Año I.--Número 5. Madrid 1.º Junio 1883. REVISTA IBÉRICA DE POLITICA,LITERATURA,CIENCIAS Y ARTES. -------------- Director: D. Juan Reina Queda prohibida la reproduccion de los artículos literarios y científicos que se publiquen en esta Revista. SUMARIO. -- 1.º de Junio. DON J. ORTEGA MUNILLA.--Panza-al-trote. DON JOSÉ M. MATHEU--El testamento. DON MELITON MARTIN.--Alegoria sobre el origen del comercio. DON JOSÉ RODRÍGUEZ MOURELO.--La religion de Darwin. DON ANGEL DE LUQUE.--Revista política ex- terior. DON JOAQUIN MORENO.--Miscelánea. REVISTAS EXTRANJERAS: Archives des siences physiques et naturelles. Revue des Deux - Mondes. Revue Philosophique. 1.º de Junio. Portugal en Madrid es la semblanza de los últimos días de Mayo. Dos naciones separadas por límites ima- ginarios en el territorio, por diferencias poco más que ortográficas en el lenguaje, idénticas en raza y en vici- situdes históricas, se han visitado en determinado dia con la misma fruicion é igual regocijo que dos herma- nas ausentes muchos años á larga distancia. Nuestros escritores repasan la literatura lusitana, nuestros polí- ticos recuerdan los gloriosos hechos de la patria de Her- culano, menudean las presentaciones, llueven las tarje- tas y las expresiones de fraternidad Todos los madrile- ños chapurran el portugués y los gallegos residentes en la córte hacen el papel de intérpretes. Los periódicos aplauden unánimes la esplendidez y correccion con que los reyes, los diplomáticos y los pe- riodistas portugueses han sido festejados, salvo cual- quier ligero detalle, más característico de nuestro pue- blo que ofensivo para los extranjeros. La alegría ha sido general; las veladas literarias, los banquetes y exposiciones dignos de aplauso; el olvido de la política y de la crisis completo. Los recursos del Gobierno para entretener á la pren- sa, distraer la opinion y marear al pueblo, han sido esta vez fructuosos. Ave Cæsar. ¿Qué resultado práctico, inmediato, podrá ofrecernos esta especie de abrazo internacional? Las uniones sólidas y duraderas nacen de la comu- nidad de intereses y de fines; las prevenciones heredi- tarias se borran con la práctica de los negocios. Más di- ferencia existia entre Inglaterra y Escocia que entre Portugal y España, y no obstante, aquellos dos pueblos forman una sola nacion, no tanto por el comercio de ideas, como por las ideas de comercio. Las conferencias de un ministro portugués y otro español, para convenir franquicias arancelarias entre ambas naciones, es un paso más trascendental que todas las protestas de ibe- rismo que puedan pronunciarse con una copa de cham- pagne en la mano. Comerciantes, industriales, ingenieros, sociedades científicas, exposiciones peninsulares, hé aquí los ele- mentos de fraternidad mientras callan los Napoleones y los Alejandros de café. En tanto ¿qué pensará la parte de España que no es Madrid? Los hacendados é industriales que leyeran con atencion los extractos de las sesiones en que se discu- tian los presupuestos cuya terminacion es tan perento- ria ¿qué juicio habrán formado al ver que la mayoría de sus representantes olvida la defensa de los intereses co- lectivos, y se acaloran en disputas sobre el reparto de billetes para los espectáculos de convite, cuando no se declaran en huelga para asistir á los festejos? ¿Era buen medio de conquistar la voluntad de nuestros vecinos, hacerles ver que sólo se piensa en jolgorios? A los notables discursos del Sr. Moret que han cons tituido una de las más brillantes campañas del elegante orador demócrata, han seguido los irreprochables ata- ques dirigidos por el Sr. Villaverde contra el sistema de presupuestos que ha de regir en 1883-84. Su demostracion del desequilibrio que existe entre el rápido aumento de los gastos y el más lento de los in- gresos, fué tan elocuente, clara y palpable, que conquis- tó para el orador de la izquierda conservadora la apro- bacion de todos los partidos, excepto el fusionista, escasamente representado, en dia de bullanga, que se removia en los bancos de la derecha. Las acusaciones que á esta demostracion siguieron, por haber debilitado el Gobierno algunos recursos de in- greso, al mismo tiempo que hacia crecer los gastos, completaron el triunfo del Sr. Villaverde y la derrota moral del ministro de Hacienda. Se cuenta del Sr. Sagasta, que en vista del aspecto que va tomando la anémia del gabinete, no tiene más esperanzas, como enfermo desahuciado que el cambio de estacion, y á cada grado que sube el termómetro, ex- clama: --¡Quince dias más de vida! Pero ¿y aquellas protestas de la opinion? ¿Y aquellas amonestaciones que se dirigian al Gobierno intimándo- le á desvanecer toda clase de dudas? En este caso podría el Sr. Sagasta responder lo que cierto marido tolerante á un amigo severo. Decia el amigo: --Ten mucho cuidado; no basta que tú creas buena á tu esposa: recuerda la fase del gran romano: "De la mujer de César no debe dudarse." --¡Pero hombre, si ya nadie duda! 98 REVISTA IBÉRICA. PANZA-AL-TROTE. ---- Habla el muerto. La primera impresion que tuve de la vida fué la de que, habiéndome dejado dormido sobre una butaca del palacio de Nabucodono- sor, un movimiento que hice soñando dió con mi cuerpo en tierra. Mis gritos suspendieron el ensayo; la princesa Marlinda, que era mi madre, vino toda asustada á ver cómo habia, dejado á mi persona tan inopinado batacazo. Acercaron á sus labios, ya que no un pomo de aromas orientales, como su condicion social hubiera exigido, un vaso de prosaica y crista- lina agua, y con el manto del propio Nabuco- donosor me envolvieron, para que continuase más cómoda y blandamente el sueño. Aunque he tenido hasta el último de mis dias excelente memoria, bórranse y se confun- den las primeras de que me doy cuenta, y no sé si fué en brazos de Escolástica ó en los de mi padre donde el nosce te ipsum despertó luminosamente dentro de mi ser. Tengo, sí, certeza, por haberlo oido decir muchas veces despues en edad más crecida, de que era mi condicion infantil por todo extremo aviesa y alborotadora, y que así como no podia haber al alcance de mi mano cacharro seguro, tam- poco dejaba mi voz de obsequiar al vecindario con nocturnas, matutinas y vespertinas sona- tas, en que yo desarrollaba la fuerza de mis pulmones y el instinto de dolor que traemos los hombres á este mundo. Tampoco se de una manera fija á qué lugar de las Españas cupo la honra de engendrarme porque tres ó cuatro distintos se la disputan, con semejan- tes condiciones de probabilidad. Yo creo que fué entre Andújar y el Carpio, por la tempora- da de Carnestolendas, cuando mi madre Mari- quita Rispá, primera dama de la compañía de D. Alonso Ponzano y Ponzano, me dió á luz felicísimamente una noche en que habia in- terpretado las gracias de la protagonista de No hay burlas con el amor. Nadie se ocupó de recoger partida de bautismo ni acta de naci- miento, y áun me cabe á mí la triste duda de saber si fuí ó no bautizado, aunque muchas, muchas veces, mi mismo padre, Alonso Pon- zano y Ponzano, me ha referido y afirmado que sí lo fuí, con los nombres de Alonso, José, Timoteo, y los apellidos de Ponzano y Rispá, habiendo sido mi bautismo solemnidad muy importante á que asistió lo más escogido del ignorado pueblo de mi orto y habiendo mi persona lucido magníficas galas que nos hizo la honra de prestarnos cierto rico hacendado, amante de las glorias teatrales. Otra duda bien triste y bien negra se cierne sobre los primeros dias de mi memoria, y es la de que acaso no intervino en mi nacimiento la bendicion sacerdotal; quiero decir, que sos- pecho (y miren si la sospecha será fundada, cuando me atrevo á confesarla), sospecho que mi padre y mi madre, naturalezas templadas para el arte, llenas de esta fantasía, que es el paraíso de los que nos escuchan desde las lo- calidades del teatro, y el infierno de los que viven con nosotros, anduvieron tan de prisa con sus corazones en el camino del amor, que dejándose llevar de nunca bastantes ensalza- dos sentimientos de naturaleza, no pidieron á la Iglesia el necesario permiso para amarse, y el impulso propio suplió la obra de la cu- ria, por donde sin saber cómo ni de qué ma-, nera, aunque se presume, un dia la insigne Mariquita Rispá, autora ilustre de mis días, advirtió que en aquel cuerpo, que habia repre- sentado por todo el orbe cristiano figuras de emperatrices y de majas, de archiduquesas y manolas, de canonesas y doncellas maleantes, se sentía duplicado con una nueva vida, á cuyo acontecimiento siguió, con los meses de espera que ya tiene fijado para esto el Señor de todas las cosas, mi entrada en el mundo de los mortales. Si he de hablaros con toda franqueza, y quiero que la franqueza presida á mi relato, no me es del todo dolorosa esta confesion; por- que muy delicada cosa es el honor de las da- mas, sagrado siempre el de las madres: pero aquella Mariquita Rispá, impetuosísima y gra- ciosa, cuyo palmito derritió los terrones de sal de Andalucía, encendió en apasionada admi- racion muchos cientos de corazones y arrebató el aplauso por todas partes, me dió escasas muestras de amor, como lo demuestran los hechos siguientes. Nacido que hube de su seno, en ocasion en que la compañía de mi padre atravesaba una de aquellas frecuentes crisis pecuniarias, lamentables por todos con- ceptos, ella, no se decidió á comunicarme el vital aliento de sus pechos, sino que, desde luego, buscó nodriza que me nutriese, y lo fué ésta una pobre mujer, más cerca de la ancia- nidad que de la juventud, esposa de Anacleto Figuerillas, que era en nuestra compañía tras- punto, copiador de papeles y recaudador de abonos, la cual habia dado á luz su décima- séptima hija poco antes de que mi madre me engendrara. Anacleto Figuerillas era un gi- gante con una voz tan débil y aflautada, que si causaba respeto el mirarle, daba infinita risa el oírle. Imagináos un cañon Krupp del cual esperais ver con pavor salir zumbando por los aires tremendo proyectil de gran cali- bre, y que dispara un garbanzo de cerbatana; ó más bien, un Niágara que murmurase como un arroyuelo. A primera vista tenia Figueri- llas aspecto de figura de Miguel Angel: ancha REVISTA IBÉRICA. 99 frente dividida en lóbulos prominentísimos, de que arrancaba cabellera aleonada y muy cres- pa, nariz larga y curva, lábios gruesos y an- chos, de los cuales caia una cascada de barba y bigotes, en los que no dominaba un solo matiz, sino que variaba desde el rubio sucio al negro deslucido; anchos hombros, manos forzudas, piés montuosos. El solo ocupaba una habitacion, y por disposicion de previsora po- licía se le tenia prohibido subir á los tablados que rápidamente se improvisaban en los pue- blos para representaciones, de miedo á que los hundiera. Si aquel gigante no hubiese tenido una laringe infantil de que salían notas gan- gosas y aflautadas, habria sobresalido en la representacion de los antiguos papeles herói- cos, y nadie como él hubiera sabido extreme- cer á cazuela y galerías vistiendo el ropaje de Don Pedro el Cruel, y bramando las soberbias tiradas del Puñal del Godo. Mi padre me de- cia: "Si este Figuerillas tuviese la voz que le corresponde, nuestra compañía estaria com- pleta." El gigante tiple habia casado con una anti- gua cocinera, no enamorado de sus prendas, ya lacias y siempre incultas, sino de ciertos ahorros que se le suponian, y que despues de contados quedaron reducidos á un par de doce- nas de onzas. Escolástica, que este era su nombre, dominaba á Figuerillas y le imponia su autoridad en toda ocasion, de tal manera, que aquella familia estaba compuesta de un hércules, una tiple y una arpía. Escolástica remendaba los guiñapos de mi casa, zurcia las calcetas de mi padre, arre- glaba el vestuario de la compañía, peinaba á mi madre, daba de mamar á su hija, saciaba tambien mis hambres, y aún le quedaba tiempo para tener en constante pié de guerra á su marido. Era una mujer incansable, dura para el tra- bajo, fácil en todas sus operaciones, lista de pies y manos, y de salud tan dura y sana como sus dientes blanquísimos y gruesos. La buena mujer tenia la desgracia de que todas sus hi- jas morían al año de engendradas, cuando em- pezaban á sentir los primeros síntomas de la denticion. Mi hermana de leche tenia el nombre de Clara, y se criaba enteca y mísera, porque su madre, deseosa de cumplir bien conmigo el encargo de lactarme que mis padres le habian confiado, desatendia algun tanto la alimenta- cion de la pobre niña, que se pasaba horas y horas llorando, hasta que cansada se dormia con el estómago vacío y la garganta ronca. Del relato que mis parientes y antecesores me han hecho, resulta que aún no habia yo cum- plido los seis meses, cuando mi excelsa madre, la nunca bien ponderada actriz Mariquita Ris- pá, me dió otra prueba de desamor mucho más grande que la primera. Esto lo escribo acaso para no ser leido, tal vez para que no sea impreso, puede que para que cientos y cientos de ediciones multipli- quen en los caractéres de hierro de la imprenta las palabras que mi lápiz traza al desgaire y sin la menor pretension literaria. Así, pues, todo lo que les falta de artificio retórico, tie nen de verdad y trasparencia. Por si se publi- caran, y dirigiéndome á todos, les hago esta pregunta: ¿Saben vuesas mercedes qué cosa es una compañía de cómicos? Seguramente que los habrán visto desde las lunetas, butacas, gale- rías ó paraísos, aparecer entre las baterias de luces y los bastidores, con el rostro embadur- nado, y el cuerpo envuelto en los oropeles de la farándula; pero no me refiero, yo á este modo de conocerlos, sino al de saber qué penas andan por dentro de sus almas, qué pasiones les conmueven, qué miserias les abaten y qué dolores los atenacean. A esto, á esto es á lo que yo me refiero. Y esas miserias, y esos do- lores, han de ser tanto más grandes cuanto más pobre sea la esfera en que los cómicos viven. El cómico que en el teatro del Príncipe aparece, es el rey; el que aparece en el teatro de Novedades, es el ciudadano; pero los que, como mi pobre padre, la insigne autora de mis días y yo mismo, hemos andado de pueblo en pueblo, sin conseguir jamás meter nuestra frente, adornada con los históricos laureles de Melpómene y Talía, en una sola capital de provincia, ni aun de las de última clase, somos el esclavo, el ilota, el pária, y aun algo peor que todo esto. Pues bien, y sigo mi relato; mi padre tenia á su cargo una cuadrilla de cómi- cos, á cuya profesion se habia dedicado desde los primeros años de su vida. De Galisteo hasta Marbella, y de Figueras hasta Lora del Rio, no habia lugar importante ni pueblo que aspirase á los honores de la capitalidad y que celebrara sus fiestas con alguna pompa, en que una vez, por lo ménos, no hubiera estado mi padre, bien cuando era gracioso en la compañía de Zur- bano, bien cuando luego pasó á mayores, for- mó la suya, y por propia cuenta dirigió y re- presentó, lo mismo obras de risa que los melo- dramas más espeluznantes. Como arcaduces de una noria de vivísimas emociones, tocábale salir siempre lleno de risa ó llanto, para vol- carlo estrepitosa y acaudaladamente delante de un público ávido de impresiones, que se habia venido preparando para ellas durante un año de trabajo ú holganza; y obligado á variar de contínuo el espectáculo, mi padre era en la rnisma semana el Bastardo Mudarra, Otelo, el protagonista de Arriba y Abajo, el verdugo de Verdugo y sepulturero, Manolo el del sainete, y 100 REVISTA IBÉRICA. Edipo el de la tragedia. Aún me parece estar viendo aquella cara larga, flaca, de pellejos colgantes y lácios, en mil arrugas recogidos, de prominentísimos juanetes y huesudos ma- xilares, de nariz ancha y larga, de ojos ver- dosos y apagados y de pobladas cejas, que le daban el aspecto de un Holofernes, cuando era el hombre más manso de la tierra: me parece verle, digo, delante de un pedazo de espejo entre los bastidores estrechísimos de alguna improvisada caja de escenario, con una vela de sebo metida en el cuello de una botella por todo alumbrado, haciéndose la cabeza, como de- cimos nosotros, esto es, poniéndose hecho un diablo de fealdad, con hondas líneas negras pintadas con un corcho quemado en la frente y golpes de harina en el pelo, para imitar ca- nicie. Y me parece verle tambien ajustándose una cota de malla herrumbrosa y negra, ó ple- gándose la túnica trágica, ó embutiéndose en las casacas de los lechuguinos de D. Ramon de la Cruz, ó embetunándose la cara para hacer un papel de negro. ¡Descansa, descansa para siempre, insigne y desconocido patricio, tú que alegraste ó con- moviste con tus lágrimas ó tus carcajadas los rincones más oscuros de la nacion; tú que re- presentaste tanto padre noble, tanto criado grotesco, tanto lacayo incivil, tanto gentil- hombre aventurero, tanto feroz monarca, tanto excelso patriarca, tanto venerable dómine, y hasta el mismísimo Padre Eterno en las fun- ciones de Semana Santa! Vuelvo á recoger el hilo de mi discurso, di- ciendo que cuando yo contaba nueve meses de edad llegamos á San Martin de Valdeiglesias, populoso y agrícola lugar de Castilla la Nue- va, que está á pocas leguas de Madrid, por el camino de Móstoles. Son aquellas fiestas so- lemnes y lujosas; labradores y ganadores echan la casa por la ventana: hay toros pro- cesiones, teatrales alardes y otros festejos pú- blicos que hacen acudir de las cuatro partes del mundo, ó por lo ménos, de los cuatro pue- blos inmediatos, numeroso golpe de gente. Por 57 duros y viaje pagado, iba la compañía de Alonso Ponzano y Ponzano á representar allí, durante cuatro noches consecutivas, un drama moderno, una comedia, una zarzuela y una obra del repertorio clásico. Entre los individuos de la compañía se ha- llaba Elíseo Bogabante, nombre y apellido de tan distinta significacion y de tan contrarios orígenes, que parecía imposible hubieran po- dido reunirse sobre una sola persona. Creo que su verdadero nombre era Pedro García, y que habiendo sido escribiente de un juzgado en Málaga, pasante de un maestro de escuela en Cádiz, fámulo de Seminario tridentino y sol- dado de artillería, fué desertando sucesiva- mente de todos estos oficios, sin haber probado en ellos ser tan largo de laboriosidad como de manos. Pero todas las deserciones pudieron quedar impunes, que al fin y al cabo sólo sig- nificaban en quien las hacia faltas de perseve- rancia y carácter, ménos la que llevó á cabo Pedro García de las milicias reales, porque se puso en movimiento la Guardia civil, y en tres ó cuatro ocasiones poco faltó para que le atra- pase. Todas aquellas andanzas eran hijas de un espíritu aventurero, que no se elevaba á grandezas por falta de virtud y de mérito. De manera que, sin ser capaz de acometer esas altas empresas propias de los ánimos muda- bles, pero enérgicos, era un sér cansado de la vida sin haberla probado, y que se hartaba de todas las posturas. Por fin, metióse á cómico, pagado de cierta facilidad para tomar en me- moria largas tiradas de versos, y de algun desenfado para aparecer ante el público, cosa que muchos confunden, no sólo Pedro García, con la verdadera vocacion del histrionismo. En un teatro de Cádiz fué comparsa, y cuando allí se puso en escena el drama La jó- ven América, arrebató al gallinero en aquel bre- ve pero vistoso papel del negro que echa ricos presentes ante el solio, diciendo: ".....Señora, soy esclavo Del génio de Colon y de tu gloria." Ya entonces habia pensado que, sobre ser peligroso usar el nombre de pila, que estaba inscrito en las requisitorias de la Guardia civil por la desercion, era poco sonoro y peor tim- brado, y que si podia pasar en la lista de com- parsas, nunca hubiera hecho buen efecto en los carteles, impreso con gordas letras de molde, y así eligió nueva manera de nombrar- se; y más feliz que D. Quijote no necesitó ocho dias de magullarse la imaginacion y la memoria trazándose el pseudónimo, sino que, desde luego, se le halló hecho y se llamó Elíseo, con cuyo nombre él expresaba sus grandes esperanzas de gloria y sus altos pen- samientos artísticos, y Bogabante, apellido con que, en verdad, le conocian en Cádiz, aplicándole el nombre de este crustáceo astá- cido, tan abundante en las Mediterráneas ori- llas, de cuyas costumbres truhanescas era hu- mano trasunto. Elíseo Bogabante hecho era de pasta fácil para adquirir la forma del vaso en que está encerrada: y así como en una cua- drilla de ladrones, al mes de ejercicio habrían- le confundido con los más avezados, de igual manera entre los cómicos adquirió esa movili- dad de fisonomía, esa versatilidad de imagina- cion, ese brillante pero frívolo lenguaje, y esa cínica libertad de costumbres que parece ser patrimonio de los que dejan todas sus virtudes para decirlas junto á las candilejas. Cuando mi padre le ajustó en la compañía, REVISTA IBÉRICA. 101 estaba Elíseo tan mal de ropa, que su único chaqué tenia mil compusturas y remiendos, la barba crecida por no poder pagarse el lujo de la limpieza semanal, y todo su sér indican- do la más desesperada miseria. A pesar de todo, envuelto en aquel forro de pobreza, Elí- seo Bogabante hablaba alto, escupía por el colmillo, perdonaba vidas y dispensaba hon- ras, de tal manera, que al dia siguiente de ha- berle mi padre ajustado y anticipádole seis duros á buena cuenta, no parecia sino que toda la compañía estaba fundada en el mérito de Elíseo Bogabante, y que todos los ajustes pendientes para el próximo verano en diez ó doce pueblos de Castilla la Nueva habian sido hechos en atencion á los méritos del insigne histrion. Bogabante cobraba medio duro por cada obra en que tomaba parte, y los viajes y comida libres en caso de ausencia de Madrid. Tenia Elíseo las facciones agraciadas, la na- riz un poquito curva y muy graciosa, los ojos negros y avizores, el pelo abundante, castaño y á media melena. Muy pulcro era en el ves- tir, de tal suerte, y tan gustoso del bien pare- cer indumentario, que los primeros cuartos que cogió los empleó en ropa; usaba perfumes, aunque malos, y se gastaba la mitad de la paga en cosméticos para su cabellera y en jabon para sus manos. Daba gusto verle en las boti- llerías de los pueblos, donde la compañía de mi padre iba, hablar de cosas de arte con un desenfado extraordinario, llamando á Romea Julianito, y á Lopez de Ayala Adelardo; los babiecas de las aldeas le solian tomar en serio, á pesar de la desconfianza característica de estos labradores de los llanos, y se embobaban escuchando la explicacion del brillante y asom- broso mecanismo de la córte, de los detalles anecdóticos de los hombres más ilustres del país, y de los rasgos de ingenio de los litera- tos y bohemios á la moda. Nunca consintió mi padre, por crédito de la compañía, que Elíseo Bogabante representase papeles de dificultad, porque absolutamente tenia condicion ninguna para ellos; salia siempre de racionista, y sólo en algun sainete ó piececilla en un acto se le consentia representar mayores partes. Era su diccion ceceosa, por lo cual, en los parlamen- tos heroicos, resultaba ridículo: y no lo digo por venganza y movido del gran odio que ten- go á este malvado Elíseo, sino porque la ver- dad así lo exige; así corno cediendo á ella no podré negar que poseía extraordinario gracejo para las conversaciones, que era agudo y dies- tro para poner motes y decir chirigotas, y que poseía cierto don de amor con que se conquistó reputacion de hombre galante y afortunado con las damas. D. Alonso Ponzano y Ponzano, egregio au- tor de mis dias, era un carácter que ya ha des- aparecido. De suerte, que él puede decirse que ha sido el último de su raza. Era D. Alonso un cómico serio, hombre que con vivir en medio de la farándula, las ficciones y los trapantojos, tenia todaa la severidad de un padre de la Igle- sia; y aunque poco celoso en el cumplimiento de los deberes morales, dejándose llevar siem- pre de su instinto, si en las tablas os dester- nillaba de risa, serio y grave en su vida priva- da, discurria con la solemne ampulosa majestad de un Epaminondas gongorino. A todo esto, yo me andaba atravesando los primeros pasos del destete, y quisiera que mi memoria me recordase las amargas emociones de este trance, porque escribiéndolas habria yo conseguido hablar de cosas hasta ahora inéditas, y de una edad del alma nunca cantada por poetas y novelistas. Sobre estos dias de mi existencia parece que se extiende un velo nivoso, que el cielo se cu- bre de nubes algodonosas, que me circundan molestas pesadillas. No sé cómo dar cuenta de ideas que debieron palpitar en mi cerebro, fortalecido por nueve meses de experiencia; sólo sé que al mismo tiempo llenaba de luto aquel feroz desengaño primero de mi vida el corazon, el estómago. Dentro de éste sentia yo el vacío honrado del hambre, y en mi pecho el vacío que al marcharse para siempre dejaba la ilusion, hasta entonces indiscutible para mí, de que los senos de Escolática y mis labios es- taban unidos por símbolo inquebrantable. Pero no: entre unos y otros pusieron manos impías un amasijo de goma y acibar, y la antes dul- císima y próvida vena de leche que deglutia mi garguero agotóse, y en vez de aquellos sa- ludables borbotones, mi saliva disolvía una sal amarga. Todo estaba ya de más para mí en la tierra. Con mis puños cerrados me golpeé los ojos, abundantes caños de la desesperacion, y con mis patitas de color de rosa zancajeé en el universo amarillo de mis mantillas, expresando de esta suerte que por todas las eternidades queria renunciar á la existencia. ¡Oh, inicuo destete! Yo habia creido que los placeres y las vanidades todas de la vida estaban reducidas á gustar "los lácteos candores" de Escolásti- ca. La sociedad me mandaba dar un nuevo paso, y me ofrecia una cuchara llena de pa- pilla dulzona é indigesta, como símbolo del resto de mis días, y de los problemas todos de la tierra. J. Ortega Munilla. ---------- EL TESTAMENTO. -- Todavía sobre el pedazo de cielo que ilumina el poniente como un espejo de plata, dibújase negra la silueta del labriego al descender de 102 REVISTA IBÉRICA. la empinada senda ó al atravesar el carrascal; delante de sus pasos y con el hocico alzado, camina sin cansancio el perro fiel, olfateando á izquierda y á derecha el viento de la tarde, que trae entre débiles soplos los rumores de la aldea. Al mismo tiempo que el crepúsculo, apa- rece en el horizonte la estrella fúlgida, como un brillante de fuego microscópico, cuando es un mundo que avanza como la tierra en colosa- les órbitas. La noche está ya próxima. Detrás del labriego asoma un grupo de viajeros en fuer- tes y pacíficas cabalgaduras, que atravesó no há muchas horas las crestas del Pirineo. Com- pónese este grupo de dos hombres y tres mu- jeres; la última parece por su traje campesina, y lleva un niño de pechos en sus brazos. A su lado van dos bravos mozos, montañeses, de calzon corto, rústica alpargata, con la faja ce- ñida á la cintura, sombreros de grandes alas y una recia vara en la mano, que les sirve de apoyo, ó más bien para aligerar la perezosa marcha de los mulos. En otras circunstancias hubiera parecido caprichoso este viaje por la montaña aragonesa, la parte más fragosa y quebrada del Pirineo; pero en aquel tiempo eran muchísimas las familias que se arriesga- ban, por ser casi una necesidad, cuando la guerra civil, cuyo principal foco se mantenia en las Provincias Vascas, impedia ó por lo ménos hacia muy difícil el paso del Bidasoa. Aún duraba el crepúsculo cuando el grupo de los viajeros entró en el pueblo. El aspecto de la posada donde se detuvieron no era ver- daderamente halagüeño; pero el de más edad, débil todavía, no podia seguir adelante sin reponer sus fuerzas. Hicieron, pues, alto las cabalgaduras, y empezaron á desmontar, pri- mero los hombres y luego las señoras. El equi- paje entró sin obstáculo en la posada. Unos cuantos chicuelos, sucios y desarrapados, for- maron fila en la puerta, cerrando el paso y espiando hasta los menores detalles. A este punto asomó la posadera, que habia bajado á recibir los huéspedes con la zalamería de una gata acariciada, y apenas vió á los curio- sos, empuñó una de las más recias varas y di- rigiéndose hácia la puerta con no santa inten- cion, los puso en precipitada fuga. Luego se colocó al frente del grupo y acompañó á los viajeros al mejor departamento de la casa, que era una gran sala, fea, baja de techo, con las paredes blancas y desnudas y balcon á la calle. Tenia además una alcoba discretamente vela- da por una especie de cubrecama de descolori- dos ramos violáceos, que servia de cortina, pendiente de una simple varilla de hierro. Una de las recien llegadas se dirigió en voz baja á la posadera y le dijo: --Ya arreglará Vd. esa cama lo antes posi- ble para acostar al enfermo. Y luego avisa Vd. al doctor. --¿Al doctor?... preguntó la mujer como si no comprendiera bien. --¿No hay médico en este pueblo? --¡Ah! Sí, señora, sí. Tenemos un buen físi- co. Mi Francisco irá en un vuelo cuando Vd. mande... Conque ¿tan enfermo está ese señor? No, yo bien decia para mis adentros cuando le ví la cara.. Y apuesto algo bueno á que debe ser su marido, porque... --Suplico á Vd. que no tarde mucho, afirmó la viajera, interrumpiendo la charla descosida de la montañesa, que no se fué de allí sin haber saciado sus ojos en la contemplacion del aspecto, maneras y vestimenta de la que le hablaba. Vaya, que es bien reguapa esta se- ñora, penso para sí. Y en efecto; era una señora gruesa, rubia, en el apogeo de la madurez, de regular esta- tura, con el andar de una niña y la distincion de una gran dama. Habia en sus ojos pardos y pequeños una extraña fijeza, lo que unido á la blancura intensa de su cutis y á la correccion, algo desfigurada por la gordura, de su rostro, formaba una de esas fisonomías que no se bor- ran con facilidad de la memoria. Y lo que in- fluye en esto no es un rasgo saliente, la cur- vatura de la nariz ó la redondez admirable de la barba, sino más bien el conjunto; un con- junto simbólico y expresivo que nos suscita esta idea: esa mujer debe ser lista. Despues de hablar con la dueña de la po- sada, se acercó al caballero de enfermizo sem- blante, á quien rodeaban con diligente celo los demás viajeros. --¿Qué tal te encuentras? preguntóle con singular dulzura, inclinando la cabeza para recoger la mirada casi caída, del interpelado. Ahora tomarás algo y podrás descansar á tu gusto. Decididamente ha sido un disparate venir por esos infames vericuetos... pero en fin, tú te empeñaste y aquí estamos todos. Volvióse luego hacia la viajera más jóven, que habia quedado sentada y soñolienta con el abanico en la mano, y le dijo: --¿Cómo está ese ánimo, Matildita? Aún no se le quitó el susto á mi hermana. Y la verdad es, que habia para asustarse con lo que hemos visto. Tú te hubieras quedado en Pau de mejor gana ¿no es eso? Mire Vd., Andrea, añadió des- pues de abrir una bolsa de viaje y sacar un envoltorio de papel; estos fiambres no sirven para nada. Baje Vd. A la cocina y disponga usted nuestra cena... una cosa ligera... ya sabe Vd., á mi me atosiga la grasa. Mientras la llamada Andrea iba á cumplir su encargo, entró una de las Maritornes con ropa blanca, bastante limpia, y avió la cama. Salieron del cuarto las señoras, y el más si- REVISTA IBÉRICA. 103 lencioso de los acompañantes, que parecia criado de confianza, desnudó al caballero de enfermizo semblante y lo acostó en el lecho. Por fortuna, el físico habia ya vuelto del ve- cino pueblo, llamado para una consulta, y sin sacudirse el polvo del camino se presentó al poco rato, vistiendo levita negra, polainas de cuero, un sombreráculo inmenso, igualmente negro, tan idoneo para el sol como para la llu- via y gafas azules que preservaban sus ojos, un tanto húmedos, del polvo y de la intensa luz. Parecía un buen hombre, á pesar de su hocico de zorro y de sus diez años de viudez, más cuidadoso de su salud que del honor de la ciencia. Saludó con la gravedad que el caso requería y se aproximó á la cama. Pulsó dos veces al enfermo, observóle la lengua y miró con profunda atencion el color ictérico de su rostro. Era á su parecer una enfermedad honda y traidora, cuyo diagnóstico no se for- mulaba en vista de las primeras observacio- nes; pero comprendió la gravedad del mal, y así lo hizo presente á la señora que le asistía. Al salir de la posada tropezó con Andrea, que le agarró del brazo y le llevó al rincon de la puerta. --Dispense Vd., caballero, le dijo con visible ansiedad; soy el ama de la niña, hace más de nueve años que conozco al señorito, he co- mido su pan y no quiero ser desagradecida. ¿Podría Vd. decirme cómo se encuentra el en- fermo? Reflexionó el médico un momento, y no comprendiendo la intencion del ama, contestó: --A mi juicio, está grave... Yo no me atrevo á pronosticar el resultado, pero... --¿Pero qué?... ¡Dios mío!... Cuando Vds. hablan así, es que no tiene remedio... Como calló nuestro hombre, continuó el ama más afligida: --Mire Vd., señor, no sé, por qué me parece usted una buena persona y voy á ser franca con Vd. Con Vd. que puede hacer muchísimo favor á una criatura... Porque, sépalo Vd., querido señor, se trata de cometer una in- famia. Oyendo esto el Galeno, se separó algun tanto del ama, quitóse las gafas para limpiarlas, y en el intermedio la miró recelosamente. Vió una mujer pequeña y maciza, con los brazos cortos como las aletas de la trucha y los pechos altos, lo que le prestaba cierto continente entre mar- cial y cómico. Su cara redonda y mofletuda expresaba en aquel momento tal sinceridad, que apaciguados los recelos del doctor, entróle en su lugar la comezon de las gentes de cor- tijo, ayunas de grandes y extraordinarios su- cesos. A su vez el ama echó en derredor una mirada y continuó diciendo: --Ahora no hay nadie que nos escuche. Pues bien, en pocas palabras le pondré á Vd. al corriente de todo. Creo que puede Vd. hacer mucho en favor de la niña, y por eso se lo ex- plico. Pero confio en que Vd. no me descubrirá. --¿Y quién es esa niña? --Mi señorito es de esos hombres que... en fin, tuvo una niña fuera de matrimonio; ya Vd. me comprende. La madre, pues, no existe... ¡Pobre señora! ¡Otra cosa seria si existiera!... Bueno; vaya, que despues como mi señorito es así... entró en relaciones con esa tan guapa que ha visto Vd. sentada á la cabecera. --¡Hola! Conque esa... Y su señorito de Vd. es el otro caballero enfermo... Pues parece de mucha más edad. --Cuarenta y siete años y diez meses, re- plicó el ama incontinenti. Ha perdido lo que no es decible de poco tiempo á esta parte. Y no crea Vd., es persona acaudalada y rica, pero muy descuidada para lo suyo... ya Vd. me comprende. --Ya, ya, repitió el médico, quitándose de nuevo las gafas y mirando hácia las oscurida- des del fondo, donde se veia ir y venir una lu- cecita. Esta lucecita no era otro objeto que el candil del cebadero, ó mozo de cuadra, que andaba á aquella hora en sus periódicas faenas. --Como ahora se queja tanto, prosiguió el ama, y tiene tan mala cara, me temo, querido señor, una desgracia. ¡Y en qué sitio, Dios mio! Y en manos de esa... señora, que guarda bajo llave sus papeles... Por último, señor, yo desearía que le hablase Vd. de esto mismo, del peligro en que se encuentra. Y si consiguiese usted que hiciese testamento... ¿No está en la obligacion de mirar por su familia, la verda- dera familia, de mirar por su pobrecita niña? Vamos á ver, ¿no es siempre padre, pese á quien pese? Yo no puedo olvidar que le dí el pecho y la crié como si fuera hija mia, que no ha cum- plido aún diez años y que esa criatura se queda abandonada, tan pobre y tan desnuda como la parió su madre. --Verdaderamente es grave eso que Vd. me cuenta, afirmó el médico despues de colocarse las gafas y reflexionar breve espacio. Yo no sé cómo recibirá ese caballero mis consejos, y esto sin contar con el resultado de la enfermedad, que ha de influir en sus resoluciones. Lo que podemos hacer es esperar á mañana. El señor cura es amigo mio, persona bonísima y apta para estos casos de conciencia. Puede que se le llame, y entonces... ¿me comprende Vd? Durante esta escena preparatoria, no se se- paró la señora rubia de la cabecera del enfer- mo. A media noche cayó éste en una gran pos- tracion, precedida de calofrios erráticos y ardientísima sed. Así pasó la mayor parte, agitado por continuos ensueños, y sólo consi- guió descansar breves momentos al clarear el 104 REVISTA IBÉRICA. dia. Cuando despertó, ya más tranquilo, y vol- vió la cabeza, sorprendió á la enfermera con lágrimas en los ojos. --Estoy mucho mejor, Felisa mia, murmuró á media voz; ¿por qué te aflijes así? Miráronse ambos con profunda lástima en apariencia, y no se atrevieron á expresar sus pensamientos. Media hora despues se presentó el médico, demostrando con esta exactitud el interés que habia tomado por su nuevo cliente. Observóle con atencion, estudió los síntomas más alarmantes y se retiró con la promesa de volver á medio dia. Felisa le detuvo en el pasillo. --Puede Vd. hablarme con franqueza, doc- tor. Estoy dispuesta á todo. ¡Qué noche hemos pasado, Dios mio, qué noche más horrible! --Pues bien, señora, hay un ligero alivio; pero continúa la gravedad. --Me encuentro en una situacion difícil y embarazosa... ¿Cómo le hariamos comprender el peligro á que está expuesto? Es un terreno resbaladizo que Vds. únicamente pueden abor- dar con mayor probabilidad de éxito que nos- otros. Nunca agradeceria á Vd. bastante esta deferencia para conmigo... Porque en la cues- tion de intereses existe un completo abandono. La necesidad de testar está casi indicada y áun justificada por su opinion de Vd. ¿No lo cree Vd. así, doctor? ¡Qué coincidencia! Nuestro doctor la miró con verdadero asombro. --Yo creo que sí, respondió sin saber lo que respondía. Luego calculó mejor, y añadió. --Si quiere Vd. que le haga esta tarde al- guna indicacion... Quedaron, por lo tanto, convenidos en que volveria al oscurecer y se hablaria al enfermo del asunto. Cuando supo el ama la determina- cion, parecióle sin duda muy extraña, porque dijo: --Yo que creí que ella habia tomado ya sus medidas... ¡Cosa más rara! Bueno, pues... trate usted de cogerlo á solas y hablarle al alma, al alma, sin perder el tiempo en rodeos. Daban las siete de la tarde á tiempo que el médico con tardo y perezoso paso subia las es- caleras de la posada. Ya en presencia de la se- ñora, sacó un pañuelo encarnado de cuadros de color café, que por su admirable tamaño semejaba un banderín, limpióse el sudor repe- tidas veces, y anticipó esta ligera indirecta por via de consejo: --Son estas precauciones higiénicas que debemos tomar para evitar un percance. Pero usted hace muy mal en permanecer en la al- coba tanto rato. En este período álgido de la enfermedad, las emanaciones de la fiebre son temibles. Puede haber hasta contagio. Por un resto de pudor inexplicable ó por te- mor al contagio, Felisa lo dejó solo con el en- fermo. Sentóse el doctor á la cabecera y em- pezóle á hablar de las contingencias de la vida, de la necesidad de mirar por la familia, por los intereses creados, por el porvenir de los hijos, y que respecto á éstos habia reparaciones jus- tas y necesarias que eran el regocijo de nues- tra conciencia. --Yo he visto, repetía el doctor, yo he visto la intranquilidad de su señora... --¡Ah! ¿Es ella la que le indica á Vd. que me hable en este sentido? preguntó el enfermo levantando la cabeza por un movimiento de dolorosa sorpresa. --Yo encuentro natural esta precision. ¿No hay acaso individuos que en plena y cabal sa- lud disponen de sus intereses? Estas cosas hechas, amigo mio, nunca están de más, y así queda tiempo para modificar nuestra última voluntad y obrar acertadamente.. --Basta, interrumpió el enfermo con seque- dad. Las indirectas sobran; pero juro á Dios vivo que no seré tan imbécil como hasta aquí. Y sacando de entre las sábanas una mano escuálida y sudorosa, señaló con ella el bajo vientre por encima del cobertor. --A ratos, siento en esta parte unos dolores intensos que me crucifican y anonadan. ¿Qué será esto, doctor? ¿Suelen durar mucho? Ahora estoy bien: tanto, que me dejan pensar en eso. ¿Conque ella misma propuso... ¡Oh, la mujer! Sí, señor, sí; no soy tan ciego que no lo co- nozco. ¡Qué necio es el hombre que se deja guiar como un asno por este muñeco de trapo! No era el doctor hombre de pasiones, sino un respetable viudo que adoraba sus pequeños vicios, y no comprendió la significacion y al- cance de esta salida, que parecia una broma. Aplazaron, pues, el asunto para el dia siguiente en que se avisaria al notario, testigos, etc. Apenas se fué el médico, apareció Felisa, que debió oir la conversacion tras la puerta de escape, porque se abalanzó á la cama y abrazó al enfermo, haciendo sobrehumanos esfuerzos para romper á llorar. Nunca faltan lágrimas á tales ojos; lágrimas de comediante, que ba- jan de la cabeza, y ni lavan ni purifican. --Tú misma le has aconsejado que me mor- tificase, tú misma, repetía el enfermo, á la vez que con ambas manos separaba de sí la cabeza perfumada de Felisa que se inclinaba para be- sarle. Tenias recelos de que me olvidase de tí, porque piensas hacerlo tú de mí, ¿no es eso? ¡Oh! Sí; esperaba yo de esta mujer más consi- deraciones, más cariño, más sentimiento y ménos interés. --No, por Dios, Luciano; no es eso... Mi idea era muy distinta. Deseaba dejar á salvo mi de- coro... Comprendia instintivamente, sin refle- REVISTA IBÉRICA. 105 xionar ni darme cuenta de ello, que sólo una estimacion profunda y verdadera podia legiti- mar lo que hubiese recibido de tí. No lo du- des, Luciano. --Y otra gran necedad: ¿por qué le hablaste de mi hija? ¿No me has prometido velar por su porvenir como si fuera tuya? ¿A qué conduce entonces eso de las satisfacciones de la con- ciencia?... --No hablé de semejante cosa; me atreveria á jurarlo... Luego Felisa añadió de repente: --¡Ah! Ya se quién se lo ha dicho... Siem- pre que subo ó bajo me encuentro con Andrea en la escalera Ya veo que sirve para procura- dor de pobres, y esa es la que se entiende con el médico. No puede ser otra. Despues de reconciliarse con su amiga, re- aparecieron los dolores y el mísero no pudo conciliar el sueño hasta las altas horas de la madrugada. Como las cosas marchaban de mal en peor, y el médico habia tomado algun in- terés, siquiera por la novedad del caso, deci- dió hablar con el señor cura, y éste, junta- mente con el escribano, pusiéronse de acuerdo aquella misma mañana para llevar el asunto á sus términos regulares. Así es que apenas se recibió aviso del testador por haber entrado en una mejoría relativa, se adelantó nuestro Galeno, aconsejado por los dos notables, con ob- jeto de prepararlo. No era hombre de los que improvisan sus argumentos; pero como en esta ocasion los llevaba pensados, estuvo más hábil y más diplomático que en su anterior confe- rencia. Oíalo el enfermo con atencion suma, y casi creemos que en sus últimas palabras se excedió á sí mismo. --No extrañe Vd., amigo, acabó, puesto ya de pié, que me haya extralimitado de mis fa- cultades hasta penetrar en el terreno privado, íntimo, secreto, digámoslo así, de la concien- cia. No me guía otro interés que el de la sim- patía... Concédame Vd., cuando ménos, un poco de experiencia; pues bien, la experiencia sirve para estos casos, ó no sirve para nada. Y créame Vd. á mí que soy ya viejo: una buena obra es un tónico más excelente que la mejor preparacion de quinina En cada natu- raleza hay un nuevo misterio, es decir, afini- dades desconocidas; por eso caminamos á cie- gas. ¡Quién sabe en ocasiones á qué se debe la salud! ¿Es á la amargura de la genciana ó á la reaccion moral que produce un resenti- miento disipado?... Son, pues, provechosos todos los paliativos si nuestro fin es bueno. Cuando le recuerdo á Vd. que tiene una hija, y que ha de velar par ella no dejándola en mer- cenarias manos, no dudará Vd. de la sinceridad de mis intenciones... Al concluir su peroracion, sacó nuestro doc- tor el histórico pañuelo de cuadros y se enjugó el sudor, que con extraordinaria abundancia brotaba por todos los poros de su cabeza. --Sí, bueno, murmuró el enfermo de malí- sima gana y tomando otra postura; ya le he dicho á Vd. antes que me fatigan estas repe- ticiones... Vamos, déjeme Vd. en paz, y que entren esos señores.. El acto del otorgamiento vino á durar dos horas largas. A su vez el señor escribano se permitió hacer algunas observaciones juridico- morales que motivaron un impetuoso arranque del enfermo: --¡Por Cristo crucificado! Parece que traen ustedes aprendido el mismo sermon... --Dispense Vd., caballero, nosotros... --Es mucha manía la de esta gente... Nada, nada; de un modo ó de otro he de recompen- sar á las personas que me rodean y que sacri- ficaron su reputacion y su libertad por mi. Su falta de estimacion es lo único que haría variar mi regla de conducta. Inclinó el oficioso curial sobre el papel su cabezota, rapada como la de un clérigo, y con- tinuó escribiendo aquel prefacio solemne y litúrgico, detras del cual viene la voluntad del testador, respetable, inconcusa, grave y repartida en capítulos como los mandamientos de la divina ley: Primero, declaro que, etcé- tera, etc. Fuera de algunos legados y mandas insignificantes, disponía de la herencia en favor de doña Felisa Vicente y Pueyo, viuda, de mayor edad, etc., etc. Firmaron los testi- gos y acabó el acto. Ligero murmullo de vo- ces vagó por la estancia del enfermo, y todo quedó en silencio. Las personas de su intimi- dad entraron despues con cierto temor reli- gioso y mirando tímidamente al principal ac- tor. Felisa, su hermana Matilde, el enfermero mudo, la misma Andrea parecian preocupados por algun grave negocio. ¿Es que acababa de cometerse una iniquidad, como decia ésta última? Aquella misma noche avistóse el escribano con sus amigos, el señor cura y el interesante doctor, que al conocer el espíritu y letra del testamento, pasó malísimo rato, porque era de los que encariñados con una buena idea, se indignaban en cierta medida contra aquellos que no la habian aceptado. Por su propia boca lo supo tambien la Andrea; pero el ama era otro temperamento, y al saberlo lloró y se en- fureció, jurando por su nombre que las cosas no habían de quedar así, y que si era preciso, quemaria los papeluchos. Entre tanto el enfer- mo continuaba sufriendo y revolviéndose en el angosto lecho, cuando los dolores, como rabiosos perros, parecian lanzarse á su vientre y hacer presa en sus carnes; así lo veía al mé- nos en fatigosos ensueños. 106 REVISTA IBÉRICA. A la mañana siguiente llamó Felisa á una de las criadas y le entregó una carta para el correo. Como el ama estaba casi siempre entre la escalera y la cocina, subiendo ó bajando, conoció la letra del sobre, al pasar la otra con la carta, y echó tras ella. Alcanzóla en la calle y le dijo: --Chiqueta, dame acá esa carta, porque yo tengo aquí otra y llevaré las dos. Titubeaba la muchacha en entregársela; pero el ama añadió enseguida: --Pareces tonta, mujer; vete donde quieras y no digas á la señora que me has visto. Al mismo tiempo que doblaba la esquina, vió al final de la calle el sombreráculo del mé- dico entre un grupo de montañeses. --Viene Vd., señor, que ni llovido del cielo. Esta carta es de la señora, y no sé por qué me da el corazon que nos ha de servir de mucho. --Vamos al portal de enfrente, repuso el in- terpelado. Entraron dentro, y rasgaron el sobre. Des- pues de quitarse las gafas leyó lo siguiente: "Querido Ricardo: cuando recibas esta mia, nuestro pobre Luciano estará Dios sabe dónde. A juicio del doctor que le asiste, la enferme- dad no tiene remedio... ahora lo principal está ya en salvo. Pero ¡cuánto nos ha costado po- nerle en el camino razonable! Matilde, el doc- tor, Eusebio, yo misma, hemos estado macha- cando cuatro ó cinco días sobre el mismo tema Ya conoces su carácter reservado y quisquilloso... y si he de decirte la verdad, me temí un verdadero fracaso. Bástete saber, que hasta el ama intervino con sus acostum- bradas sonajas, y tuve que dulcificar su ruido con la música de una formal promesa. Por ra- zones que comprenderás, reservo los detalles para el dia, tal vez muy próximo, en que ten- ga la dicha de abrazarte tu cariñosa prima, Felisa." --¿Eh? Señor, bien dije yo, que la carta ha- bia de abrir los ojos al más cegambo. --Pasma semejante frescura, contestó el doctor. Aquí habla de su marido ó lo que sea, como del moro Muza... Acordes ambos en lo que habia de hacerse con la carta, despidióse nuestro Galeno de An- drea, y se dirigió á casa del escribano. Acon- sejóle éste la presentacion del documento de- tenido, repitiendo lo mismo que le encargó días atrás. --Todos los medios son buenos cuando el fin es santo. Abrale Vd. bien los ojos con las re- velaciones de Andrea, y si se decide, aún hay tiempo; el reconocimiento de su hija, legitima y forzosa heredera, echa abajo todos los lega- dos y mandas del testamento por la querella de inoficioso. El caso es bastante grave para no tenerlo en cuenta; corra Vd. allá y avíse- me con la misma Andrea. La excusa de la visita era suficiente motivo- para presentarse de nuevo en la posada, aun- que no hacia cuatro horas y media que acaba- ba de salir de allí. Pero en este corto plazo, ¡qué cambio tan grande y tan inesperado! Cuando se acercó al lecho del enfermo y vió aquel enflaquecimiento de su rostro, aquellos hundidos y lacrimosos ojos, aquel sudor tibio y viscoso que humedecia su amarilla piel, no dudó ni un solo momento en que la batalla se perdía. Era acaso una diátesis purulenta, oca- sionada por anteriores fatigas ó por excesivos trabajos. Hízole tomar una pequeña dosis de, opio y esperó, sentado á su cabecera, que cal- mara la agitacion en que le habia sorprendido. --¿Cómo me encuentra Vd., doctor? le pre- guntó D. Luciano al poco rato. Trataba el doctor de darle una prueba de su estado relativamente bueno, enseñándole un extraño documento, un documento que le abriera los ojos respecto á su situacion actual y á lo que debia esperar de las personas ínti- mas que le rodeaban. El enfermo leyó la carta. ¡Qué horrible des- encanto! Al través de sus líneas parecia aso- mar su hipócrita rostro el interés sórdido y miserable... Mirando bien, su sonrisa se con- vertia en una mueca... y á veces dejaba ver su mano fria y temible, aquella mano que habia estrangulado moralmente á tantos mo- ribundos. Quiso rasgar el papel, pero se lo im- pidió el doctor. --Sí, amigo mio, sí, ahora veo claro... y me arrepiento de no haber reflexionado sobre todos los antecedentes de esa infame mujer... Pero el golpe se ha de dar en secreto: cite usted á sus amigos para esta noche y firmare- mos el reconocimiento de mi hija... En esta ocasion salió el doctor de su paso y corrió, es decir, bajó apresuradamente las es- caleras, donde encontró á la infatigable An- drea. Mientras tanto, Felisa que habia velado hasta las primeras horas de la mañana, dormia profundamente en el cuarto de Matilde. Así pasaron dos horas. Sin embargo, despertó á las siete y se vistió á toda prisa al oir voces, sollozos, pasos precipitados y ruido extraordi- nario en la escalera. Al momento comprendió la causa, y mucho más viendo en la alcoba del enfermo al escribano, al médico, á Matil- de y á la misma Andrea, que se enjugaba los ojos en un rincon de la sala. Entraba al propio tiempo la posadera con un frasco de cristal en la mano: era la última medicina. Todas las mi- radas estaban fijas en el rostro descompuesto del enfermo: deliraba sin agitacion, aunque harto se traslucía el desórden interno y dolo- roso de sus funciones. Aquella cabeza extraña REVISTA IBÉRICA. 107 con sus mechones grises, con sus extraviados ojos, con su tinte amarillo como una careta de cera, tan flaca y tan espantosa, no parecia la suya. Observábalo el escribano, apoyado en una cómoda, ya en los últimos términos del cuadro, mudo y pesaroso por haber andado re- miso en el cumplimiento de sus deberes, y al acercarse el médico, le dijo al oído:¿Podernos esperar algo? --Hemos llegado tarde, amigo mio; esto marcha á escape. Volvieron ambos el rostro hácia la alcoba y vieron una cosa extraordinaria. En medio del recogimiento que se guarda- ba, acercóse Felisa á la cama y posó una de sus manos sobre la frente del enfermo. Este, que parecia hablar consigo mismo, murmu- rando palabras ininteligibles, la miró en silen- cio, hizo un esfuerzo para moverse y exclamó en voz baja: --Tú... tú... Luego, como si mascullara la saliva, abrió los labios y la escupió brutalmente al rostro. En el momento quedóse Felisa pálida y fria ante semejante ultraje; pero á seguida, cu- briéndose los ojos con un pañuelo, salió de la alcoba sollozando y repitiendo estas palabras: --Delira, sí... delira. ¡Dios mio, qué espan- toso delirio..! Tres horas despues el enfermo era cadáver. Por una vez más, la, voracidad de la pasion ne- cesitó una víctima, y la tuvo. ¡Cuántas lágri- mas, qué infinitos dolores por un momento de debilidad! Existen, sin duda, algunos seres que llevan un signo de reprobacion en su existencia; y esa misma niña, huérfana de toda fortuna, podrá dudar de la conciencia mientras ignore que la pasion desordenada llena de héroes y de locos, de réprobos y de elegidos, aquellos tris- tes lugares destinados á la muerte. José M. Matheu. ---------- ALEGORÍA SOBRE EL ORIGEN DEL COMERCIO (1). ---- PERSONAJES.--"Ántropos," el Hombre.--"Dina," la Mujer esposa.--"Te- lia," la Doncella.--"Dinamion," la Fuerza.--"Pónos," el genio del Tra- bajo.--"Pir," el Fuego.--"Anemos," el Viento.--"Anoya," la Ignoran- cia.--"Alecia," la Verdad. ¡Cuán admirable es la eficacia de. ese gér- men de sociabilidad ingénito en la criatura humana! ¡Por cuán variados y al parecer re- cónditos caminos logra sus fines y los realiza! El comercio, hijo primogénito del robo y de la fuerza, ó del pillaje y la astucia, oficio vil y cruel allá en su infancia, menospreciado en su ---------------------------------------- (1)El presente artículo forma el capítulo X de la se- gunda parte de la obra en vías de publicacion, titulada Pónos ó la comedia humana. adolescencia por Platon y Ciceron, excomul- gado por los Santos Padres en su juventud, esquilmado en su virilidad por el señor feudal ó el déspota, es el ejemplo más elocuente de esa eficacia salvadora, la prueba más incon- cusa del fin al cual se encamina áun por los medios al parecer más opuestos. En vano le desconoce el brahma; en vano pretende el mago cerrarle el mar, dando al piélago carác- ter sacratísimo; en vano el egipcio le prohibe, le menosprecian el heleno y el romano, el sa- cerdote le abomina, el filósofo le condena. Egoista y villano y desalmado, sigue impávido su lucha de rapiña contra todos, y en alas de su codicia insaciable explora el llano, traspasa la montaña, vadea el torrente, afronta las bor- rascas espantables de los mares, sufre el ardor tropical, aguanta los polares frios, suda y san- gra, ayuna y vigila, piensa, calcula, padece, y al cabo de sesenta siglos de heróicos sufri- mientos, nos ofrece más amor, más filantropía, mayor caridad que lograron inocular en nues- tros ruines corazones, la moral de los filóso- fos, los anatemas del profeta, la predicacion de los apóstoles ó el sacrificio cruento del divino Redentor. Porque hoy, gracias al comercio, trabajan y preven, y velan y se martirizan miles de nuestros semejantes sobre la haz del planeta en los más distantes climas, á fin de proporcionarnos en dia fijo á nosotros (desco- nocidos para ellos), pan y vestido, goces y sa- tisfacciones, saber y seguridad, salud al cuer- po y paz al alma; porque hoy, gracias al co- mercio, las ideas, compañeras inseparables de la mercancía, se cambian de polo á polo y hacen vibrar unísonos los sentimientos, ver- tiendo sobre el inquieto corazon un bálsamo de fraternidad que fortifica y consuela. ¡Ah! ¿Cuándo comprenderán los hombres la miste- riosa evolucion, mediante la cual se transforma fatalmente lo útil en la verdad, lo verdadero en belleza, y la armonía sublime de estos tres elementos relativos en esa bondad, mil veces sacrosanta, que es su ambicionado fruto? De mal talante y por demás airado pisó el soberbio pirata los muelles y murallas de su puerto. El desaire recibido le llegaba al cora- zon, tanto más cuanto que lastimaba su codi- cia, y desde aquel momento formó el propósito de aprovechar la primera coyuntura y emplear hasta la violencia para abrir de par en par la entrada del Valle de las Inundaciones al trá- fico y al comercio. Mientras llegaba esta oca- sion, se propuso dar en ojos á la bruja con su riqueza y su boato. Poseia más oro y plata que nadie, y siempre estos metales, ya enton- ces tenidos por preciosos, gozaron de la sin- gular virtud de excitar la vanidad. Una de sus primeras peticiones fué, pues, un manto de grana. ¡Un manto colosal cual 108 REVISTA IBÉRICA. eran todos los suyos, cuando por sus recientes aficiones marítimas y su ruptura con Seuda ni el número de ovejas paciendo enrededor del castillo era bastante á merecer el nombre de rebaño, ni era lícito á su orgullo pedir á su consejera toda la lana necesaria! ¡Un manto inmenso y de color de sangre! ¿Cómo imitar aquel color? ¿De dónde sacar la lana? ¿Podrá nadie figurarse el apuro de nuestro hombre? En union con su mujer y su hija, Ántropos comenzó al punto la obra. Hilaron y tejieron sin que su buena voluntad lograse ni áun pro- mediarla; inventó las tijeras para apurar los vellones; lavó con esmero las bedijas y apro- vechó los resíduos, mas á pesar de todos sus esfuerzos, la primera materia le faltó. Vióse con esto obligado á. confesar la falta á su señor. El gigante contempló el tejido, y si antes era su deseo vehemente, despues de verle fué desatentado, incontrastable. --¿Conque te hace falta lana? dijo al hom- bre. Pues pronto tendrás ovejas. Mientras las haya en la isla, las hallaré y las robaré. Salió entonces el guerrero y trajo algunas ovejas. Sus vellones no bastaron para concluir la obra. Volvió á salir y no encontró; repitió sus correrías, y por primera vez pudo obser- var que, para obtener una satisfaccion, no siempre la fuerza y el valor bastaban. Enton- ces su esclavo, perito por experiencia, se aventuró á insinuar las ventajas de los true- ques, y hasta añadió que allá, en tiempos de su vida pastoril, los trueques con los salvajes siempre le proporcionaron buenas y grandes ganancias. Dinamion reflexionó. Como todos los seres racionales asoció sus recuerdos para reflexio- nar, y como no en balde habia vivido tantos años al lado de su consejera, recordó las pala- bras tantas veces vertidas en sus oidos, é ins- tintivamente bastardeó la significacion de las de Ántropos, como la bruja bastardeaba hasta los principios más evidentes y sencillos. --No hay duda, no, se decía. Donde la fuer- za no basta, allí principia la astucia. Hay mu- chos modos de conseguir nuestros fines: la violencia es el más obvio, pero á veces el ménos eficaz. Ántropos tiene razon: cuando se trata de adquirir, no hay nada como el en- gaño. Los trueques libres propuestos por el es- clavo, se convirtieron con aquello en la cien- cia de engañar, y el comercio y sus oficios comenzaron á tener desde aquel punto carác- ter oprobioso de ignominia. Parte por fuerza, parte por astucia; valién- dose de sus armas unas veces y otras de las malas artes aprendidas de su consejera, Dina- mion, y de su órden los esclavos, se lucieron con la lana necesaria para terminar el manto. Tan luego como el tejido se lavó y bataneó para darle flexibilidad, Ántropos procuró te- ñirle con el color de la sangre. Por de pronto no le fué posible conseguir aquella tinta con el brillo y la viveza que el gigante deseaba. Ni la sangre de los animales, ni la de los pri- sioneros, dieron el tinte apetecido. Un mise- rable marisco de la playa diz que sacó de apuro á los esclavos. El gigante vistió al fin el régio manto de grana. En cambio los trueques menudearon, y en ellos ganaban siempre los noveles comercian- tes porque procuraban trocar dijes sin valor ó trebejos anticuados, por especias, granos, fru- tas, metales, reses, gemas. Ántropos, Gina, Télia y los esclavos á sus órdenes tuvieron que ir y venir con grandes recuas, cargar asnos y mulas y camellos; estudiaban los gustos de los demás, á fin de permutar por un tesoro cual- quiera baratija baladí, y sin querer y por la fuerza de las cosas se fueron todos aficionando al lucro, dedicándose más y más al incipiente comercio, no obstante que en el fondo de su conciencia Ántropos conservó siempre aver- sion hácia un oficio entonces ruin y lleno de supercherías. De vez en cuando hasta el mis- mo Dinamion se sentia disgustado de aquel envilecimiento Con las idas y venidas, y el cebo de las ganan- cias, el trabajo de los esclavos se centuplicó. Tenian que preparar los objetos para los true- ques, cargarlos sobre las acémilas, emprender como tragineros marchas cansadas, cuanto peligrosas, y aunque el gigante fué poniendo á disposicion del hombre y de los suyos un nú- mero cada vez mayor de esclavos, hechos en la guerra, las dificultades del comercio fueron tantas que el hombre estuvo á punto de su- cumbir. Entre los inconvenientes que tocó, fué el mayor el de cambiar los objetos peque- ños por los grandes cuando éstos eran por su naturaleza indivisibles. Dar un cuchillo ó un caldero por la mitad de una res, no era fácil cosa, y en más de una ocasion el gigante. en- furecido por el resultado de las operaciones, obligó al inhábil comerciante á desandar gran- des distancias cargado con enormes pesos, á fin de permutar otra vez y en otra parte las mercancías recibidas en pago de los productos de su industria. De vuelta de uno de aquellos viajes, penosos sobre todo encarecimiento, en el cual á poco más perdiera Ántropos la vida, consultó con su buen genio sus penas, diciéndole entre sus- piros: --No puedo más, no puedo mas: este oficio concluirá conmigo. ¿Es posible, mi buen Pó- nos, que tu ingénio peregrino no encuentre medio de aminorar mi fatiga, facilitando los trueques? Haz algo para aliviarme de tanto REVISTA IBÉRICA. 109 discutir ó disputar; quiero hacer fácil el co- mercio; quiero simplificar sus hoy difíciles operaciones. --Ya sabes, mi querido Ántropos, le contes- tó Pónos, que todo adelanto tiene su sazon y coyuntura. No basta hacer un invento; des- pues es preciso generalizarle. Sin que se haya adelantado mucho el período de su generaliza- cion, su utilidad e restringida. No sé si todas las cosas útiles que juntos hemos creado, se han esparcido lo bastante en torno nuestro; pero voy á intentar una nueva, maravilla, voy á crear un talisman que contenga todas las clases de valor. Toma un buen pedazo de oro y otro pedazo de plata, y otro tercero de cobre: haces con ellos tres clases de cajitas redondas, planas, no muy grandes. Así que tengas buen número de cajitas, prepáralas con amor de la manera siguiente: siempre que comieres te quitarás de la boca una miguita de pan y la depositarás en una de las susodichas cajitas; cuando sudares dejarás caer en cada una, una gota de sudor; si te azotan y te hieren, recoge otras tantas gotas de tu sangre cuantas cajas desees prevenir; y por fin, guarda en ellas las primeras lágrimas de tus constantes afliccio- nes para completar la virtud singular del nue vo prodigio, yo las tocaré con mi varita, y esto bastará para que cuentes desde entonces con una maravilla nueva de poder incalculable. --No te entiendo todavía, le dijo Ántropos. ¿Qué virtud pueden contener esas cajas pe- queñuelas para trocar cosas tan diferentes y tan grandes? --Pequeñuelas y todo, prosiguió el génio, dentro de su pequeñez, te encontrarás en oca- siones de apuro por cada miga, una hogaza; un dia de descanso por cada gota de sudor, las lágrimas trasformadas en placeres, las go- tas de tu sangre en otros tantos signos de tu poder y autoridad, en igual número de régios mantos de grana. --Sólo porque tú me lo aseguras, exclamó el hombre al oír aquellas razones nunca ima- ginadas, puedo creer que sean posibles prodi- gios tan fuera de lo comun. Mas, ¿cómo ni de qué manera podré yo conseguir todo lo que tú me dices? --Muy sencillamente: cogerás entre dos dedos de entrambas manos una ó más de esas cajitas de plata, de cobre ó de oro; separaras las dos tapas, pronunciarás el nombre de la cosa que desees, y arrojarás las dos mitades al viento. Las cajas desaparecerán para tí, y en cambio tendrás entre las manos, ó á tu dispo- sicion y alcance, aquello que pedido hubieres. --Es decir, preguntó el hombre, que nom- brando la cosa y abriendo una caja, ¿tendré la cosa que nombre? --Cabalmente. --¿Y si pidiere un caballo? --Un caballo tendrás bajo la mano. --¿Y si un arado ó una casa? --Casa y arado sacarás. --¿Y cómo las llamaremos? --NÚMAS, replicó el génio. --Pues desde ahora te digo, continuó el hombre, que necesito ver ese prodigio para creer en él. --No lo extraño, siguió diciendo Pónos. Pero todavía no has oido sino una parte de la maravilla. Escucha un poco más y tu asom- bro subirá de punto. Desde luego comprende- rás que puedes continuar tus correrías sin llevar en la caravana la quinta parte del ba- lumbo; algunos objetos, pocos, y buena copia de númas, será cuanto necesites para com- prar y vender. Podrás dirigirte á cualesquiera mercados sin temor de equivocarte; no hay objeto grande ni pequeño que no consigas va- lorar así, y al justipreciar para adquirir en buenas condiciones cuanto necesitares, tus transacciones serán fáciles, expeditas, múlti- ples, precisas, innumerables. Porque hágote saber, y no lo olvides, que antes de pedir tal ó cual cosa es necesario que exista; es condi- cion precisa que esté hecha, pues las númas, aunque te auxiliarán y mucho en tus futuros inventos, son estériles en parte y sólo pueden contener lo ya existente. A pesar de ser de plata ú oro, poco ó nada te enriquecerás mientras no las hayas dotado de sus virtu- des singulares con tus privaciones, tu sudor, tus lágrimas y tu sangre, mientras no las hayas convertido en receptáculo maravilloso de cuanto existiere creado de cualquier modo y manera. Estas ventajas son grandes, mas de ningun modo las mayores. Comprenderás que al depositar en esas cajas las migas de tus eco- nomías, el sudor de tu trabajo, tus penas y tus peligros, acumularás prontamente un ca- pital de inestimable riqueza, y esta ventaja de atesorar sudor para formar el precio de tu re- dencion, y para arrancar á la ignorancia y á la miseria á los hijos de tus hijos, es quizá y sin quizá la mayor de todas. ¿De qué te sirvieron hasta aquí los frutos abandonados en los campos, las lágrimas secas por los vientos, el sudor y la sangre que manchó tus vestiduras? De nada, porque tus tesoros eran de un dia, tus ilusiones del momento. Desde hoy empero podrás guardar en esas cajitas tus sobrantes, y cuando los ahorros del abuelo se junten con las privaciones del padre, y el nieto, aún no nacido, los reciba inalterables, enteros, y los pueda ocultar y transportar en su cinto; en verdad en verdad te digo que cuando todo esto suceda, el hombre ha de verse emancipado, libre del hambre y de sed y más gigante que todos los Dinamiones. Tal y tan grande es este 110 REVISTA IBÉRICA. talisman, que será en lo sucesivo uno de los que adore tu descendencia en todo tiempo y lugar. En él existirán como encarnados los trabajos, las privaciones, las virtudes y los dolores de las generaciones precedentes, y disculpable será si una criatura débil, efímera, sensible, adora el signo consagrado y el in- corruptible símbolo de cosa tan elevada y noble. --¡Válgate el cielo por hechicero! exclamó Ántropos sobrecogido, aunque sin acabar de entender con claridad las palabras del buen genio. En cambio se puso á trabajar con diligencia, y en breve se recreó viendo y tocando, y con- tando buen número de cajitas de cobre, de plata y oro, en todo parecidas á cualquiera de nuestras hoy comunes y codiciadas monedas. Eran á la verdad muy lindas: diez de ellas, puesta una sobre otra de plano, apenas si le- vantaban la altura de la primer falange del pulgar, es decir, una pulgada; su diámetro variaba y no media otro tanto. No obstante, segun aseguraba Pónos, eran capaces de con- tener sucesivamente, y mediante la susodicha preparacion, todas las cosas existentes en la tierra. En su ansiedad por verlo y por cerciorarse, Ántropos se privó con gusto de una parte de su alimento cotidiano para guardar la miga consabida en cada caja, depositó con constan- cia en ellas su sudor; contó con resignacion sus lágrimas, y vió correr su sangre valeroso tan luego como se cercioró de que todo aque- llo no era perdido, ni en balde. Las facilidades que las númas proporciona- ron al hombre en su comercio fueron increi- bles. En cualquier parte, en el cogujon de su manta, llevaba un almacen inagotable; com- praba y vendia sin más que arrojar las cajas por el aire, dando enseguida al vendedor aque- llo que deseaba. En un principio, como el gigante era tardo, no comprendió toda la importancia de las númas, y permitió á sus esclavos fabricarlas sin regla, tasa, ni medida. Luego veremos que, tan pronto como comprendieron él y la bruja y su gente la virtud de aquella maravi- lla, sintieron por ellas una codicia sin freno, y apenas si permitieron á nadie esconder al- guna núma para sí. Libre su fabricacion en un principio, los señores se la arrogaron por fin exclusivamente, y para legitimar aquella apropiacion por medio de un signo externo, obligaron al esclavo á estampar sobre las tapas sus venerandas efigies, si bien todas las migas, las lágrimas, las gotas de sudor, la sangre para darlas su virtud, siempre fueron suministradas por Ántropos y su familia. No fué la invencion de las prodigiosas nú- mas la única provocada por las necesidades del comercio: entre las muchas que pudiéra- mos citar se encuentra tambien otra de incal- culable trascendencia. Las cuentas exigidas por Dinamion despues de cada caravana ó tra- vesía no eran fósiles de dar, y los datos infi- nitos de un sin número de transacciones tam- poco se podian fiar á la memoria. Esto obligó á los esclavos á idear algun modo de retener por indeleble manera los números, los pesos, las cantidades, los tratos y contratos con sus pormenores é incidencias. Recurriedon como siempre á Pónos les sugirió por de pronto va- rios artificios, groseros y rudimentarios, para representar con símbolos lo que querian. A imitacion de los geroglíficos de Seuda hizo pintar sobre diferentes tablas un signo que representase cada una de las diversas mercan- cías; sobre estas tablas hiciéronse á la iz- quierda tantas rayas corno unidades, pesos ó medidas de cada mercancía se iban recibiendo, y á la, derecha rayas tambien para indicar las cantidades entregadas, y de este modo pudie- ron llevar la cuenta de cada cosa con separa- cion y dársela ellos á sí mismos. Por grados é insensiblemente se diferenciaron los signos representantes de las mercancías, de los que expresaban el número ó la cantidad, éstos de los que significaban operaciones, actos, tiem- po, cualidades, posiciones, y cuando los unos y los otros se hicieron muy numerosos, ocur- rioseles aliviar á la memoria representando, con pocas y sencillos trazos, los sonidos (ya diferenciados) de la voz, con los cuales se componian las palabras. Estos nuevos sím- bolos fonéticos, trazados sobre cuero ó sobre las cortezas coráceas de los árboles, les aca- baron de ahorrar reconvenciones y disgustos al rendir cuentas al amo. --Reparad bien, les decia Pónos entre tanto, por cuán maravilloso modo surge de lo mate- rial y ruin, lo inmaterial y lo sublime. La ava- ricia del pirata prepara insensiblemente un prodigio sin pareja. Una creciente multitud de transacciones os obliga á combinar y á aso- ciar lo material y lo inmaterial, las cosas más heterogéneas, y de tanteo en tanteo, el re- vuelto cúmulo de símbolos, á cuya vista se evocan en vuestro cerebro bultos, palabras, pesos, cantidades, números, ideas, se va dife- renciando en grupos, y tiende á dar forma duradera y perceptible al pensamiento. El pi- rata no sospecha su propia obra, y de nuevo, por un procedimiento siempre análogo, el mal va engendrando el bien. A favor de estas y otras invenciones propias, y del nimio rigor de la codicia ajena, Ántropos, sus compañeros y cuantos tenían con ellos más ó ménos trato, se acostumbraron á la puntua- lidad y al órden y se impusieron una saludable REVISTA IBÉRICA. 111 disciplina, cuyos beneficios fueron muchos cuando se extendió. Consecuencia de esta conquista lenta y tra- bajosa sobre sí mismos ó de la costumbre y hábito de rendir cuentas para dar lo suyo á cada cual, fueron otras invenciones útiles, y entre ellas ninguna como la balanza. Habíanse hecho los esclavos artífices bastante diestros y cada vez más observadores; al fabricar arcos y más arcos para los soldados de Dinamion aprendieron la importancia de igualar las dos mitades de aquel arma si los tiros con la fle- cha habian de ser certeros. De aquí nació la balanza, instrumento muy útil para comprar y vender, pero símbolo á la vez de un progreso espiritual debido á la reaccion de las necesi- dades materiales más groseras sobre el espí- ritu, y la germinacion en él de un sentimiento de equidad, padre de otro de justicia é inicia- cion incipiente en la idea del derecho. No en balde fué en lo sucesivo la balanza el símbolo de la justicia. Su invencion por de pronto dió fijeza á las transacciones, decoro y honradez al acto de cambiar, y comenzó á desterrar del comercio algo del fraude y del engaño. Como solía decir Pónos á sus protegidos, "los hombres. podrán quizás nacer perfectos y "llenos de virtudes; pero bueno será acostum- "brarles á usar en sus relaciones con el pró- "jimo la balanza y otros adminículos para ver "si á fuerza de medir y de pesar, de ponderar "los cambios regateando, la costumbre les da "idea de equidad y el hábito con la fuerza "engendran algun concepto remoto de jus- "ticia." Las ganancias de Dinamion se aumentaron sin medida con aquel órden y aquella disci- plina, y su avaricia creció. Multiplicó sus via- jes por el mar, y á cada viaje, más y más de costa en costa se alongaba. Llegó hasta tocar en los hielos en busca de estaño y de ám- bar (1); buscaba con indecible diligencia nue- vos objetos para enriquecerse, y cuando aque- llos objetos le faltaban, robaba hombres, niños y mujeres, y los trocaba cual si fuesen bestias por las cosas que queria. Como guerrero, ha- bia barajado las razas y las familias á su an- tojo: como pirata, seguia ahora barajándolas, empero en aquel nuevo trasiego predominaban los cambios de ideas, usos y cosas. Esto, sin embargo, los chascos y los peli- gros le hicieron preferir, poco á poco, los pro- cedimientos amistosos á los bárbaros y violen- tos; mas como aquellos no podian emplearse sin tener mucho que dar, la industria creció pasmosamente en derredor del castillo. Ade- más de fabricar telas, armas, cueros, vasos, procuraba el pirata aprovechar toda materia, ---------------------------------------- (l)Los fenicios llegaron hasta el Báltico. y sacar de ella algo útil y cambiable. Hasta las arenas y las plantas se entregaban á Pir, y Pir las reducía á cenizas. Un dia, por casualidad, aquel célebre criado sacó un producto singular, allí donde creyó sacar otro metal como el hierro. Era una bola de vidrio y su color verdoso, su diafanidad y trasparencia sedujeron, desde luego, á los amos y criados. Volvieron á fundir la arena con cenizas, observaron la plasticidad de aquella pasta de fuego y se empeñaron en hacer vasos, copas y redomas, cuya hermosura, dureza y fragilidad se hermanaban para hacerlas más preciosas. --Brava invencion has conseguido, le dijo Pónos al contemplar los artefactos de vidrio. No es fácil que presumas de golpe su impor- tancia. Ahora seduce tus sentidos y no ves en esa singular materia sino sus propiedades mé- nos útiles. Pues esa seduccion que ejerce su hermosura sobre ti, es el halago que andando el tiempo te abrirá las puertas de mundos des- conocidos. Cuida y perfecciona en todo tiempo la fabricacion del vidrio: por de pronto le cam- biarás por oro; mañana á impulso de otra co- dicia más noble pondrá al alcance de tu inteli- gencia datos y medios para penetrar en mun- dos, hoy por hoy inaccesibles. Estas y otras novedades que callamos, die- ron al comercio nueva vida. Con ello se exten- dió la navegacion, y Ántropos se vió perplejo para dirigir la nave dónde y cómo lo manda- ban. Más de una vez estuvo á punto de perder el rumbo, y recibió por ende golpes de su due- ño; más de una vez hubo de recurrir á Pónos á fin de salir del paso. Entre lo mucho y lo bueno que su génio le enseñó, hubo dos ade- lantos singulares de extraordinaria valía: el primero fué la aplicacion de sus conocimientos astronómicos al difícil y útil arte de dirigir la nave, valiéndose de las estrellas y el sol, así de noche como de dia; el segundo, el estable- cimiento de hogueras ó de luces en los pro- montorios inmediatos al castillo, para guiar al navegante y hacer fácil y segura la entrada ó la salida del puerto. Volvia Dinamion de uno de sus largos via- jes, y volvia en noche oscura, ansioso por pi- sar la tierra. Cerca, muy cerca ya de su casti- llo, vió con indignacion que su gente se habia descuidado y que el faro del puerto no lucia. Temiendo dar en los escollos, púsose la nave al pairo, y tan cerca estaban de la tierra, que escucharon con asombro continuos y quejum- brosos alaridos en señal de duelo y luto. La sorpresa y la inquietud no les dejó sosegar, y con los primeros albores de la aurora atraca- ron, y Dinamion desembarcó. Pronto su fuerte corazon fué tocado de ternura al contemplar el más desgarrador de todos los espectáculos. 112 REVISTA IBÉRICA. Una peste, la más terrible de todas cuantas presenciara, y las habia presenciado horribles, diezmaba instante por instante á los brutos, los esclavos y los próceres. Cadáveres insepul- tos cubrian la plaza, los campos, los caminos, y sus mortíferas miasmas dieron al pirata náu- seas y como sombras de aprension. --¡Egos! gritó alarmado é impaciente. ¿Dón- de está Egos? El duende se presentó temblando de pavura, y el pirata le dijo acongojado: --Sal diligente, veloz como una flecha, para el Valle de las Inundaciones. Cuenta á mi con- sejera mi desgracia, recaba su intercesion con los dioses, pídela su consejo y vuelve para de- cirme lo del caso á conjurar el peligro. Corre, vuela. Consultemos á los inmortales. Dinamion, como otros tantos, se acordaba de los dioses cuando la magnitud del mal le acobardaba. Egos partió, y no tardó en volver sino una noche; pero aquella noche fué un siglo para el gigante y su grey. Cuando regresó iba acom- pañado de la falsa Alecia más enlutada que nunca. Hallábase el pirata á la sazon en la plaza del castillo rodeado de mujeres. Todas, con sus hijuelos en los brazos, pedian pan y gritaban: --Toma nuestras vidas, Dinamion, pero salva á nuestros hijos. Murieron sus padres, murie- ron sus hermanos, los campos se esterilizan, crian cardos en lugar de mieses, nuestros pe- chos no pueden sustentar á estas tiernas cria- turas. ¿Dejarás morir tambien, sin hacer un sacrificio, á estos inocentes, esperanza, gloria, orgullo de la isla? Anoya (respetada por todos como Alecia) se adelantó por medio de aquellas madres, y le dijo á Dinamion: --Tu consejera y mi señora dice que la peste es el castigo natural de tu olvido y tu des- obediencia. Los dioses tienen hambre de tu pueblo. Elige lo mejor de él y hártales con ello sin tardanza. --¿Lo mejor? ¿Y cuál es lo mejor? preguntá- base Dinamion perplejo, sintiendo resucitar y agitarse en su conciencia las fatídicas som- bras del fanatismo sanguinario y de la impía crueldad de su devota consejera. Las madres seguian excitando la compasion para sus hijos. --¡Ah! ya caigo. A ver. Vengan todos esos niños. Encendedme un horno grande, muy grande. Nada hay más tierno que los niños, y si ese manjar no satisface á los dioses, no en- tiendo nada de manjares. Así lo dijo el pirata y así se hizo. Quinien- tas criaturas inocentes, y entre ellas hasta los mimados herederos de sus próceres y favori- tos, fueron arrojados á las brasas y muchas madres se volvieron locas. La peste cesó, no sabemos si por hartura de las divinidades ó porque debia de cesar, aunque sospechamos esto último; pero las escenas repugnantes del horrendo sacrificio hicieron tal impresion so- bre la noble naturaleza del gigante, que sintió horror hácia su oficio y su castillo, y decidió cambiar de patria y de vida. --Ántropos, dijo á los dos dias á su esclavo, quiero alejarme de esta tierra; quiero buscar nuevas aventuras. Necesito mudanzas y nove- dades; me repugnan el dolo y las mentiras, á pesar de hacerme célebre. Mis armas son in- mejorables; tengo escudo de metal: prepara la nave, haz aguada, llénala de bastimentos, y mañana mismo, á la salida del sol, abandona- remos esta costa para meternos mar adentro y buscar tierras ignotas por opuesto y desusa- do rumbo. Toma media docena de los marine- ros más robustos y apodérate de Alecia. Ya que estoy mal con mi consejera, quiero lle- varme conmigo á la divina enlutada y... yo me sé para qué. Ántropos cumplió las órdenes de su señor. Anoya, no obstante su resistencia y á pesar de su disfraz inviolable, durmió á bordo. Meliton Martin. ---------- LA RELIGION DE DARWIN. ---- Para juzgar del valor científico de aquel á cuyos trabajos se debe principalmente la teo- ría de la evolucion, no basta conocer sus obras, haber estudiado en ellas la seguridad de las conclusiones, comprender la lógica del siste- ma, y profundizar el valor, no sólo de la doc- trina, sino hasta de los menores detalles; se requiere tambien, si ha de entenderse toda la importancia científica de la personalidad de Darwin, saber algo relativo á su carácter, en- tender cómo su vida entera, hábitos y cos- tumbres se relacionan con la manera de pen- sar y escribir, e imprimen á los trabajos y experimentos la austeridad de su vida, la se- renidad inefable y casi mística de aquel retiro de Down, en donde Darwin habitaba, repar- tiendo el tiempo entre las dulzuras del hogar y la contemplacion y estudio de la Natu- raleza. Es preciso conocer hasta el último rasgo característico del modo de ser de los grandes hombres en la ciencia, por algo semejante á lo que se requiere respecto de los grandes ar- tistas. Unos y otros imprimen á sus obras tal sello de personalidad, que es imposible juzgar aquellas sin conocer éstas. En ciencia como en arte, el génio marca sus producciones de tal suerte, que en ellas quedan la manera REVISTA IBÉRICA. 113 de sentir y las condiciones personales del autor, hasta el punto de distinguirse por ellas todos los trabajos; que el estilo en el arte y el procedimiento de investigacion en las cien- cias, son enteramente personales y no pueden, tratándose de hombres excepcionales, confun- dirse con la manera de trabajar de otros. Fuera larga tarea, imposible para mí actual- mente, hacer detenido estudio, útil é intere- sante para la ciencia, del carácter y condi- ciones personales de Darwin. Sólo he de tratar de sus sentimientos religiosos, que determinan en él, como en todos los hombres, la mayor parte de las acciones de la vida. He de consignar, porque así cumple á mi objeto, la primera impresion que producen las obras de Darwin. Para quien no se halla acos- tumbrado á lecturas serias y graves, son tales libros pesados y molestos por todo extremo. Créese á primera vista que aquel cúmulo de datos y experimentos, es inútil bagaje para llegar hasta una teoría contenida en muy po- cas páginas, y como no se advierte de pronto enlace alguno entre los hechos, el libro se cae de las manos y el lector se cansa fatigado por el relato verdaderamente abrumador de nume- rosos hechos, poco ó nada interesantes para el que no busca en las obras de Darwin lecciones, y trata sólo de satisfacer curiosidad más ó ménos racional. En cambio, cada página de un libro de Dar- win es joya de gran valor para el naturalista de profesion. Al principio experiméntase emo cion de sorpresa: causa maravilla el inmenso número de trabajos, realizados por un solo hombre, y desde entonces siéntense admira- cion y respeto hácia él. Más tarde, á medida que se avanza en la lectura, horizontes nue- vos se abren á la mente del científico; el espec- táculo de aquellas leyes tan lógicamente dedu- cidas, se impone al espíritu, y el sentimiento de la verdad, reflejado en todas partes, va pene- trando en nosotros casi sin sentirlo. Entonces llega á verse claramente el sentido científico de todos los trabajos de Darwin, el rigor de la experimentacion estrechamente unido con des- interés de la ciencia; la austeridad de los pro- cedimientos de induccion enlazada con la fije- za de las leyes enunciadas; entonces la ilacion de los hechos aparece clarísima y se com- prende la necesidad de haberlos acumulado en tanto número; pues era preciso para fundar, sobre sólidos cimientos, la gran teoría á que, Darwin consagró su vida y sus trabajos. Y aquella emocion primera de sorpresa y asom- bro, conviértese en cariño y afecto al advertir que aunque el naturalista pone empeño en que no aparezca para nada su persona, destácase en primer término del cuadro de perfecciones de sus obras. No he de negar que, áun siendo todas pro- ducto de largas meditaciones y fruto de estu- dios y experimentos prolijos, hay unas escritas con más arte que otras, y en las primeras, so- bre todo, se advierte mayor cuidado por ha- cerlas agradables á todo el mundo. Tiene esto su orígen en las condiciones ex- cepcionales en que Darwin escribia. Despues de su viaje alrededor del mundo, relatado ad- mirablemente en una de sus obras, habia con- traído padecimientos que le obligaban á vivir aislado y víctima de grandes dolores, hasta tal punto, que muchas veces forzábanle á enca- ramarse sobre sillas colocadas encima de la mesa de trabajo. Esto no obstante, su voluntad y perseveran- cia eran más fuertes que el mal, y nunca sus obras se resintieron de ligeras y poco metódi- cas, antes bien, el órden es condicion de todos los trabajos de Darwin, y la originalidad su carácter distintivo, porque el gran naturalista unía al conocimiento minucioso de los hechos, elevado espíritu para descubrir sus leyes. Así ha podido dar á las ciencias naturales impulso sin ejemplo, y tal alcance, que sus principios se extienden hasta las ciencías psicológicas y sociales. Por las condiciones de su carácter, dulce y afable; pero poco expansivo; por la seriedad de los trabajos á que se dedicaba y por los males que sufria, contraidos en el ejercicio de la ciencia, se comprende que las obras de Darwin carezcan de todas aquellas galas con que se atavía el saber cuando ha de presentarse constituyendo un cuerpo de doctrina. Además, como el insigne autor de El orígen de las espe- cies trataba únicamente de presentar la Natu- raleza tal como él la veía y observaba, descri- bíala sencilla y claramente; demasiado cono- cía que hay en tal sencillez belleza inefable y que por sí mismo tiene el fenómeno más ele- mental poderoso encanto. Maravilla y no pe- queña es que Darwin haya redactado y dado forma á tantos y tan magníficos libros, cuan- do ni podia escribir ni le era dado corre- girlos. Consignó en ellos, con todo el desinterés y sinceridad que se habia dedicado á la ciencia, sus observaciones prodigiosas y habilísimos experimentos, sin preocuparse nunca ni de excitar controversia, ni de imponerlos dogmá- ticamente por la fuerza de su autoridad. Quizá por esto no ocupó cargo oficial alguno ni pro- fesó en la cátedra sus doctrinas. Vivia aislado y entregado por entero á su familia y á sus trabajos, porque así era preciso para hacer cuanto hizo. Al observar la Natu- raleza es necesario ponerse en contacto con ella, verla de cerca y vivir su vida, aprender en sus manifestaciones, sentir sus bellezas y 114 REVISTA IBÉRICA. armonías, y obrar en la vida segun las leyes que las presiden. Esto hizo Darwin punto por punto; por eso su carácter, modo de ser y sentimientos están informados y como modelados en las leyes de la Naturaleza. Nadie podia descubrir en aquel hombre de costumbres sencillas, mirada ex- presiva, conversacion viva, animada y cari- ñosa, al naturalista eminente, autor de la teoría de la evolucion. Ni nadie, al ver su casa de Down, adivinaría que allí se habian hecho tantos y tan notables experimentos. Por todas partes pululaban animales domésticos, afanosos de recibir las caricias de aquel que jamás los habia maltratado. Hasta las mismas lombrices de tierra parecian conocerle. La tranquilidad y la sencillez majestuosa de la Naturaleza resplandecian por todas partes en aquella mansion de dulcísima paz, donde siem- pre reinaba la alegría; de tal modo, que lejos de parecer el trabajo de Darwin como invasion en los dominios de la Naturaleza, ésta se habia apoderado de su casa y su persona. Sólo habia en la mansion del egregio naturalista una ha- bitacion aislada, la Biblioteca; era una pieza grande y espaciosa, alumbrada de ambos la- dos por ventanas orladas de plantas trepado- ras; en las paredes muchos libros; sobre una sencilla mesa trabajaba Darwin; en otra esta- ban los aparatos de que se servia. En vano se buscarían en Down grandes la- boratorios y lujosos gabinetes de estudio; sólo existia un invernadero para experimentar acerca de los vegetales híbridos, en el cual por toda gala crecia una vid. El gran labora- torio de Darwin era la Naturaleza, y nada hay tan sencillo como sus procedimientos de ob- servacion. De los animales que vivían en la casa, aprendió á conocer sus variaciones por la do- mesticidad. De las enredaderas que crecian en sus jardines y de las orquídeas que allí se fe- cundaban, dedujo todos los principios consig- nados en dos de sus mejores libros, como de observar el magnífico trabajo de las lombrices de tierra las ideas expuestas en su última obra. Todos estos detalles de la vida íntima de Darwin, de sus costumbres y de su carácter, sobre explicar la especial redaccion de sus obras y el sentido que en ellas domina, justi- fican tambien sus sentimientos religiosos. Y vale decir que en este respecto podria llamár- sele lo mismo que llamó al gran Littré un sa- bio francés, santo laico: tanto en él se reunían aquellas condiciones morales propias de los seres enteramente perfectos. Así como creo que la inspiracion en el arte tiene mucho de religiosa, pienso que no hay naturalista de primer órden que no se distinga por este sentimiento religioso, adquirido en la contemplacion de la Naturaleza; pero es nece- sario advertir que tal sentimiento ni se for- mula siempre ni está sujeto á canon de nin- gun género. Nace cuando los estudios se han llevado hasta un punto muy alto, desde donde se sienten las armonías del Universo, de aque- lla manera tan confusa y vaga como las ce- lestiales visiones que encantaban los místicos deliquios de los que, abrasados en el amor di- vino, despreciaban el mundo y vivían sólo la vida del espíritu, ocupado de contínuo en las cosas de la eternidad. El sentimiento religioso es la más alta ma- nifestacion del espíritu humano, el concepto artístico más elevado, término y fin de una porcion de sentimientos reunidos y como in- tegrados, al cual se llega cuando va á alcan- zarse el mayor grado de perfeccion á que el hombre puede aspirar. En este punto hay tam- bien mucho parecido entre los genios del arte y los de la ciencia. Un artista verdaderamente genial no se contenta con sentir las cosas que estén á su alcance, y de la realidad escogerlas como material, que ha de perfeccionarse é idea- lizarse al ser obra artística: quiere más; as- pira á realizar la belleza y perfeccion absolu- tas; anhela comunicar á sus creaciones vida y alma, infundirles su propio espíritu. Por eso perfecciona la forma, cuida de que la armazon y el cuerpo de su obra sean dignas de alojar su ideal y su intencion; pero convencido de que el sentimiento es todo, y las formas, áun las más bellas, son cual las nubes que ocultan la hermosa claridad de los cielos, no encontrando modelos bastante puros para con- tener su ideal, deséchalo todo, y al llegar al punto en que más y mejor siente, quédase con la idea madre, sola, desligada de toda for- ma, constituyendo el sentimiento religioso. En cuanto al naturalista, si el camino es más largo, el sentimiento religioso responde todavía a ideas más elevadas y más generales. Ningun observador de la Naturaleza, aunque en ello ponga empeño, deja de experimentar, áun despues de sus mayores conquistas, cierto deseo de alcanzar las superiores, y una sen- sacion como de desaliento al notar la insufi- ciencia de sus procedimientos y el poco al- cance de sus inducciones. Apenas conoce un fenómeno ó determina cualquiera ley, su ar- diente deseo de conocer la absoluta verdad y su afan por poseerla, llévenle mucho más lejos de lo que permiten los métodos de inves- tigacion; y áun los más serenos experimenta- dores no se libran, sino con grandísimo es- fuerzo, de aventurar conjeturas y formular hi- pótesis. Todos, alcanzando el punto límite de lo conocido, apelan al sentimiento y dejan en- teramente libre la voluntad en aquel mundo desconocido, en el cual sólo se puede penetrar REVISTA IBÉRICA. 115 sintiendo la Naturaleza; y como aún esto no satisface todas las exigencias del espíritu hu- mano, busca éste las formas más elevadas, y despues de recibir, como el artista recibe, las gratas impresiones de la sublime belleza de la verdad, brota grande y magnífico, como la más suprema manifestacion del entendimiento, ese sentimiento religioso, puro é ideal, del que no hablan casi nunca los naturalistas; pero en el cual hallan todos sus consuelos y todas sus complacencias. Pregúntese si no á los más há- biles experimentadores, á los maestros de ma- yor sabiduría, á todos cuantos hicieron gran- des adelantos en la ciencia, que era lo que templaba sus ansias por conocer, colmaba sus deseos y llenaba sus aspiraciones, nunca sa- tisfechas del resultado de sus trabajos; todos dirán sin vacilar: el sentimiento religioso. Tal fué tambien la religion de Darwin; una religion de la Naturaleza, sin culto ni formas determinadas. Sus aficiones y carácter llevábanle á contem- plar la Naturaleza, sentir sus leyes admirables, percibir sus palpitaciones más delicadas, lle- gando hasta aquel punto en que Fausto anhe- laba descifrar el santo enigma y para ello no le servían observaciones ni experimentos. Dar- win, como Goethe, adoraba á Dios en la Natu- raleza, representado por el poeta como la más alta vision que es dado percibir al hombre, en la cual Dios mismo se le descubre y le permite ver aquellos hilos de oro, que enlazan los hechos con las primeras causas, mostrándole cómo y por qué procedimiento se fijan en las cosas las huellas de la suprema inteligencia que las produce. Profesando esta religion natural, no estuvo Darwin afiliado á iglesia alguna. Nada le im- portaba que sus ideas y convicciones estuvie- sen en contradiccion con los principios de determinadas confesiones. Tampoco le preocu- paba que sus ideas perturbasen las concien- cias timoratas y poco seguras, fuesen gér- men de duda, ni alarmasen los espíritus apo- cados; él seguía en su camino de dar á conocer la verdad, concediendo al pensamiento abso- luta libertad, respetando, mejor diré, no ocu- pándose en ver de conciliar sus principios con determinadas creencias, pues demasiado sabia que entre la verdad y el error no hay concilia- cion posible. Hay una prueba que no da lugar á la menor duda sobre los sentimientos religiosos de Dar- win; es ésta la carta dirigida á un estudiante de Jena en Junio de 1879, y que el profesor Hæckel da á conocer en un notable discurso recientemente pronunciado. Dice así este no- tabilísimo documento: "Estoy muy ocupado, soy viejo, tengo mala salud y no podria en- contrar tiempo para contestar completamente á vuestras dudas, suponiendo que puedan te- ner contestacion. Nada tiene que ver la cien- cia con Cristo, excepto en aquel punto en que el hábito de las observaciones científicas hace difícil creer un hecho sin pruebas. En lo que me concierne no creo que jamás haya habido revelacion. En cuanto á la vida futura, cada uno debe decidirse por su cuenta entre tantas probabilidades vagas y contradictorias. -Cárlos Darwin. " Esta carta, dirigida á un hombre escrupu- loso que había consultado al gran naturalista acerca de dudas que le asaltaron leyendo á Darwin, es la manifestacion más clara y ter- minante de su pensamiento, respecto de las comuniones religiosas. El percibía en lo íntimo de su espíritu todas las bellezas de la Natura- leza, y adoraba, sin palabras y sin formas, solo con el corazon ese inefable misterio de que ha- bla el poeta aleman, en cuya virtud la unidad esencial de la Naturaleza se manifiesta en cada una de las infinitas formas producidas por su incesante actividad. Hay todavía otro carácter que señalar en Darwin como consecuencia de sus sentimien- tos religiosos; la condicion moral. No es po- sible llegar en la tierra á más alto grado de bondad, ni se puede practicar el bien de mejor manera que lo ha hecho Darwin. Por los rasgos característicos de que se habló al prin- cipio de este artículo, puede comprenderse que la moral más austera reinaba y se profe- saba en la morada del gran naturalista inglés. Lo bondadoso de su carácter, el amor que tenia á su familia, hasta los cuidados y soli- citud que prodigaba á los seres más ínfimos, á los animales y á las plantas; ese cariño con que le recibían al regresar á su casa de Down todos los animales que él por su mano cuidaba y cuya alegría parecia muestra de agradeci- miento de la Naturaleza hácia aquel que sin destruir nada de ella descubría y publicaba sus leyes; la ternura y el respeto de su familia; aquella santa paz del hogar; la tranquilidad de los jardines donde, como en la Edad de oro, brindaban generosas flores las plantas, sabro- sos frutos los árboles, reconocidos al esmerado cuidado, denunciaban al hombre perfecto, laborioso y activo, bueno y justo. Darwin al aislarse de la sociedad no fué un egoísta. Al comunicarse con sus semejantes y gustar y complacerse con su trato, contri- buir tan poderosamente al adelanto de la hu- manidad y dotar á la ciencia de obras mag- níficas donde se puede calmar la sed y el deseo de saber, practicó perfectamente aquel altruismo, base de toda moral racional y carác- ter de los hombres verdaderamente grandes y perfectos. José Rodriguez Mourelo. 116 REVISTA IBÉRICA. REVISTA POLÍTICA EXTERIOR. ---- La crisis italiana; su solucion --Los legitimistas franceses y el conde de Chambord.--La coronacion del Czar; promesas de reformas liberales.-- El Papa y los agitadores irlandeses.--La situacion en el Africa austral. --Cuestiones religiosas entre Prusia y el Vaticano.--Rumores de recon- ciliacion entre la Santa Sede y la dinastía de Saboya.--Los alemanes en Austria.--Paz chileno-peruana. El régimen parlamentario tiene á veces ex- traños caprichos: hace dos semanas en Ingla- terra una derrota sufrida en el Parlamento daba fuerza y vigor al ministerio de Mr. Glads- tone, y ahora en Italia una victoria impor- tante, un verdadero triunfo en la Cámara á raíz del debate que sostenían los elementos de la izquierda contra el gabinete Depretis, ha costado á éste la existencia. Y es que un triunfo demasiado grande es más peligroso á veces que una derrota, sobre todo si ésta es insignificante. Tratábase de dar al gobierno italiano un voto de confianza; sólo 29 votos se opusieron á ello; 348 constituyeron la mayoría, y sin embargo el ministerio ha muerto. No sólo han tenido, que retirarse los ministros de abolengo izquierdista, como se creyó en Europa al leer los primeros telegramas de Roma tratando del asunto, sino que el gabinete en masa ha creido deber entregar al rey Humberto su dimision. El signor Depretis no ha hecho grandes es- fuerzos por conjurar la crísis; más bien por el contrario procuró provocarla, sabiendo que el rey iba á encomendarle, como lo ha hecho, el encargo de formar nuevo ministerio. Si los lectores de la REVISTA IBÉRICA recuerdan lo que sobre Italia he dicho en artículos anterio- res, no deben extrañar nada de lo que sucede, ni sorprenderse de que á pesar del apoyo de la mayoría parlamentaria, el ministerio Depretis no pudiera resistir al embate terrible de las opiniones encontradas que luchaban en su seno. La fusion con los elementos de la extrema izquierda era imposible, especialmente desde que, para atraerse la voluntad de la fraccion más avanzada de la derecha, el jefe del go- bierno se inclinaba á la política que ésta de- fiende, y habia pensado en dar alguna cartera á sus jefes. El primer ministro del rey Humberto creía además, ó le faltaba poco para creerlo, que la izquierda parlamentaria habia terminado la importante mision que circunstancias anor- males le impusieran. Opina que despues de haber abolido el odioso impuesto sobre la mo- lienda, suprimidos otros no ménos onerosos, agrandado el derecho del sufragio y llevado á término feliz numerosas reformas en la admi- nistracion interior del país, el partido de que fué uno de los jefes más autorizados, debe trasformarse. De los discursos pronunciados por Depretis_ en el debate último sobre la política general. del gobierno, se desprende claramente que se ha propuesto aceptar el programa político de la derecha. parlamentaria. Estos planos suyos, no tropiezan con obstáculos tan insuperables como parece á primera vista. Prescindiendo de los antiguos enemigos de la unidad italiana, que no tienen representa- cion en el Parlamento, y de un grupo de la extrema izquierda, que cuenta apenas con 25 ó 30 diputados en el palacio de Monte-Citorio, no hay en Italia entre liberales y conservado- res diferencias de principios tan hondas que hagan irreconciliables á los dos partidos. Unos y otros aceptan las instituciones fundamenta- les del Estado, y la Derecha, que tiene la fran- queza de arrepentirse de su pasada conducta de oposicion á reformas sabias y prudentes, cuya necesidad ha justificado despues la prác- tica, se halla dispuesta á fusionarse con sus adversarios de antes, que por su parte se mues- tran dispuestos á inspirarse en sus doctrinas. Demás hay que añadir que la reciente reforma electoral llevó á las Cámaras italianas una porcion de hombres nuevos en política, sin compromisos con ninguno de los partidos mi- litantes. En estas condiciones no era difícil al signor Depretis hacer desaparecer la clasificacion de grupos que habia antes en las Cámaras de Italia, y formar con ellos un gran partido único, de cuya jefatura se encargara él. Pero el dis- tinguido estadista no podia olvidar que los individuos que forman parte del ministerio que presidía, y que como Zanardelli y Paccazini tenian compromisos ineludibles, debidos á sus antecedentes personales, con la extrema iz- quierda, habian de ser siempre una rémora á sus proyectos y aprovechando la oportunidad de las diferencias de criterio dibujadas en el último debate, provocó la crisis. Ahora se en- contraba en libertad de elegir sus compañe- ros en las filas de la derecha, y así lo ha hecho, como era natural. La crisis se ha resuelto con la entrada de los signori Sevelli y Genala en los ministerios de Gracia y Justicia, y Obras públicas respec- tivamente, y ha tenido por efecto la fusion de liberales templados con conservadores avan- zados. La política del gobierno italiano no se modificará gran cosa, porque, como era ló- gico, Depretis no ha querido arriesgarse á for- mar un ministerio homogéneo de la derecha, porque esto le habria expuesto á perder el apoyo de una fraccion muy importante de la Izquierda que no es para despreciado. * ** En Francia, donde ningun suceso de impor- REVISTA IBÉRICA. 117 tancia, aparte la muerte del comandante Ri- viere en el Tonkin, ha venido á alterar la si- tuacion desde mi última Revista, los legiti- mistas se preocupan grandemente con los rumores que sobre la enfermedad del conde de Chambord han circulado por Europa:, y digo rumores, porque tanto se ha hablado de la gravedad de su dolencia y tanto se ha des- mentido esta noticia, que realmente no sabe uno á qué atenerse, si bien es justo inclinarse á creer en la triste noticia, precisamente por- que quien la niega son los periódicos que por sus ideas están interesados en la bienandanza del legitimismo francés. Algunos políticos han creido que si el conde de Chambord pasaba á mejor vida, esto daria por resultado la fusion de los dos partidos rea- listas que hay en Francia; pero á juzgar por ciertos rumores que arrancan de Goritz, donde enfermo ó sano, se halla actualmente el conde, éste está rodeado de consejeros que influyen para hacer que reconozca como heredero polí- tico á su sobrino D. Jáime de Borbon, hijo de don Cárlos, el cual tiene ahora 18 años de edad. D. Jáime es ya presunto heredero de la for- tuna del conde de Chambord, que no tiene hijos y lo ha tratado siempre como á su pa- riente más cercano. Por eso se considera ló- gico y natural que legue á su sobrino sus pretendidos derechos á la corona de Francia, demostrando así su antipatía á los príncipes de Orleans. * ** Alejandro III que hace unos dias penetraba en la segunda capital de su imperio acompa- ñado de su familia, seguido de multitud de príncipes y diplomáticos extranjeros, pisando alfombras de flores con que habian cubierto las calles sus vasallos, viendo tremolar las banderas y colgaduras con que el pueblo de Moscou habia adornado sus casas y sus tem- plos para recibirlo dignamente, oyendo el tro- nar de sus cañones y contemplando el brillo de las bayonetas de su temido ejército, acla- mado con entusiasmo, con frenesí, por un pueblo que lo adora, no habrá podido ménos de entristecerse al sentir que le faltan las sim- patías de las clases verdaderamente ilustradas de Rusia, de esas clases cuyas aspiraciones, encerradas en el círculo de hierro de leyes absurdas en nuestra época, y anhelantes por respirar el ambiente de la libertad, recurrie- ron á medios siempre odiosos, medios que cen- surarán los espíritus honrados de todos los pai- ses, pero que hacían comprensibles, ya que no disculpables, las torpezas de sus consejeros; habrá comprendido que es imposible á un so- berano afianzarse en su trono y ponerlo á cu- bierto de criminales amaños sin entrar en la senda que ya siguen todos los gobernantes, unos de grado y por fuerza otros. Por eso, sin duda, el acontecimiento de su coronacion será el preludio de una nueva era política para sus Estados, á los cuales hay que ir concediendo reformas paulatinas y muy meditadas, si se quiere, pero necesarias de todo punto. Prescindo aquí de las descripciones hechas ya por todos los periódicos diarios de esas fiestas suntuosas nunca vistas en nuestro tiempo, que se verifican en estos momentos en Rusia, y limi- tándome á la importancia política del suceso que se festeja, habré de decir que la tiene inmensa, y que por de pronto ha provocado la promesa solemne de Alejandro III, de principiar con un indulto á los delincuentes políticos, las refor- mas que inmediatamente se han de estudiar. Si el czar actual se halla solicitado por el ejem- plo que le diera su padre Alejandro II, que con terquedad fatal para él y para los suyos, se propuso no dar un solo paso hacia adelante en política, no debe olvidar tampoco que entre sus ascendientes de la casa de Romanoff, hay revo- lucionarios tan grandes como Pedro I y Cata- lina II, á quienes indudablemente debe Rusia su grandeza. Imite el ejemplo de éstos, y su nombre pasará á la historia como el de aque- llos, por haber dotado á su imperio de las ins- tituciones modernas que las clases ilustradas en el interior, y en el exterior la civilizacion actual, le piden con incesante clamoreo. Ahora es ya el ungido del Señor, y revestido de ese nuevo carácter que tuvieron todos los czares, podrá con más facilidad que nunca dedicar su inteligencia y su celo á la realizacion de su tarea gloriosa. * ** La Santa Sede ha experimentado la necesi- dad de protestar contra los hechos odiosos de los agitadores irlandeses, porque la dignidad y buen nombre de la Iglesia católica no podia autorizar una propagandaa que recurria á me- nudo al crimen, segun ha demostrado el re- ciente proceso de Phenix-Park. El Papa se ha dirigido á los prelados irlandeses, recomen- dándoles aconsejaran al pueblo, que de tan católico blasona, oyera la voz de la prudencia y del deber, y reconociendo á los poderes cons- tituidos en la Gran Bretaña, persiguiera leal y enérgicamente la realizacion de sus ideales; pero por los medios legítimos y abandonando la odiosa senda del crimen á que á veces re- curría. En un principio era de suponer que estas sabias advertencias de Leon XIII, producirían los efectos apetecidos; pero contra lo que espe- raba todo el mundo, en los amigos de Mr. Par- nell ha podido más el fanatismo político que 118 REVISTA IBÉRICA. el amor y respeto al Santo Padre, y reunidos en un meeting han resuelto prescindir de esos consejos y continuar á todo trance en la acti- tud en que se hallan frente al gobierno inglés. El Papa ha echado mano de ese medio un poco tarde, en concepto mio, y la consecuencia ha sido, que lejos de conseguir su objeto, se dibuja actualmente una excision que podria tener consecuencias fatales para la causa del catolicismo en Irlanda, y que determinarian de un lado los amigos de los jefes irlandeses y del otro los que creen de su deber no desoir la voz del Pontífice romano. El gobierno inglés va ganando de todos modos en este asunto, toda vez que la circular del Papa tendrá, cuando ménos, la virtud de desunir á los revo- lucionarios, lo cual ha de simplificar no poco el problema de la pacificacion de Irlanda, que Mr. Gladstone y sus compañeros están llama- dos á resolver. Cualquier cosa en este sentido es ventaja inmensa para el gabinete de Lóndres que anda á vueltas con los asuntos de la region austral de Africa, bien complicados por cierto durante la quincena que acaba de pasar. El rey de los zulús ha tenido que recurrir a la fuerza de las armas para hacer respetar su autoridad que reconocen algunos jefes á duras penas, y que otros no quieren acatar. Pero la victoria no ha querido sonreirle; sus guerreros han sido derrotados por las hordas del jefe de tribu Usibepu, que si sabe aprove- char sus triunfos pondrá en duro trance la obra de la restauracion de Cettiwayo hecha por Inglaterra. Y no es sólo la Zululandia el país que por allá se halla en situacion difícil; los basutos están en plena guerra civil; en la tierra de los pondos las tribus rivales han inau- gurado una lucha sangrienta y terrible, los boers no consiguen avasallar á los cafres que habitan los territorios limítrofes al Transvaal y los colonos ingleses de la region austral de Africa sufren grandemente en sus intereses con esta situacion que es difícil de remediar. El gobierno de Mr. Gladstone habrá de ha- cer gala de sin igual habilidad para resolver esas cuestiones cuya solucion, á mi entender, está en el abandono completo de aquellos esta- dillos senil independientes, y en sustituir el protectorado inglés por la indiferencia absoluta de todo cuanto suceda fuera de sus colonias propiamente dichas. * ** No ménos preocupado que Mr. Gladstone con estas cosas, debe andar el canciller Bis- marck, en Alemania, con la cuestion religiosa que ha variado de aspecto desde mi último artículo para los lectores de la REVISTA IBÉRI- CA. Las últimas noticias son que el embajador de Prusia en el Vaticano va á salir ó habrá sa lido, ya de Roma, en uso de una licencia, que ni pedia ni estaba justificada en estas circuns- tancias. En compensacion á este disgusto, que sin duda tendrá el Papa, debo señalar las tenden- cias cada dia más acentuadas hácia una inte- ligencia sincera entre la córte pontificia y del rey de Italia. * ** En el imperio austro-húngaro se ha acen- tuado más estos días la eterna lucha de razas entre los diferentes súbditos del emperador Francisco José. Eslavos, zcheques y alemanes rompen lanzas en favor cada cual de su pre ponderancia; y estos dias la cuestion de ins truccion pública que se trataba en el Parla- mento, ha agriado la lucha. En este terreno los alemanes disponen en Austria de un auxiliar muy poderoso, que es la asociacion escolar Schulverein, la cual con tribuye á la creacion y entretenimiento de escuelas alemanas en toda la monarquía, y recibe del imperio vecino auxilios materia- les y una eficaz influencia moral Las tenden- cias de ese Schulverein, afiliado á las sociedades similares de Alemania, se han revelado estos días cuando hubo quien quiso imponer el uso obligatorio del idioma aleman en las escue- las de Hungría; se revelaron. de nuevo en la lucha que con igual motivo hubieron de sostener con los magyares, y acaban de de- mostrar su carácter otra vez en la reunion ge- neral que ha celebrado en Linz. Las manifes- taciones pangermánicas de Herr-von-Schoe- nerer, en el festival que há poco se celebró á la memoria de Wagner, se han renovado en esa asamblea. Otro diputado, Herr-Sturm, pre- sentó una proposicion para que se declarara la alianza de los dos imperios germánicos, como indispensable para restablecer, conser- var y consolidar la situacion de los alemanes en Austria, situacion basada en el desenvolvi- miento de la historia y en la razon de Estado; ese diputado expresó tambien el deseo de que la union vaya haciéndose más íntima cada vez y se ensanche, en lo sucesivo, por medio de tratados y de legislacion respecto á todos los intereses comunes á ambos imperios desde el punto de vista económico, de la cultura inte- lectual y de la nacionalidad. De esto, á proclamar el rompimiento de los lazos que unen á Austria con Hungría, no hay más que un paso, y no es extraño que el gabi- nete de Viena combata semejantes tendencias como atentatorias á la integridad del Estado que gobierna. A estas preocupaciones de política interior habré de añadir, por lo que á Austria respecta, REVISTA IBÉRICA. 119 otras que, como la de navegacion por el Danu- bio, la de preponderancia en la Península de los Balkanes y la de realizacion de ideales am- biciosos en Oriente, son de actualidad suma para los hombres pensadores de aquel imperio. * ** Las repúblicas del Pacífico han firmado un tratado de paz. La noticia llegó á Europa hace bastantes días; pero oficialmente no ha sido confirmada hasta el 27 de mayo en un telegra- ma de Washington. Chile no ha sido con el vencido tan exigente como se creia, gracias, quizas, á la influencia moral de la opinion del mundo civilizado, que censuraba ágriamente su conducta inhumana. Aparte la indemniza- cion de guerra que habrán de pagarle entre el Perú y Bolivia, sólo exige la cesion de los ter- ritorios de Tacna y Arica por espacio de diez años, terminados los cuales, un plebiscito de- cidirá á cuál de las dos repúblicas, Chile ó Perú, han de pertenecer las provincias en litigio. Angel de Luque. -------- MISCELANEA. -- Aunque poco anunciada la lectura que darían varios socios del Ateneo de algunos capítulos de la notabilí sima obra del Sr. D. Meliton Martin, titulada: Pónos ó la comedia humana, fueron muchos los distinguidos amateurs de las letras y de las ciencias, admiradores del sabio ingeniero, que abandonando codiciadas invi- taciones á otras fiestas, llenaron el salon de sesiones de aquella docta corporacion. Por modestia, el Sr. Martin no estaba presente hu yendo de los aplausos que indudablemente se le habian de tributar donde tanto se le conoce y estima, y su dis- cípulo predilecto, el jóven catedrático de la Universi- dad central, Sr. Carracido, fué el designado para expo- ner sumariamente el asunto de Pónos, libro que, por su extension y encadenamiento de ideas, no podia leerse en totalidad ni comprenderse bien por fragmentos. Na- die que alguna vez haya escuchado la tersa, fluida y correcta palabra del Sr. Carracido, que haya podido admirar ese bello consorcio del arte en la expresion de las más abstrusas ideas, haciéndolas comprensibles por medio de imágenes tan bellas como sencillas, exactas é inesperadas, podrá dudar del acierto que el autor tuvo en su eleccion. El Pónos consta de cuatro partes ó ciclos correspon dientes á los cuatro grandes periodos de la vida social en que se desarrollan los elementos de la actividad humana. Empieza, pues, el cuento con el hombre salvaje en medio de una naturaleza virgen. El Sr. Martin ha pres cindido en absoluto de todas las teogonías y tradicio- nes. Dada una pareja humana en la plenitud de la vida va despertando en su espíritu todas las ideas, senti- mientos y voliciones que por ley natural han de surgir en el ánimo de Ántropos y Gina (el Hombre y la Mu jer). Así va constituyendo toda la historia con presci- sion de nombres y fechas, salvo alguna que otra lla- mada al pié de la página, para hacer ver al lector como el desarrollo de la vida humana, á través del tiempo, cumple sus leyes biológicas perfectamente determina- das, aunque los accidentes y contingencias del momento estorben su percepcion al que los presencia de cerca, como no hay planeta que pueda parecer redondo á sus habitantes. Toda la historia humana aparece condensada en el Pónos. No se nombra á Alejandro ni á César, no figuran Carlo Magno ni Napoleon, porque les sustituye un per- sonaje que vale por todos ellos, Dinamion, la Fuerza. No aparecen Buda, ni Zoroastro, ni Mahoma, porque les reemplaza Seuda, la mentira enseñoreándose de la conciencia timorata del hombre ignorante. No figuran Cristo ni la ciencia, porque les sustituye Alecia, sím- bolo de la verdad y por ende de la belleza, cubierta con negro velo que el progreso humano va haciendo mermar á medida que el hombre se perfecciona moralmente, y á medida tambien que consigne nuevos adelantos en el estudio de la naturaleza. Cuantos sofismas han perturbado el entendimiento de los pensadores, salen de lábios de Anoya; cuantas delicias han expresado las artes, son inspiradas por Fauta; cuantos pasos da la humanidad en su camino de abrojos por conquistar la dicha, se los debe á Ántropos y éste á los consejos de Pónos, el trabajo fecundo que en la leyenda aparece en forma de génio protector, pa- dre de la cautiva Alecia que el hombre ha de libertar. Nada diremos, por hoy, de una obra que está lla- mada á causar sensacion en el mundo literario. Tan luego como vea la luz pública le consagraremos un ar- tículo especial, limitándonos por ahora, á insertar en nuestras columnas un capítulo y á dar nuestra entu- siasta enhorabuena al amigo leal, al maestro bondadoso, al sabio poeta autor de la leyenda Pónos o la comedia humana. * ** En una época que marca el triunfo, tal vez definiti- vo, de la prosa sobre la forma rítmica, viene á la vida literaria, pocos años despues de haber venido á la vida material, el jóven, casi el niño, Fernandez Shaw. Sin duda la edad no es dato para estimar las pro- ducciones de un autor, y sucede muchas veces que la precocidad sólo sirve para que empiece antes la serie de fracasos que ha de empañar á sus obras; pero el poeta que á los diez y seis años ofrece el suficiente nú- mero de brillantes rasgos de inspiracion y de bellas es- trofas que despierten el entusiasmo de una corporacion tan docta como el Ateneo de Madrid, bien puede exhi- bir este título y la circunstancia de su corta edad, para que la crítica fije en él la atencion y, estimando en lo que valen sus méritos positivos, dé treguas á la censura de los defectos, hasta tanto que el niño sea hombre y llegue á la plena madurez de sus facultades. No hay que juzgar una por una las composiciones que contiene el volumen que acaba de ver la luz pública; no viene á cuento la enumeracion de sus aciertos ni de sus imperfecciones; cada una de las producciones de un escritor es un fragmento de la obra total, y hay que te- ner en cuenta el conjunto para un juicio definitivo. Si una imaginacion fresca y abundante, exqui- sito sentimiento de lo bello, inteligencia clara, oido delicado, extraordinaria facilidad é inmenso amor al estudio de los grandes modelos son suficientes para anunciar un poeta en quien, como Fernandez Shaw, posee además modestia en la propia estimacion, ca- riño á sus maestros y deseo insaciable de nuevos adelantos, puede el jóven escritor que nos ocupa ser bien venido á la república de las letras. Todas esas cua- lidades acusa el libro que tenemos á la vista y del cual hemos insertado algunas composiciones que, á guisa de primicias, nos dispensó el autor antes que el volumen se imprimiese. En las fechas que van al pié de las poesías puede verse la progresion seguida en el perfeccionamiento de estilo, en la seriedad y viril energía de las ideas, en la elevacion de los asuntos y en la fogosidad creciente de una imaginacion que se engrandece apenas entrada en las luchas de la vida, tan necesarias en el hombro de mérito para robustecer la inteligencia, como es in- 120 REVISTA IBÉRICA. dispensable al atleta ejercitar el cuerpo si ha de conse- guir una fuerte musculatura. Esos cuentos rimados, á manera de leyendas, tuvo campo segó y áun espigó nuestro inmortal Zorri- lla, esos acentos de indignacion arrancados por una lectura histórica de la vida de Neron ó de otro cualquier personaje tristemente célebre, irán dejando el campo á nuevos cantos más sentidos, más verdaderos y adecua- dos al ciclo que atraviesa la moderna literatura. Las grandes impresiones que sufre el espíritu en contacto de la realidad, podrán despertar, sin duda, en el alma sen- sible del poeta ayes de dolor sentidos y anhelo de idea- les, apenas entrevistos y ya pagados con incesantes amarguras. Podrá en horas de ventura dejarse envolver por la rosada nube de la dicha y cantar los goces, no ya previstos, sino reales, de la vida. El ánfora rebosa llena de excelente mosto; sólo falta que el tiempo cambie su gusto dulce y su turbio aspecto por el ardiente sabor y la limpia trasparencia "Del vino viejo que remoza el alma." Joaquin Moreno. ---------------------- REVISTAS EXTRANJERAS. ---- ARCHIVES DES SCIENCES PHYSIQUES ET NATURELLES. SUMARIO: Scheneebeli. Determinacion de la capacidad absoluta de algunos condensadores en medida elec- tro-magnética.--Scheneebeli (H.). Reivindicacion de prioridad sobre el termómetro de aire arreglado papa la determinacion de temperaturas elevadas.--Gau- tier (R) El gran cometa de Setiembre de 1882.-- Maurer (Dr. J.). Sobre la teoría de la absorcion atmosférica de la radiacion solar.--Candolle (Casimir de). Emilio Plantamour, noticia biográfica. El Sr. Scheneebeli, profesor de la Escuela politéc- nica de Zurich, describe los métodos empleados por él en la medida de la capacidad absoluta de varios con- densadores en medidas electro-magnétias, que son principalmente dos muy diferentes: el primero con ayuda de la induccion voltáica comprendida en el pro- cedimiento de Weber (H.-T.), y el segundo con el auxi- lio de la induccion terrestre, habiendo encontrado los resultados siguientes para varios condensadores á la temperatura de 20º: Valor nominal. Valor real. -- -- Condensador de Eliott...... 1,000 microf 1,042 microf. Id. de Clark............... 1,000 id. 1045 id. Id. de Siemens brothers.... 1,49 id. 1,475 id. Id. de Berthoud, Botel y C.ª1,018 id. 1 016id. El Sr. Gautier hace un detenido estudio de todas las observaciones efectuadas desde que M. Gould, director del observatorio de Córdoba, apercibió el gran cometa de Setiembre último, y concluye despues de detenidos y minuciosos cálculos, en asegurar que aunque todas las probabilidades se prestan á suponer que el movimiento del cometa en su órbita, al pasar por su perihelio habia sufrido una fuerte perturbacion física, el resultado final de sus observaciones es que si se ha verificado alguna perturbacion en el movimiento del cometa al pasar por cerca del sol, aquella ha sido insensible. Maurer se ocupa de examinar por medio de una in- vestigacion teórica, de la absorcion de los rayos calóri- cos, fundada en el supuesto de un estado ideal de la atmósfera natural entre qué limites puede ser empleada la fórmula de Poullet para una atmósfera homogéna y finalmente determinar qué exactitud se debe conceder á los valores de E (espesor de la capa de aire atravesada supuesta igual á 1 para la incidencia vertical), resul- tante de las teorías de Bouguer, Lambert, Violle-La- place, etc. Concluyendo su trabajo exponiendo un cua- dro de los espesores E de la atmósfera atravesada por los rayos solares para distancias zenitales variables de 0° á 90° segun su fórmula y las de Bouguer, Lambert y Violle-Laplace. REVUE DES DEUX MONDES. SUMARIO.--I. La primera campaña de Condé; por el du- que de Aumale.--II. La caridad privada en París; por M. Du Camp.--III. El judío de Sofiewka; por V. Rouslane.--IV. El presupuesto de 1884 y la situa- cion financiera de Francia; por Pablo Leroy Beau- lieu.--V. Estudios sobre el siglo XVIII; por Fernan- do Brunetiere.--VI. Retratos del siglo; por Eugenio M. de Vogüé.--VII. Los progresos de la micrografía atmosférica; por R: Radau.--VIII. Revista dramática; por Luis Gauderar. Los progresos de la micrografíaatmosférica.-- Este artículo de M. Radau está inspirado en el libro hace poco publicado por M Miquel, quien describe los re- sultados obtenidos en los estudios y observaciones á que se ha dedicado y en los trabajos anteriormente verifica- dos por Gaultier, Douchet, y sobre todo, por Pasteur. Examina el autor incidental y ligeramente aquellos puntos de la micrografía atmosférica relacionados con las materias minerales y residuos muertos de los vege- tales; despues estudia los gérmenes de éstos, deducien- do en cifras el siguiente resultado: en Montsouris, don- de se han hecho los experimentos, se ha observado una cantidad de esporos en el aire en la proporcion de 14 por litro, siendo, de todas las estaciones, en el estío cuando aumenta considerablemente el número de ellos, pues llega á 28.000 por metro cúbico, mientras en el in- vierno sólo alcanza á 6.000. De éstos, en uno y otro caso, son originarios de las plantas eriptógamas los más. Clasifica despues los gérmenes de bacterios suspen- didos en el aire, determina su desarrollo y respectiva influencia en la corrupcion de la atmósfera y expone los medios é instrumentos para observarlos. De las investi- gaciones hechas en las épocas de mayor desarrollo, re- saltan las siguientes variaciones en la cantidad de bac- terios por metro cúbico: 1880 1881 1882 ---- ---- ----- Abril........................ 56 48 60 Mayo.........................195 80 40 Junio.........................39 92 21 Julio.........................53 190 43 De los términos medios trimestrales calculados, re- sulta: otoño, 121; invierno, 53; primavera, 70; verano, 92, y término medio anual del 79 al 80, 84. REVUE PHILOSOPHIQUE. SUMARIO.--I. La vida estética; por Ch. Bernard.--II. La obligacion moral desde el punto de vista intelectual; por Paulham.--III. Acerca de las pretendidas con- tradicciones de Descartes; por Fonsegrive.--IV. No- tas y discusiones.--V. Análisis y memorias.--VI. No- ticias bibliográficas.--VII. Periódicos extranjeros. Es Mr. Paulham uno de aquellos positivistas en que sin duda pensaba Fouillet cuando exclamaba que aquellos son los filósofos más idealistas que existen. Gusta tratar las tesis más aventuradas, mezclando da- tos de verdadero valor positivo con imaginaciones é idealismos; sin embargo, en el artículo mencionado aparece ajeno á esas aficiones, que sustituye por atina- das experiencias discretamente enlazadas á la cuestion y por un método perfecto. Por lo que hace á las conclusiones, este es el resú- men: La obligacion moral en sus comienzos se confunde con una idea vaga de lo que hará un sér en determina- das circunstancias. La contemplacion de un fenómeno, determinada por ciertas asociaciones de ideas, es el fundamento intelectual de la creencia en la obligacion moral. ---------------------------------------- Madrid 1883.--J. Lopez, impresor, Caños, 1 triplicado.