Año I.--Número 6. Madrid 16 Junio 1883. REVISTA IBÉRICA DE POLITICA, LITERATURA, CIENCIAS Y ARTES. -------------- Director: D. Juan Reina Queda prohibida la reproduccion de los artículos literarios y científicos que se publiquen en esta Revista, salvo convenio especial. SUMARIO. 16 de Junio. MR. EMILE ZOLA.--Santiago Damour (novela). DON RAMON DE CAMPOAMOR.--Del principio de las ideas. DON MANUEL DEL PALACIO.--Triste regreso (poesia). CLARIN.--Palomares (fragmento de una novela). DON JOSÉ MARIA REINA.--Médicos Forenses. DON ANGEL DE LUQUE.--Revista política exterior. DON FRANCISCO HENESTROSA.--Fray Zeferino Gonzalez. DON CÁRLOS FERNANDEZ SHAW.--Murillo y Se- villa (poesia). DON JOAQUIN MORENO.--Libros nuevos. REVISTAS EXTRANJERAS: The Edinburg Review.--Revista Internacio- nal de Enseñanza.--Revue politique et litteraire. --The Nineteenth Century.--Les Matinées Es- pagnoles. Indice del primer trimestre. 16 de Junio. Tan abundante ha sido la pasada quincena en asun- tos de gacetilla, como esteril en acontecimientos de me- morable importancia. Si el rasgo más saliente que podíamos mencionar de cuantas sesiones habia celebrado el Congreso, en los últimos dias de Mayo, fué una vergonzosa discusion sobre reparto de billetes gratuitos para ver los toros, nada desde entonces ha llamado la atencion de los se- fores representantes del país, hasta que una nueva polémica sobre concesion de billetes gratuitos para viajar por ferro-carril ha despertado su codicia. En ambas ocasiones, más que Parlamento de un pue- blo civilizado, parecia el Congreso español zaragata de muchachos en dia cíe bautizo. Estas dos sesiones han marcado los extremos de esta parte de la maquinaria legislativa, entre los cuales la rueda de la Hacienda ha triturado con sus yantas el crédito público y el presti- gio de un Gobierno sin plan de conducta ni opiniones definidas; tan incapaz de evitar el mal como de practi- car el bien; que lo mismo expone con sus torpezas al escándalo el nombre de altas personalidades, quo deja hundirse en el fango el decoro del Parlamento, amena- zar la miseria en ricas comarcas, sin más amparo que deficientes paliativos, y que á nada se decide, por pe- rentorio que sea, mientras no ha contado y vuelto á contar el número de compadres que le apoyaria en cada ocasion. Setenta y tres diputados han creido más útil perder el tiempo en solicitar una franquicia que no han sabido merecer, que destinarlo á concluir la inaplazable discu- sion de presupuestos. La mayor parte de ellos no han asistido á las sesiones en que se ventilaban asuntos de tan vital interés, y si no se han tomado la molestia de leer en los periódicos los extractos, apenas tendrán que responder cuando sus electores les interroguen acerca de su conducta en una legislatura tan erizada de acci- dentes. Así como el célebre Sieyes resumió sus actos durante toda la revolucion francesa en una frase: "he vivido," nuestros diputados de la mayoría pueden condensar en otra frase aún ménos honorífica su comportamiento: "he obedecido;" es decir, he votado con Romero Giron en el debate Giron-Fiori, he apoyado á Pelayo Cuesta con la aprobacion de unos presupuestos ruinosos, y he per- dido el resto de la primavera como la cigarra del cuento pasó el verano. * * * Las sesiones de la izquierda dinástica para organizar un plan de batalla contra el actual gabinete son, en su apariencia de unanimidad, una nueva demostracion de la incoherencia de ese bando político, que todavía dista mucho de ser un partido. Sardoalistas, berangeristas, morotistas, martistas, etc., etc., forman tantos partidos como jefes de alguna talla cuentan los demócrata-monár- quicos en el Parlamento. Sus acuerdos con reservas mentales, tendrán que carecer siempre del prestigio que da la asociaeiou de fuerzas bajo una misma direccion, siendo la historia particular de cada miembro del parti- do, sus complacencias ó sus rencores con el Gobierno Sa- gasta, otros tantos factores que dificultan la formacion, tal vez posible aunque lejana, de ese gran partido libe- ral, contrabalanza de los elementos históricos, acumula- dos bajo las órdenes precisas y matemáticamente obser- vadas del señor Cánovas del Castillo. ¿Qué fines podría cumplir hoy en el poder un grupo más ó menos numeroso de políticos, que no tienen to- mado definitivo acuerdo acerca de la extension del su- fragio, ni siquiera de la Constitucion que habrian de proclamar para su gobierno? ¿Interpretarían, como dicen algunos, la Constitucion de 1876 hasta hacerla coincidir en todo lo esencial con la de 1869? ¿,Llegaria á tanto la elasticidad de aquella Constitucion? ¿Restringir an la del 69 hasta identificarla con la del 76? ¿Conservarian el nombre de demócratas despues de esta restriccion? Entre dar carácter democrático á una ley conserva dora y amoldar al criterio conservador una Constitucion democrática, ¿ha recaido unánime acuerdo? Tal es, en resúmen, el período de gestacion que en los bancos rojos del Parlamento queda todavía por pasar el partido do- mócrata monárquico. Cuantas acusaciones se le dirigen, fundadas en las rencillas y celos que entre sus jefes despiertan lo que muchos llaman ecuacion personal, son de escasa impor- tancia, al lado de la falta de cohesion motivada en las diferencias políticas. 122 REVISTA IBÉRICA. Cuando pasó el período revolucionario y los hombres procedentes de los varios partidos en que se fraccioraron los primitivos federales ó de los partidos monárquicos que aceptaron la república, quisieron tomar acuerdos para gestionar el triunfo de una causa comun, fueron infructuosos todos los programas, todas las componen- das que se intentaron. Desde un federal como Pí, hasta un republicano con- servador como Castelar, habia más distancia en el fondo de las ideas que entre monárquicos y republicanos. De la imposibilidad de entenderse, nació una escuela semi- pesimista, que pudiéramos llamar de republicanos pla- tónicos, compuesta de individuos resueltos á no volver á los procedimientos de fuerza, convencidos de que con esa pasividad nunca saltarian legalmente el abismo entre dos legalidades antitéticas, y faltos de valor ó de voluntad para recorrer la inmensa trayectoria que hay desde su campo al de las instituciones vigentes. Por vir- tud ó por temor, creemos que por virtud, no querian exponer su prestigio personal á tan largo viaje, y prefi- rieron ampararla á la sombra de una consecuencia más ó ménos enérgicamente sostenida. Surgió otra rama, la más robusta de todas, compuesta de los hombres impe- nitentes, que resueltos el mantener los ideales revolucio- narios, ni ceden ni transigen. Y quedaron, en fin, los demócratas, más ó ménos fir- mes en sus convicciones, que ni desean luchar largo tiempo en una oposicion estéril, ni pueden depositar á las puertas de la monarquía el bagaje de la propia his- toria. Demócratas benévolos, demócratas monárquicos, izquierda dinástica, como quieran llamarse, son los sol- dados dispersos de una derrota. Los veteranos se han retirado á sus casas, el cuerpo del ejército se agrupa bajo otras banderas; éstos continúan defendiendo á todo trance sus antiguas opiniones; aquellos deberán aceptar las leyes del vencedor y presentarse diseminados, no á tambor batiente. * * * La crisis jornalera en Jerez, conjurada en aparien- cia, sigue preocupando la atencion de los verdaderos políticos y estadistas. Frecuentes son en Andalucía las épocas de escasez que obligan á los propietarios á tomar á su cargo la manutencion de los jornaleros; pero siempre se han pa- liado tales conflictos sin violencias ni amenazas por parte del pueblo; hoy se presenta allí una asociacion sanguinaria que no tiene precedentes en el país ni se apoya en la falta de cosechas. Una baja considerable en el precio de los vinos y la consiguiente disminucion en los jornales, son la causa ocasional; pero la causa eficiente, la raíz del conflicto, es sin duda la pro- paganda del socialismo francés, derrotado en toda la línea por los hombres de ciencia, que continúa envene- nando la inteligencia del pueblo. Es la eterna historia de todas las utopias; el fin de su período de propaganda coincide con el principio de la lucha por su desarraigo. Por los mismos dias en que los últimos restos del fede- ralismo, que más afinidades tensan con el socialismo, dan el espectáculo de su disolucion, los gérmenes de las ideas, en gran parte por ellos exparcidas, ensangrientan el suelo andaluz. Lo mismo ha pasado en todos tiempos. Ya el cris- tianismo dominaba el mundo, cuando en los pequeños pueblos, atrasados en cultura, hacia sus prosélitos el vencido paganismo, que de los pagos tomó su nombre. Sociedades imperfectísimas, organizadas con proce- dimientos, leyes y sanciones brutales áun dentro de las más exaltadas teorías de la escuela en que pretenden ampararse, han tomado incremento y procedido á feroces vías de hecho, sin que el Ministerio hubiese interpuesto los mil recursos que, sin apelar al derecho preventivo, hoy nuevamente invocado por la ciencia, tiene todo go- bierno enérgico, celoso de su autoridad y ganoso de prestigio entre sus conciudadanos, mediante una incan- sable cooperacion á la tranquilidad y bien públicos. Mil veces los oradores más notables del Parlamento han tenido que fustigar, con preguntas é interpelaciones, la indolencia nihilista del Sr. Sagasta haciéndole com- prender la urgencia de sabias medidas que, buscando el mal en su raíz, pusieran pronto remedio. Refórmese lo reformable, atiéndase de una vez para siempre á las necesidades del obrero andaluz en cuanto sea factible, evítese que á la sombra de la libertad que el hombre tiene para contratar sus trabajos se desarrollen otras sociedades para impedir el uso de esa misma libertad, es desde hace meses la voz unánime de la prensa de todos los partidos, sólo en parte escuchada por los ministros de la Corona. La ineficacia del envío de soldados á las campiñas donde se ha declarado la huelga, no puede ser más evi- dente. Conocidos de nuestros lectores son, sin duda, los elocuentes discursos de los señores Carvajal y Romero Robledo. Las diferencias políticas no fueron esta vez obs- táculo para que ambos oradores unieran la influencia de su oratoria en contra del Ministerio. Los datos esta- dísticos é históricos presentados por el primero y la de- fensa que de los propietarios andaluces se vió obligado á pronunciar el segundo, bastaron para demostrar cuán á ciegas estaba el ministro de la Gobernacion en la mate- ria que se trataba. Pasará la siega y vendrán otras operaciones agríco- las, sin que el Ministerio pueda evitar nuevas huelgas, á ménos que sostenga un ejército de cavadores, podado- res, etc., perpétuamente consagrado á esas faenas. * * * Y despues de tantas quejas contra los ministros y contra la mayoría de las Córtes, ¿cómo no decir algo de crisis? ¿Habrá en toda España algun político, excepto una pequeña parte del cuerpo de empleados, que no es- pere algo bueno de un cambio ministerial? Sumando á las oposiciones los partidarios y favorecidos del actual órden de cosas que esperan ascensos ó carteras en ese turno más ó ménos pacífico que el Sr. Sagasta desea ve- rificar con todos los amigos suyos á quienes trata de complacer, causa admiracion no leer todos los días en la Gaceta nuevas firmas refrendando los decretos; mas por hoy, los ortodoxos del constitucionalismo, opinan que sus actuales jefes han ganado el ve- rano. REVISTA IBÉRICA. 123 SANTIAGO DAMOUR. ---- Cuando Santiago Damour contemplaba allá en Numea el despejado horizonte del mar, sentia, en ocasiones, renacer toda la propia historia, las miserias del sitio, las iras de la Commune con aquel violento desenlace que le habia arrojado tan lejos, maltrecho y abatido. No era aquello clara vision de recuerdos que dulcemente le entristecieran, sino el vago des- pertar de una inteligencia oscurecida que vol- viese en sí á la vista de ciertos hechos persis- tentes, en medio de la total desaparicion de los restantes. A los veintiséis años se habia casado con Felisa, hermosa jóven de diez y ocho, sobrina de una frutera de la Villette, que le tenia al- quilada una habitacion. El era cincelador en metales y ganaba hasta 12 francos diarios; ella habia sido costurera, mas como en breve tu- vieron un hijo, apenas si le alcanzaba el tiem- po para criar al pequeño y arreglar la casa. Eugenio se desarrollaba á las mil maravillas. Nueve años despues nació una hembra, Luisa, que durante mucho tiempo se crió enclenque y les causó muchos gastos en drogas y mé- dicos. No obstante, la familia podia concep- tuarse feliz. Damour echaba de vez en cuando una cana al aire; pero hombre de razon, se acostaba temprano cuando se habia excedido un poco en la bebida, y al dia siguiente em- prendia de nuevo su trabajo, acusándose de holgazan. A los doce años dedicaron á Eugenio al torno, de manera que apenas sabria el pequeño leer y escribir cuando ya se ganaba la vida. Felisa manejaba la casa con habilidad, pru- dencia y extraordinario aseo; algo "tacaña, tal vez," segun decía el marido, porque les ponia legumbres con más frecuencia que car- ne, á fin de reservar algunos cuartos para días adversos. Aquella fué su mejor época. Vivian en Me- nilmontant, calle Envierges, en un piso con tres habitaciones, una para el matrimonio, otra para Eugenio y un comedor donde habían instalado los tornos, sin contar la cocina y un gabinete para Luisa. Aunque el edificio era pequeño y vivían pa- sado el patio, no carecian de aire y luz, porque las ventanas daban á un cantero de derribos á donde mañana y tarde llegaban las carretas cargadas de escombros y de trozos de vigas viejas. Más de diez años llevaban allí cuando estalló la guerra. Felisa, aunque rayana en los cua- renta, se conservaba jóven, un tanto jamona, con unos hombros y unas caderas que la hacian la guapa del barrio. Su marido, por el contrario, estaba enjuto, y no llevándola más que ocho años, parecia un viejo al lado de ella. Luisa, fuera ya de peligro, aunque siempre delicada, habia sacado la delgadez del padre, en tanto que Eugenio tenia á la edad de diez y nueve años la estatura y la amplitud de espaldas de la madre. Vivían muy unidos, á pesar de las escapadillas que padre é hijo so- lían hacer, deteniéndose en algun almacen de vinos. Felisa se enfurecia por aquel derroche, y hasta llegó el caso de arañarse; cuestiones sin importancia por causa del vino, que no les im- pedia ser la familia mejor avenida de toda la casa y que se les citase siempre por via de buen ejemplo. Cuando los prusianos marchaban hácia París y empezó á cundir la terrible huelga, los Da- mour depositaron más de 1.000 francos en la Caja de ahorros; cosa notable en un matrimo- nio de obreros que habían criado dos hijos. Los primeros meses del sitio, no fueron, pues, muy duros para ellos. En el comedor donde reposaba la maquinaria, todavía se co- mia pan blanco y carne. Es más; compadecido Damour de un vecino, un pobre diablo pintor de puertas, llamado Berru, que se moría de hambre, hizo la caridad de convidarle á comer varias veces, hasta que el invitado concluyó por hacerse presente á todas horas. Era éste un truhan tan ocurrente, que logró desarmar las prevenciones de Felisa, inquieta y contrariada ante aquella enorme boca que engullia las mejores tajadas. Por la tarde ju- gaban á la baraja, charlando acerca de los prusianos. Berru, gran patriota, hablaba de minar el terreno hasta llegar debajo de sus ba- terías en Chatillon y Montretout, y hacerles volar. Despues tocaba su turno al gobierno; ¡valiente atajo de bribones, que pretendian entronizar á Enrique V abriendo las puertas de París á Bismarck! La República de aquel gobierno de traidores le hacia encogerse de hombros. --¡Ah, la República! Y ambos codos sobre la mesa y la pequeña pipa en la boca, expli- caba á Damour su gobierno ideal: todos her- manos, todos libres, todo el mundo rico y la igualdad y la justicia reinando por todas partes. --Como en 93, añadia con la mayor natura- lidad. Damour permanecía serio. El tambien era republicano, porque desde la cuna habia oído siempre decir en torno suyo que la República marcaría el triunfo del obrero y la dicha uni- versal; mas no tenia idea fija de cómo las co- sas habian de suceder, y escuchaba atenta- mente á Berru, aprobando sus razonamientos, convencido de que la República, sin duda, 124 REVISTA IBÉRICA. vendria como el pintor de puertas aseguraba, en la firme creencia de que si todo París, hom- bres, mujeres y niños, hubiesen_ marchado á Versalles cantando la Marsellesa, hubieran con- seguido arrollar á los prusianos, dar la mano á las provincias y fundar el gobierno del pueblo que habia de proporcionar rentas á todos los ciudadanos. --Mucho ojo, le decia Felisa llena de des- confianza; Berru va á ser nuestra perdicion. Mantenle, si eso te agrada; pero déjale que vaya á romperse la crisma él solo. Tambien Felisa quería la República. Su pa- dre habia muerto en una barricada el año 48; pero este recuerdo en vez de exaltarla la hacia entrar en razon. En lugar del pueblo, se decia, bien sabria ella cómo hacer la forzosa al go- bierno para que fuese justo: se conduciria bien, se mostraría prudente y enérgica. Los discursos de Berru la indignaban y le causaban miedo, porque no los creia honrados. Veía que Damour cambiaba y sus nuevas maneras, así como las palabras que proferia, le eran profun- damente repulsivas Pero todavía le inquietaba más el aspecto sombrío y ardiente de Eugenio, cuando éste escuchaba á Berru. Por la noche, mientras Luisa dormia en la mesa, Eugenio, echado de brazos, bebia con lentitud una copa de aguardiente. sin decir palabra, fija la vista en el pintor que siempre llevaba de París al- guna extraña noticia de traiciones: unas ve- ces contaba que los bonapartistas hacian se- ñales desde Montmartre á los alemanes, ó bien que habían sido arrojados al Sena muchos sacos de harina y de pólvora á fin de precipi- tar la entrega de la ciudad. --¡Puros enredos! decia Felisa á su hijo cuando se marchaba Berru. No te calientes los cascos; bien sabes que es un embustero. --Demasiado sé yo á qué atenerme, respon- dia Eugenio con terrible ademan. A principios de Diciembre, los Damour ha- bian consumido sus economías; mas como no pasaba hora sin que se anunciase una nueva derrota de los prusianos en provincias, ó al- guna salida victoriosa que permitiria por fin libertar á París, la familia no se acobardaba en la esperanza de que volveria la época de tra- bajo. Felisa hacia milagros; vivian al dia co- miendo aquel pan moreno del sitio, que úni- camente Luisita no podia digerir. Damour y y Eugenio acabaron por caldearse los cascos, como decia la madre. Ociosos dia y noche, apartados de sus antiguas costumbres y sin- tiendo los brazos atrofiados por la inaccion de de que habian abandonado el torno, expe- rimentaban cierto malestar y atolondramiento causado por delirios extrambóticos y sangui- narios. Padre é hijo se habian inscrito en un batallon expedicionario que como otros mu- chos, no salia de las fortificaciones, acuarte- lado en un puesto donde los afiliados se pasa ban el dia jugando á los naipes. Allí fué donde Damour, con el estómago_ vacío y el corazon oprimido de ver la miseria que reinaba en su casa, llegó á convecerse de que el gobierno se habia propuesto exterminar al pueblo para hacerse dueño de la República. Berru tenia razon; nadie ignoraba que Enri- que V estaba en Saint Germain, en una casa, sobre la cual flotaba una bandera blanca. Aquello debia terminar. De un dia para otro exterminarian á cuantos bribones reducian á los obreros á la miseria y les hacian bom- bardear con el único propósito de dar lugar al triunfo de los nobles y á los curas. Cuando Damour y Eugenio volvían á casa enardecidos por las locuras de afuera, no hablaban mas que de matar gente, en presencia de Felisa que, pálida y silenciosa, cuidaba á Luisita, otra vez enferma á causa de la mala alimentacion. En tanto, concluyó el sitio, se acordó la am- nistía y los prusianos desfilaron por los Cam- pos Elíseos. En la calle Envierges se comió pan blanco que Felisa habia traído de Saint Denis; pero la comida fué sombría. Eugenio, que habia deseado ver los prusianos, contó los detalles, mientras Damour, agitando el tene- dor, gritaba furiosamente que era preciso gui- llotinar á todos los generales. Felisa, contra- riada, le quitó el tenedor. En los dias sucesivos, visto que no renacia la actividad general, decidió Damour aplicarse al trabajo por su propia cuenta. Tenia fundi- das varias piezas de unos candelabros que de- bia terminar con esmero en la esperanza de venderlos. Eugenio, sumamente inquieto, dejó el tra- bajo al cabo de una hora. Berru, que habia desaparecido el mismo dia del armisticio, sin duda por haber hallado me- jor mesa en otra parte, se presentó una ma- ñana muy animado y contó el incidente de los cañones de Montmartre Por todas partes se alzaban barricadas; al fin habia llegado el triunfo del pueblo y el pintor venia en busca de Damour, alegando que hacian falta todos los buenos ciudadanos. Damour abandonó el torno, á pesar de la consternacion que mostra- ba el rostro de Felisa. Era la Commune. Las jornadas de Marzo, Abril y Mayo dieron principio. Cuando Da- mour, cansado, oía los ruegos de su esposa para que permaneciese en casa, le respondía: --¿Y mis treinta sus? ¿Quién nos dará el pan? Felisa bajaba la cabeza. No tenian más in- gresos para mantenerse que los treinta sus del padre y los treinta del hijo, sueldo de la guar- dia nacional que á veces acrecia con distribu- ciones de vino y de carne salada. REVISTA IBÉRICA. 125 Por su parte, Damour estaba persuadido de su derecho, y tiraba contra los versalleses como hubiera tirado á los prusianos, seguro de que así salvaba la República y aseguraba la felicidad del pueblo. Despues de las fatigas y miserias del sitio, la explosion de la Commune le permitía vivir en un ensueño de tiranía, contra la cual lu- chaba como héroe oscuro decidido á morir en defensa de la libertad. No se cuidaba de las complicadas teorías de la escuela comunista. A sus ojos la Commune era sencillamente la anunciada edad de oro, el principio de la dicha universal, en tanto que seguia creyendo con más terquedad cada dia, que bien en Versalles ó en Saint Germain, existía un rey pronto á restablecer la Inquisicion y los derechos seño- riales si se le dejaba entrar en París. No hu- biera sido capaz de pisar un insecto en su casa; pero en las avanzadas acometia á los gendarmes sin el menor escrúpulo. Cuando regresaba molido, tiznado de pól- vora y cubierto de sudor, pasaba las horas en- teras junto al lecho de Luisita oyéndola res- pirar. Felisa no intentó más detenerle; espe- raba con calma de mujer prudente el fin de aquella conmocion. No obstante, un dia se atrevió á indicar que aquel endemoniado Berru no era tan tonto que se expusiese á llevar un balazo, sino que por el contrario habia tenido la habilidad de lograr una buena plaza en la Intendencia, lo cual no le impedia ir de gran uniforme, con galones y plumeros, á exaltar las ideas de Damour por medio de discursos, durante los cuales hablaba de fusilar á los ministros, á la Cámara y á todo el tinglado, el dia en que hubiesen de ir á prenderlos en Versalles. --¿Por qué no va él, en vez de empujar á los demás? decía Felisa. A lo cual respondia Damour: --Ya puedes callar. Yo cumplo mi deber. Tanto peor para los que no cumplen el suyo. Una mañana, á fines de Abril, llevaron á Eugenio á su casa en una camilla. Le habian dado un balazo en mitad del pecho en los Mo- lineaux, y al tiempo que le subian espiró en la escalera. Por la tarde, á su regreso, encontró Damour á Felisa silenciosa junto al cadáver de su hijo. La impresion fué horrible; cayó por tierra, y ella sentada cerca del muro, le dejó sollozar sin pronunciar palabra, porque nada se le ocurría, y porque á decir algo, hubiera excla- mado: --"Tú tienes la culpa." Felisa había cerrado la puerta sin hacer ruido por miedo de asustar á Luisa, y se le- vantó á ver si los sollozos del padre habían despertado á la niña. Incorporado Damour, se fijó largo rato en un retrato que habia en el marco del espejo, representando a Eugenio vestido de guardia nacional. Cogió una pluma y escribió al pié de la tarjeta: "Yo te vengaré." Despues puso la fecha y firmó. Aquello le sir- vió de alivio. Al dia siguiente una carroza cubierta de grandes paños rojos y seguida de inmensa multitud, condujo el cadáver al cementerio Lachaise. Damour iba detrás con la cabeza descubierta y á la vista de aquellos paños rojos que aumentaban el sombrío aspecto de la negra carroza, su corazon se henchia de fero- ces instintos. Felisa permaneció en casa al cuidado de Luisa, y aquella misma tarde Da- mour volvió á las avanzadas á matar gen- darmes. Por último llegaron las jornadas de Mayo. El ejército de Versalles estaba en París. Da- mour no pareció en dos dias; se replegaba con su batallon defendiendo las barricadas en me- dio de los incendios, y sin darse cuenta de sus actos, disparaba el fusil en la humareda por- que tal creia su obligacion. Por la mañana del tercero dia se presentó en la calle Envierges, derrotado, vacilante y aturdido como un beodo. Felisa le desnudaba y le limpiaba las manos con una toalla húmeda, cuando una vecina les participó que los comunistas estaban todavía apoderados del cementerio Lachaise y los de Versalles no podian expulsarlos. --Allá voy, dijo Damour con naturalidad: Se vistió de nuevo y cogió el fusil. No era en la explanada en que yacia Eugenio donde se habian refugiado los últimos defensores de la Commune. Damour esperaba indecisamente sufrir la muerte sobre la tumba de su hijo; mas no pudo llegar hasta allí. Los cañonazos trun- caban los grandes mausoleos; todavía algu- nos guardias nacionales, escondidos entre los árboles y detrás de los mármoles que blan- queaban al sol, disparaban contra los soldados, cuyos pantalones rojos veían avanzar. Damour llegó al tiempo preciso de que le prendieran. Treinta y siete de sus compañeros fueron fusilados. El escapó milagrosamente de tan sumaria justicia. Tal vez la circunstancia de tener las manos limpias por no haber tirado despues que su mujer se las lavase, habia in- fluido en aquel perdon. Ninguna idea tenia de los acontecimientos que le ocurrieron en las siguientes jornadas; tal habia sido su estu- por y su abandono. Todo aquello quedó en su memoria á ma- nera de confuso ensueño; horas enteras metido en oscuros lugares, abrumadoras marchas al sol, gritos, golpes, muchedumbres alborota- das, á través de las cuales habia pasado. Cuando salió de su aturdimiento estaba prisio- nero en Versalles. 126 REVISTA IBÉRICA. Felisa fué á verle, como siempre pálida y tranquila. Despues que le hubo participado la mejoría de Luisa, ambos quedaron en silencio sin encontrar qué decirse. Al marcharse le animó afirmando que se pensaba en él y que le sacarian de allí. Entonces la preguntó: --¿Y Berru? --¡Oh! respondió ella encogiéndose de hom- bros, Berru está en salvo... Desapareció tres dias antes de que entrasen las tropas, y no le molestarán. Un mes despues Damour partió para Nueva- Caledonia, condenado á simple deportacion. Como no tenia grado alguno, tal vez el con- sejo le hubiese perdonado, si no se le ocurre confesar con aire tranquilo que habia estado haciendo fuego desde el primer dia. Al despedirse de Felisa la dijo con sencillez: --Volveré. Espérame con la pequeña. Esta frase era la que Damour retenia más claramente en la confusion de sus recuerdos, cuando se ensimismaba con la cabeza aturdida ante el despejado horizonte del mar. Muchas veces le sorprendió así la noche. A lo lejos percibia largo rato una claridad que rompía las crecientes tinieblas y sentía un vago deseo de levantarse y andar sobre las olas para mar- charse por aquel camino blanco, supuesto que habia ofrecido volver. Emile Zolá. (Continuará.) -------- DEL PRINCIPIO DE LAS IDEAS. I. La ciencia primera, príncipe y suprema, es la Metafísica general, la Ontología, ciencia del ente ó del ser. Despues sigue en importan- cia la Filosofía, que es la ciencia de la mente ó del saber. Todo principio de saber se reduce al estudio del movimiento de la idea de algo, á la pos- tura de la nocion de ser. Y como las ideas toman por necesidad lógica el carácter del medio en que se propagan, dadme el sitio en que ponen la nocion de ser, un individuo, una institucion ó un pueblo, y sin necesidad de leer su historia, yo os diré cuál es su filosofía, su arte y su moral. Todas las llamadas ciencias no son más que diferentes aspectos de una sola, y misma idea. Un pensamiento en busca de su origen es ideo- logía; desde que tiene la nocion de ser, ontolo- gía; convertido en tipo de moral, teología; hecho imágen, estética, y aplicado á resumir un órden general de conocimientos, ciencia. Así es que la ideología, la ontología, la teo- logía, la estética y la ciencia en general, todas están fundadas en una base metafísica, porque todas irradian de una misma idea pri- mitiva y absoluta que se transforma en exis- tencia, en sentimiento, en imágen ó en hecho. Y ¿qué es idea? Las ideas son los medios de conocer. Pero ¿cuál es la esencialidad de las ideas? La inteligencia es una cosa que piensa, y la materia otra que pesa. La sustancia esencial del espíritu, buscada por los filósofos, y la de la ma- teria, perseguida por los sabios, son dos nocio- nes que Dios se ha reservado, acaso para siempre. Nosotros no caeremos en la benemé- rita simpleza de querer comprender lo incom- prensible. En este particular, antes que come- ter la deslealtad de escondernos en lo oscuro para mentir á mansalva, nos atendremos á aquella asercion tan antigua como sencilla que dice: no se demuestra lo que se muestra. Las ideas para los ontólogos son realidades independientes; para los cosmólogos, inspiracio- nes divinas, y para los psicólogos, abstracciones. Y siendo una ilusion, ó una certeza, que está en el fondo de la naturaleza humana la creencia de que el saber y el bien supremos deben hallarse en alguna parte, la idea pri- mordial y única, ó se la concibe ontológica- mente como sér independiente de todo lo creado, ó se la ve formando parte integrante del mundo ó se la juzga dentro de nosotros, creando lo que piensa; de cuyas tres posicio- nes de la nocion de ser nacen el Dios creador, el Dios Pan y el Dios Yo. Dios, la Naturaleza y el Hombre son los tres focos supremos donde germina la idea de algo, la nocion de ser; y, al partir la idea madre de esos tres puntos radicales, nacen esas tres cor- rientes de ideas que fecundan el inacotable é inacotado campo de la inteligencia humana, y entonces el Ontologismo, el Panteismo y el Psicologismo son la derecha, el centro y la iz- quierda de la idea inicial de algo, de la primera de las nociones del pensamiento ser. Concebido Dios como persona exterior, in- dependiente de todo lo creado, ó como parte integrante del mundo, ó como espíritu inhe- rente á la conciencia humana, se establecen irremisiblemente esas tres grandes ideas am- bientes que rodean y sirven de atmósfera á todas las demás ideas secundarias que en el curso de los siglos, por medio de una compe- netracion del mundo ideal en el mundo real, van fecundando las inteligencias de los gran- des hombres en todas las esferas de la filosofía, del arte, y de la historia. II. ¿Cómo llaman los grandes pensadores al Dios objetivo, independiente de todo lo creado? REVISTA IBÉRICA. 127 Pitágoras......................... El número. Platon............................ La idea. Aristóteles....................... La causa. Cristo............................ El Padre. La Iglesia........................ Dios. Este principio, considerado ontológicamen- te, es el sistema trascendental por excelencia. Con esta filosofía no se pueden fundar teorías ni sobre el mal, ni sobre la nada. Ese absoluto divino, que está fuera y encima de nosotros, es la pauta inmortal de nuestros deseos y de nuestras aspiraciones más santas. Allí van á fortificarse y á renacer las esperanzas frustra- das, á buscar el bálsamo de la paciencia los males físicos y á demandar consuelo todas las miserias morales. Por amor á ese Creador que dice á las criaturas: "sé bueno como tu Padre," se hacen los sacrificios desinteresados, se ejer- cen las virtudes desligadas de todo egoísmo terrenal; y por esta Autoridad, siempre de origen divino, así en la tierra como en el cielo, se esperan las privaciones y hasta son busca- dos los tormentos, porque ante el premio que de ella se espera, la vida es una prueba, el dolor una purificacion y la muerte una cita en el cielo. III. En el calor de una disputa, Calvino, dando con el pié en el suelo, le preguntó á Servet: "¿Y esto tambien es Dios?" Y contestó Servet: "¿Y quién lo duda? Veamos cuál es la corriente de ideas que fecundan las creencias de los adoradores de este Dios pateado por Calvino, y del cual no dudaba el panteísta Servet. Segun los cosmólogos, ¿.cuál es el principio de todas las cosas? Thales........... El agua. Anaximandro...... El caos. Xenófanes........ El todo. Parmenides....... El mundo divino. Empédocles....... El fuego. Plotino.......... El sujeto objeto. Mallebranche..... El todo en Dios. Espinosa......... La sustancia ó el Dios es todo. Schelling........ La identidad del sujeto y del objeto. Hegel............ La idea cósmica. Krause........... Los seres en el Sér. Los partidarios de esta filosofía, traspuestos eternamente en una especie de somnolencia sensual, y recostados en el seno de la madre naturaleza, con la frente sepultada en un in- menso gorro de algodon panteo, se abisman en los misterios de la sustancia del fetido Dios cosmos, que como filosofía es la creencia de todos los pueblos cobardes y degradados, y que como religion es un embobamiento que acaba por ser la mesticidad del materialismo. Rumiando la hipótesis, tan vieja como el mundo, de que "la materia es eterna," y so- metiéndose á la incontrastable omnipotencia de sus trasmutaciones, los cosmólogos se re- signan á gozar de esa felicidad que consiste en la apatía, en la perfecta inaccion del alma, dicha que se goza cuando, segun Schelling, el alma se entrega á una divina pereza, bus- cando la inalterable quietud de la planta, porque el hombre es tanto más divino cuanto más se parece á los vegetales, y acaso, acaso, á los minerales. ¡Larvas que jamás llegareis á ser mariposas! El tiempo para vosotras sigue inmóvil y se- reno. ¡Dormid en paz! IV. Despues de ocuparnos en describir los ontó- logos que creen en un Dios objetivo, indepen- diente y personal y de los panteistas ó cosmó- logos que creen que todo lo creado es una extension de la naturaleza misma del Creador, pasaremos á dar una idea de los psicólogos, que son los que quieren vivir sin Dios y sin Rey, en compañía de su conciencia y apoya- dos sólo en la caña hueca de su razon. Y cuando digo su razon, no hablo de la razon pura, sino del razonamiento. La razon pura, es la que, inspirada por las intuiciones, abarca los infinitos como la luz del sol recorre los espacios. El razonamiento es una sub- razon forzada á discurrir sobre los hechos ó la conciencia, y parecida á un águila caudal, obligada á volar metida en una jaula de hierro. ¿Dónde colocan los psicólogos la primera idea de ser? Sócrates............. Conócete á tí mismo. Roscelin............. Todo es nominal. Abelardo............. Todo es concepto. Descartes............ Pienso, luego soy. Locke................ Soy cuanto siento. Hume................. Sueño que siento y pienso. Condillac............ Soy cuando toco. Kant................. Todo está en el yo. Fichte............... Todo lo crea el yo. El psicologismo, que empezó en Sócrates con un exámen de conciencia, ha acabado en los filósofos modernos por ser un caso de pato- logía. El "conócete á tí mismo" es un consejo de auscultacion moral que, tomado con humil- dad, puede arrojar mucha luz sobre los proble- mas del alma humana y de la verdad absoluta divina; pero en el curso de los siglos, gracias á una investigacion intemperante, el hecho antropológico de Sócrates ha entrado en el dominio de la clínica, y casi, casi ha llegado á ser un acto digno de una camisa de fuerza, el dia aquel en que Fichte, convirtiendo su cáte- dra en la antesala de un manicomio, concluyó 128 REVISTA IBÉRICA. una de sus lecciones diciendo: "Mañana crea- remos á Dios." Hé aquí la razon humana en su mayor grado de delirio. Con perdon de los Luteros de segunda mano, diré que los ideales están arriba, ó no están en ninguna parte. Budha, sentado en el va- cío en su postura de empollar huevos, es un tipo más formal y más digno que el egoista Dios-Yo, declarándose centro del universo y haciendo girar al mundo en torno suyo en su exclusivo provecho. Despues que el yo humano, ídolo y adora- dor de sí propio convirtió su orgullo en una filosofía y su egoismo en un egoteismo, encer- rado en su nicho para incensarse como á un Dios, á falta de otras virtudes, tuvo la probi- dad lógica de acabar por estrellarse la frente de desesperacion contra las paredes de su en- cierro. Todo yo en accion, sin el freno y la guía de lo absoluto es un caballo de Mazzepa, cuyo ímpetu salvaje le arrastra á caer en todos los despeñaderos de la vida. El Dios sólo un poco malévolo en Descartes, ha concluido en el pesi- mismo en el Dios Mal; y el desdichado Leopar- di, despues de proclamar il commun danno e 1'infinita vanita del Tutto, el mal de todos y la infinita vanidad de todo, acabó por arrojar al encierro de los psicológi- cos el cordel con que se pueden ahorcar, di- ciéndoles que en la vida no hay nada digno de ser envidiado más que los muertos. Job, en medio de su muladar, es bastante más ventu- roso, creyendo y esperando en la vida futura, que esos pesimistas que acaban por asegurar, de acuerdo con Fichte, "que este mundo es el peor de los mundos posibles." V. La ideología cristiana, convertida en teolo- gía por la Iglesia; el viejo cosmologismo, hecho panteismo por el génio de Espinosa, y el psicologismo cartesiano, llevado hasta la egolatría por los filósofos modernos, han pro- ducido estos tres credos, que son las síntesis de los tres sistemas radicales de las ideas: Ontología cristiana, convertida en teología por la Iglesia: "Creo en Dios Padre, Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, en el perdon de los pe- cados y en la vida perdurable " Ideología cosmológica, convertida en pan- teismo por Espinosa: "No hay más que una sustancia que se des- arrolla infinitamente, por medio de atributos infinitos, infinitamente modificados." Psicología yoísta, convertida por Fichte en egoteismo: "El mundo exterior existe, que yo sepa, sólo por el yo y en mi." Deduciendo las consecuencias de los tres principios que dejamos consignados, Dios, la Naturaleza y la Conciencia, hé aquí como estos sistemas metafísicos resuelven los gran- des problemas de la vida: Nocion Nocion Nocion de Ser de Ser de Ser puesta en puesta en puesta en la Dios la Naturaleza. Conciencia. --------------- ---------------- ------------ Moral.--Obra co- Obra segun la na- Obra segun tu mo tu Dios. turaleza. opinion. Libre albedrío. Haz lo que pue- Haz lo que Haz lo que debas. das. sepas. Derecho. --El La ley es la fuerza. La ley hace derecho hace el derecho. la ley. Autoridad.--La La autoridad na- La autoridad autoridad viene ce del más fuerte. nace del ma- de Dios. yor número. Arte.--Imita al Imita al mundo Imita al mundo superior. exterior. mundo interior Vida futura.-- La muerte es una La muerte La muerte es el transformacion. es la nada principio de otra vida. Etc. Etc. Etc. VI. Y aunque yo en este resúmen no haré más que deducir imparcialmente las consecuencias de estos tres principios, seria impropio de la franqueza de mi carácter que de cuando en cuando, como he hecho al dirigir las discusio- nes, no manifestase mis simpatías por las doc- trinas que, segun mi opinion, honran, dignifi- can y consuelan más el espíritu del hombre. De los tres sistemas, ontológico, cosmológi- co y psicológico, el único digno de la metafí- sica es el primero, porque parte de una idea; el segundo es un hecho, y el tercero un senti- miento, y claro es que con los sentimientos y los hechos no se puede constituir ciencia. Para hacer metafísicos estos últimos sistemas, ha sido necesario hacer de la sustancia mate- rial una idea, y una conciencia impersonal y genérica de la conciencia del hombre. El psicologismo ya ha dado de bruces contra la pared de enfrente. ¿Y dónde acabará? ¡Dios lo sabe! De la parte de acá de esa pared está la razon que discute, duda ó niega. De la parte de allá, no se ve ni siquiera la duda, pues se halla solamente la nada absoluta. Despues que el mundo se convenza de que donde no hay un Dios remunerador, todo pen- REVISTA IBÉRICA. 129 samiento bueno es una fantasía inútil y toda buena accion una cosa estéril, podremos espe- rar que, inspirándose algunos génios en la cor- riente ontológica de las ideas, vuelvan la fé á las almas perdidas para la esperanza, y apoya- dos por las necesidades imperiosas de la vida y las santas aspiraciones de nuestra naturale- za moral, nos hagan volver á la restauracion de un sér providente que, en la hora final y suprema, perdonando las flaquezas de los malos, ponga á los buenos á la diestra de Dios Padre. VII. Los primeros iniciadores de una restaura- cion ontológica tendrán que empezar por pres- cindir del error de algunos católicos que por una mala estrategia han solido admitir los ataques á sus doctrinas en el terreno de la teo- logía, siendo así que sus batallas las debieron librar única y exclusivamente en el campo de la metafísica. Juzgo peligrosa la táctica de poner á la van- guardia de un ejército y frente al enemigo el objeto precioso por quien se va á la lucha á morir. Lo divino debe estar fuera del alcance de los tiros de las emboscadas hasta despues que se agoten todos los recursos que nos pueda proporcionar el esfuerzo humano. Las derrotas en la metafísica son contusio- nes recibidas en el amor propio que puede curar cualquier tópico anodino; pero toda he- rida teológica es mortal por necesidad. Los díscolos tienen á mucho honor el que la Iglesia los excomulgue por impíos. Los ontó- logos deben hacer una cosa más eficaz que la Iglesia, y es la de probar á esos díscolos, no que son unos impíos, sino que son unos necios. Ramon de Campoamor. ------------ TRISTE REGRESO. ---- Cesó la ausencia tirana... mas si te acuerdas de mí, ¿cómo es que no brilla ufana ni una flor en la ventana de las flores que te dí? -- Por tí pregunto al llegar, y me dicen que por bella triunfas en todo el lugar: no debes tú ser aquella enemiga de triunfar. -- Flor en el valle escondida, el perfume de tu autor era mi encanto y mi vida; hoy que al deleite convida tedio me causa la flor. -- ¡Ah! ¡Menor fuera mi duelo si al asomarme á tu puerta lleno de amoroso anhelo, te hubiese visto en el suelo vestida de blanco y muerta! Manuel del Palacio. ---------- PALOMARES. (FRAGMENTO DE UNA NOVELA.) ---- I. Mosquin. Las seis. El tren-correo pasa por Veriña á las seis menos cinco. Mosquin tiene que re- coger la correspondencia para Palomares y Campal, y todavía se le ve allá muy lejos, su- biendo la cuesta de Entrepeñas á la carrera. --¡Corre, corre, Mosquin! le grita el peon caminero. Mosquin no contesta más que con un signo de cabeza, y levantando más las piernas, de modo que casi se pega con ellas en la espalda. Y no lleva zapatos. --La culpa la tiene el perro de Pinon de Pepa, va pensando el infeliz muchacho, mien- tras aprieta los puños y echa atrás los codos. El perro de Pinon todas las tardes le disputa el paso en la carretera. Pinon de Pepa dice que la culpa la tiene Mosquin; que el perro es no- ble, pero que en haciéndole una, jamás la ol- vida, y por eso. Ello es que aquel delegado del Gobierno traba todos los días singular batalla con el sultan, emplea en conseguir una victoria que parece una fuga, un buen cuarto de hora, y llega casi siempre tarde al tren. La mision de Mosquin no se reduce á coger el correo que viene, sino que además ha de dejar las cartas que van á Gijon y de allí vuel- ven por la línea de Oviedo á esparcirse por toda España. De donde resulta, que las cartas de Campal y Palomares llegan muchas veces á su destino con un dia de retraso, por culpa del perro de Pinon de Pepa. El peaton-correo en propiedad no es Mos- quin, sino su padre, que está viejo y baldado, y con permiso de la autoridad delega sus fun- ciones en las piernas de su hijo, muchacho de quince años que apenas abulta lo que uno de diez medianamente criado. Mosquin las más de las noches sueña que va corriendo unas veces, y otras volando por la carretera; y hubo ya noche de soñar que era una diligencia. Buenos pescozones le cuesta en la estafeta de 130 REVISTA IBÉRICA. Palomares el no ser diligencia de veras. Porque él corre tanto como los caballos de alquiler de Pepe Telmo, el alquilador de Palomares; pero tanto como los coches no puede, aunque ya lo ha procurado en varias ocasiones. Y eso que, á la vuelta de Veriña, cuando le sorprende la noche en el bosque de Carrió, el miedo le pone alas en los talones. A su padre se le hicieron veneno los años de la vejez, por culpa del oficio, y á Mosquin, el andarin heredero, se le están agriando la infancia y la adolescencia, con las carreras de ida y vuelta. Come bien, pero todo lo gasta en sudores, y está como una espina. Su color es el del afirmado de la carretera. El pelo negro, cortado á punta de tijera, parece peluca gris, y llenas de polvo tiene siempre las grandes cejas y las pestañas rizadas, largas y sedosas. que sirven de dosel á dos ojos muy negros y llenos de asombros y quimeras. Mosquin es un poeta de quince años; su musa el miedo. La expresion de su rostro de ángel escuálido, es una seriedad prematura y de soñador. A pesar de sus recios músculos, es de facciones afeminadas. Cuando estuvo en Palomares, de paso, el Conde Patricio, los pillos de playa, al ver á la niña que el cómico embrujaba clavándola agujas en las muñecas, exclamaron: --¡Ay, ay; se parece á Mosquin! Y la llama- ron la Mosquina. El peaton-mosca no vió trabajar al Conde y los suyos, porque él nunca veia la comedia; no tenia tiempo. Correr y más correr, ir y venir, eso era lo que él hacia. Los encontró, si, en la carretera; viajó al lado del carro que los lle- vaba largo rato, segun su costumbre. Tenta- ciones tuvo de escaparse con ellos, si le que- rian. Pero se acordó de su abuelita, y en lle- gando á la estacion tomó la correspondencia y se volvió á Palomares. Aquella noche al acostarse, muerto de can- sancio como siempre, le pidió un beso á la abuela, ciega, metida en cama hasta la muerte, y le dijo al oído: --Abuelina: si todo lo que yo he corrido yendo y viniendo de Palomares á Veriña, de Veriña á Palomares, de Palomares á Campal, de Campal á Palomares: si todo eso lo hubiera corrido á lo largo, á lo largo... ¡qué lejos es- taría á estas horas de tí! ¡Lo que él quería á su abuela, porque no tenia madre! --¡Abuela, abuela! gritaba llorando, años atrás, cuando aún no era correo interino y jugaba en el campo de la Braña con los pille- tes sus coetáneos, que le machucaban linda- mente entre todos; porque uno á uno se le atrevian rara vez. La abuela acudia con la muleta enhiesta y repartia, á palo limpio, jus- ticia distributiva. Ahora ya no podia acudir al socorro de Mosquin en los casos de apuro. Verdad es que ya nadie le molestaba, como no fuese algun moceton de la aldea, de los que volvian de alguna romería por Entrepeñas, borrachos y garrote al hombro. Los de su edad no se metian con él; pero tampoco tenia grandes amistades. Su oficio no le dejaba tiempo para intimar con sus pocos amigos, y, valga la verdad, el andarin tenia un defecto que en Palomares, villa metida en el mar hasta las cachas, era una ignominia segun el código de honor de los pillos de playa: Mosquin no sabia nadar, Por tierra todo lo que se quisiera; pero por mar, ni un paso. Se iba al fondo en- seguida. A la edad en que otros aprendian á flotar, de cinco á ocho años, á él le habian dado varias bromas pesadas, tal como tirarle vestido desde el muelle al agua, y habia cogi- do un miedo invencible á las olas. No se em- barcaba jamás. Si, por hacerle rabiar, le me- tian á la fuerza en un bote, se agarraba con las uñas á una escalera ó á un cable de los que sujetan las lanchas, y trepaba hasta llegar á tierra firme, para huir llorando á gritos y cla- mando: --¡Abuela, abuela, que me quieren ahogar! No le gustaba el mar mas que de lejos. ¡Oh, y de lejos mucho, ya lo creo; más que á todos! A veces, cuando iba con tiempo sobrado, despues de la cuesta de Albandi, se paraba á descansar en un prado de Carrió que tiene un gran pino, como una palmera, y una yerba que parece cortada á tijera, muy verde y limpia como si fuese alfombra de terciopelo. Allí se sentaba, debajo del pino, y horas y horas per- manecia ensimismado mirando el horizonte y las velas blancas, heridas por el sol poniente. Despues, cerca de la noche, aquellas cabritas, que tal se las figuraba, que estaban por allí es- parcidas pastando en aquel gran prado azul, se iban acercando todas al aprisco, que era el puerto; y Mosquin se levantaba entumecido, sacudia la pereza y los ensueños, y echaba á correr; á correr, que era su destino. Para él no eran los juegos de los muchachos, ni el salto, ni el pio-campo, ni el cachipote, ni la piñota; las pocas horas que el Gobierno le de- jaba libres, las empleaba en comer y dormir, y lo poco que holgaba despierto, no lo quería para cansarse corriendo inútilmente. Si quería satisfacer la necesidad de divertirse, que en el niño es ley de la naturaleza, ingeniosamente combinaba con su trabajo el recreo de jugar á los alfileres, á pares ó nones, poniendo por condicion á la parte contraria que le acompa- ñase un trecho del camino. La cosa se hacia de esta manera. Mosquin cargaba con su gran cartera de Correo (con letras de metal amarillo), emprendia el viaje REVISTA IBÉRICA. 131 por el atajo, como siempre, y otros mucha- chuelos, los más aficionados á la ganancia, consentian en acompañarle á paso largo, y á veces al trote; y unos á otros mientras anda- ban, se enseñaban un puño cerrado. --¿Pares ó nones? decia el amigo caminan- do al lado ó delante de Mosquin. --Pares, decía Mosquin, corriendo tambien. Ganaba ó perdía, y se entregaban los alfile- res ó los botones sin pararse nada y religiosa- mente. Cuando la ley del juego se desconocia por alguno, ó era dudosa (como sude suceder; hay grandes antinomias en los juegos de los chicos y la autoridad no ha pensado en esto), se discutia el punto del debate ó se llamaba al órden al delincuente, sin dejar de correr, á no ser que llegase el caso de repartir puñadas y coces; entonces Mosquin se defendía ó ata- caba, procurando no perder camino. Otras veces se jugaba á un juego que lla- maban goncia, Dios sabe por qué, que consistía en tocarse unos á otros, y el tocado tenia que dar á otro, y así hasta que se cansaban. Pues con Mosquin, para jugar á goncia era condicion indispensable correr siempre hácia adelante: así se divertia y adelantaba camino. Como es fácil comprender, no siempre en- contraba el andarin quien se prestase á jugar en tales condiciones, y las más de las veces solito se iba desde Palomares á Veriña, de Ve- riña á Palomares, de Palomares á Campal, de Campal á Palomares. Para él no habia dias de fiesta; cuando llegaba la comedia al pueblo (ti- tiriteros, polichinelas, músicos con monos y perros, cómicos, propiamente dichos, etc.), Mosquin no disfrutaba del espectáculo, segun va indicado. Por el verano, el gran tiempo, cuando acudian á Palomares, Campal y Luanco los señores bañistas y habia para los pillos de Palomares (allí siempre llaman pillos á los ni- ños pobres, hijos casi todos de marineros) grandes regocijos públicos y no poco prove- cho, segun se verá más adelante, Mosquin oia con embeleso, hecha la boca agua, todas aque- llas maravillas; pero no tomaba casi nunca parte en tamañas fiestas. Sin embargo, él tambien quería el verano, porque en este tiempo viajaba más acompa- ñado. Cuando algun Bañista llegaba á Veriña, Mosquin se le presentaba ofreciéndole sus ser- vicios de peaton-correo en comision, y le decia que en casa de Ignacio habia tartana para ir á Palomares y Campal; que el coche no era diario; si había más de tres pasajeros salia, y si no, no. Lo preferible era tornar un caballejo que tenia Ventura el estanquero. Cuando el viajero se decidia por el caballo, Mosquin veia el cielo abierto. Sin pensar en el vil interés, se prestaba á servir de espolista (espolique), sólo por el gusto de ir cerca del forastero, cor- riendo al lado del tordo de Ventura, jadeante, con la lengua fuera, la cartera del Correo sal- tando sobre su espalda, pero incansable en preguntar, siempre anhelando lucir su buen ingenio y saber portentos de tierras extra- ñas. Si el señor era embustero, Mosquin se lo agradecia y le animaba y sonsacaba para que dijera mayores mentiras; lo que él quería era oir cosas estupendas, maravillas de distan- cias, riquezas, peligros y demás sucesos y séres extraordinarios. Cuando el viajero duda- ba en soltar una buena bola, él, preguntando, suplicaba que saliese lo más grande posible. Por ejemplo: --Cuántas leguas haba, de aquí al pueblo de usted? --Habrá unas... --¿Unas milenta? preguntaba el chiquillo con los ojos inflamados de asombro, con la pa- sion del portento. --Sí, unas mil habrá, decía el otro. Y el espolique callaba un rato para ir admi- rándose á sus solas y figurándose el camino de las milenta leguas. --¿Habré yo andado ya milenta leguas desde Palomares á Veriña. de Veriña, etc? decía por lo bajo su ambicioso pensamiento. No, todavía no, ¡quiá! Pero cuando sea como mi padre de viejo, si sigo de correo, habré andado mucho más. Una vez le habló un viajero de marinos, que tantas vueltas hablan dado por el mar, que ya tenían en el cuerpo millas de sobra para haber podido llegar hasta la luna. --¡A la luna! exclamaba Mosquin. ¡Ese es un viaje, y no ir y venir de Palomares á Ve- riña, de Veriña á Palomares. A pesar de sus instintos de viajero univer- sal y hasta interplanetario, Manolin (este era su nombre en diminutivo), amaba el camino de Veriña á Palomares con el alma hecha toda raíces pegadas á aquella tierra. Viajaba mucho con la imaginacion; pero en todos los paises lejanos y maravillosos que él se figuraba, habia castañares como aquellos, rios como el rio Aboño, paneras con sus cuatro pegollos (piés de piedra), maíz en las tierras ó colgado en los hórreos, cerezos y manzanos, prados de menuda yerba, espesa y reluciente, vacas me- ditabundas que producian al mover la robusta cerviz melancólico son de campanillas; perros que al oscurecer ladraban á lo lejos; chirridos de insectos en los senderos de los atajos á las doce del dia y al comenzar la noche; concier- tos de ranas al ponerse el sol; duos de sapos, tristes dulcemente, junto á los charcos de las callejas, donde cada árbol llega hasta el veci- no de enfrente con sus ramas, y de noche da más sombra en la sombra... Todo aquello que, colores, líneas, aromas, 132 REVISTA IBÉRICA. ruidos, luces y sombras alegrías ó miedos, armonías ó estruendos, tenia llena el alma del poeta adolescente, correo-peaton interino, lo veía Mosquin en cualquier país que sonaba, aunque fuese tedo él de oro ó plata y las casas castillos con princesas, como en los cuentos de D. Genaro el de la estafeta (personaje del capítulo siguiente). En cuanto á las princesas que habitaban los países imaginarios que recorria el peaton en miniatura, solían ser muy parecidas á las da- mas de la córte que él tenia el honor de acom- pañar desde Veriña á Campal ó Palomares. Era Mosquin muy enamorado, como buen soñador, y bastábale un viaje de hora y media hecho al lado de una de aquellas bañistas ele- gantes que venian de Madrid y de más lejos, para sentirse traspasado por un profundo amor que le llenaba, si no el corazon, la cabeza de dulcísimos ensueños, muy parecidos en su pe- reza dolorosa, á las tristezas del viento, susur- rando entre los árboles del bosque de Caneó, á la melancolía de las desiertas marismas del Abono, á los misteriosos ayes de todo el valle á la hora de comenzar la noche... El que piense que es inverosímil este Mos- quin enamorado de princesas imaginarias, se- mejantes á damas de carne y hueso, espere, antes de juzgar, á conocer al citado D. Genaro el de la estafeta, personaje importante de esta verídica relacion, versado en literatura con- temporánea, y que de haber sido ménos bor- racho, hubiera ocupado un puesto envidiable entre los críticos de nuestra época. Ya explicaremos cómo y por qué este Don Genaro leia tantas novelas de Perez Escrich, Fernandez y Gonzalez, Tárrago y Mateos, Par- reño, Cantor y otros escritores de la misma escuela. Por ahora baste decir que Mosquin habia oído á su digno jefe relatar el argumento de innúmeros libros de imaginacion, y á la suya hablan llegado trasformados y mejorados sin duda por la elocuencia del estafetero, mu- chos dechados de romanticismo casero, como v. gr.: Roque, el cura de aldea; la señorita de que este Roque estuvo enamorado y de cuyo nombre yo no me acuerdo, sin que esto im- porte á la verdad de mi historia; Rafael, el héroe de El corazon en la mano, su novia y otros muchos séres ideales, que podrán ser más ó ménos ridículos á los ojos de un crítico im- berbe de esos que ya no creen en la estética de Hegel y alborotan el Ateneo; pero que en el pensamiento de Manolin, el peaton interino, se trasformaban en pulquérrimos tipos de be- lleza psicológica y material. Debíase, repito, esta trasformacion y me- jora, en parte al valor nativo de la fantasía pura del niño, y además á las alteraciones del narrador, D. Genaro, que mezclaba sus sueños con los de Fernandez y Gonzalez, por ejemplo. Yo siento que la verdad histórica me obligue á reconocer este abolengo de las fantásticas invenciones de Mosquin; pero tan prosaico origen no impedia que las visiones del pobre correo fuesen tan poéticas y limpias de todo elemento cursi, como verá el que leyere. Clarin ---------- MÉDICOS FORENSES. ---- Frecuentemente la variedad en la práctica arguye oscuridad en la ley, mas no siempre reconoce esa misma causa, pues á veces pro- cede del descuido en su estudio ó de la igno- rancia de sus relaciones históricas. Acaso no habrá dos Juzgados donde los mé- dicos forenses redacten de un mismo modo sus dictámenes sobre las heridas, y en muchos se observan tantas reformas en este servicio como dignatarios ocupan la silla curial. Unos exigen que el parte facultativo venga en for- ma de oficio; otros por comparecencia; otros por declaracion jurada ante el actuario, como si el funcionario debiera equipararse al mero testigo; aquel se contenta con la descripcion técnica de las lesiones; este otro requiere el pronóstico; no faltando quien exija la califica- cion de graves, ménos graves ó leves, á pesar de constarle que la ley no da otro metro para esta intensidad que el tiempo de curacion ó de inutilidad del lesionado, y cuanto se siente á priori ha de ser aventurado y ocioso. En vano algun médico ha tratado de soste- ner que en sus primeros dictámenes sólo debe expresar si ofrecen ó no peligro las lesiones, único dato que puede servir de base á ciertas medidas preventivas como las referentes á la seguridad de la persona del procesado, etcéte- ra, perfectamente previstas y clasificadas en el Real decreto de 3 de Setiembre de 1853. Ape- nas muestran los médicos el mas ligero rebozo en anticipar apreciaciones que puedan com- prometer su reputacion científica, se ven aper- cibidos, conminados y apremiados hasta que emiten la arriesgada calificacion, que despues han de reformar con arreglo á la base inflexi- ble de la duracion, necesitando dar explicacio- nes de los accidentes que han venido á trastor- nar el curso natural de la convalecencia, razones tan desatendidas despues en definitiva, como el pronóstico y sus fundamentos. Creyóse haber resuelto este problema el ar- tículo 503 de la moderna ley de enjuiciamiento penal (mal llamada criminal), concediendo á los jueces ilimitado arbitrio para la prision pre- ventiva; mas lejos de haber producido tan pro- vechoso efecto, puede decirse que ha empeo- REVISTA IBÉRICA. 133 rado la condicion de los médicos, en cuya reputacion pretende descansar la judicial, exigiéndoles con más premura el pronóstico y dejando al criterio ajeno el trabajo y res- ponsabilidad del propio. El médico entendido y circunspecto debe li- mitarse á explicar el aspecto é intensidad os- tensible de las lesiones, calificándolas ó no de peligrosas, segun la region que ocupen, pues- to que su profundidad le sea desconocida no siéndole lícito valerse de la sonda. El pronóstico, sobre ser inútil, puede ser perjudicial; pues anunciando la autorizada voz del facultativo que las lesiones deberán desaparecer en los siete primeros dias, el juez instructor puede descuidar el sumario ó dejar de instruirlo, esperando juzgar el hecho en juicio verbal. En estos siete dias acaso desapa- rezcan los comprobantes del delito ó de la im- putacion; se pongan de acuerdo los ofendidos y ofensores proporcionándose el reo la fuga ó la impunidad; despues se comunique el mal estado del paciente atribuyéndolo á causas in- cidentales; más tarde se diga que el padeci- miento ha tomado un aspecto alarmante, y úl- timamente que el lesionado ha fallecido por la complicacion de causas heterogéneas ú ocultas. El hecho habrá recorrido en pocos dias los caracteres de falta, lesiones ménos y más gra- ves y homicidio, sin responsabilidad del facul- tativo, del juez, ni del reo á quien dejamos en salvo desde los primeros dias de espectacion, todo por haberse atenido al peligroso pro- nóstico. Siempre que se someta una herida al trata- miento quirúrgico, se debe instruir un suma- rio, reputando desde luego peligrosas las de ciertos lugares, y adoptando todo género de precauciones, especialmente cuando sean de profundidad desconocida. Aún no contamos con un artículo del Có- digo que castigue el uso de armas blancas como se ha hecho con el de las de fuego, mé- nos frecuente que aquel; pero pudieran incli- narse entre tanto los Tribunales á uniformar las medidas preventivas del sumario con ar- reglo á los signos externos, sin exigir de los médicos el sacrificio de su anticipada opinion, y respetándola despues cuando fuere oportu- namente emitida, dándola en la sentencia el merecido lugar en la apreciacion de causas y de la gravedad intrínseca de las lesiones, hasta tanto que el progreso natural de la ciencia ju- ridica modifique ese tipo antitécnico de la du- racion, sustituyéndolo enteramente por el jui- cio pericial La gravedad de las heridas no puede medir- se por el tiempo, aunque éste constituya uno de tantos datos que deban tenerse presentes al calificarlas. La conducta del paciente, su temperamento, sus condiciones humorales, las del país, etc., son otras tantas bases tan aten- dibles como aquella, viéndose con frecuencia cicatrizaciones cuya brevedad sorprende á los médicos mismos y otras que presentan una pertinacia increible. Si un funcionario digno ó varios son los en- cargados del tratamiento que tanto ha de in- fluir en la duracion de las lesiones; si en su mano y en su interés está la dilacion de la asistencia, y les hacemos la justicia de creer que no han de abusar de sus facultades, ¿por qué no hemos de confiarles la calificacion en toda su intensidad? Si esta fuese la única regla á que hubieran de ajustar los Tribunales su criterio, produ- ciendo necesariamente soluciones precisas y determinadas, podria discutirse la competen- cia entre unos y otros sacerdotes de la jus- ticia; pero si además han de apreciarse las cir- cunstancias del hecho, la participacion que en él hayan tenido los concurrentes, las con- diciones históricas de éstos, etc., etc., ¿qué mengua sufriria el arbitrio judicial con la am- plitud que se diese al juicio de los peritos? Una breve reforma del art. 431 del Código y otra más sencilla del 642 de la ley adjetiva regu- larian este importante servicio conciliando la armonía y el lustre de dos clases tan respe- tables. ¿No resulta á veces que una leve lesion cons- tituye un homicidio frustrado? Pues si esta apreciacion no depende de la duracion de las heridas, ¿qué se adelanta con ceñir á ella la in- tensidad punible de las mismas? Siempre será este tipo tan inseguro en la realidad, como exacto en la apariencia, semejante á un metro de acero para medir una cinta de goma. La recusacion á que deben estar sujetos los médicos como todos los peritos, garantizaria su imparcialidad, y habiendo imparcialidad é idoneidad, ¿por qué no ha de haber autoridad y confianza? Siendo indispensable á la vida social esa fé del hombre en el hombre, esa deferencia del interesado al criterio imparcial del extraño, no trayendo los jueces origen divino ni dotes pro- digiosas, ¿qué razon hay para someter á su criterio cuestiones que puedan resolverse por otro más ilustrado en aquella materia? ¿Quién pone precio á los objetos hurtados para la graduacion de la pena segun el artícu- lo 531 del Código? Los peritos, sin sujetarse á otra regla que á sus propios conocimientos. Y cuando se trata de otra apreciacion más com- plicada y de funcionarios de superiores estudios ¿se les ha de ceñir á una pauta tan matemáti- ca como insegura? Hoy que la justicia se va secularizando y 134 REVISTA IBÉRICA. que la sociedad parece recobrar su derecho tuitivo sobre los delitos descentralizándose ese poder moralizador y correctivo, veriamos con gusto repartirse la competencia y responsabi- lidad de los funcionarios con prudente libertad. Entre tanto, no serán extrañas las recla- maciones y áun las huelgas de los médicos fo- renses. José Maria Reina. -------- REVISTA POLÍTICA EXTERIOR. ---- El conflicto franco-chino; impotencia del Celeste Imperio.--La situacion in- terior en Francia.--Nuevo aspecto del conflicto religioso en Alemania.-- La política del czar; sus consecuencias en el exterior --La actitud de Inglaterra; situacion en Egipto.--Las colonias británicas del Sur de Africa.--El proceso de los ministros noruegos.--Paz chileno-peruana. Bien hacían algunos en no conceder desde el principio más que una importancia muy es- casa á los temores, que sinceros en unos y fin- gidos en otros, venian manifestando varios periódicos extranjeros acerca de un conflicto próximo, quizás una guerra entre Francia y China. Hasta los que más influyeron para crear esa especie de pánico, parecen hoy dis- puestos á confesarse vencidos y declarar pala- dinamente su error ó su exageracion. Y no podia suceder otra cosa. Nadie que se haya tomado el trabajo de meditar un poco sobre los sucesos ocurridos en el extremo Oriente de algunos años á esta parte, podia tomar en serio las amenazas de una interven- cion armada de China contra la accion de los franceses en el Tonkin. El Celeste Imperio tiene demasiadas cosas en qué pensar que le tocan bien más de cerca que los intereses del emperador annamita. Ante todo, tiene pendiente con el Japon la cuestion de las islas Lin-Tchu y la de Corea. Las negociaciones entabladas sobre ese punto no han dado aún resultado definitivo, y á creer en la veracidad de algunos corresponsa- les, el tono altivo de las notas diplomáticas japonesas, no hace suponer que los chinos sean los que más ventajas llevan en la con- tienda. Una guerra de la China con cualquier poten- cia europea, daría ocasion al Japon para resol- ver militarmente y en beneficio propio estas dos cuestiones en litigio, y la cosa podría cos- tar muy cara á los hijos del Celeste Imperio. Por otra parte, la actitud de Rusia que es una amenaza terrible para los chinos en todo tiempo, podría muy bien convertirse en inmi- nente peligro, tan pronto como los diplomáti- cos moscovitas vieran una oportunidad de poner en práctica, el refran tan conocido de "á rio revuelto ganancia de pescadores," por- que no la habían de desaprovechar, para des- quitarse de lo sufrido por el célebre tratado de Kuldja de que tanto se habló á su tiempo, y que los rusos no consideraron jamás solucion definitiva al problema que tienen hace años planteado en el Asia central. Finalmente, en el interior el gobierno chino se veria muy comprometido si cometiese la im- prudencia de buscar una guerra que, amen de injusta, seria inoportuna, á causa de la ac- titud de los levantiscos Tai-pigs y de los mu- sulmanes de Jun-nan, que aunque sometidos en la apariencia desde que el gobierno dominó su insurreccion, aguardan el momento opor- tuno para volver á levantarse en armas. Lo mismo se puede decir á propósito de las aspi- raciones á la independencia que tienen mul- titud de tribus turcomanas que en un tiempo constituyeron una nacion, cuyo jefe era el emir Jakub-Bey. Y todo esto que nosotros vemos, que ve Europa entera, no puede pasar inadvertido en elevadas esferas de Pekín, donde siquiera por esto han de predominar ideas de prudente re- serva y temores de meterse en aventuras que pudieran resultar muy perjudiciales. China es, por tanto, impotente para declarar la guerra á cualquier potencia europea, y re- pito, es imposible que los hombres que rigen los destinos de aquel vastísimo imperio no se den cuenta de esa impotencia. No quiere esto decir que no haya allí un partido de la guerra, al que aludía de seguro el diplomático chino que en Moscou conferenció hace pocos días con el corresponsal de la Agen- cia Havas. Sí; ese partido existe, en efecto, y sus ilu- siones fueron muy bien explicadas en el ar- tículo de un periódico de Shanghai que se pu- blica en inglés. Segun este periódico, el ardimiento con el cual algunos chinos parecen desear un con- flicto con el extranjero, proviene, en parte, de la ignorancia de algunos mandarines, y en parte, de la vanidad rídicula de otros. Así se explica, que no hace mucho tiempo, algunos altos personajes predicaran y aconse- jaran la guerra con Rusia sin tener ni una li- gera idea del poderío militar de ambas nacio- nes, y áquellos mismos y otros, aconsejen y prediquen ahora una guerra con Francia. Pero el general Li-Hung-Tchang, hombre importantísimo de aquella tierra, y uno de sus pocos militares ilustrados, está harto bien en- terado de la organizacion militar de los pue- blos occidentales, y tiene demasiado recto jui- cio para hacerse ilusiones sobre la verdadera valía de los exóticos soldados que habría de conducir al combate si llegase el caso. Esta circunstancia sola, basta para hacer, no diré imposible, porque en este mundo hay pocas cosas que lo sean, pero sí muy poco REVISTA IBÉRICA. 135 probable y muy irracional, que los sucesos que se preparan en el Tonkin puedan nunca llegar á ser causa de un conflicto armado entre la república vecina y el lejano imperio de los chinos. * * * Si bien ese asunto del Tonkin es la cuestion del dia en Francia, no por eso debe suponerse que durante la pasada quincena no hayan ocurrido en la vecina república cuestiones importantísimas que no deben pasar inadver- tidas. Dejando á un lado el semi-conflicto religio- so que ha sido satisfactoriamente resuelto, gracias á la actitud benévola que la córte del Papa, por una parte, y por otra la del gobier- no francés, la discusion que se ha verificado en la Cámara con motivo del proyecto de ley sobre la magistratura, ha presentado interés capitalísimo. Tratábase de una cuestion árdua no tan sólo porque se relacionaba con una re- forma radical del poder judicial del país, sino tambien por los factores de carácter político que necesariamente habian de entrar en el problema. Desde antes del advenimiento de la Repú- blica actual ocupaban cargos de magistrado funcionarios más ó ménos idóneos que parape- tados tras del principio de la inamovilidad, aprovechaban su influencia y su valía para hacer propaganda contra las instituciones re- publicanas que el pueblo francés, en uso de un derecho indiscutible, se ha dado á sí mismo, y á favor de sus ideales imperialistas. Varias veces y en distintos puntos esta actitud de esos funcionarios ha creado, de diez años á esta parte, conflictos contra los cuales han trabajado mucho para defenderse los distintos ministerios que de entonces acá se han suce- dido en el poder. El mal era grave; urgía poner enérgico re- medio, y al fin apareció un ministro con la energía suficiente para romper con añejas preocupaciones y plantear resueltamente el problema. El proyecto por él redactado tropezó, como era natural, con gran oposicion en la Cámara y en la prensa. De un lado los que se sentían perjudicados con la reforma, de otro los que olvidando que no se puede hacer política de sensiblería, creen faltar á sus principios defen- diendo un proyecto atentatorio á la inamovi- lidad de la magistratura, han combatido con todas sus fuerzas una ley que no por eso dejó de triunfar en la Cámara de los diputados. Di- cese ahora que es muy fácil fracase en el Se- nado. Yo lo dudo, porque obrando así ese alto Cuerpo colegislador inaugurará de nuevo la era de sus desavenencias con la Cámara y xe- citaria contra sí la odiosidad de una gran parte del país que hace tiempo acecha la oca- sion de reformar la máquina de la gobernacion del Estado, quitando de enmedio esa rueda que se llama Senado y que muchos conside- ran inútil cuando no perjudicial. La situacion interior de Francia es bastante satisfactoria y probablemente seguirá siéndo- lo, porque estos dias no ha de haber asunto capaz de distraer la atencion, fija en los asun- tos del Tonkin, en los cuales van envueltos intereses altísimos de conveniencia y de honra nacional, que la opinion pública dejará de se- guro á cargo del gobierno actual que tan bien ha demostrado su actividad desde el momento en que esta cuestion comenzó á revestir carac- teres graves. * * * El eterno problema de las relaciones entre la Iglesia católica y el imperio aleman, ha va- riado mucho de aspecto durante los primeros quince dias de Junio. Las negociaciones entabladas entre ambos poderes habian fracasado ; todos creiamos aplazada por ahora la solucion de ese asunto interminable, cuando el canciller de hierro, el gran Bismarck, que es el hombre de las sor- presas, ha presentado á la Cámara de diputa-. dos de Prusia un proyecto de ley político-reli- giosa que es, hablando en plata, la destruc- cion del célebre Kulturkampf, que tanto moles- taba á los católicos alemanes y por cuya abolicion venia luchando la curia romana y el partido ultramontano del imperio. La aparicion del proyecto ha tenido reso- nancia inmensa allí y en el extranjero. La prensa germánica y despues toda la de Europa, cogió el asunto por su cuenta, desmenuzó el articulado del proyecto, analizó hasta la más insignificante de sus cláusulas, y comentó, no ya la accion ostensible, sino hasta el pensa- miento íntimo de Bismarck al redactar el pro- yecto. En él abdica, el canciller de una porcion de derechos que tenia el Estado en materia de nombramientos eclesiásticos y otros, con lo cual ha descontentado á los partidos liberales; pero no hace todas las concesiones necesarias para satisfacer á los ultramontanos, de donde resulta que el príncipe de Bismarck no ha contentado á nadie. Verdad es que sólo las exigencias de los clericales alemanes podían darse por poco satisfechas con la nueva ley que los favorece grandemente, lo cual no diré yo que sea una injusticia; pero sí es una gran concesion para hecha por un Estado cuya reli- gion no es desgraciadamente la nuestra. 136 REVISTA IBÉRICA. Para que nada faltase á colocar en situacion difícil al canciller de Guillermo III, su órgano en la prensa, la Gaceta de la Alemania del Norte, que hace unos dias habia guardado silencio, publica ahora un artículo explicando los mó- viles de la conducta del gran canciller. El trabajo en cuestion, tengo para mí que ó es una gran torpeza ó una imprudencia insigne, porque tiende nada ménos que á decirnos que Bismarck no ha tenido para nada en cuenta los intereses de los católicos alemanes al satis- facer ahora algunas de sus aspiraciones, sino que ha obrado sencillamente á impulso de su ódio á los partidos liberales, que en su afan de crear obstáculos al gobierno y buscarle enemigos, no vacilaba en hacer de ese asunto un arma de oposicion. Veíase el canciller entre la espada y la pa- red, entre los dos términos de un dilema in- eludible: ó abdicar parte de sus derechos ó entregarse á merced de la influencia de los liberales, y no ha vacilado ni un momento en inclinarse á la primera de esas cosas. Lo peor es que todo eso resultó exacto, y que tanto cinismo disgusta áun á los mismos que han salido gananciosos con la sentencia que ha recaido en ese pleito, en que Bismarck era juez y parte á la vez. * * * Aún no habían llegado á nosotros los últi- mos ecos de las fiestas suntuosas que se cele- braban en Moscou con motivo de la corona- cion de Alejandro III, cuando ya habíamos perdido las esperanzas que manifestaba yo en mi último artículo, sobre las consecuencias probables que la coronacion tendria para el pueblo moscovita. No; esos festejos no marcarán la entrada de una nueva era política para los rusos. Alejan- dro III, á quien de nada sirve la dolorosa ex- periencia de lo que ocurrió á su ilustre ante- cesor, se ha empeñado, como éste, en que su reinado no se señale por el renacimiento de un gran pueblo. Toda su generosidad se ha limitado á per- donar á algunos criminales, á olvidar algunos delitos políticos y conceder ciertas disminu- ciones de impuestos á los campesinos y nada más. Error gravísimo han cometido los conseje- ros del czar, y á la fecha en que esto escribo habrán comenzado á conocerlo, porque los ni- hilistas, que habian tenido la prudencia de adoptar una actitud pacífica durante los últi- mos festejos, empiezan, apenas éstos termina- dos, á agitarse de nuevo; los revolucionarios templados confeccionan programas políticos que circulan profusamente entre las clases ilustradas del imperio, y mientras las pobla-, ciones rurales, con un entusiasmo que se pa- rece mucho á estúpido fanatismo, aclaman con locura al emperador y las clases elevadas lo adoran y reverencian más, porque sostiene sus privilegios, el horizonte político va enne- greciéndose con densas nubes que amena- zan descargar furiosas contra las institucio- nes allí vigentes que acaban de perder una gran oportunidad de afianzarse y robuste- cerse. Esto perjudica tambien á los proyectos de política exterior, á las aspiraciones de los ru- sos en la Europa central y en el centro del Asia. En esta última region, la actitud de la China, de que hablo al principio de este ar- tículo, pudiera muy bien prestarse á la reali- zacion de ensueños de engrandecimiento que Rusia acaricia hace ya tiempo, mientras que la cuestion de navegacion por el Danubio y los disturbios en la Albania, donde hace pocos dias han vuelto á levantarse en armas las tri- bus montañesas en son de guerra contra Tur- quía, favorecerian, cuando llegare el momento oportuno, las aspiraciones moscovitas, si los encargados de perseguirlas no tuvieran que ocuparse tanto de los peligros que les ame- nazan dentro de su casa. Pero no pudiendo olvidar éstos, en vano cultiva el gobierno ruso, con miras egoístas, la amistad de los ingleses, que pudiera serle provechosa. En vano apoya la política de la Gran Bretaña en Egipto; en vano se adhiere á las enérgicas manifestaciones del sultan con motivo de los proyectos de reformas de la Ar- menia, porque todo ha de ser inútil, áun cuan- do ellos opinen otra cosa. Verdad es que Inglaterra tampoco hace más que tentar el vado, como vulgarmente se dice, con su lenguaje contra la política colo- nial de Francia y sus amenazas relativas al canal de Suez. Los hechos me han dado la ra- zon en estos dias. A pesar de la seriedad con que algunos pe- riódicos de Lóndres sostenian que su gobierno se hallaba dispuesto á impedir á todo trance la accion de los franceses en Madagascar, éste ha permanecido absolutamente neutral ante la energía con que el almirante Pierre comen- zó sus operaciones de guerra contra los mal- gachos. La Gran Bretaña comprendió que no era lógico querer evitar lo que ella hace con tanta frecuencia, y se ha contentado con cen- surar la conducta de los marinos franceses en aquella isla africana y el bombardeo de algu- nos pueblecillos de la costa. Mas de ahí no ha pasado, y lo mismo sucederá seguramente tan luego como comiencen, si comienzan, las ope- raciones en el Tonkin. REVISTA IBÉRICA. 137 Y parece mentira que Inglaterra tenga ga- nas de dar lecciones de conveniencia á los extraños, cuando tanto tiene que pensar en la suya. A donde quiera que se mire, se ven en situacion anómala los intereses de la Gran Bretaña. Las ventajas que creyó sacar de su actitud en Egipto están muy comprometidas, por no decir que han desaparecido por com- pleto. La situacion no puede ser más grave; los indígenas no disimulan su antipatía hácia los invasores, y á creer en las noticias que estos dias ha podido leer todo el mundo en los periódicos extranjeros y en los informes de las agencias telegráficas, la situacion se parece mucho á la que precedió á la última insurrec- cion de Arabi. Por otra parte en el Sudan el general Hicks y su ejército anglo egipcio no son más afortu- nados, y por lo tanto pierden la única oportu- nidad de hacerse simpáticos que les quedaba. Las desdichas inglesas no están reducidas á la region septentrional de Africa, porque las cosas andan tan mal ó peor en las colonias británicas del Sur del continente. Las noticias de estos días indican que el go- bierno británico cometió un error no pequeño, al restaurar en la forma que lo hizo al rey Cet- tiwayo. Las contiendas civiles que han tomado ca- rácter belicoso en la tierra de los zulúes, re- dundan hasta ahora en perjuicio de Cettiwayo, cuya autoridad está muy quebrantada. A esto se unen los demás disturbios en el país de los basutos, en el Estado libre de Oran- ge, en el Transvaal, en la Pondolandia. El gobierno colonial de Buena Esperanza no sabe ya qué hacerse, y ha recurrido, claro es, al de la metrópoli, consultándole lo que debe hacer. Y ahora Mr. Gladstone que tiene en el inte- rior hartas cosas en qué pensar, tendrá que dedicar su atencion preferente á esos asuntos coloniales, cuya solucion no es nada fácil, por cierto. * * * El proceso de los ministros noruegos no ca- mina tan deprisa como creimos todos al ver la actividad que reinaba en ese asunto. Los procesados han hecho uso de un derecho que tienen con arreglo á la Constitucion, cual es el de recusar los jueces, y los han recusado de tal modo, que resulta no hay tribunal posible para juzgarlos. Las Cámaras reunidas han suspendido el procedimiento contra los consejeros de la Co- rona, para discutir esa dificultad no prevista en la Constitucion, y acordar la manera de re- solverla. Este era un recurso extremo que los minis- tros guardaban para las grandes ocasiones, y la experiencia ha demostrado que las esperan- zas que en él tenían no han sido frustradas. Esto, sin embargo, no ha resuelto la cues- tion; al contrario, la complica, porque lejos de calmar la excitacion que reinaba contra el ministerio, la aumenta, pues agranda distan- cias lejos de suavizar asperezas. * * * Los últimos correos de la América del Sur nada de nuevo nos comunican, ni de bueno tampoco, pues áun cuando por lo referente á la guerra del Pacífico se confirman plena- mente las noticias gratísimas de la paz chileno- peruana, el problema no está del todo libre de desagradables complicaciones. Chile y el ge- neral Iglesias, presidente de la república del Perú, están conformes en las condiciones del tratado, que son las mismas de que ya dí cuenta á los lectores de la REVISTA IBÉRICA; pero hay otro presidente reconocido por algu- nos distritos del Perú, el general Montero, que desconociendo los verdaderos intereses de su patria, se empeña en que la guerra siga á todo trance, y como sucede siempre en estos casos, no faltan locos que lo apoyen. Esta actitud, que de seguro no comprometerá el éxito de las negociaciones, las dificultará tal vez, y esto basta para que lo lamenten todos los partida- rios de la paz de los pueblos y todos los que hacemos votos sinceros por la prosperidad de las naciones de la América latina. Angel de Luque. -------- FRAY ZEFERINO GONZALEZ. ---- La recepcion del ilustre arzobispo de Sevilla en la Real Academia de Ciencias Morales y Po- líticas, ha sido un fausto acontecimiento, no sólo para tan docta Corporacion, sino más principalmente para la ciencia española en general, que cuenta con un nuevo trabajo de tan privilegiada inteligencia, que bien puedo asegurar que es de la índole de los llamados á sobrevivir á todo apasionamiento crítico y á los embates de toda novedad filosófica ó me- tafisica. Siento que el corto espacio de que puedo disponer no me permita dar cuenta á los lec- tores de esta REVISTA del notabilísimo discurso del nuevo académico, con toda la extension y copia de datos eruditos que serian de absoluta necesidad si yo hubiera de tratarlo en forma debida y conveniente. Pero ya que este mi deseo no pueda realizarse, procuraré al ménos 138 REVISTA IBÉRICA. no omitir ninguno de los puntos esenciales que en el discurso de fray Zeferino se desar- rollan, á fin de que si corto en extension este artículo, pueda siempre resultar completo el bosquejo que de tan profundo cuan erudito tra- bajo me propongo hacer. Aquellos de mis lectores que conocen las producciones científicas del modesto filósofo español fray Zeferino, no habrán podido ex- trañar su nuevo discurso, puesto que en sí, no es más que una síntesis, si bien levan- tada y majestuosa, tal vez no acabada y com- pleta, de toda la labor intelectual que tan perfectamente ha desenvuelto en sus magis- trales obras. Pensador profundo, fray Zeferino no podía sustraerse en acto tan solemne de tratar aque- llos problemas del órden ético y del órden so- cial que, constituyendo su especial vocacion, hacen que se fijen en ellos las miradas de todos los amantes del progreso moral y material de nuestra patria Pero no plantea el problema el distinguido filósofo en uno ó más de sus as- pectos parciales, no estudia la crisis de los tiempos presentes de un modo particular y concreto, sino que levantándose á más alta y superior esfera, sabe colocar la cuestion en sitio más elevado, buscando la raíz del mal en el origen mismo de todas las cosas, en aquel primer principio del ser y de la accion que ha hecho y hará siempre que sea ciencia eterna la teodicea y eterna tambien la metafísica. Hay una idea, sobre todas las ideas, que ilu- mina las esferas y los dominios de la ciencia como el sol ilumina y alumbra con sus resplan- dores el mundo todo de la naturaleza. Y esta idea y este primer principio no es otro mas que la nocion de Dios. Cuando esta idea, que es sol de las inteligencias, se oscurece, las so- ciedades entran en ese período crepuscular que no puede llamarse la noche, pero que no es tampoco el dia pleno y radiante, exento de toda penumbra. Y cuando esta idea se eclipsa en absoluto ó desaparece totalmente de los do- minios de la ciencia, entonces el mundo entra seguramente en noche triste y oscurísima, y las sociedades marchan desesperadas sin luz que alumbre su camino, palpando sólo las ti- nieblas y sintiendo en sus miembros fatigados el dolor que toda caída produce, semejando las sociedades en tan extremado conflicto aque- llos viajeros que extraviados en medio de es- peso bosque y cubiertos con el polvo y la fa- tiga del camino, desconocen de dónde partie- ron é ignoran tambien á dónde marchan. Y esta es la hora en que los pueblos y las nacio- nes, imitando á los extraviados caminantes y tomados como ellos de la desesperacion y la fatiga, se entregan á ese penoso dormitar de la indiferencia, que es presagio seguro para la hora en que despiertan, de terribles trage dias y de sangrientas hecatombes. Ahora bien; el cristianismo viene sostenien- do esta nocion de Dios como primer principio de la ciencia, como luz vivísima de la inte- ligencia humana, hace diez y nueve siglos y corroborándola de una manera elocuente, tanto por la fé de sus sacerdotes, como por la sangre de sus mártires y la elocuencia de sus apostóles, y haciendo que sirva de faro lu- minoso á los modernos Estados tan fuertemen- te combatidos y tan duramente trabajados por vientos y por corrientes excépticas y ateocrá- ticas. El modesto filósofo español fray Zeferino, plantea en estas levantadas esferas el proble- ma de la crisis política, social y religiosa de nuestro tiempo, y despues de demostrar en los comienzos de su notabílisimo discurso con ra- zones incontrovertibles, cómo el Dios personal y trascendente del cristiano, es el único que puede merecer la adoracion de la conciencia. humana, estudia detenida y reflexivamente la evolucion del pensamiento científico, á través de la historia, para señalar los errores, marcar las contradicciones é indicar los absurdos que han sobrevenido cuando al aparecer las escue- las metafísicas truncaban ó desfiguraban en los estrechos moldes de sus sistemas este pri-: mer principio del conocimiento, que es á la vez la causa generadora de toda ciencia y de toda vida. No merece la crítica, sino el elogio más jus- tificado y legítimo, este por demás difícil trabajo del nuevo académico, que ha sabido, venciendo los graves obstáculos que estorba- ban su camino, compendiar en los escasos lí- mites de un discurso cuanto de esencial y ca- racterístico hay en el movimiento filosófico moderno, señalando las analogías é identida- des y delineando, en suma, el parentesco de unos y otros sistemas en la evolucion, siempre creciente y nunca agotada ni agotable, del pensamiento filosófico. Siguiendo fray Zeferino la acertada máxima de Bossuet, de que "el deismo es una nueva for- ma de ateismo," é inspirándose en aquel axioma tan antiguo de que "el error gravita hácia el error de una manera fatal y necesaria," demuestra de, modo tan razonador como elocuente y serio, el parentesco que existe entre todas las direc- ciones filosóficas modernas, á partir desde Descartes hasta nuestros días, ya se denomi- nen sus sistemas eclecticismo ó panteismo, ó doctrinarismo, ó idealismo, ó ya se los co- nozca como sensualismo, materialismo ó po- sitivismo y determinismo, comprendiendo y abarcando á todas estas escuelas dentro del racionalismo, como clasificacion general y como principio generador de todos estos cam- REVISTA IBÉRICA. 139 biantes y fosforescencias del pensamiento filo- sófico moderno. La independencia y separacion de la razon humana de la divina y la autonomía de la pri- mera, constituyen para el nuevo académico el gérmen de errores en el campo filosófico, y el primer principio de error ó sea el error madre (si vale la frase), de donde se derivan y arran- can los demás errores parciales en sus varia- dos aspectos y distintas manifestaciones. Esta afirmacion, que constituye el fondo de su notable disertacion, lleva al ilustre arzo- bispo de Sevilla á caminar en alas de la espe- culacion filosófica por los oscuros limbos de la metafisica, penetrando con paso firme y se- guro en el fondo de los sistemas más ó ménos idealistas y lanzando sobre ellos la acusacion probada de panteismo. La identidad sustancial entre el mundo y Dios, y la proclamacion de la unidad de sus- tancia como característica de la filosofía pan- teista, sirve á fray Zeferino, no sólo para re- cordar errores de filósofos paganos, sino más principalmente para demostrar á todo pensa- dor imparcial, cómo negada la distincion en- tre estos dos seres no hay más remedio que adjudicar la razon en el órden científico al mo- nismo cósmico, por más que esto contraríe las aspiraciones y los fines éticos de algunos idea- listas y panteistas de buena fé. Pero si notable y digna de la gran repu- tacion que entre los hombres de ciencia al- canza hoy fray Zeferino, es esta parte funda- mental de su discurso, no lo es ménos el segundo aspecto en que toma tan grave cues- tion señalando el remedio y demostrando la necesidad de que las sociedades emprendan nuevos derroteros y se orienten hácia el cris- tianismo, fuera de cuyas vías vienen caminan- do hace algunos siglos. No pretende fray Zeferino, á fuer de filósofo y de pensador, destruir y anular todo el pen- samiento científico moderno para resucitar la filosofía escolástica con todos sus defectos y algunos de sus errores; pero si bien esto no lo pretende porquo no es de filósofos serios aco- meter imposibles, entiende en cambio, con alto y profundo sentido, que se puede pensar en una gran reconstruccion científica herma- nando la filosofía moderna en todo lo que tiene de fecunda y verdadera con el dogma cató- lico, que no ha sido jamás estorbo para ningun adelanto positivo. Pone término á su brillante discurso anun- ciando, guiado de esta gran enseña de con- cordia, que en ese dia señalado de la reconci- liacion tal vez se vea claro que todas las con- quistas de las ciencias naturales en lo que tie- nen de más fundamental, son al fin y á la postre comentario elocuentísimo de la ver- dad revelada. Francisco Henestrosa. -------- MURILLO Y SEVILLA. -- (EN EL ANIVERSARIO DEL GRAN PINTOR.) ---- Bajo un cielo azul que brilla con cambiantes de zafir, sus torres alza Sevilla ciñendo la doble orilla del ancho Guadalquivir; -- y en su seno y al fecundo rayo de su ardiente sol, nació aquel génio profundo que es maravilla del mundo, gloria del arte español. -- Lo grande surge en la altura, abrió la flor su capullo, vertió su fragancia pura, el alma escuchó el arrullo del canto de la hermosura, -- y absorta y estremecida sintió que en dulce convenio le daban la bienvenida tres besos; el de la vida, el de la luz y el del génio. -- ¿Quién al génio sujetó? ¿Quién habrá que al génio mande? Murillo creció y creció y miró á Sevilla y vió la Giralda lo más grande. -- Y miró con alegría la luz del eterno dia, y con éxtasis bendito que la Giralda subia en busca de lo infinito. -- Y apartando su memoria de la mundanal escoria, exclamó en su frenesí: "¡Ay, alma; piensa en la gloria, porque lo grande está allí!", -- ¡Nobles anhelos que encantan! Las olas del mar que cantan sus penas entre la bruma, á los cielos se levantan con sus diademas de espuma. -- Y la montaña eminente, espejo del arrebol que arde en ocaso y oriente, 140 REVISTA IBÉRICA. tambien eleva su frente buscando la luz del sol. -- Y el ave de tierra ó mar, áun tras la niebla ó la nube, los destellos al mirar de la blanca aurora, sube al cielo para cantar. -- ¡Todo levanta su anhelo: Aves, y espumas, y sierra y el hombre... ¡dulce consuelo! ¡Todo lo grande en la tierra va siempre buscando al cielo! -- ¡Con qué solemne alegría ostenta en su noble historia su triunfo la patria mía! ¿Cómo no alcanzar la gloria quien en la gloria vivia? -- Tan grande fué su anhelar sublime que, al vislumbrar la luz y el bien inmortales, las roncas olas del mar cantaron sus funerales. -- ¡Cuántas veces he sentido anhelante el corazon de su encanto suspendido, con esa palpitacion del ave que deja el nido! -- ¡Cuántas veces mi amargura en el anhelo creciente de su encanto y su hermosura, ha visto brotar la fuente del consuelo y la ventura; -- la noble inquietud, la idea divina y el ¡ay! sublime del corazon que desea lo inmenso!.. ¡Bendito sea el arte que así redime! -- ...¡Y la gloria conseguida su justo afan satisface, porque en la tierra movida por la muerte, es donde nace la flor de la eterna vida! -- Ven juventud, que dispones coronar su triunfo, ven. ¿Qué buscas, di? ¿Bendiciones y lauros para su sien? Contempla sus Concepciones, -- busca y arranca un fulgor de aquel encendido ambiente, dale el beso de tu amor y ponlo sobre su frente... ¡Ese es su láuro mejor! Cárlos Fernandez Shaw. ------ LIBROS NUEVOS. ---- Un milagro en Egipto; estudio trágico, por D. José Echegaray. La última produccion dramática del más universal de nuestros escritores fué acogida con tanta frialdad del vulgo como impasible respeto de las personas doc- tas. El eterno problema de evocar artísticamente cos- tumbres de tiempos pasados ha vuelto á ponerse á dis- cusion. ¿Cómo prescindir los poetas de toda la herencia que en el órden de las ideas, en las relaciones sociales, en las costumbres públicas y privadas y en la índole del lenguaje representa cualquier razonamiento que hoy se pone en boca de un personaje sobre lo que en semejan- tes circunstancias hubiera dicho y sentido otro que vi- viese en la época que se pretende resucitar? Todas estas razones y otras muchas fundadas en la imposibilidad de prescindir de los sentimientos que parecen instintivos, propios, de los hombres de un tiempo, para establecer toda clase de relaciones y afec- tos con la manera de pensar y sentir que la historia, la tradicion y la fantasía atribuyen á los seres de otras edades, debieron estar como latentes en el pensamiento de Echegaray cuando escribió su drama, y le han domi- nado por completo cuando se ha decidido á publicar en un volúmen de mayor extension que dicha obra la clave para su completa inteligencia y para que sea en rigor estimada su precision arqueológica. Artista sobre todo el Sr. Echegaray, ha sabido dar tal amenidad á esas notas eruditas, que lejos de enojar, recrea su lectura; como que cada una de ellas consigna algun dato importante ó plantea con elegancia un pro- blema artístico. El uso de la palabra pontífice, por ejemplo, para sig- nificar el cargo de sumo sacerdote, le ofrece coyuntura para expresar con claridad perfecta los anacronismos á que fatalmente se ve expuesto. "Esto de llamar pontífice al sacerdote magno de Am- mon, dice Echegaray, podrá creerse á primera vista que es imperdonable anacronismo; porque el pontífice cris- tiano, cabeza visible de la Iglesia, no existía en aque- llos tiempos; pero á poco que se medite, se caerá en la cuenta de que ó no existe tal anacronismo, ó en él están comprendidas todas las palabras del drama desde la primera hasta la última, salvos los nombre propios, porque tampoco en aquella época existían. Pero hay más; con semejante criterio, estupendos anacronismos son todos los dramas históricos de Shakspeare, todas las tragedias de Racine y de Corneille, buen número de las de Calderon, la Virginia de Tamayo, porque no está escrita en latin, su admirable Drama nuevo, por- que no está escrito en inglés, y para que el Milagro en Egipto se hubiese librado de la censura, hubiera sido preciso que yo lo escribiese en el idioma de las esfinges ó por lo ménos, y como aproximacion, en copto. REVISTA IBÉRICA. 141 Cada palabra tiene su historia: nace bajo el imperio de determinadas circunstancias y con determinada sig- nificacion; va marchando por la corriente de la vida como guijarro por la corriente de las aguas; por el roza- miento y el choque se trasforma y pierde su primitiva estructura; por remolinos y por impulsos varios se aleja de las demás palabras en cuya compañía caminaba, y la idea que al fin representa es bien distinta de la que al principio representó" Tal es, en efecto, la insuperable dificultad con que el autor ha luchado en el drama que nos ocupa. Shaks- peare leía á Plutarco; mas si en sus tragedias resulta Roma, no es porque Plutarco se la mostrase, sino por- que conocedor de las pasiones humanas, del secreto de los grandes caracteres y de la fatal determinacion de sus relaciones, sabia dar vida á las imperfectas reminiscen- cias del historiador, comparables con sus creaciones como una de esas momias que escava Maspero con el Ramsés ó Rameses II de Echegaray. Un milagro en Egipto no será una evocacion per- fecta de los tiempos á que se refiere; pero de su autor po- drá decirse cosa parecida á lo que en ocasion solemne afirmaba un jurisconsulto francés de M. de Laboulaye: "Si él no encuentra solucion á este problema, es porque no la tiene." * * * Nuevos cantares; por D. Melchor Palau. Otro poeta ingeniero que sabe cantar la ciencia sin caer en la enojosa didáctica, que lo mismo se eleva en odas llenas de majestad y de hermosa inspiracion á la altura de los más preciados modelos, que desciende á recoger los sentimientos populares para reflejarlos en breves sentencias ó imágenes tan sencillas como subli- mes, D. Melchor Palau, acaba de publicar un libro de poesías titulado Nuevos cantares. Como Ruiz de Aguilera, el Sr. Palau ha sabido dar á este género de producciones tal naturalidad en la for- ma, tanta delicada y melancólica poesía, que en su lec- tura se encuentra aquel "placer de la tristeza" de que nos habla Homero y que sigue y seguirá siendo hasta !a consumacion de los siglos uno de los más seguros resor- tes de emocion estética. Como Ruiz de Aguilera tambien, ha tenido la dicha de que muchos de sus cantares circulen de boca en boca y sean repetidos por el pueblo. Las obras de Palau reunen tal sello de distincion que basta leer una de ellas para comprender quién es su autor, cualidad característica del verdadero artista. Los periódicos han dicho muchas veces quien es Pa- lau, y han consignado lo que vale como correcto escri- tor, inspirado poeta, distinguido ingeniero, abogado y publicista notable. Nosotros sólo hablaremos de sus condiciones como poeta popular. En las composiciones de este género apa- rece el autor animado por ese deseo nunca satisfecho que atormenta á un corazon ávido de placer y contra- riado siempre en la aspiracion que le sugiere su mente. soñadora: "Procura no despertarme Cuando me veas dormir, No sea que esté soñando Y sueñe que soy feliz," Caracteriza generalmente á las canciones del pueblo ó que el pueblo adopta, la expresion conceptuosa de alguna ley, sacada de la experiencia, ó la comparacion poética de los actos y pensamientos humanos con hechos naturales que tengan algun encanto especial: "Cuanto más tú me maltratas Más se aumenta mi cariño; Tambien se pisan las uvas Y pagan la ofensa en vino." -- "Ausencias matan amor; Finezas le dan la vida; Desdenes lo robustecen Y celos le hacen cosquillas." Otras veces confunde lo metafórico con lo real y utiliza la confusion que resulta para hacer una demos- tracion; forma difícil, porque produce oscuridad, en alta poesía; pero que manejada con sobriedad en una breve composicion, suele ser muy bella: "Sabedor de mis pesares, Te asombras porque no lloro; Es muy honda mi tristeza Para que suba á los ojos. -- Hoy he soñado, alma mia, ¡Mira qué sueño tan bello! Que el hoyuelo de tu barba Lo iba llenando de besos." O bien emplea la imágen como tal: "Pedacitos de carbon Son los ojos de mi amada; Lo digo porque son negros; Lo digo porque me abrasan." O cuenta un hecho dejando adivinar su íntima sig- nificacion: "Por vestir seda una niña Dejó su casa y su tierra; La seda, que es habladora, A todo el mundo lo cuenta" Y en ocasiones prescinde por completo de todo ador- no, confiando el efecto artístico al candor de la idea y á la sencillez con que debe ser expresada: "Gitanilla, no te laves, Que te vas á poner blanca; No te laves, gitanilla, Que á mí me gustas gitana." De los primeros á los Nuevos cantares han trascurrido algunos años, empleados por el poeta catalan en serios trabajos, salvo las pocas horas de descanso consagradas á cantar las glorias científicas de nuestro siglo. Algo de la madurez de los años y desencantos de la vida se nota en el libro que nos ocupa: "¿Dónde hallo tantos cantares? --Florecen á manos llenas En todo campo de amor Regado por la tristeza." Joaquin Moreno. -------- 142 REVISTA IBÉRICA. REVISTAS EXTRANJERAS. ---------- ÚLTIMOS NÚMEROS PUBLICADOS. ---- THE EDINBURGH REVIEW. II. Articulo III. Volcanes y accion volcánica.--Este ar tículo contiene la crítica y resúmen de siete obras escri- tas sobre el mismo asunto desde 1875 hasta 1882. El anónimo redactor de la Revista de Edimburgo considera fuera ya de cuestion la teoría del fuego central de la tierra. El aumento progresivo de temperatura á medida que profundizamos en la corteza terrestre es un hecho tan familiar come formidable para cuantos se dedican á los trabajos de la industria minera. Calculando la progresion de dicho fenómeno, en vista de innumera bles observaciones, resulta un aumento de temperatura equivalente á un grado Fahzenheit, por cada 64 piés, en direccion del centro de la tierra. Pero se ocurre una pregunta : Si esta progresion fuese constante, ¿Cuál seria el calor central de nuestro globo? Antes que hubiésemos profundizado una vigé- sima parte de la distancia que existe desde la superficie al centro, el calor terrestre bastarla para volatilizar instantáneamente cualquier sustancia que allí se coloca se; llegando la temperatura final á 18.000°. En realidad las observaciones, aunque numerosas, son en extremo deficientes, bastando para entenderlo así considerar que el taladro más hondo practicado en nuestro planeta (el de Sperenberg, cerca de Berlin), sólo llega á 4.172 piés, ó sea poco más de tres cuartas partes de una milla, mientras que el radio terrestre mide, en números redondos, unas 4.000 millas. No obstante, lejos de abandonarse la teoría ignea, que es un verdadero postulado científico, se ha modificado por lo que á la progresion creciente del calor se refiere. Si, en efecto, el máximum de intensidad coincide con el centro de figura, todo induce á suponer que el aumento de calor se verifica por incremento que disminuye en grado, algo comparable á lo que ocurre en la segunda trayectoria del péndulo ó en la velocidad de un cuerpo redondo que se desliza por un plano inclinado y va ganando su primitiva elevacion en otro plano opuesto. Segun cálculos de M. Fuchs, el número de volcanes en actividad asciende á 323. Una circunstancia muy digna de ser tenida en cuenta, es la proximidad en que se encuentran del mar casi todos los volcanes conoci- dos. Entre las excepciones de esta regla llama notable- mente la atencion la montaña central del Asia, llamada Thian Shan (á unas 1.500 millas del mar). Tres son sus volcanes, uno de ellos todavía en actividad; mas su si- tuacion geográfica no empece, antes confirma la opinion de los que atribuyen á la presion de los movimientos marinos la reaccion volcánica, puesto que está muy ge- neralizada entre los geólogos la prehistórica existencia do un mar Mediterráneo en el centro del Asia, del cual puede conceptuarse vestigio el lago Lob. En comprobacion de que la proximidad del mar in- fluye notablemente en las erupciones volcánicas, se cita la siguiente estadística: De 139 explosiones contadas desde 1750 á 1875, 98 han sido insulares y casi todas las restantes en puntos del litoral. Pero en realidad la accion marina sólo puede acep- tarse como causa ocasional para que estalle en determi- nado punto la tendencia expansiva de las sustancias comprimidas por la gravedad de unas capas terrestres sobre otras, aumentada por la fuerza de enfriamiento del mismo globo, segun la opinion de Humboldt. Y el articulista concluye generalizando acerca de la universalidad de las leyes naturales, puesto que esta última teoría de las erupciones volcánicas es aplicable á los fenómenos que se notan en la foto-esfera solar. REVISTA INTERNACIONAL DE ENSEÑANZA. SUMARIO.--I. Asamblea general de la Sociedad del 29 de Abril.--II. De la enseñanza superior de las mujeres en Inglaterra, en Escocia y en Irlanda; por Bonisson.-- III. Las tésis de la Sorbona; por M. G. L.--IV. La Uni- versidad de Salamanca en 1875; por Cárlos Graur.-- V. Revista retrospectiva de las obras para la enseñan- za; discurso pronunciado por Quatrefages.--VI. La; enseñanza secundaria de niñas; memoria de M. Greard. --VII. Sociedad de enseñanza superior.--VIII. Nove- dades é informaciones.--IX. Actas y documentos ofi- ciales. La Universidad de Salamanca.--Es uno de los escri- tos póstumos de M. Graur, en el cual, despues de una rápida reseña de la historia de dicha Universidad, se hacen consideraciones, que si bien se resienten de ese espíritu especialísimo con que nuestros vecinos se ocu- pan de las cosas de España, se examinan concienzuda- mente haciendo justicia el autor á nuestras aptitudes y costumbres. Compara el pasado de aquella Universidad, gloria y decoro de España en el siglo XV, con el presente, de cuya comparacion resulta una ágria censura á los sistemas de enseñanza vigentes en nuestro país. Marca los gra- dos de decadencia y las líneas generales de su floreci- miento, valiéndose de un recurso original, y es exami- nando la biblioteca salmantina, y determinando por el número y calidad de los libros adquiridos, el estado de prosperidad de aquel centro de la antigua cultura es- pañola. Concluye el autor indicando alguna de las reformas que debieran realizarse en nuestros estudios, que pue- den comprenderse en estas dos claves generales: que sean de tal índole que permitan un desarrollo completo de la cultura general, en aquellos que sólo acuden á las áulas para adquirir conocimientos que no han de apli- car especialmente, y que al mismo tiempo constituye- ran centros de alta enseñanza, donde pudieran perfec- cionarse aquellos que aspiran á dedicarse á ilustrar á los demás. REVUE POLITIQUE ET LITTERAIRE. SUMARIO.--I. Hombres políticos contemporáneos; por H. Depasse.--II. París hace cien años; por Francisco Bouiller.--III. Mala aventura; por Gaston Bergeret. --IV. Historia del arte en la antigüedad; por Jorge Rerrot.--V. Recuerdos de una embajadora; por Bari ne. --VI. Un manuscrito inédito.--VII. Política exte- rior.--VIII. Boletin. Historia del arte en la antigüedad.--En este artículo, que es un extracto de una obra publicada há poco por el mismo autor, tiende éste á demostrar con datos y consideraciones, que las civilizaciones europeas helénica REVISTA IBÉRICA. 143 y romana tienen sus raices y hasta su tronco en Egipto y Caldea. Comienza examinando el desarrollo semejante en uno y otro pueblo de la escritura y su lento progreso. Des pues cree encontrar la base de la prosperidad industrial de ellos, y lo mismo de la China en la organizacion so- cial que permitia un fondo inmutable de tal energía, que asimilándose todos los elementos que se le allega- ban, jamás sufrió cambio y detrimento por su intrusion como, segun el autor, acontece hoy con la China. Sos- tiene que ésta, Caldea y Egipto son hermanas é isócrona y semejante su cultura, y por ultimo que ésta fué tan exuberante, que extendiéndose y difundiéndose, originó las civilizaciones europeas, al ménos en lo relativo á las industrias y á las artes. THE NINETEENTH CENTURY. SUMARIO.--I. ¿Por qué enviar tantos irlandeses á Amé- rica? por el profesor Golwin Smith.--II. Una pro- testa contra el partido whig; por Jorge W. E. Russell. --III. El fuerte prision de San Petersburgo; por el príncipe Krapotkine.-- IV. La poesía pintada de Watts y Rossetti; por Mrs. Barrington.--V. Caza de raposas; por W. Bromley Davenport.--VI. Domici- lio de los pobres; por Jorge Howell.--VII. Progresos de la "Campagna romana;" por Count Conestabile. --VIII. Los agricultores y el partido tory; por Ja- mei Howard.--IX. El nuevo bill sobre agricultura; por William E. Bear.--X. Wallestein; por H. Schütz Wilson.--XI. Los ingleses en. Egipto.--XII. Cómo se fabrica la opinion pública; por Blanchard Ferrold. La mania de las asociaciones para fines particulares y la facilidad que se encuentra en la prensa periódica para improvisar reputaciones é introducir modas, han dado al autor del último artículo de este sumario, para consignar multitud de observaciones curiosísimas, anéc- dotas graciosas y notables estadísticas. Hay en Inglaterra una asociacion para combatir el uso de los sombreros blancos; otra para proscribir la flor que muchos caballeros llevan en el ojal de la levita y fundar una caja de ahorros donde se deposita diaria- mente un chelín, precio medio de una rosa en aquel bru- moso país, y otras muchas, no ménos extravagantes, que omitimos. Entre las anécdotas, hay una referente al escritor Hannay. Presentósele un impresor á proponerle un gran ne- gocio. Hannay inventaría una nueva religion y expla- naria su credo por medio de folletos y discursos. Aque- llos serian publicados por el impresor y éstos pronun- ciados en meetings que el mismo impresor se encargaría de organizar. El artífice prometia, tambien, formar las listas de los adeptos, tirar proclamas anunciando la buena nueva, proporcionar resonancia en los periódicos y regularizar la adminstracion. Todo á partir ga- nancias. Hannay rechazó la oferta, y el impresor se retiró muy compungido porque, en su concepto, el negocio era seguro. El articulista se extiende en consideraciones acerca de las leyes biológicas que se cumplen en la "manufac- tura de la opinion pública." LES MATINÉES ESPAGNOLES. NOUVELLE REVUE INTERNATIONALE EUROPÉNNE, POR LE BARON STOCK. SUMARIO.--1. Asuntos extranjeros; A. B.--2. Curiosi- dad bibliográfica; documento inédito, por César Cantú. --3. Cartas y documentos inéditos; por Cárlos Albert. --4. El teatro francés en Madrid; por Lapalise.-- 5. Correos de Lisboa; por Guiomar Torrezao.--6. La guerra de Chile (continuacion); por Pedro Gasteo Mesnier.--7. Estado actual de los estudios árabes en España (fin): por F. Guillen Robles.--8. L'epreuve (poesía); por María Letizia de Rute.--9. El pr mo Basilio de Eca de Queiros (continuacion); por María Letizia de Rute.--10. Pensamientos varios; por M. B. --11. El gran galeoto de Echegaray (continuacion); por María Letizia de Rute.--12. A Isabel Roma Ra- tazzi en el aniversario de su natalicio; por Tony Ré- villon.--13. El Parlamento español; por L. R.--14. La Reina María Pía de Portugal (retrato).--15. Expo- sicion nacional de minas, artes metalúrgicas, crista- lería y aguas minerales; por Henri Richard.--16. Cor- reo de París; por Camilo Delaville --17. Bibliografía. --18. De acá para allá; por Pérègrine. Esta notable Revista, que á pesar de publicarse en Madrid, clasificamos entre las extranjeras por el idioma en que está escrita y el carácter internacional de los asuntos que trata, inserta en su último número un in- teresante artículo firmado por César Cantú, el más po- pular de los historiadores modernos. De él copiamos la siguiente carta que el conde Cale- pio, embajador de la república Cisalpina, fundada en 1790 en virtud de las victorias de Bonaparte, escribía al ciudadano Bizazo, ministro de dicha república. "27 de Abril de 1878. Los españoles detestan á los franceses tanto como es- timan á los ingleses. Dice un proverbio: "guerra á todo el mundo y paz á los ingleses." Todas las semanas se re- ciben en el Ministerio exposiciones pidiendo á toda costa la paz con Inglaterra y ofreciendo cuantiosos do- nativos con tal que se declare guerra á Francia. El español desea abrir sus puertos y recibir ricos cargamentos de América. El príncipe dela Paz ha sido el primero en dar ejem- plo de amor al país, renunciando las asignaciones que le fueron concedidas por sus empleos y títulos, no re- servándose más que el tratamiento de capitan general. A estos ofrecimientos del ministro, S. M. respondió por despacho ministerial que veia con agrado aquel rasgo patriótico, pero que le aconsejaba reflexionar, si renunciando aquellos emolumentos, le quedaria lo bas- tante para sostener su rango actual y el lujo propio de su alta posicion. Esto hace ménos probable la total desgracia del prín- cipe y demuestra que el Rey ha olvidado la incalcula- ble fortuna de que él mismo le ha hecho poseedor. No exageran los que calculan esta fortuna en 200 millones. En tales circunstancias no es difícil mostrarse ge- neroso." -------------------------------------------------- ADVERTENCIA. -- Rogamos á nuestros suscritores de provincias, que lo sean por trimestres, la renovacion de su abono en sellos ó letras de fácil realizacion. 144 REVISTA IBÉRICA. ÍNDICE DEL PRIMER TRIMESTRE. -- NUMERO 1.° Advertencia.............................. 1 31 de Marzo ............................. 1 EL INDULTO; por Doña Emilia Pardo Bazan.................................... 2 IDEAS SOBRE EL TRABAJO; por D. Meli- ton Martin............................... 5 EL JURADO; por D. José María Reina....... 9 LAS PRIMERAS MATERIAS; por D. Lau- reano Calderon........................... 11 LA CUESTION SOCIAL EN ANDALUCÍA; por D. B. Antequera.......................... 13 REVISTA POLÍTICA EXTERIOR; por D. An- gel de Luque............................. 16 EN EL ABANICO DE FUENCISLA (poesía): por D Ramon de Campoamor................. 19 LA VIDA (poesía); por D. Francisco de Abarzuza................................. 19 UN POETA LÍRICO CONTEMPORÁNEO; por D. Daniel Lopez.......................... 20 REVISTAS EXTRANJERAS..................... 23 NUMERO 2. 16 de Abril.............................. 25 CONFIDENCIA PRELIMINAR; por D. Meli- ton Martin............................... 26 BOILEAU; por Clarin...................... 29 EL PERIODISTA PAPA; por D. Mariano de Cavia.................................... 32 EL COLOR DEL AGUA; por D. José Rodri- guez Mourelo............................. 35 REVISTA POLÍTICA EXTERIOR; por D. An- gel de Luque............................. 40 EPIGRAMA; por D. Manuel del Palacio...... 42 TRASMISIONES (poesía); por D. Francis- co de Abarzuza........................... 42 AU BONHEUR DES DAMES; por D. Juan Reina.................................... 43 LIBROS NUEVOS; por D. Joaquin Mo- reno .................................... 45 REVISTAS EXTRANJERAS..................... 46 NUMERO 3. 1.° de Mayo 49 UN DIPLOMÁTICO; por Doña Emilia Par- do Bazan................................. 50 LAS ALIANZAS DE ESPAÑA; por Franck....... 52 FÍSICA DEL OLFATO; por D. José R. Car- racido................................... 55 EL COLOR DEL AGUA (conclusion); por D. José R. Mourelo....................... 56 REVISTA POLÍTICA EXTERIOR; por D. An- gel de Luque............................. 58 IDILIO (imitacion de Mosco); por D. Ma- nuel del Palacio......................... 62 NO TE OLVIDES (soneto); por D. Cárlos Fernandez Shaw........................... 63 SOBRE TEATROS; por D. Félix G. Llana..... 63 EL DERECHO COMO CIENCIA NATURAL; por D. Luis Morote........................... 65 MISCELÁNEA; por D. Joaquin Moreno........ 67 LOS ACTORES PORTUGUESES; por C'Pou- vinho.................................... 69 REVISTAS EXTRANJERAS..................... 70 NUMERO 4. 16 de Mayo............................... 73 PANZA-AL-TROTE; por D. J. Ortega Mu- nilla.................................... 74 UN CUENTO EN UNA CARTA; por D. Ja- cinto 0. Picon........................... 78 LAS CIENCIAS INDUCTIVAS; por D. José Rodriguez Carracido...................... 81 VELOCIDAD DE LA TRASMISION NERVIOSA; por el Dr. D. Luis Marco................. 84 REVISTA POLÍTICA EXTERIOR; por D. An- gel de Luque............................. 87 SONETOS; por D. C. Fernandez Shaw........ 91 POESÍAS DE D. FRANCISCO DE ABARZUZA; por D. Anastasio R. Lopez................ 92 MISCELÁNEA; por D. Joaquin Moreno........ 94 REVISTAS EXTRANJERAS..................... 95 NUMERO 5. 1.° de Junio............................. 97 PANZA-AL-TROTE (continuacion); por D. J. Ortega Manilla..................... 98 EL TESTAMENTO; por D. José María Matheu................................... 101 ALEGORÍA SOBRE EL ORIGEN DEL COMERCIO; por D. Meliton Martin.................... 107 LA RELIGION DE DARWIN; por D. José R. Mourelo............................... 112 REVISTA POLÍTICA EXTERIOR; por D. An- gel de Luque............................. 116 MISCELÁNEA; por D. Joaquin Moreno........ 119 REVISTAS EXTRANJERAS..................... 120 NUMERO 6. 16 de Junio 121 SANTIAGO DAMOUR; por Mr. Emile Zola...... 123 DEL PRINCIPIO DE LAS IDEAS; por D. Ra- mon de Campoamor......................... 126 TRISTE REGRESO (poesía); por D. Ma- nuel del Palacio......................... 129 PALOMARES (fragmento de una novela); por Clarin............................... 129 MÉDICOS FORENSES; por D. José María Reina.................................... 132 REVISTA POLÍTICA EXTERIOR; por D. An- gel de Luque............................. 134 FRAY ZEFERINO GONZALEZ; por D. Fran- cisco Henestrosa......................... 136 MURILLO Y SEVILLA (poesía); por don Cárlos Fernandez Shaw.................... 139 LIBROS NUEVOS; por D. Joaquin Moreno. ... 140 REVISTAS EXRANJERAS...................... 142 ------------------------------------------------------ Madrid 1883.--J. Lopez, impresor, Caños, 1 triplicado.