de nuestros conocimientos ¿cómo admitir una fase experi- mental en las Matemáticas y una exclusiva- mente racional como porvenir de las ciencias biológicas? Dicutiremos esta trascendental cuestion tratando de cada ciencia en parti- cular. Yo entiendo que las Matemáticas tuvieron su primer período de observacion desconocido por completo en la historia de estas ciencias no sólo por su antigüedad sino por el profundo desden con que injustamente se ha mirado despues de su nuevo rumbo. Antes de la de- mostracion racional del valor de la suma de los tres ángulos de un triángulo, debió obser- varse como creciendo uno decrecen los otros, sospechando así la constancia en el valor de la suma hasta que por último se determinó ésta. Los primeros conocimientos del niño en esta ciencia son tan sólo de observacion mientras que su desarrollo no le permite ele- varse á la formacion de conceptos abstractos, y si la historia del indivíduo es resumen y compendio de la Historia de la humanidad, ésta debió seguir el mismo sendero. Sin tomar en cuenta estas pruebas indirec- tas, el estado actual de las Matemáticas de. muestra lo mismo. Toda la teoría combinato. ria no posee otro género de demostraciones, que inductivas y los teoremas relativos á áreas y volúmenes son del mismo valor, deri- vando las primeras de la del rectángulo y los segundos del paralepípedo, teoremas perfecta mente experimentales. Pero ocurrió en el desarrollo de estas cien cias que considerando de mayor importancia la demostracion racional que la empírica concuriendo ambas á un mismo fin, se des- echó ésta como supérflua conservando tan sólo la primera. Este exclusivismo no deja de perjudicarla en alto grado; se mueve en un círculo muy estrecho por falta de nuevos principios que sólo de la realidad pueden sur- gir, porque si el análisis matemático es incom- parable para sacar todas las consecuencias po- sibles de un principio, es incapaz de hallar otros nuevos. ? ? ? Debemos examinar ahora la ciencia cuya constitucion tenga un adelanto inmediatamen- te inferior á las Matemáticas. Esta ciencia es la Física que entre todas las naturales es aquella cuyo algoritmo alcanza mayor desar- rollo. Y entiéndase que no empleamos el califica- tivo de ciencias naturales en el sentido estric- to que hoy se acostumbra, sino en el más ám- plio de ciencias de la Naturaleza, incluyendo entre ellas la Física y la Química. La historia de la Física nos es perfectamen- te conocida. Aunque en todas las épocas se lia tenido algun conocimiento de ella, no se elevó á la categoría de ciencia sustantiva é independiente con forma sistemática, hasta los tiempos posteriores al Renacimiento. Su primer período, dentro de esta nueva fase, confirma de lleno las ideas de Delbeuf, con nu- merosos hechos recogidos por la observacion y la experiencia; y si con algun detenimiento reflexionamos acerca de la naturaleza de la experimentacion, vemos que se reduce en úl- timo término á medir. Midiendo se establecie- ron las leyes de la gravedad y de las oscila- ciones del péndulo; medir es averiguar pesos específicos y coeficientes de dilatacion e índi- ces de refraccion y poderes absorbentes ó emisivos; medir es conocer la intensidad de las REVISTA IBÉRICA. 83 atracciones y repulsiones ejercidas por los imanes ó los cuerpos electrizados; en suma, toda experimentacion física se reduce á una medida, y por consiguiente su resultado en la más sencilla expresion, se representa por un número. Como toda medida es siempre un dato relativo, será indispensable, para verificarla, la fijacion de unidad, y como es lógico, será tanto más importante su resultado, cuanto más in- trínseca sea esta unidad, en funcion de la cual ha de expresarse. Así los más notables adelan- tos en la teoría del calor, arrancan de la época en que se abandonó la unidad, tan superficial y externa al fenómeno, como el grado termo- métrico, para sustituirla por la caloria que ar- ranca de las entrañas mismas del fenómeno térmico. Por la solidaridad que caracteriza á la Natu- raleza en todas sus obras, en cuya virtud toda entera está empeñada en el fenómeno más in- significante, todo hecho es concomitante de otros muchos cuya influencia recibe, y como el estudio, para que conduzca á resultados po- sitivos, ha de ser análitico, de aquí que una de las cuestiones más interesantes sea la eleccion de variables. Esta cuestion es de suma impor- tancia en todas las ciencias: resultando todo fenómeno de la coexistencia de varios hechos correlativos, para evidenciar la relacion de estos, debe representarse cada uno en su can- tidad propia por una variable especial, y con- seguido esto, ya tenemos todo lo necesario para conocerle, á la manera que el plantea- miento de las ecuaciones en Algebra, resul- tado de establecer relaciones entre todas sus cantidades, es el paso más importante y de mayor trascendencia para conocer el valor de las incógnitas. Los experimentadores de más nota, Reg- nault, por ejemplo, se distinguen por tomar en cuenta el mayor número de circunstancias posibles. rectificando así resultados anteriores, erróneos por ser incompleta su determinacion; y á la vez que descartan de la complegidad del fenómeno todas sus concausas, puede co- nocerse éste en su evolucion serial, descu- briendo así el origen de sus supuestas pertur- baciones. Procediendo de esta manera la Física llama- da experimental, se transformó gradualmente hasta convertirse hoy en Física matemática; y así como en Geometría análitica cada figura geométrica representa una ecuacion, lo mis- mo cada fenómeno físico representa tambien una ecuacion más ó ménos compleja, y cada rama de esta ciencia un sistema completo de ecuaciones, siendo la expresion algorítmica la que representa el estado perfecto del conoci- miento en esta rama del saber. Compárense si no los antiguos tratados de Física (como el del abate Nollet), reducidos á un pesado cro- nicon de experimentos expuestos sin órden ni sistema, con los tratados modernos en los que la parte experimental está reducida á su más mínima expresion, teniendo en cambio un desarrollo tan exuberante el cálculo, que ocupa casi todas sus páginas y merced al cual se deducen por puro razonamiento todos los fenómenos pertenecientes á un proceso deter- minado, formando así cuerpo de doctrina con verdadera unidad orgánica, como lo es toda obra racional. En todas las ramas de la Física la más atra- sada en este respecto, es la Electricidad, cuyo atraso depende principalmente de no haberse fijado la verdadera unidad de los fenómenos eléctricos, ni medido la equivalencia de éstos en trabajo mecánico. La Electricidad se en- cuentra hoy en circunstancias más difíciles que se encontraba el calor antes de fijar la caloria, porque, aunque el grado termométri- co, segun dijimos anteriormente, era una uni- dad muy externa al fenómeno térmico, siquiera se expresaba en medidas longitudinales, mien- tras que los grados del galvanómetro expre- sados en medidas circulares, tienen el incon- veniente de que, por cima de valer tan poco para este caso como los del termómetro, es menester pora su perfecta determinacion va- lerse de senos y tangentes, que además cons- tituyen una medida indirecta. El verdadero progreso de esta rama de la Física arrancará del conocimiento de la elec- tría, representando ésta una cantidad de ener- gia eléctrica en sí expresada, por la cantidad equivalente de trabajo mecánico. Todos los trabajos hechos en este sentido se han referido especialmente al trabajo químico; pero este es un dato muy complejo para llegar á la solu- cion apetecida. Más adelantadas se encuentran las otras par- tes de esta ciencia. La teoría mecánica del ca- lor, partiendo de los notabilísimos trabajos de Mayer, que, con la intuicion del génio, inició esta fecunda doctrina, y posteriormente de Oerdet, Hirn y otros, alcanza tal perfeccion que todos los hechos confirman los cálculos que le sirven de fundamento, y si bien tiene algunos vacíos como la teoría mecánica de los gases, sin embargo, éstos no se oponen, sino que no se explican, por deficiencia de cono- cimiento quizá. Más completas se encuentran la Optica, y la Acústica, eu las que no sólo los fenómenos están comprendidos en leyes gene- rales, formuladas por induccion primero; sino que por una más alta generalizacion se redu- jeron á principios fundamentales de tanto va- lor, que por puro razonamiento se llegó á la de- duccion de muchos fenómenos no conocidos, y que la experiencia demostró más tarde. 84 REVISTA IBÉRICA. Pero la que se ha desarrollado con una pu- janza superior á todas ellas, ha sido la Mecá- nica, que, desde sus primeros pasos, abandonó el carácter experimental cambiándolo por el matemático, y ha progresado tanto en este sentido que al presente es una ciencia pura y exclusivamente racional en grado tan perfecto que, mientras en las otras ciencias el algorit- mo, en su mayor parte, no tiene más valor que el de mero símbolo, que reduce á brevísi- ma fórmula sus proposiciones generales, de- jando siempre á descubierto la huella del teo- rema matemático de donde toma su origen, debiendo considerarse más bien como una apli- cacion del Algebra á las respectivas ciencias, la Mecánica es una ciencia perfectamente ma- temática con principios propios é independien- tes, y compenetrada de lleno tambien por su propio algoritmo. Véase cualquier teorema de mecánica; no hay ninguno en Algebra ni en Geometría al cual pueda referirse, á la inversa de lo que sucede en las otras ciencias. Adqui- rió este carácter la Mecánica idealizando su contenido hasta quedarse con conceptos ra- cionales, como son Espacio, Tiempo y Movi- miento, que es una síntesis de espacio y tiem- po, con lo cual adquirió tal desarrollo que, dados sus elementos, puede el hombre cons- truirla por sí, apoyándose, no más, en las leyes del pensamiento. Y no sólo es inmenso el va- lor intrínseco de esta ciencia, sino inmensa su trascendencia, que da la norma conforme á la cual se constituye toda la Física, que en último término se reduce tambien á Mecá- nica. Todos los trabajos indagatorios que al pre- sente se verifican en esta ciencia, se encami- nan de una manera más ó ménos directa á de- mostrar el gran principio de la unidad de los procesos naturales y su trasformacion recí- proca. Tyndall, Verdet, Grove, Hirn y todos los eminentes físicos contemporáneos han des- plegado su actividad en elevar de la categoría de hipótesis á la de principio comprobado, ra- cional y experimentalmente, la sublime teoría de que toda la actividad de la Naturaleza se reduce á movimientos de masa, ó mecánicos y moleculares, ó íntimos, siendo el calor, la luz, la electricidad y el magnetismo meras modalidades de estos últimos, cuya mútua convertibilidad, tanto de éstos entre sí, como de todos ellos en trabajo mecánico, es un hecho demostrado ya en toda su evidencia. La termodinámica ha sido el paso de mayor tras- cendencia dado en estos tiempos para la cons- titucion racional de las ciencias físicas, de- mostrando el fundamental principio de la per- sistencia de la fuerza y la conservacion de la energía, principio que ha trascendido ya á to- das las ciencias incluso las sociales, y cuyas consecuencias, si bien se presienten en parte no se alcanzan todavía. En virtud de esta nueva tendencia de la Fi sica, toda ella se va convirtiendo en mecánica racional de tal modo, que podemos esperar un período en el que se reduzca todo su conteni- do á determinar movimientos, llegando hasta la determinacion mecánica de todos los fenó- menos cósmicos, confirmándose así el lema de Gandin, que dice: "los movimientos de un solo átomo sobre nuestra tierra, son la resultante matemática de todas las ondulaciones etéreas que á él llegan con el tiempo desde los abismos del espacio infinito." José R. Carracido. -------- VELOCIDAD DE LA TRANSMISIÓN NERVIOSA. ---- No vamos á tocar ni aun incidentalmente la eterna cuestión de la unidad ó dualidad del sér humano, y lo declaramos así, en primer lugar, porque no es nuestro propósito exami- nar las razones que en defensa de ambas teo- rías alegan sus respectivos partidarios, y ade- más porque, ora se admita ó se rechace la, existencia del espíritu como algo sustantivo é independiente del organismo, el asunto que vamos á, tratar es meramente biológico y en nada sirve para dar razón á nadie de si el he- cho de conciencia es ó no acto vital. Los fenó- menos psíquicos se dan en función de la vida, y sólo bajo este concepto puede estudiarlos la biología, absteniéndose de emitir dictámen sobre la esencia íntima de la actividad aní- mica. Hecha esta necesaria salvedad sobre el alcance de la materia objeto del presente ar- tículo, vamos á referir la historia y el estado actual de los estudios respecto á la velocidad de la transmisión nerviosa en los actos voliti- vos del hombre, importante capítulo de la mo- derna psico-física. Las investigaciones sobre los actos psíqui- cos, bajo su aspecto puramente biológico, esto es, en función del sistema nervioso, datan de 1850, en cuyo año y en el de 1852 publicó Helmhotz sus trabajos en los Archivos de Mü- ller, importantísima revista alemana de fisio- logía. Este ilustre sabio hizo la siguiente ex- periencia: excitó un punto determinado de un nervio motor, observando el tiempo transcur- rido entre el momento de la excitación y el momento de la contracción muscular; luego excitó otro punto del nervio más distante que el primero de su origen central, observando asimismo el tiempo transcurrido entre la exci- tación y la contracción, advirtiendo que este segundo tiempo era mayor que el primero. Conociendo, pues, la diferencia entre ambas REVISTA IBÉRICA. 85 cantidades, y la longitud del nervio entre los dos puntos excitados, pudo inmediatamente apreciar la velocidad del movimiento nervioso, según el espacio recorrido en la unidad de tiempo, hallándola en la rana de 26 á 27 me- tros por segundo, incomparablemente más lenta que la de la luz, la electricidad y el so- nido, con las cuales se la habia querido com- parar à priori. Aquí lo importante era medir con exactitud el tiempo, para lo cual se ofrecian dos medios: 1.° el galvanómetro; y 2.° las placas y cilin- dros registradores (método gráfico). El cro- nóscopo de Ponillet es un galvanómetro, cuya corriente es interrumpida por la misma con- tracción muscular; la desviación de la aguja imantada indica el tiempo que ha estado cir- culando la corriente galvánica, pudiéndose medir de esta manera hasta milésimas de se- gundo. Llega más tarde la contracción si se excita el nervio que cuando se excita el mús- culo directamente, y la diferencia es la ve- locidad de transmisión del agente nervioso; habiendo de tenerse en cuenta que las fibras musculares no obedecen en el acto á la elec- tricidad, que la contracción no sigue á la sa- cudida eléctrica hasta después de una centé- sima de segundo (tiempo de excitación latente). El procedimiento es sencillo y seguro; pero como lo mejor es enemigo de lo bueno, el mé- todo gráfico se usa en los laboratorios con mucha más frecuencia que el galvanómetro. El método gráfico se funda en el empleo de placas ó cilindros, dotados de un movimiento uniforme, cuya velocidad se conoce, y reves- tidos de un papel blanco ó ahumado, en el cual un pincel ó un estilete, unido á un órgano donde se ejecuta un movimiento, deja trazada una línea más ó ménos curva ó llena de si- nuosidades. Por este método, la palanca unida al múscu- lo que se ha de contraer, y provista de un es- tilete, se aplica á un aparato registrador con una disposicion particular que marca el ins- tante de la excitación; desde él hasta el de la contracción, la línea trazada es recta; al con- traerse el músculo señala una curva, en la cual se ve que la máxima tensión del músculo se verifica cinco centésimas de segundo después de iniciada la contracción. Aquí la dificultad estaba en medir con exactitud el tiempo cor- respondiente á los distintos momentos de la curva, resolviéndola Helmholtz por medio del reló de segundos para ver cuánto dura la ro- tación del cilindro, y poder medir luego las distintas partes de la línea trazada en el papel y hallar su relación con el tiempo. Pero este recurso era poco exacto, y Marey lo suplió con inmensas ventajas por un diapasón de 500 vi- braciones simples por segundo, las cuales se inscriben por sí mismas en el cilindro registra- dor sobre la misma hoja de papel que la línea antedicha y simultáneamente con ésta. Bajan- do ordenadas que abracen las distintas porciones de la línea que se estudia, y prolongándolas hasta encontrar la de las vibraciones del dia- pasón, se pueden leer velocidades hasta de 10 á 20 metros por segundo. Así se ha comproba- do que la velocidad del movimiento nervioso no es constante en todo el trayecto de un ner- vio, aumentando en los motores hacia la in- sercion del músculo, y que dicha velocidad dis- minuye al atravesarle una corriente eléctrica y crece con la temperatura. Quizá hayan podido parecer impertinentes al asunto estos ligeros datos que anteceden; pero eran necesarios como precedentes histó- ricos, y además por referirse á la transmisión del movimiento nervioso, cuya velocidad he- mos de ver variar bajo el poder de la voluntad y de la reflexión. En cierto modo hemos estu- diado la constante del problema, antes de calcu- lar las variables. Vamos á referir algunas de las experiencias hechas en el hombre por Hirsch, Schelske, Donders, Jaeger y Bloch para deducir la velo- cidad de la voluntad y el retardo de la refle- xión, experiencias notabilísimas en que se han fundado varios aparatos ingeniosos, como el miocronóspoco de Czermak (para demostrar que es necesario cierto tiempo para la transmisión nerviosa), el nematacómetro de Donders (desti- nado á investigar el tiempo mínimo necesario para una idea simple) y el nematacógrafo del mis- mo autor (cuyo objeto es determinar cuánto duran operaciones más ó ménos complejas del espíritu). Solamente lo grandioso del intento merece la pena de exponer cuáles son los tra- bajos en que se basa. Hirsch, director del Observatorio de Neuf- chatel, en 1861, hizo el siguiente experimen- to: por una corriente eléctrica produjo dolor en un punto de la piel, marcando en un cilin- dro rotador cronóscopo; al sentirlo, tocó una palanca-llave de Du Bois-Reymond para inter- rumpir la corriente, marcando nuevamente en el cilindro; midió el intervalo entre ambas se- ñales y el tiempo transcurrido, siendo éste de uno á dos décimos de segundo. Durante él se han realizado los siguientes actos: transmisión de la impresión exterior al cerebro, percepcion de ella, reflexión, transmisión de la voluntad hasta los dedos y contracción muscular para tocar la llave que ha de cortar la corriente. Si se produce la excitación sucesivamente en dos puntos diversos, el retardo es siempre el mismo, siendo sólo distinto el tiempo em- pleado en la transmisión de las sensaciones. Un ejemplo hará comprender esto mejor. Con una pinza de una bobina de inducción se pro- 86 REVISTA IBÉRICA. duce dolor primero en un punto de la mejilla izquierda, despues en el extremo del dedo me- dio de la mano del mismo lado, y por último en la punta del dedo gordo del pié izquierdo, anotando en los tres casos el momento pre- ciso del contacto de la pinza y tocando siem- pre el sugeto observado con la mano derecha en el momento de sentir el dolor una llave eléctrica, que marca una señal en el cilindro receptor, al par que en éste anota sus vibra- ciones el diapasón antedicho. El tiempo gas- tado en la transmisión de estas excitaciones hasta la mano derecha, por el intermedio del centro encefálico, es de 11 centésimas de se- gundo desde la mejilla, 14 desde la mano y 17 desde el pié, siendo por consiguiente los retardos de tres centésimas de segundo para que la sensación suba de la mano izquierda á la cabeza y seis desde el pié del mismo lado. La corriente nerviosa franquea dos metros en seis centésimas de segundo, ó lo que es lo mismo, 34 metros por igual unidad de tiempo. Según las experiencias de Schelske, en el observatorio de Utrecht, la velocidad nerviosa de la voluntad es tan solo de 29m, 5; de 33m en los nervios motores y 30 en los sensitivos, segun Marey. Otros observadores dan distintas cifras (Richet, 50; Helmholtz, 60; Kohrausch, 94; y Bloch, 132). Pero esta divergencia es hija de la diferente ecuación personal del obser- vador, cuyo error se va corrigiendo con la práctica de las observaciones, como saben muy bien los astrónomos; y sobre todo, áun discutiendo el más ó ménos, no puede negarse que en la primera mitad de este siglo nadie sospechaba ni siquiera el simple planteamiento de estas cuestiones: ¿Obedece la transmisión de las sensaciones y de la voluntad á las leyes de tiempo y espacio, como toda forma de mo- vimiento? ¿Cuál es su velocidad? Se ha visto que ésta es relativamente pe- queña. La mano que lanza una piedra hiende el aire á razón de 22 metros por segundo, casi tanto como corren el agente nervioso, el ca- ballo de carrera, la liebre, el ciervo y el co- nejo. La onda sanguínea arterial avanza no más que 9 metros por segundo. En la médula espinal la velocidad es la misma que en los nervios; resultado notable, pues á la entrada de los tubos nerviosos en aquella dejan de ser sensibles á la electricidad, á las sustancias quimicas, heridas mecánicas, etcétera, lo cual parece acusar ménos activi- dad vital en la médula que en los nervios. Sin embargo, el movimiento reflejo por acción re- fleja, esto es, cuando no media la masa ence- fálica, se retarda respecto de la acción directa de un trigésimo hasta un décimo de segundo; lo cual indica que la acción refleja invierte en la médula espinal doce veces más tiempo que la transmisión de una excitación por los ner- vios sensitivos ó motores. No está suficiente- mente claro este punto todavía. Ahora expondremos las experiencias de Don- ders y Jaeger, en las cuales se complica el problema, por tratarse de investigar el tiempo empleado por la reflexión previa, necesaria para que la voluntad se determine. Se recibe un choque eléctrico en una mano, y al sentirlo se toca la llave con la mano opuesta. Si se sabe de qué lado se ha de reci- bir el choque el retardo es de 20 centésimas de segundo, si se ignora es de 27; luego se han gastado siete centésimas de segundo en reflexionar con qué mano debe tocarse la pa- lanca-llave. Antes de poder dar serial de una chispa ó de un ruido instantáneos, transcurren dos déci- mos de segundo; si se manda tocar con la mano, derecha cuando la chispa sea blanca, y con la izquierda cuando roja, se tardan de tres á cua- tro décimos; luego en la reflexión se han em- pleado uno ó dos décimos de segundo. Si entre dos observadores, uno dice una sílaba y otro la repite, mientras el fonautógrafo registra las vibraciones de la palabra; cuando la sílaba se concierta de antemano, el tiempo tardado desde que se oye hasta que se repite es dos décimos de segundo; cuando se desconoce la_ sílaba que se ha de repetir, se emplea un dé- cimo más. Para que el retardo sea lo más mí- nimo posible, se necesita educar la ecuación personal de los observadores, la cual se per- fecciona por medio del aparato de Wolf. Reseñaremos, por último, la experiencia de Bloch, que se funda en la persistencia de las sensaciones tactile. Si con un intervalo de 1/45 de segundo se reciben dos choques mecánicos, uno en cada mano, se sienten al mismo tiempo. Pero si el segundo choque se recibe, en vez de en la mano, en un punto más próximo al sensorio, como la nariz, para que haya sincronismo aparente entre ambos choques, se necesita dejar transcurrir mis tiempo que en el caso anterior; la diferencia representa la velocidad de transmisión desde la mano al cerebro, teniendo en cuenta que la impresionabilidad para el choque es idéntica en todos los puntos del tegumento externo. En cuanto á la duración de los procesos psí- quicos, hé aquí lo que hay averiguado hasta el presente. El tiempo comprendido entre una excitación sensitiva y el movimiento que sirve de señal para indicar que se ha percibido la sensación, comprende una serie de actos, cada uno de cierta duracion, parte alícuota del tiem- po total empleado: 1.º excitación latente del aparato sensitivo (2 á 4 centésimas de segun- do); 2.° transmisión sensitiva hasta los cen- tros nerviosos (ya lo hemos indicado antes); REVISTA IBÉRICA. 87 3.º transmision sensitiva en la médula (para las excitaciones procedentes del pié, 0,1749, para la mano, 0,1283=8 metros por segundo); 4.º transmisión cerebral y actos cerebrales (de- ducida por diferencia entre el tiempo total y la suma de las demás cantidades conocidas); 5.º transmisión motriz en la médula hasta el músculo (cantidad ya conocida), y 6.º por último, excitación latente del músculo (indi- cada más arriba). Exner ha encontrado la du- ración de la percepción sensitiva, distinta segun las edades, siendo de 0,2053 de segundo, á los veinte años; 0,0775 á los veintidos; 0,2821 á los veintitrés; 0,1231 á los veinticuatro; 0,0828 á los veintiséis; 0,0901 á los treinta y cinco; 0,9426 y 0,3050 á los setenta y seis años. Pero estas cifras no enseñan nada porque hay otros factores individuales desconocidos, que ya he- mos dicho constituyen la ecuación personal de cada observador. Este error personal es cons- tante para cada uno y distinto en todos. La duración de la percepción sensitiva es de 0",19 en las excitaciones ópticas, 0",15 en las acústicas y tactiles y de 0",15 á 0",23 en las gus- tativas. La duración del acto intelectual más sencillo ha sido medida por Kries y Auerbach. Empleando dos focos luminosos, uno rojo y otro azul, que aparecen alternativamente, se manda hacer una señal cuando la luz sea roja (ignorando de qué color ha de ser). El mo- mento de reflexión necesario para distinguir cuando se ha de hacer señal (muy variable se- gun las condiciones individuales y la clase de excitación) es de una á seis centésimas de se- gundo. Tal es á grandes rasgos el resultado de los estudios hechos hasta el dia para investigar, no la esencia íntima de la actividad anímica (noumenos), sino su modalidad á través de la organización nerviosa (fenómenos), como ac- tos psico-físicos sujetos á la condicion de es- pacio y tiempo, número y medida. Sólo esto puede intentar la biología, dejando á un lado la cuestión metafísica, para cuyo esclareci- miento se reconoce por completo y en un todo incompetente. Dr. Luis Marco. -------- REVISTA POLÍTICA EXTERIOR. ---- La cuestion del Líbano.--Trabajos colonizadores de Francia.--Declaracio- nes de M. Challemel-Lacour sobre la triple alianza.--Situacion parla- mentaria en Inglaterra; contingencias de una crisis rninisterial.--Con- flicto de poderes en Alemania.--Depretis y los partidos extremos en Italia.--Inteligencias entre Grecia y Bulgaria; efecto que han producido en Austria.--El ministerio holandés.--La guerra del Pacífico; recuerdo histórico del conflicto que la provocó. En política, como en todo, no hay cosa que no tenga su término, y no habia de ser ex- cepcion á esta regla el problema planteado hace dos meses en Constantinopla con motivo de la cuestion del Líbano, que si á España im- porta muy poco ó nada, traía en cambio muy preocupadas á las grandes potencias europeas, cuyos representantes habíanse reunido en la capital otomana para resolver en internacio- nal conferencia, asunto tan difícil por los di- versos intereses encontrados que intervenían en él. Con arreglo á las estipulaciones del tratado de Berlin, cada dos años se reunen en la córte del Sultan los embajadores de las potencias signatarias de aquel convenio, para nombrar un gobernador del Líbano que satisfaga á to- das, y cuya mision principal es velar en aquella parte de la Armenia por los intereses cuantiosos de los católicos residentes allí. Este año el asunto presentaba más dificultades que de costumbre, porque Francia, decidida á ocu- par en las cuestiones internacionales el puesto que á su grandeza corresponde, estaba resuel- ta, pero firmemente resuelta, á que predomi- nara su influencia, ya que hasta ahora la Gran Bretaña habia sabido con sus proverbiales ha- bilidades hacer que la gobernacion del Líbano estuviera siempre á cargo de un protegido suyo. El poderoso imperio británico se resignaba di- fícilmente á colocarse en lugar secundario; las demás potencias apoyaban cada cual á una de estas dos con arreglo á sus simpatías ó á sus intereses, y la lucha que entre ambos bandos se produjo ha venido durando mucho más de lo que conviniera á la concordia que debe reinar entre los pueblos que por razon de su importancia y por la ley del más fuerte, se han erigido en árbitros de los destinos de Europa. La victoria ha sido para Francia, que la apre- cia tanto más cuanto que los éxitos diplomá- ticos de Inglaterra en Egipto y las rivalidades de ambas naciones en Madagascar y otros puntos del Africa tenían molestos á los fran- ceses. El último candidato que para gobernador del Líbano habia sido presentado por la Puerta, el general Wassa-effendi, albanés de nacimiento y católico de religion, al cual apoyaba el re- presentante de Francia, debe haber salido á estas fechas para tomar posesion del cargo que acaban de confiarle las grandes potencias europeas reunidas en cónclave diplomático. ? ? ? Al parecer se conforman los franceses con esa compensacion y se dan por satisfechos con que se les deje tranquilamente perseguir sus ideales colonizadores en Asia y á orillas del Congo. De algun tiempo á esta parte habíanse dibujado en nuestros vecinos de allende el Pi- rineo aficiones coloniales que en estos últimos meses se han acentuado mucho. En Tunez, 88 REVISTA IBÉRICA. por ejemplo, puede darse por establecido de- finitivamente el protectorado francés; el cón- sul general de Francia en aquella regencia, es arbitro absoluto del bey y sus ministros, y, aparte la ocupacion militar, puede muy bien compararse la accion de los franceses allí, á la que los ingleses ejercen en Egipto. En la costa oriental de Africa, y no ya con autorizacion, sino hasta con alegría por parte de los portu- gueses que tienen allí colonias importantes, han desembarcado los expedicionarios que al mando del animoso viajero explorador Brazza, van á plantear en aquellos ardorosos climas el sistema, que ha de reportar á Francia las grandes ventajas que pueden determinar los convenios celebrados por Brazza con algunos reyezuelos semi-salvajes del interior del con- tinente africano, y á la hora en que esto es- cribo, hállanse navegando con rumbo al Ton- kin fuerzas respetables de infantería de marina y marinería, que unidas á las que hay allí, emprenderán de una manera resuelta la tarea de hacer respetar á chinos y á annamitas los derechos que Francia tiene en aquellas latitu- des, en virtud de tratados vigentes que no está dispuesta á derogar. La Cámara de diputados francesa, compren- diendo la importancia que para los grandes pueblos tiene el convertirse en naciones colo- niales, no ha vacilado en conceder el crédito extraordinario que el gobierno podia para lle- var á cabo desahogadamente esas expedicio- nes, pues aun cuando hay uno, el de Tonkin, pendiente todavía de un debate parlamentario, no cabe alimentar dudas acerca de su aproba- cion. Como los bienes, lo mismo que los males, no vienen nunca solos, la República francesa está de enhorabuena, no ya solamente por lo que se refiere á su política colonial é interior (en esta última nada ha ocurrido durante la pasa- da quincena digno de ser anotado), sino que lo esta tambien en lo que se relaciona con las demás potencias europeas. Las francas declaraciones del ministro de Negocios extranjeros, M. Challemel-Lacour, contestando á una interpelacion del duque de Broglie en el Senado francés, sobre la triple alianza, han favorecido por todo extremo á la República vecina. El gobierno, por boca del ministro á quien aludo, supo explicar con tanta dignidad, con tanta firmeza, y á la vez con tanta prudencia y tacto diplomático la ac- titud resuelta de Francia enfrente de esa inte- ligencia de Italia, Austria y Alemania, actitud tan exenta de injustificadas exageraciones y baladronadas meridionales, como de debilida- des impropias de una nacion grande y pode- rosa, tan exenta de ódios á los aliados, como de miedo á sus manejos, que toda la prensa europea, la de Viena como la de Roma y á la de Berlin, aplauden el discurso de M. Cha- llemel-Lacour, protestan del carácter eminen- temente pacífico de la alianza y aseguran en todos tonos, que ni por asomo puede ésta diri- girse contra Francia, á quien todos á porfia desean felicidades y prosperidades sin cuento. En vista de declaraciones tan autorizadas como estas, nadie debe dudar de que ese acuerdo entre los dos imperios de la Europa central y la jóven Italia, lejos de ser un peli- gro para la paz del continente, seria una ga- rantia de que ésta no se ha de alterar por ahora, si por acaso liabia alguien que creyese en próximas contingencias, capaces de deter- minar una guerra continental. ? ? ? La situacion del gobierno inglés es anómala y sumamente dificil, desde el punto de vista parlamentario, porque no son ya los fenianos solos los que siguen con encarnizamiento una guerra sin cuartel al partido liberal; la han inaugurado tambien las huestes conservado- ras, y con tan buena fortuna por cierto, que el dia 3 de este mes, con motivo del proyecto de ley sobre el juramento, lograron derrotar al ministerio por tres votos. Mr. Gladstone no habia hecho ese asunto cuestion de gabinete, y por lo tanto todo quedó por entonces redu- cido á un quebrantamiento más o ménos grande del prestigio del gabinete. Los periódicos conservadores procuraron, y esto es natural, sacar el partido posible de aquel fracaso, y el dia 9 de este mes, en la discusion del presupuesto y á propósito de una cuestion de forma en la manera de recaudar la contribucion, ha vuelto á ser derrotado el mi- nisterio por siete votos de mayoría. Explicase fácilmente el primero de estos fra- casos. Tratábase entonces de una cuestion reli- giosa, en la que entraban en juego antiguas preocupaciones, á que tan apegados son los ingleses, y no fué cosa para sorprender á nadie que los elementos más moderados del partido liberal, olvidando la necesidad que to- dos los partidos tienen de la disciplina más completa, y pretextando que el gobierno habia declarado no se trataba de una cuestion de gabinete, votasen con los que en concepto suyo defendian la causa de la religion; pero esta segunda vez el acto es harto significativo y demuestra hasta la saciedad que los elemen- tos de la mayoría parlamentaria andan muy desunidos. El dia 11 suspendieron las Cáma- ras sus sesiones hasta el 24, y esos dias de interregno serán seguramente aprovechados para aunar voluntades por el jefe ilustre del gobierno inglés, á quien su patriotismo no REVISTA IBÉRICA. 89 puede permitir que entregue el poder á los conservadores. Los momentos actuales no pueden ser más oportunos para un cambio semejante de si- tuacion, que traería necesariamente en pos de sí una diferencia de criterio que para la mar- cha política de los asuntos interiores y exte- riores de la Gran Bretaña, seria una verdadera desdicha. Incalculables son las consecuencias que una crisis podría acarrear. Sobre todo en los asun- tos de Egipto, Inglaterra se vería, de seguro, comprometida en aventuras desagradables que acabarian de captarle la animadversion de las demás potencias que, más o ménos directa- mente, se hallan interesadas en la marcha po- lítica de los Estados del jedive; puesto que es cosa sabida que los conservadores censuran al gabinete actual porque no ejerce en Egipto una accion tan absorbente como ellos creen necesaria á la bienandanza de Inglaterra. Por lo que al interior respecta, basta con fijarse un momento en las divisiones intesti- nas, profundas, que aquejan al partido conser- vador inglés y en la poca talla política de los jefes que heredaron del ilustre lord Beaucons- field la direccion de esa importantísima frac- cion política, para comprender cuán nefasta habia de ser hoy por hoy su gestion. Si la prudencia proverbial de Mr. Gladstone, si las concesiones hechas con gran sentido práctico, por cierto, por el leader liberal á los los colonos irlandeses, no han podido remediar los males que aquejan á la pobre Irlanda, ¿qué sucedería si los conservadores pusieran en práctica sus procedimientos de intransigencia y de rigor? La respuesta no es difícil. Pero estas reflexiones huelgan seguramente ó yo me equivoco mucho, porque á pesar de las apariencias, no hay fundado temor de que por ahora abandone Mr. Gladstone las riendas del poder. ? ? ? La situacion creada en Alemania por el men- saje imperial, de que ya hablé en mi anterior Revista, dirigido al Parlamento, se acentúa de dia en dia, y de tal modo que reviste todos los caractéres de un conflicto. Aquel docu- mento y una carta que el canciller dirigió hace pocos dias al Reichstag, como si fuera otro so- berano, acusan un sistema cuya huella se des- cubre, á poco que se examine el asunto, en to- das las manifestaciones hechas por el empera- dor y por su canciller de dos años á este parte; un sistema cuyas tendencias son reducir á la expresion más mínima las atribuciones del po- der legislativo, dando al ejecutivo una ampli- tud tal que mate por completo el régimen par- lamentario vigente, al ménos por escrito, en Alemania. La inesperada publicacion de aquel extraño mensaje, precisamente en vísperas de unas vacaciones parlamentarias obedeció, bien pue- de asegurarse así, al deseo de imponer al Reichstag la obligacion de votar en esta legis- latura el presupuesto de 1884-85, despues de haber discutido y aprobado el del año corrien- te, para deducir la prueba de que son posibles los presupuestos bienales con que sueña Herr- von-Bismarck. El presidente de la Cámara alemana, obe- deciendo las indicaciones del emperador, puso á la órden del dia el debate sobre el presu- puesto en cuestion. Las oposiciones compren- dieron la jugada, y las declaraciones nada oportunas del ministro Herr-Burchard y sus trasparentes alusiones á las paternales adver- tencias que contenia el mensaje imperial, eran bien poco á propósito para atenuar la mala impresion recibida por los liberales. Uno de los oradores más influyentes del par- tido seccionista, Herr-Bamberger, en nombre de todos los elementos liberales de la Cámara, pronunció un discurso enérgico expresando esas impresiones. "El imperio aleman. o será parlamentario, ó dejará de existir," dijo; á lo cual contestó al ministro de Hacienda que "no quiere el ministerio un gobierno parlamenta- rio, sino un gobierno imperial." Y hé ahí, en aquel aserto y en esta réplica la síntesis de la cuestion, que no es ni más ni ménos, que el antagonismo declarado entre las aspiraciones de la opinion pública, que tienden al régimen parlamentario verdad, y la tradition histórica que Prusia quiere im- poner al imperio germánico constituido en 1871 á raíz de la desoladora guerra franco-ale- mana. Estas doctrinas han sido varias veces ex- puestas con escueta claridad por el canciller del imperio, y nadie dudará que la idea que Bismarck tiene de lo que es régimen constitu- cional, difiere radicalmente de las ideas que el ejemplo de la Gran Bretaña, nuestra maestra en estos achaques, ha conseguido aclimatar en los Estados monárquicos de Europa. El príncipe de Bismarck no se limita á re- clamar para el soberano el poder ejecutivo en toda la extension que puede darse á la palabra, sino que quiere además revestirlo con ciertas atribuciones legislativas, aunque limitadas por una especie de veto que concede al Parla- mento. El camino no puede ser peor, y mucho debe confiar el canciller no ya en su génio, sino en su buena estrella, para atraverse á defender semejantes doctrinas en nuestra época, des- preciando el prudente consejo de que es pre- 90 REVISTA IBÉRICA. ciso no apretar mucho, si no se ha de abarcar muy poco. ? ? ? Depretis, en Italia, tiene cada dia que des plegar mayor vigor y más energía para com batir la intemperancia de los partidos avanza dos, que á cada paso comprometen con sus exageraciones la marcha normal y progresiva de la nacion cuyos destinos rige, inspirándose en un criterio liberal acentuado y propio para satisfacer á los más exigentes. La actitud de la extrema izquierda ha creado en el Parla- mento italiano una serie de divisiones tales, que es poquísimo el apoyo que el ministerio puede esperar de los elementos avanzados de la mayoría. Depretis está entre la espada y la pared: ó dar el poder á los conservadores o apo- yarse en elementos moderados, cuya influen- cia seria nula en el gabinete sin la conducta de la izquierda extrema, que á nadie podrá quejarse de las consecuencias que pueda traer esa semi-alianza, que se ve cada vez más acentuada, entre el gobierno y los elementos ménos conservadores de la derecha. Durante la primera mitad de Mayo, periodo que debe abarcar esta Revista, nada ha venido á modificar esa situacion de que acabo de dar cuenta, y cuya existencia estaba ya indicada á fines de Abril. ? ? ? En Austria se siguen con palpitante interés las peregrinaciones por Europa del príncipe reinante de Bulgaria, que despues de ser aga- sajado en Atenas por el rey de Grecia, ha lle- gado á la capital de Montenegro. donde le es- peraba una acogida igualmente afectuosa. Poco importa, en mi humilde concepto, al ministerio austro-húngaro la intimidad de Bul- garia y Montenegro; pero es indudable que no pueden tenerle igualmente sin cuidado, los rumores de una alianza próxima entre los ga- binetes de Sofia y de Atenas, sobre todo des- pues de la desavenencia entre Rumania y Aus- tria con motivo de la cuestion del Danubio que se halla en suspenso, y de la cual, por lo mismo, hace tiempo que no hablo á los lecto- res de la REVISTA IBÉRICA. Veamos por qué no puede ni debe tener esa alianza descuidada á Austria. Es evidente que Rusia ha de tratar por todos los medios á su alcance, de ganar el terreno que el tratado de Berlin y la alianza austro-alemana le hicieron perder en la península de los Balkanes, para lo cual tenderá siempre á reconstituir sus alianzas en torno de la Turquía europea; y la inteligencia entre los gabinetes de Atenas y Sofía, ó no significa nada, ó es el primer triunfo de esa política. Parece probable que el rey Jorge y el príncipe Alejandro hayan con- venido en los medios que deben emplear para poner coto á la influencia austriaca en la pro- vincia objeto de sus aspiraciones hácia la cual camina Austria por sus pasos contados, con ánimo resuelto de decidir la contienda en be- neficio propio. Mientras llega el instante oportuno de for- mular sus respectivas pretensiones territo- riales, los dos soberanos se han puesto de acuerdo, porque de algun modo se ha de em- pezar, sobre las disensiones religiosas de sus súbditos respectivos. Los búlgaros, que en su inmensa mayoría profesan la religion grie- ga ortodoxa, dependian antes de la guerra de 1877 del patriarca de esa iglesia que reside en Constantinopla. Cuando el congreso de Ber- lin emancipó á los búlgaros de la dominacion turca, los representantes de Rusia pidieron para ella autonomía religiosa tambien; en Constan- tinopla parecieron exageradas, ya que no in- justas, estas pretensiones de las cuales surgió un verdadero cisma que todavía existe, porque unos dieron la razon al patriarca griego en Turquía y otros opinaron que Rusia defendía sus intereses. El rey de Grecia ha prometido ahora, segun parece, al soberano de Bulgaria, interponer toda su influencia para que el cisma desapa- rezca, con objeto de separar los obstáculos que se oponen á que esas dos naciones coope- ren á una accion comun contra la codicia de Austria. Es natural que esa inteligencia haya sur. gido bajo los auspicios del gobierno ruso, por- que es preciso no olvidar que el príncipe á quien el tratado de Berlin colocó en el trono de Bulgaria no es más que el centinela avan- zado que la política moscovita tiene en el ca- mino de Constantinopla, áun cuando otra cosa haya podido parecer en alguna ocasion. ? ? ? El ministerio holandés se ha presentado á las Cámaras, que reanudaron sus tareas el, dia 10 de este mes. Su programa es de una vaguedad extraordinaria, pero que no debe sorprender á quien no haya echado en saco roto lo que de él dije en mi anterior Revista. Su vida será efímera, tanto más cuanto que ha comenzado por aplazar la cuestion de re- formas constitucionales, que hoy por hoy constituye la principal aspiracion del pueblo de Holanda. ? ? ? ¡Pobre Perú! Los gritos de dolor que le ar- rancan los sufrimientos de una invasion ex- REVISTA IBÉRICA. 91 tranjera, gritos cuyo eco llega de cuando en cuando á Europa como para recordarnos que una guerra desoladora empobrece aquel país desde hace más de cuatro años, apenan el áni- mo de los que consideramos á aquellos pueblos como hijos de esta patria nuestra tan querida. Contra todas las esperanzas que noticias toda- via recientes nos hicieran concebir, la guerra continúa y aún puedo decir que se ha recru- decido en cierto modo desde la fecha de mi anterior Revista. Como dato para apreciar bien esa triste pá- gina de la historia contemporánea de las re- públicas hispano-americanas, bueno será re cordar el origen, ya remoto, del conflicto que determinó la guerra entre los gobiernos de Chile, Perú y Bolivia. Data, si mal no recuerdo, de 1866 y nació de la rivalidad entre Bolivia y Chile, que ambas pretendian tener derecho á ciertos campos de guano y ciertas minas de plata que hay en los distritos de la primera de esas dos repúblicas, próximos á la Frontera sep- tentrional de la segunda. So pretexto, ó con motivo, que no quiero ser parcial, de la infraccion de los tratados vi- gentes, Chile se apoderó de tres puertos boli- vianos; entonces intervino el Perú proponien- do que los terrenos en litigio se declararan neutrales. Esta proposicion fué desoida, y Chile, cre- yendo que el Perú habia monopolizado, en su territorio, aquellas minas en perjuicio de los agricultores é industriales chilenos, declaró la guerra á las dos repúblicas que estaban mu- cho ménos preparadas para sostenerla que su adversario, hasta el punto de que, Bolivia so- bre todo, ha hecho un papel casi pasivo du- rante toda la campaña. La extension inmensa de los territorios que han sido teatro de esta lucha que bien puedo llamar fratricida, le dió desde el principio el carácter de una guerra marítima, porque era evidente qué venceria el que se hiciera dueño del mar. Despues de varias escaramuzas du- rante el verano de 1879, la marina peruana quedó reducida á la impotencia ó poco ménos, merced á la destruccion de uno de sus buques acorazados, el Independencia, y á la captura de otro, el Huescar, apresado por la escuadra chi- lena en octubre del mismo año. Desde aquel momento quedó prejuzgado el desenlace de la campaña, y el presidente de la república peruana se vino á Europa con el propósito de comprar otros buques con que sustituir los que habia perdido. La escuadra de Chile continuó bombardeando las ciudades de la costa, y acabó desembarcando en Arica un cuerpo de ejército, que despues de luchar con una resistencia encarnizada, casi heróica, por parte de los peruanos, derrotó á las tropas del dictador Piérola que sustituyera al presi- dente de la república, y entró á mediados de Enero de 1881 en Lima. La Representacion nacional del Perú, com- prendiendo lo inútil de la resistencia, pidió la paz; pero el ministro de la Guerra chileno, Sr. Vergara, que iba con el ejército, se negó en absoluto á entrar en negociaciones con el vencido, y tuvo la osadía de decir que aquello fuera tanto como renunciar al objeto princi- pal de la guerra, que consistía en arruinar al Perú y ponerlo en la imposibilidad de levantar ca- beza en un siglo por lo ménos. Y por lo visto esa opinion no era solo la del Sr. Vergara, sino que coincidia con la del Parlamento chileno que no protestó de sus pa- labras y la de los generales de Chile que han llevado á la práctica ese programa infausto que repele el espíritu de la época en que fe- lizmente vivimos. Los últimos acontecimientos de esta guerra cruel que apena el ánimo de los neutrales, son demasiado recientes, sobre todo los ocurridos durante la última quincena, para que haya ne- cesidad de relatarlos aquí; pero demuestran hasta la evidencia, que Chile no ha desistido de sus poco generosos propósitos, y que el Perú está cada dia ménos en condiciones de sostener la guerra, ni siquiera de encerrar den- tro de límites racionales las extraordinarias exigencias del vencedor. En el estado actual de la contienda es difí- cil, casi imposible, predecir cómo ni cuándo terminará esa desastrosa lucha, mucho más para mí que no blasono de profeta y que me he propuesto ser en estos artículos mero aunque fiel cronista de los acontecimientos. Ojalá que cumpliendo este deber pueda pronto decir á los lectores de la REVISTA IBÉRICA: La paz rei- na entre nuestros hermanos de la América latina. Angel de Luque. -------- SONETOS. -- AL HIMALAYA. - Absorta la mirada no se atreve A contemplar tu elevacion gigante; ¿Quién será el que con paso vacilante Hasta tu cima, triunfador, se eleve? Ni al rayo tu alta cumbre se conmueve; ¡Vírgen que espera á su ignorado amante Envolviendo su púdico semblante En irisada túnica de nieve! Rueda á tus piés la avergonzada nube, Tiembla el torrente en su rugir sonoro, 92 REVISTA IBÉRICA. Tu vencedora mole sube y sube Hasta tocar el alto firmamento... ¡Ya te corona el sol de rayos de oro!... Mas ¡te gana en altura el pensamiento! ---- SEVILLA. -- Salud, ¡oh claro sol de la poesía; Del génio patria y del amor señora, Donde suena con voz arrulladora El eterno cantar de la alegría! Para ensalzar al mundo tu hidalguía La Giralda se alzó dominadora; Junto al Betis durmió la dulce Flora, Se enamoró de tí la luz del dia! Aun más que tus palacios y tus rejas Y tus brisas de amor, tu luz ardiente, Tu rio azul, tu catedral sublime... Admira el corazon las dulces quejas De esa vaga poesía que en tu ambiente Flotando eterna, palpitando gime!! ---- NOCHE DE INVIERNO. -- ¡Sólo quien sufre á combatir se atreve! Todo en tinieblas y en dolor reposa... ¡Qué terrible nevar!... Pregunta, hermosa, Al pobre corazon por tanta nieve!... Quizás durmiendo tú, la dicha mueve Tus castos sueños de color de rosa; ¡Así será la noche caprichosa Aquí tan larga, pero allí tan breve! No imagines que ausencia y que tormento Trajéronme las noches del olvido; No, con la tempestad crece mi aliento. Soy como el ave, que al sentir herido De muerte el corazon, se lanza al viento Y busca al rayo, ¡pero vuelve al nido!! ---- SIEMPRE -- Los mismos rayos de la misma idea Me alumbran siempre al despertar el dia, Y al dar en brazos de la noche fria Siempre vuelvo á decir: "¡Bendita sea!" La dulce brisa donde quier me vea El mismo acento y bendicion oiría, Que el mismo nombre mis destinos guía Por monte y valle y por ciudad y aldea. Vives en tí y en mí, porque te siento Llenar mis horas de terrible calma, Calmar las iras de mi atroz tormento, Te siente mi pasion y voy contigo, ¡Y como la pasion vive en mi alma Mientras aliente el alma vas conmigo!! ¡Y como la pasion vive en mi alma Mientras aliente el alma vas conmigo!! Cárlos Fernandez Shaw. -------- POESIAS DE D. FRANCISCO DE ABARZUZA. ---- Tiempo muy propicio para el arte lírico, di- gan lo que quieran las almas endebles y apo- cadas, es el que alcanzamos. Cuando las creen- cias religiosas atraviesan crísis tan azarosa como la presente, y la conciencia busca anhe- losa asilo en que cobijar los preceptos de su moral predilecta, y el corazon corre desalado tras inciertos y vagos ideales; cuando los sen- timientos y aspiraciones hallan estrechos sus antiguos moldes y pugnan por dilatarlos, no acertando á conseguirlo por percibir aún muy nebulosas las perspectivas de sus intuiciones; cuando el alma, en fin, se debate en ánsias mortales viendo alejarse á la que la animaba y sostenía en las tribulaciones y trances apura- dos; cuando tales alteraciones y trastrocamien- tos del comun sentir y pensar de nuestro siglo vemos diariamiente; creer que las memorias de lo pasado, de aquel pasado cubierto de luz y de color, pero que encierra misérrimas in- justicias sociales, pueden mitigar ni áun dis- traer nuestra actividad intelectual de esa labor sutil y minuciosa á que sujetamos creencias, dogmas y verdades, es cándido é inocente raciocinio que sólo puede ocurrírseles á las almas timoratas y quejumbrosas. El Nolli me tangere yace roto y maltrecho por el Arise yee gods, de Byron: justa en lid luminosa todo lo que es producto de la inteligencia humana. En el abierto campo del criticismo moderno caben todas las ideas: la más debeladora, la más im- perturbable y serena en el combate, esa será la dueña y señora del reino de la inteligencia; que no de otro modo alcanzaban el favor de su dama los justadores y paladines en los torneos, donde la fuerza y el hecho campaban á discre- cion. Así los poetas que emplean su inspira- cion en resucitar y dar vida á sentimientos y aspiraciones que animaron á generaciones que pertenecen á la historia, semejan á las formas convencionales que adopta el indivíduo en su trato de gentes. Todo es allí artificioso: todo se mueve y desarrolla impelido por la rima y el sonsonete, y ¡ay de la idea que no se doble- gue á las exigencias del consonante!... pros- cripta y desterrada será por rebelde á la disci- plina del amaneramiento y de la rutina.--No; el poeta, si ha de ser eco fiel y genuino del modo de sentir de sus contemporáneos, si ha de reflejar en sus cantos los ideales (que así hay que llamarlos) del medio en que vive, menes- ter es que rompa con las convenciones y eti- REVISTA IBÉRICA. 93 quetas de una retórica de carton, que todo lo fia al pulimento de la frase, acicalándola con afeites de relumbron y ajados atavíos de una pedantesca y cultiparlante diccion, descui- dando, por tal manera, el pensamiento. Sólo así se explica la indiferencia con que son aco- gidos los infinitos volúmenes de poesías que salen anualmente de las prensas en nuestra España. Pero si el poeta estudia con deteni- miento el modo de ser de su época y de su na- cion, y arrastrado por las intuiciones miste- riosas de su génio, escudriña entre los infinitos y varios problemas que le ofrece la presente edad, aquel que logre hacer presa en mayor número de individuos y que tiene echadas rai- ces más hondas en nuestro pueblo por referirse al santuario de la conciencia comun; y luego que tiene hecho tal estudio y tal eleccion, si lo funde en su fantasía al calor del fuego en que arde su alma, caldeada en amores y deli- quios, enternecida por el pesar y la desespe- ranza... entonces el poeta que tal sienta y que tal haga será poeta y muy poeta; porque ha ido á buscar su inspiration, la levadura y el alma de sus poesías al seno mismo de la socie- dad que le ampara y le presta asilo. Así tienen que ser los poetas, populares y no cortesanos, sencillos, no artificiosos, ingénuos, no enre- vesados. Los sentimientos que expresan deben palpitar en todos los corazones; sus ideas de- ben bullir en todas las inteligencias. Cuan- do otra cosa hagan, el poeta es exótico y ex- traño en su propio suelo, y precisa el incienso y el halago de artesonados salones para vivir y prosperar. ¡Bien hayan los que tienen más en precio el cantar los ideales de su tiempo, y sólo á ellos prestan los acordes de su lira! El Sr. Abarzuza pertenece á esta clase de poetas. El divorcio entre dos almas, poema dedi- cado al príncipe de la lírica italiana, Carducci, es la encarnacion artística del conflicto reli- gioso, perenne é insoluble en nuestra socie- dad. Delicadezas, primores, relieves, todo pa- rece quedar subordinado en el poema ante el vigor con que está delineado el pensamiento. Solicitadas instancias de la armonía y de la forma tersa y gallarda de las quintillas en que está escrito, todo lo desatiende el lector por los atractivos con que seduce un pensamiento que ocupa todas las conciencias. No es esto decir que en la serena region del arte no cabe sino lo real, elevado á tal esfera por los idealismos y fragancias con que supo envolverlo el artista. Allí tiene su lugar y asiento todo lo que se agite y tenga vida así en lo real como en lo abstracto; pero bien en- tendido que todo ello ha de ser en su justo límite, sin intrusiones ni desequilibrios _Muy artista se muestra el Sr. Abarzuza en este poema. La suavidad y blandura con que pinta el emblema de la creencia, seduce y atrae: es el arte derramando los primores y lindezas á manos llenas sobre las arrugas que afean á su antigua compañera. Entre las poesías leidas por dicho señor en el Ateneo, y publicadas en un tomito, hay al- gunas muy notables por su forma gallarda y marmórea, lo cual no es parte para que su fondo decaiga de aquel tono que le imprime la magnificencia del asunto que canta. La titu- lada Grecia y Roma muéstranos hasta qué punto el Sr. Abarzuza puede elevar su inspi- racion y cómo maneja nuestro idioma. Flui- dez, grandilocuencia, grave entonacion, pen- samiento levantado, el calor del sentimiento palpitando á través de las estrofas y espar- ciendo por todas ellas esa vida, ó como quiera llamarse, que sólo la inspiracion en su nota más alta logra imprimir. Una sola estrofa le basta para relatar lo que fué y lo que es la patria de los dioses en la historia del arte. Habla de la suprema belleza y dice: Grecia, que fué una aurora, Naciendo de sus ondas, le descubre Y en su inocente desnudez la adora. Su culto, su existencia resumia, Y por eso fué Grecia una alborada Y nunca vió por eso en pleno dia Su fecunda existencia dilatada. Y luego añade: Uno su genio fué; la misma cuna Mecía en las helénicas vertientes Tanta esperanza que debió ser una. Su Areópago, su Delfos, su Tribuna Tuvieron fuerza y les faltó el instinto Que uniera sus destinos esplendentes, Como están con las flores de Corinto Unidos sus dos bellos continentes. Digno de un antiguo vate es el sacro fuego que enciende su espíritu y le arrebata en su- blime entusiasmo al prorumpir en estrofas como esta: Yo vi con santa indignacion, la piedra, Por el cincel de Fidias animada, Con la hojarasca torpe de la hiedra Salir de los escombros profanada. Lo estrecho de los límites que nos imponen, no nos permiten insertar algunos specimens de las demás poesías de que dejamos hecha men- cion. Entonces el lector atento advertiría pri- mores y bellezas que no alcanza á expresar nuestra pluma. Remito, pues, al curioso á la librería, convencido de que ha de agradecer- nos tal indicacion. Como traductor, muestra tambien sus con- diciones geniales el Sr. Abarzuza. Rolla, de Alfredo de Musset, del poeta del corazon, como le llama una amiga mia, solicitó el fervor y entusiasmo de nuestro poeta, y nos tradujo 94 REVISTA IBÉRICA. un canto de manera inimitable Con no ménos pulcritud y esmero vertió á nuestro idioma el tan celebrado monólogo de Hamlet, de Shakes- peare y el discurso de Marco Antonio, univer- salmente aplaudidos y celebrados, sintiendo de todas veras que el Sr. Abarzuza no se dedique á traducciones de más empeño, por las felicí- simas disposiciones que para ello muestra. Joven es aún el Sr. Abarzuza, y mucho se puede esperar de su gran ingénio. En las mues- tras bizarras que de él nos ha dado, hácenos esperar con ánsia nuevas producciones que corroboren lo ya dicho. No es de desear que las condiciones generales que lo distinguen se desvíen ni tuerzan; antes bien, nuestros rue- gos se encaminan á que continúe por la misma y desgraciadamente solitaria senda, que te- niendo grandes alientos, fresca inspiracion y el concienzudo estudio que se nota en todas sus obras, ya puede aspirarse á la inmortalidad y lograrla perdurablemente. Anastasio R. Lopez. -------- MISCELANEA. -- Únicamente el ingenio y la gracia que completan la personalidad poética de Campoamor, dando á cuanto dice ó escribe una lozanía y frescura que, lejos de extin- guirse, parece que se aumentan con los años, han podi- do ser causa eficiente de que en la Seccion de Literatura del Ateneo, presidida por nuestro gran lírico, no haya decaido un solo dia el interés de las discusiones, ame- nizadas por los chistes y donaires del autor de las Do- loras, puntos de engarce á los importantes discursos de varios oradores. El enunciado del toma, que en un principio constaba de quince ó veinte palabras, podria reducirse á dos: Los ideales ó El ideismo, como ha tenido á bien llamarle el presidente en su discurso-resúmen. ¿Qué hemos de entender, preguntábamos al princi- pio, por idea y por ideal en la Seccion de Literatura del Ateneo? ¿Qué valor técnico tienen estas dos palabras que pueda servir de punto de partida para una dis- cusion? Sucede con frecuencia que dos oradores se engolfan en una disputa de opiniones, sin cuidarse de aquilatar el valor de los conceptos fundamentales en que se apo- yan. Un racionalista y un escolástico discuten el ideal de la humanidad durante dos horas, agotan los recursos de su ingenio, revuelven toda la historia de la filosofía sin conseguir llegar á un acuerdo, hasta que un tercero en discordia les pregunta: ¿Qué es humanidad? Para el racionalista, "humanidad es la colectividad orgánica de los seres racionales." Para el escolástico, "el conjunto de atributos esenciales que constituyen la personalidad humana," El primero habla de ideal como tendencia ó fin de la especie; el otro se limita á decir que el ideal de la hu- manidad no es más que la perfeccion del individuo. Entonces puede renovarse la pregunta. ¿,Qué es idea? La historia de las discusiones acerca del valor de la palabra idea es tan antigua como la filosofía. En Gre- cia eidos significaba especie en sentido de apariencia. Aristóteles la empleó para significar sub-genero. La filo- sofía escolástica define la especie: "el género mas la di- ferencia " Pero Platon y sus secuaces habian dicho que eidos (idea) tenia un valor real; era el arque-tipo de todas las cosas que se llamaban de una misma especie. Estas se clasificaban juntas, no por el parecido que tu- viesen entre sí, sino por su aproximacion á la idea típica. No fué otro el origen, como todo el mundo sabe, de la famosa contienda entre nominalistas y realistas, que tanto ruido dió en la Edad media. Mas como ahí no cesó la evolucion del lenguaje filosófico, se iniciaron tantas nuevas acepciones como sectas y variedades de sectas fueron surgiendo, de tal modo, que hoy seria muy difí- cil encontrar dos filósofos, de distinta escuela, que die- sen igual valor á los términos idea é ideal. La tecnología filosófica viene á ser corno las opera- ciones algebráicas, cuyo resultado práctico depende del valor que se quiera dar á los signos. Y ¿cómo sería po- sible resolver una misma ecuacion aplicando distinta clave á los signos de cada uno de sus miembros? ¿Podria admitir el mismo concepto de idea é ideal un positivista invocando la teoría de Locke, que un panteista fundándose en la idea del sistema hegeliano? Y al adjetivar dicha palabra ó dar valor sustantivo al adjetivo ideal, ¿puede llegarse nunca á un acuerdo, si antes no se precisa el valor de las voces? Pero llega el fin de los debates, el presidente redacta todo un libro sobre la tesis que se ha venido discutien- do y nos ofrece sobre tan árida y oscura materia el ra- millete de frases ingeniosas, sentencias humorísticas y discreteos filosófico, más bello que puede concebirse. Empieza anunciando al Ateneo que hasta el Sr. Cá- novas del Castillo puede equivocarse. ¡Qué síntesis tan fa- mosas! ¡Qué combinaciones de luces! ¡Qué donosísima manera de probar la realidad é importancia de su teoría del conocimiento en concepto ontológico, cosmológico y amotropológico, jurando la verdad de cuanto dice por las catorce vulgaridades de los siete sabios de Grecia, y es- perando que entre él y Cánovas ahuyentarán del Ateneo á esa turba de filósofos de temporada que se llaman Comte, Maleschot, Bernard, Buchner, Spencer y otros! Si alguna ocasion pudiera presentarse para juzgar definitivamente las eminentes condiciones artísticas del Sr. Campoamor es, sin duda, la presente. Suprímase del discurso-resúmen lo que tiene de poético, las deli- ciosas y sorprendentes imágenes, los contrastes de ideas, la mofa volteriana que hace de los sabios y ¿qué resta? El pensamiento de un excéptico que se burla hasta del excepticismo. Varíese el asunto, sustitúyanse los nom- bres consignados en el párrafo anterior por otros ficti- tíos ó reales, y permítase al poeta discretear acerca de lo que dijeron ó él les atribuye. ¿Habrá disminuido por eso el mérito de su hermosa disertacion? Campoamor quiso escribir un libro enojoso de filo- sofía y le ha resultado un bellísimo poema. Tanto mejor para la literatura española. ? ? ? Otro discurso memorable, el leido por el Sr. Menen- REVISTA IBÉRICA. 95 dez Pelayo con motivo de su ingreso en la Academia de la Historia, completa el cuadro de los verdaderos acon- tecimientos literarios de la quincena. Hoy que las pasiones de secta y de partido turban con frecuencia el ánimo del escritor, privándole de la serenidad necesaria para un juicio irreprochable, no debe parecer extraña la diversidad de apreciaciones que circulan acerca de las extraordinarias dotes que como historiador, como crítico y como poeta posee el jóven catedrático. El que sin más interés que el interés cien- tífico ni más pasion que el amor á la belleza haya oído leer ó leido, su discurso acerca del arte en la Historia, juzgará fuera de toda cuestion el claro talento del ilus- tre autor de la Historia de los heterodoxos. "Me elegisteis tal como soy, y no he de venir á com- prar aplausos ni á mitigar impopularidades," dice en el exordio y lo demuestra con franqueza y valor en todo su trabajo. Es, sin duda, este discurso, la obra magna de Me- nendez Pelayo; marca una nueva fase en sus cualidades de crítico, nuevos recursos en su habilidad de estilista y la plenitud ¿te, una gloriosa madurez intelectual. No hemos de seguirle paso á paso analizando su es- tudio del arte de escribir la historia á través de todos los tiempos; pero séanos licito trasmitir en comproba- cion de nuestros asertos, los párrafos con que termina tan magnífica excursion: "La tésis y el epigrama enterraron la historia, y ve- nida la reaccion, comenzó á sentirse la sed de algo ori- ginal, característico y rudo, que nos trajera olor de flo- res agrestes y ruido de selvas primitivas. Y como la historia escrita al modo de Gibbon ó de Voltaire ha- blaba al ingenio, pero no á los ojos, y la historia escrita al modo antiguo no abarcaba mayor espacio que el que va desde la Acrópolis hasta el Pireo, ó el que se dilata desde el arco de Septimio hasta el anfiteatro Flavio, fué menester que una mitad entera de la historia humana saliese de entre escombros y cenizas, evocada por los conjuros del arte. Sacudieron su manto de polvo las abadías y las torres feudales; tornó á arder un monte de leña en la cocina del señor sajon, mal avenido con la servidumbre de su raza; volvió á correr la tierra el maniferro Goetz de Berlichingen, terror del obispo de Bamberg y esperanza de los aldeanos insurrectos; coronóse de lanzas y de alborotada muchedumbre de croatas, arcabuceros y frailes el campamento de Wa- llenstein; repitieron las gaitas de los higlanders escoce- ses la marcha de combate; resonó en los lagos de Suiza el juramento de los compañeros de Stauffacher; cayó el Innominado á los piés del cardenal Federico, y se alzó en el lazareto de Milan la bendita figura de Fra-Cris- toforo. Se dirá que fueron arte hibrido, arte de transi- cion, el drama y la novela históricos; pero ¡dichoso el arte que tal sangre vino á infundir en el cuerpo anémico de la historia! Entonces nació la escuela pintoresca, la de los Ba- rante, la de los Thierry, que confiesa su abolengo en Quentin Durward y hasta en el carro Meroveo. Creció la avidez del pormenor característico, el amor de lo infi- nitamente pequeño, la indumentaria ahogando al pro- cer ó al villano entre armaduras, jaeces y muebles; y llegó dia en que las historias de la Edad media parecie- ron iluminaciones de libros de coro ó tablas bizantinas. Otros buscaron luz por distinto camino, y vióse en Inglaterra renacer, por impulso del más grande de los historiadores modernos, la forma oratoria, tan explén- dida cono en los mejores dias de la antigüedad, y tan rica de pasion y de ardorosa elocuencia como en el yerno de Agrícola: historia parcialísima lo mismo que sus modelos, historia de faccion y de bandería; pero tan sincera, tan honrada y tan sabiamente parcial, que borra con lo que tiene de poema lo mucho que tiene de alegato. Obra varia y tan opulenta como la misma na- turaleza; poema de la libertad civil, de la industria y de la prosa; viril esfuerzo de un alma romana, para en- noblecer con majestad patricia el trabajo moderno y llevar de frente todas sus actividades, como si fuesen órganos de un mismo cuerpo, y no aislados mecanismos, cual los consideraba la filosofía del siglo XVIII. Al fin, en esa historia, que no es filosófica, ni religiosa, ni lite- raria, ni comercial, sino todo esto y mucho más, y no por fracciones atomísticas, sino todo á un tiempo y con la misma libertad y miramiento de la vida, el animal humano respiró entero." Párrafos estos dignos de un Macaulay ó de un Taine, revelan que el espíritu de secta no estorba en Menendez Pelayo la sinceridad del crítico, ni la inmensa erudi- cion atesorada ahoga las facultades del artista, dicho sea de una vez, del verdadero poeta. En este discurso el estilo del nuevo académico ha perdido aquel exceso de facilidad que tanto enojaba á su entusiasta Valera, cambiándolo por esa serenidad clásica quo como el mis- mo Sr. Menendez Pelayo demostraba, no excluye, antes requiere la viril energía propia de un alma profunda- mente convencida de las ideas que defiende. Joaquin Moreno. ---------------------- REVISTAS EXTRANJERAS. ---------- ÚLTIMOS NÚMEROS PUBLICADOS. ---- REVUE DES DEUX MONDES. SUMARIO.--I. La primera campaña de Condé; por el du- que de Aumale.--II. El judío de Sofiewka; por M. V. Rouslane.--III. Un ensayo de síntesis paleoethnica; por el marqués G. de Laporta.--IV. Los modernos romanceros americanos; por M. T. Bentzon.--V. Chi- na y Touquin; por Edmundo Planchut.--VI. Poesía; por J. Normando.-- VII. Revista literaria; por F. Brunetiere.--VIII. La triple alianza; por G. Val- bert.--IX. Revista dramática.--X. Crónica de la quincena.--XI. Movimiento financiero de la quincena. XII. Boletin bibliográfico. El artículo La triple alianza merece especial men- cion, más que por su mérito intrínseco, por ser la mate- ria tratada en él de actual importancia y porque las sentidas consideraciones que hace M. Valbert, son, aparte de cierta intencion política, la genuina expre- sion de los sentimientos de los hombres más sensatos de la vecina república, respecto á la difícil posicion inter- nacional que su país conserva. Examina el autor las razones que Alemania, Italia y Austria han tenido para celebrar la triple alianza, que segun aquellas naciones, tiene por objeto conservar la paz europea, y despues de un concienzudo análisis 96 REVISTA IBÉRICA. de hechos y de opiniones vertidas por los estadistas y los periódicos de aquellos países, saca en conclusion que el objeto principal de esa alianza ha sido aislar á Fran- cia, impidiéndole toda relacion amistosa con los demás pueblos, como dejaba entrever con su habitual rudeza el órgano del canciller aleman. Este, dice, respeta todos nuestros derechos ménos el de procurarnos amigos. Estudiando las causas de semejante conducta por parte de Austria é Italia, hállalas el articulista primero en la política de Bismarck, el cual, por tortuosos pero seguros caminos, tiende de un lado á aislar á Francia, y de otro á que Rusia sea una nacion asiática, y en su lugar sea el Austria la nacion oriental. Despues, y principalmente, encuentra las razones del aislamiento en que su patria se halla en la desdichada política inter- nacional que ha seguido, ofendiendo á Italia al echarle al rostro antiguos servicios y sobre todo agotando sus fuerzas en esas luchas interiores, mediante las cuales se cuentan tantos ministerios como meses. Por eso, añade, se precaven aquellas naciones para el caso de un cambio en las instituciones; porque imaginan que consiste en las actuales nuestra debilidad internacional. El autor, no muy consecuente en sus ideas, cuando ha lamentado la escasez de relaciones amistosas, al ocu- parse do Inglaterra, única que pudiera congregarse con Francia en caso de una conflagracion, llega á declarar, refiriéndose á ella, que es duro sujetarse á un régimen impuesto por los más grandes ambiciosos del mundo. BIBLIOTECA UNIVERSAL Y REVISTA SUIZA. SUMARIO.--I. Quince dias en Italia; por M. Marc-Mon- nier.--II. La hechicera; por M. José Noël.--III. Ho- racio-Benedict de Sausure y su filosofía; por E. Navi- lle.--IV. Los ferro-carriles eléctricos; por M. Gustavo Van Muyden.--V. Los poetas ingleses; por Leon Que- mel.--VI. La Exposicion internacional suiza en Zu- rich; por Ed. Tallichet.--VII. Variedades.--VIII, IX, X y XI. Crónica parisiense, alemana, inglesa y política.--XII Boletin literario y bibliográfico. Es interesantísima y curiosa la materia tratada en el cuarto artículo mencionado en el sumario; pero toda- vía es más notable el trabajo por la forma sencilla, á un tiempo que profunda, con que se expone, que por la materia misma. M. Gustavo Van Muyden hace primero una sucinta y completa narracion de la manera como se ha ido perfeccionando desde 1879 el maravilloso in- vento de M. Siemens. Comenzó éste por una especie de juguete que presentó el mencionado año en la exposi- cion de Berlin; despues en Italia, en Francia y en di- versos puntos de Alemania se ha perfeccionado el apa- rato y se ha extendido su aplicacion, no tanto en verdad como debiera. Tal como hoy se encuentra es un aparato electro- motor, sin el inconveniente de los imanes fijos. Se apli- ca al movimiento de los vagones y la electricidad pro- ducida por rotacion, se trasmite por los rails ó, como en algunos puntos se hace, mediante una especie de cable. El articulista explica admirablemente tanto el me- canismo como la manera de funcionar, sacando del exámen de uno y otra conclusiones prácticas de inmen- sa importancia. Entre ellas se encuentran la de que el sistema Siemens puede sustituir á las máquinas de va- por y á la fuerza animal con ventaja siempre en los tranvías, porque siendo relativamente cortas las dis- tancias no es difícil la produccion y trasmision de la electricidad, evitando al mismo tiempo dos inco nientes de las máquinas de vapor dentro de las pobla- ciones, cuales son las chispas y el humo. Tiene además la electricidad sobre los motores por aire comprimido, únicos que evitan aquel inconveniente, la ventaja de ser ménos costosa. Por lo que atañe á las grandes vías, tambien sostie- ne que en la mayor parte de los casos, sobre todo si próximos á ellas existen motores hidráulicos, es prefe- rible la electricidad al vapor; pues por el pronto oca- siona un ahorro en el trabajo de arrastre al prescindir de las máquinas, carbon, agua y demás pesos que gas- tan un esfuerzo muerto que el sistema Siemens hace innecesario. Muchas más consideraciones hace el autor, que no es posible apuntar aquí, pero dignas de conocerse unas por su importancia práctica y otras por lo curiosas. REVUE BRITANIQUE. SUMARIO.--I. Simon de Montfort; por H. Reynald.-- II. Progreso y miseria; por O. S.--III. Un año de amor, poesía; por Pablo Collin.--IV. La Pródiga, de P. A. de Alarcon; por Arsenio Arüso.--V. El de- magogo, poesía; por M. Mazuyer.--VI. Los grandes servicios marítimos de la Francia; por Mortimer D'Ocague --VII. El presupuesto de la Francia (1869-1884); por A. Edmond-Blanc.--VIII. El sufra- gio universal, poesía; por M. Mazuyer.--IX. Mister Gladstone en el colegio; por A. V.--X. Daisy Miller; por E. James.--XI. Marcha fúnebre, poesía; por Andrés Lemoyne.--XII. Consecuencias financieras y económicas de los convenios de 1859; por O. N.-- XIII. Correspondencias, crónica y boletin bibliográfico. No sólo por su oportunidad, sino por el mérito in- trínseco que revela, merece examinarse detenidamente el segundo artículo, cuyo título es el mismo de un libro famoso, cuyas conclusiones y exagerados aforismos re- bate el autor de este trabajo. M. George, escritor ilumi- nado de los Estados-Unidos, publicó no hace mucho una obra de carácter eminentemente socialista, que ha producido gran resonancia en Inglaterra y especial- mente en Irlanda. Inspirado el economista americano en las soñadas aspiraciones de Clootz-Owen y Moro, pretende, con un optimismo extraordinario, haber ha- llado remedio á la miseria, señalando las causas de ella. El articulista combate con fundadísimas razones los cinco aforismos, base de todas las otras conclusiones de M. George, y que son los siguientes: 1.° Conforme acrece la produccion de la riqueza, disminuye la parte correspondiente á la clase obrera. 2.° Esta crea sus propios salarios segun los recibe, siendo completamente falsa la doctrina corriente de que los salarios salen del capital. 3.° La poblacion no aumenta más deprisa que los medios de subsistencia. 4.° La miseria se produce en realidad á causa de la detentacion individual del suelo. 5.° La miseria seria aniquilada mediante la confis cacion del suelo por el Estado. Tales son los absurdos principios sustentados por M. George, con gran aparato lógico y sobra de imagi- nacion, principios que en el notable artículo mencio- nado se rebaten con argumentos positivos y copia de- interesantes datos. ---------------------------------------- Madrid 1883.--J. Lopez, impresor, Caños, 1 triplicado.