Año I.--Número 7. Madrid 1.º Julio 1883. REVISTA IBÉRICA DE POLITICA, LITERATURA, CIENCIAS Y ARTES. -------------- Director: D. Juan Reina Queda prohibida la reproduccion de los artículos literarios y científicos que se publiquen en esta Revista, salvo convenio especial. SUMARIO. -- 1.º de Julio. MR. EMILE ZOLA.--Santiago Damour (novela). DON JOSÉ M. MATHEU--El gran comediante. CLARIN--Un naturalista portugués. DON PEDRO MELO Y NOVO.--El darwinismo y la filología. DON ANGEL DE LUQUE.--Revista política ex- terior. DON VALENTIN MARIN Y CARBONELL.--Sonetos. DON JOAQUIN MORENO.--Libros nuevos. REVISTAS EXTRANJERAS: Le Correspondant Revue des Deux Mondes. The Edinburgh Review. The North American Review Revue Scientifique. 1.º de Julio. La supresion del 10 por 100 sobre el importe de los billetes de los viajeros por nuestras vías férreas, es de aquellas reformas que más deberían interesarnos, por la provechosa huella que dejarla en pos de sí. Toda reduccion en el precio de trasportes de perso- nas o de mercancías, significa un aumento de actividad en la vida social, unas cuantas pulsaciones más por dia, merced á las cuales se desenvuelve y facilita la produc- cion, y el trabajo social se hace fecundo. Esta consideracion basta, para que se comprenda la importancia de toda ley de rebaja, como la presentada al Senado por el ministro de Fomento. Falta hacia al gabinete Sagasta, que tantos y tan fundados ataques viene mereciendo, tener un rasgo, siquiera tan deficien- te como hemos de ver, de atencion á los intereses del país. La conveniencia de la rebaja, se patentiza con datos comparativos de lo que pasa en otras naciones. Las ta- rifas de viajeros en 1.ª, _2.ª y 3.ª clase en Francia, exi- gen de 10 á 71/2 y 5 1/2 céntimos de franco por kilómetro; las de Bélgica no pasan de 8 á 6 y 4 céntimos respecti- vamente, mientras que en España, donde los trenes es- tán muy mal servidos, pagamos 12, 9 y 6 céntímos de peseta por kilómetro, es decir, casi el doble que en Bé1- gica, siendo de notar que el mayor recargo pesa sobre los viajeros de 3.ª clase. ¿Qué arguntentos ó declaraciones con pretensiones de lógica, pueden oponerse á los datos estadísticos? ¿Puede dudarse de las ventajas que envuelve la facilidad en las comunicaciones? Y si de los viajeros pasásemos á tratar de las mer- cancías, ¿cuántas protestas no podriamos consignar en nombre de los intereses nacionales, contra unas tarifas cuya proporcion con respecto á las empleadas en otros países, oscilan entre un 20 y un 80 por 100 más en España? ¿Encontrarán resonancia las quejas de la opinion pública en el seno de la Comision de tarifas? Respecto á la legalidad de la medida, mucho se ha desvariado, así en la prensa como en el Parlamento; pero al fin se ha hecho luz en el asunto, y si es exacto, como consta en documentos oficiales, que las compañías pidieron el auxilio por doce años y con carácter de reintegrable, no alcanzamos cómo se puede sostener que la concesion gratuita, disfrutada por las mismas duran- te diez y seis años, no pueda ser recogida por el gobier- no que la otorgó, toda vez que la situacion de las em- presas, si no tan satisfactoria como sus accionistas de- searian, es evidentemente bonancible. Además, por ley económica, observada dado que esta ciencia es conoci- da, el aumento de viajeros compensará con creces el quebranto producido por la rebaja. Todos los años las empresas utilizan las temporadas más á propósito en cada region para introducir notables reducciones en los precios de billetes de trenes especia- les, y sabido es de todo el mundo cuán productivas son esas alteraciones que ellas proclaman y anuncian á los cuatro vientos para que sea lo mayor posible el número de sus favorecedores. ¿Por qué, pues, resistirse de ese modo á normalizar tan grandes ventajas? Pero la lógica exige todavía más. Todos, absoluta- mente todos los argumentos empleados por el Gobierno, o mejor dicho, por el Sr. Gamazo, en la discusion de la alta Cámara, podrán ser utilizados en contra de lo que él mismo sostiene cuando del Gobierno se solicita lo mimo que de las compañías de ferro carriles. Si la in- dustria y el comercio ganan con la rebaja objeto del de- bate, ¿cuánta no sería su utilidad haciéndola extensiva al 15 por 100 que el Gobierno exige? Si se argumenta contra las compañías diciendo que el importe del recargo tendrá su compensacion con el exceso de movimiento, hay que pasarles por buena igual afirmacion cuando digan que suprimiendo una cuarta parte de lo que cuesta cada billete, los 6.000.000 de pe- setas que, á consecuencia del recargo de 15 por 100, in gresan en las arcas del Tesoro, alcanzarían sobrada com- pensacion. Así, sin mermar los ingresos del Estado, se daria impulso á la riqueza nacional. Estas reformas traerian otras muchas y muy impor- tantes; una de ellas, por ejemplo, la admision en Correos de paquetes postales cuyo peso no excediese de un ki- logramo, como ocurre en Francia, lo cual á su vez au- mentaría los ingresos del timbre. * * * 146 REVISTA IBÉRICA. Por fin, el numeroso grupo de diputados que adopta el nombre de izquierda dinástica, se decide á reñir ba- talla con las maltrechas huestes del fusionismo. Tendre- mos elocuentes discursos de Martos y de Moret; tal vez se corra el fuego y hablen Romero, Cánovas y Castelar; el tupé de Sagasta ondeará en los aires como pendon de guerra, y las emociones producidas por cada nuevo ata- que de los izquierdistas, tendrán todos los encantos del arte trágico que conmueve con catástrofes imaginarias. Será un debate para señoras; una de esas contiendas parlamentarias que han venido á reemplazar á los anti- guos torneos. Porque cualquiera que sea el éxito obtenido por la izquierda monárquico-democrática ¿qué innovaciones puede traer? El Gobierno Sagasta, agrupacion personal que no puede ser mencionada por un nombre de partido, está en perfecta crisis hace muchos dias; se sostiene por la dificultad de sustituirle y porque á cualquier partido poco impaciente le seria molesto empuñar las riendas del poder en circunstancias tan críticas como ocasiona el no haberse terminado los presupuestos. Ningun nue- vo quebranto pueden causarle los izquierdistas, como no sea obligando á Sagasta á transigir con ciertas reformas liberales que le acaben de enemistar con los ya vacilan- tes elementos del centralismo. Pero falta saber si hay unidad de planes en los oradores demócratas, si están conformes en el número y calidad de las reformas que solicitan y en el plazo que han de conceder al Sr. Sa- gasta para realizarlas. Lo único que no es necesario adi- vinar, es si el primer ministro está ó no dispuesto á transigir, porque tal vez él mismo lo ignora hoy. Así como de las opiniones de ciertos políticos infle- xibles, se afirma que están fundidas en el crisol de sus convicciones, podria utilizarse la frase con una pequeña alteracion, diciendo que el Sr. Sagasta funde y refunde las suyas en una maquinita de viaje, adobándolas siem- pre con arreglo al último modelo. La utilidad del debate que se proyecta no consiste, pues, en probabilidades de gobierno para la izquierda como partido, sino de venganza por los desdenes del señor Sagasta, que entre izquierdistas y centralistas opta por estos últimos, ó de componenda entre unos y otros, á fin de ir renovando ministerios con los hombres más caracterizados de la oposicion democrático-monár- quica. Nuestros argumentos de la crónica anterior, siguen de pié. Mientras se ignore quién es el verdadero jefe de la izquierda, mientras nadie conozca en qué con- siste su credo democrático, mientras sea imposible re- unir dos oradores de ese grupo que puedan contestar ca- tegóricamente y en idénticos ó parecidos términos á estas preguntas: ¿qué extension debe tener el sufragio? ¿qué alcance las reformas de la Constitucion? ¿Cuál de las dos Constituciones últimamente confeccionadas habrá de prevalecer en esa especie de amalgama que quieren los izquierdistas hacer con las dos? no será posible para ellos un gobierno viable. El extraordinario talento del Sr. Martos y el no ménos claro del Sr. Moret verán esto de sobra: quizá si en el fondo de sus convicciones no hubiese cierto pe- simismo respecto al desenlace de la campaña que sostie- nen, no apresurarian las escaramuzas, sino que darian larga tregua para aumentar los preparativos. Lo que en realidad ocurre, es que nunca podria pre- sentárseles ocasion para derribar á un gobierno más débil que el actual, ni tampoco podrían tener enemigo más flexible el dia despues de la derrota que el Sr. Sa- gasta, jefe de un imponente cuerpo de empleados que combaten por sus puestos, teniéndoles sin cuidado los altos intereses de la nacion. No deberia esta vez el Sr. Cánovas tener quejas de su ex-amigo el Sr. Alonso Martinez, ni siquiera del señor Martinez Campos, quienes tal vez con los diputa- dos que les son adeptos, conservan la Constitucion de 1876 contra la veleidad del presidente del Consejo de Ministros, que al menor tumbo de la nave del Estado, arrojaria, como lastre inútil, un Código tan violentamen- te combatido por él durante el período de se formacion, sin que supiera el país cuando admirarse más, si el dia en que el Sr. Sagasta se declaró partidario condicional de esa Constitucion, ó el dia en que, ya ministro, afirmó, contestando al Sr. Martos, que jamás volveria á la Cons- titncion del 69. * * * Pretender que el Sr. Sagasta renuncie al poder en obsequio de los señores izquierdistas, seria una quime- ra; suponer que no en atencion á las personas, sino á las ideas, consentirá en las reformas que invocan como pretexto de lucha, seria olvidar que en toda la historia política del presidente del Consejo, al ménos desde los últimos diez años, no se recuerda un solo sacrificio de ese género. Así como el la última modificacion minis- terial aparentó ceder á las influencias democráticas, ad- mitiendo un ministro de esta procedencia, y lo que en realidad hizo fué anular al Sr. Romero Giron, impo- niéndole las apostasías más crueles que pueden exigirse al político, al jurisconsulto y al escritor, obligándole á desdecirse de todas sus pasadas opiniones, de igual modo, el ministro de los derechos inaguantables, sólo accederia gustoso, cuando más, á ir admitiendo á su lado toda una serie de Romeros Giron que exponer su- cesivamente á las iras de sus enemigos. La nunca desmentida habilidad parlamentaria del señor Martos, su prevision de las veleidades del jefe constitucional, son buena guia de nuestro pronóstico. El largo periodo de tránsito que ha empleado el eminente orador, da indicios de su desconfianza. En lugar de co- locarse á honesta distancia de la monarquía, pudo decir que se resguardaba huyendo las asechanzas de un amante coloso y poco seguro del amor que inspira. Mas ocurre que el señor Sagasta, acusado con sobra- da razon de apático, irresoluto, falto de convicciones y de credo político, no carece de ese conocimiento del mundo que durante tantos años le viene sosteniendo al frente de su partido; y por la misma razon que él puede, como Walpole, decir con arrogancia que sabe el precio á que cada hombre se cotiza, comprenderá que todos los días no se encuentra un Romero Giron. El debate, pues, aunque puramente personal en el fondo, es de suma importancia para un partido de inte- reses personales, y si, como es de suponer, los jefes iz- quierdistas no se dan por satisfechos con un par de carteras, ambos partidos quedarán igualmente fa- tigados en provecho de un tercero, como verá el que viviere. REVISTA IBÉRICA. 147 SANTIAGO DAMOUR. ---- II. Damour lo pasaba bien en Noumea; habia encontrado trabajo y tenia esperanzas de con- seguir el indulto. Era hombre de carácter dulce y aficionado á jugar con los niños; no hablaba de política, trataba poco á sus com- pañeros y vivía solitario. Unicamente podia echársele en cara el beber de vez en cuando; pero tenia buen vino; lloraba en abundancia y se iba por sí mismo á acostar. Un dia, cuando ya se tenia por seguro su indulto, desapareció. La noticia de la fuga con cuatro compañeros causó general extrañeza. Durante los dos años que llevaba de depor- tacion habia recibido varias cartas de Felisa, en un principio con regularidad, despues con ménos frecuencia y método. El escribia muy á menudo hasta que estuvo tres meses sin re- cibir noticias. Por este tiempo desesperó de obtener una gracia que tal vez tardaria un par de años, y en una de esas horas de fiebre, de que uno se arrepiente al otro dia, resolvió arriesgar el todo por el todo. Al cabo de una semana fué hallada en la costa, á unas cuantas leguas, una barca des- trozada y los cadáveres de tres fugitivos des- nudos y ya macerados, no faltando testigos que pretendiesen reconocer á Damour. Uno de aquellos desgraciados tenia su misma estatura y su barba. Se abrió informacion con todos los requisitos legales y se levantó el acta de de- funcion que más tarde habia de ser remitida á Francia á peticion de la viuda, previa notifica- cion oficial. Toda la prensa comentó el suceso y una reseña sumamente dramática de la eva- sion y de su trágico desenlace fué reproducida en todos los periódicos del mundo. No obstante, Damour vivía. Se le habia con fundido con uno de sus compañeros, circuns- tancia tanto más extraña, cuanto que en nada se parecían, excepto en que ambos usaban barba corrida. Damour y el cuarto de los escapados, que habia sobrevivido de milagro, se separaron tan luego como llegaron á tierra inglesa, sin que volvieran á verse más; sin duda el otro murió de fiebre amarilla, enfermedad que estuvo á punto de llevarse á Damour. El primer propó- sito de éste era prevenir á Felisa por escrito; pero habiendo leido por casualidad en un pe- riódico que cayó en sus manos, la noticia de la propia evasion y muerte, creyó que la carta seria un medio imprudente, porque podian in- terceptarla, leerla y averiguar la verdad. ¿No seria preferible continuar muerto para todo el mnndo? En adelante nadie se cuidaría de él; regresaría libremente á Francia donde espera- ria la amnistía para darse á conocer. El terrible ataque de fiebre amarilla le tuvo varias semanas en un perdido hospital. Cuando Damour entró en el período de con- valecencia, experimentó una inmensa dejadez. Durante varios meses quedó muy débil y falto de voluntad: Diríase que la fiebre le habia qui- tado todos sus antiguos deseos. Nada queria y á cada momento se preguntaba para qué. Las imágenes de Felisa y de Luisa se le habian borrado; las veia siempre buenas, pero muy lejos y enmedio de una niebla que á veces le impedia reconocerlas. Cuando se sintiera fuer- te pensaba unirse á ellas; mas cuando se vió sano, fué muy distinto el plan que ocupó su pensamiento. Antes de reunirse con su esposa y con su hija deseaba hacer fortuna. ¿Qué hubiera he- cho en París? Morirse de hambre; verse obli- gado á dedicarse nuevamente al torno y quién sabe si no encontraría trabajo, ahora que habia envejecido. Mas si, por el contrario, se marchaba á América, podia en pocos meses reunir unos 100.000 francos, modesta cantidad con que se contentaba, á pesar de las prodi- giosas historias de millones que le zumbaban en los oidos. Le hablan hablado de una mina de oro, cuyos explotadores, hasta los más hu- mildes braceros, ponían coche al cabo de seis meses. Ya tenia arreglada su vida: volveria á Fran- cia con sus 100.000 francos, compraria una casita cerca de Vincennes y allí disfrutaria de 3 ó 4.000 francos de renta acompañado de Felisa y de Luisita, feliz en su abandono y en su olvido de la política. A los dos meses Damour estaba en América. Entonces dió principio para él una vida tur- bulenta que le llevó al azar en una marejada de aventuras, á un tiempo extrañas y vulga- res. Conoció todas las miserias y todas las for- tunas. Por tres veces creyó haber reunido los 100.000 francos, y otras tantas se le escaparon entre los dedos, le robaban ó, en un supremo esfuerzo, él mismo se desprendia de lo adquiri- do En suma, padecia, trabajaba mucho y an- daba sin camisa. Al cabo de idas y venidas por los cuatro cabos del mundo. los acontecimientos le lle- varon á Inglaterra; de allí pasó á Bruselas en la misma frontera de Francia; mas no pensaba internarse en su patria. A su llegada á América habia escrito á Felisa, y no habiendo recibido contestacion á tres cartas, se habia forjado toda clase de suposiciones; ó interceptaban la correspondencia, ó su mujer habia muerto ó habia abandonado á París. Un año después hizo otra tentativa inútil. Para no denunciarse si le abrían las cartas, es- 148 REVISTA IBÉRICA. cribia bajo nombre fingido, hablando á Felisa de un asunto imaginario, en la esperanza de que conoceria su letra y le comprenderia. Este gran silencio habia adormecido, en cierto modo, sus recuerdos. Habia muerto, no tenia á nadie en el mundo, nada le importaba ya. Durante cerca de un año, trabajó en una mina de carbon, debajo de tierra, sin ver el sol, comiendo y durmiendo sin desear nada fuera de allí. Una tarde supo en la cantina, que la amnis- tía acababa de ser votada en París, y que todos los comunistas estaban regresando. Esto le despertó. Experimentó una sacudida, cierta necesidad de marchar con los otros, ver allá otra vez la calle en que habia vivido. Al prin- cipio fué un arranque inconsciente; despues, en el wagon que le conducia, maquinaba en su cabeza el modo de recobrar su puesto á la luz del sol si conseguia encontrar á Felisa y Luisa. La esperanza acudía á su corazon; era hombre libre; las buscaba abiertamente, y con- cluia por pensar que las encontraria muy tran- quilas en su habitacion de la calle Envierges, puesta la mesa, como si le estuvieran esperan- do. Pronto se explicaria cualquier mala inter- pretacion Iría á la alcaldía, se daria á conocer y la familia emprenderia de nuevo su antigua vida. La estacion del Norte en París estaba llena de tumultuosa multitud. Desde que se divi- saron los viajeros empezaron las aclamacio- nes; el entusiasmo rayaba en locura; miles de brazos agitaban sombreros y de bocas grita- ban nombres. Damour sintió un momento mie- do; sin darse cuenta, se imaginaba que toda aquella gente habia venido allí para victo- rearle al pasar. Despues supo el nombre que se aclamaba, el de un célebre miembro de la Commune que venia precisamente en el mismo tren; un contumaz á quien el pueblo hacia una ovacion. Damour lo vió pasar muy inflado, con los ojos húmedos, conmovido por este recibi- miento. Cuando el héroe montó en un fiacre, la mul- titud trató de desenganchar el caballo; todos se atropellaban; el oleaje humano se dirigió á la calle La Fayette, formando un mar de ca- bezas por cima del cual se vela el fiacre mar- char lentamente como un carro de triunfo. Y Damour, pisado, apretado, consiguió di- fícilmente ganar los bulevares exteriores. Nadie se fijaba en él; todos sus padecimientos, Ver- salles, la travesía, Noumea, le vinieron á la mente en una crisis de amargura. Ya en las afueras experimentó un enterne- cimiento singular. Todo se borró de su me- moria, y llegó á creer que venia de llevar tra- bajo á París y que regresaba tranquilamente a la calle Envierges. Diez años de su vida se agolpaban tan confusamente, que le parecia dejarlos á la espalda como una simple prolon- gacion de la calle. No obstante, sentia cierta extrañeza en comparacion de sus antiguas costumbres, cuando él entraba con tanta co- modidad. Los bulevares exteriores le pare- cían extensos; el semblante de los transeun- tes le emocionaba; se detenia delante de las muestras de las tiendas, admirado de verlas allí. No experimentaba la franca alegría de poner por fin el pié en un rincon querido de la tierra; era una mezcla de ternura en que parecia escuchar canciones novelescas llenas de sorda inquietud, la inquietud de lo desco- nocido, en aquellas cosas antiguas que él re- conocía. Su turbacion se aumentó al acercarse á la calle Envierges. Veia bien las mismas calles, las mismas tiendas, pero vacilaba al querer dar nombre á las fisonomías; toda aquella gente le parecia nueva, como si hubiese brotado en una noche. Y á medida que adelantaba se sen- tia desfallecer, no quería pasar más allá, como si le esperase una catástrofe. ¿Asunto de qué haber venido? ¿Qué tenia que hacer allí? Tres veces pasó en la calle Envierges por delante de la casa sin poder entrar. La carbonería de enfrente habia desapareci- do; en su lugar habia una frutería y la mujer que estaba á la puerta le pareció de tan buen aspecto, tan á sus anchas instalada allí, que no se atrevió á preguntarla, como habia pen- sado al principio. Lo preferible era dirigirse á la portería. ¡Cuántas veces habia vuelto hacia la izquierda al fin del portal y llamado en el ventanillo! --¿Teneis la bondad de decirme si madame Damour...? --No la conozco; aquí no vive. Damour se quedó inmóvil. En lugar de la enorme portera de otras veces, tenia delante una mujer pequeña, escuálida, que le miraba con cierto recelo. Otra vez insistió: --Madame Damour vivia en el interior hace diez años. --¡Diez años! exclamó la portera. ¡Bah, ya ha llovido desde entonces!... Nosotros estamos aquí desde Enero. --Tal vez madame Damour haya dejado sus señas. --No, no sé quién es. Y ante la terquedad de él, ella se irritó y le amenazó con llamar á su marido. --¡Acabará Vd. de mosconear en esta casa! Hay tantos que se introducen... Damour enrojeció y se retiró balbuciendo, avergonzado de su pantalon desfilachado y de su blusa vieja y manchada. Ya en la calle, se fué cabizbajo; despues retrocedió sin decidirse á marchar así. Aquello REVISTA IBÉRICA. 149 era para él como un eterno adios que le an- gustiaba. Alguien tendria piedad de él, al- guien le daría indicios. Y levantaba los ojos, miraba á las ventanas, examinaba las tiendas tratando de reconocerse. Diez años habian bastado para que en aque- llas pobres casas, donde los desahucios menu- dean como el granizo, hubiesen cambiado casi todos los vecinos. Además sentía no sé qué especie de estupor salvaje, que le hacia tem- blar ante la idea de ser reconocido. Al fin, cuando bajaba por la calle, consiguió ver caras conocidas; la vendedora de tabaco, un especiero, una lavandera y la panadera que en otro tiempo les proveia. Continuó todavía un cuarto de hora más pa- seándose delante de las tiendas, preguntándo- se en cual de ellas se atreveria á entrar; su- dando á causa del interior combate que sufria. Finalmente, se decidió á interrogar á la pana- dera, mujer adormecida, siempre blanca, como si acabase de salir de un costal de harina. Esta lo miró y no se movió del mostrador; sin duda no le habia conocido con aquel cutis tan tos- tado, aquella cabeza calva recocida por el sol tropical y su larga barba estoposa que le chu- paba la mitad de la cara. Esto le dió alguna osadía, compró un su de pan y se decidió á preguntarla: --¿No cuenta Vd. entre sus clientes á una mujer con una pequeña... madame Damour? La panadera se quedo pensativa, y respondió con voz suave: --¡Ah! sí, antes de ahora, me parece recor- dar... pero hace mucho tiempo. Al presente no sé... ¡Como una conoce tantas personas! Tuvo que conformarse con esta respuesta. En dias sucesivos volvió más resuelto á pre- guntar á los vecinos; pero en todos veía la misma indiferencia, el mismo olvido con razo- namientos contradictorios que le extraviaban cada vez más. En resúmen, resultaba que Fe- lisa habia abandonado el barrio dos años próxi- mamente despues de la marcha de él á Nou- mea, precisamente por el tiempo de su evasion. Nadie sabia su nuevo domicilio; unos hablaban del Gros-Caillou, otros de Bercy; ni siquiera se acordaban de la pequeña Luisa. Asunto ter- minado. Una tarde se sentó en un banco del bulevard exterior, y se echó á llorar, prome- tiéndose no continuar las investigaciones. ¿Qué iba á ser de él? París le parecia desierto. Los pocos sus con que habia vuelto á Francia se le estaban acabando. Por un momento re- solvió volver á Bélgica á la mina de carbon en cuya densa oscuridad habia vivido libre de re- cuerdos, feliz como un bruto en el despertar de la tierra. No obstante, se quedó hambriento y mise- rable, sin poder hallar trabajo. Todo el mundo le daba de lado, encontrán- dole demasiado viejo. No tenia más que cin- cuenta y cinco años, y le calculaban setenta, á causa de los diez que llevaba de padeci- mientos. Vagaba de un lado para otro como un lobo; fué á las ruinas de los monumentos incen- diados por la Commune, buscando una de esas ocupaciones que suelen confiarse á niños ó á ancianos débiles. Un picapedrero que traba- jaba en el Hotel-de-Ville le prometió emplear- le en guardar las herramientas; pero el ofre- cimiento no se cumplía, y Damour estaba pe- reciendo de hambre. Un dia que en el Puente Notre-Dame miraba pasar el agua con el vértigo de los desdicha- dos que el suicidio atrae, se separó violenta- mente de la baranda, y en la rapidez del movi- miento, estuvo á punto de derribar á un tran- seunte vestido de blusa blanca, que se puso á insultarle: --¡Animal! Damour se habia quedado estupefacto mi- rando á aquel hombre: --¡Berru! exclamó al fin. En efecto, era Berru, que no habia cambia- do sino con ventaja su alegre semblante y su aspecto juvenil. Varias veces, despues de su regreso, habia pensado Damour en buscar á Berru; pero ¿dónde encontrar á un hombre que mudaba de alojamiento cada quince dias? El pintor desencajaba los ojos, y cuando Da- mour con voz trémula se le dió á conocer, no quiso creerle. --¡Imposible! ¡Qué superchería! Y al fin le reconoció, prorumpiendo en ex- clamaciones que empezaron á llamar la aten- cion de los que pasaban: --Pero ¿no te habías muerto?... ¿Cómo habia yo de esperar una cosa así? No está bien bro- mearse de esa manera... Vamos á ver ¿de ver- dad estás vivo? Damour hablaba bajo, suplicándole que ca- llase. Berru, que encontraba el lance algo di- vertido en el fondo, concluyó por cogerle del brazo y llevarle á una taberna de la calle Saint-Martin. Y allí, lleno de curiosidad, le abrumó á preguntas. --Ahora, dijo Damour cuando estuvieron sentados en el gabinete, ante todo. ¿Y mi mujer? Berru lo miró con gran extrañeza. --¿Cómo tu mujer? --Sí; ¿dónde está? ¿No sabes su domicilio? La estupefaccion del pintor aumentaba. Lentamente, respondió: --En efecto, yo sé sus señas... Pero no co- noces la historia?... --¿Cuál? ¿Qué historia? Entonces Berru prorumpió: 150 REVISTA IBÉRICA. --¡Ah! Esto si que es grande. ¡Cómo! ¿Nada sabes?... ¡Tu mujer se ha casado, vejestorio! Damour, que tenia la copa en la mano, la colocó en la mesa, acometido de un temblor tal, que el vino se le derramaba por entre los dedos. Se los enjugó en la blusa, y exclamó con voz entrecortada: --¿Qué es lo que me dices? Casada de nuevo, casada... ¿Estás seguro? --¡Pardiez! tú te habias muerto y ella se ha vuelto á casar; nada tiene de extraño... El lance es chusco, porque ahora resulta que has resucitado. Y en tanto que el infeliz palidecía balbu- ciendo los labios, Berru le contó detalles. Al presente Felisa era dichosa. Se habia casado con un carnicero de la calle de los Monjes en los Batignoles; un viejo cuyos asuntos mane- jaba ella perfectamente. Se llamaba Sagnard; hombre grueso, de unos sesenta años, bien conservado, que vivia al final de la calle No- llet en una de las tiendas mejor arregladas del barrio, con rejillas pintadas de rojo y con ca- bezas de buey doradas en ambos lados de la muestra. --¿Y qué piensas tú hacer ahora? repetia Berru como estribillo de cada detalle. Damour, aturdido por la descripcion de la tienda, respondia con ciertos movimientos de la mano que ya verian. --¿Y Luisa? preguntó de repente. --¿La pequeña? ¡Ah! No se... La habrán de- jado en cualquier parte para librarse de ella, porque yo no la he visto con ellos... Ver- daderamente, deberian devolverte la chica, puesto que para nada les sirve. Mas ¿qué seria de tí con una hija de veinte años, cuando no tienes ciertamente un aspecto muy presen- table? ¡Eh, no te ofendas! pero en verdad seria cosa de darte una limosna. Damour habia bajado la cabeza, fatigado, sin que se le ocurriese palabra. Berru pidió un segundo litro y se decidió á consolarle. --Vamos hombre, ¡qué diantre! Puesto que estás vivo, alégrate un poco. No está todo perdido; ya se arreglará eso... ¿Qué vas á hacer? Y ambos se enfrascaron en una discusion interminable, renovando sin cesar los mismos argumentos. Lo que Berru no decia nunca, era que tan luego como Damour se marchó habia él trata- do de arreglarse con Felisa, cuyo arrogante busto le seducía, y que conservaba cierta ira de que ella hubiese preferido al carnicero Sag- nard, sin duda por ser más rico. Cuando hubo pedido el tercer litro, ex- clamó: --Yo en tu lugar iria á buscarles, me insta- laria allí y plantaría á Sagnard en la calle si me estorbaba... Despues de todo eres el amo; la ley te favorece. Poco á poco Damour se iba embriagando; el vino hacia subir llamaradas rojas á sus pá- lidas mejillas. A todo contestaba que ya ve- rian. Pero Berru le hostigaba, le daba golpes en el hombro y le preguntaba si era hombre. ¡Y tanto como era hombre! ¡El habia amado á aquella mujer! ¡El la amaba todavía, hasta el punto de pegar fuego á París por recobrarla! ¿Qué esperaba, pues? Dado que le pertenecia, no necesitaba más que volverla á recoger. Ambos amigos, ya beodos, se hablaban con los puños en las na- rices. --Allá voy, dijo de repente Damour, incor- porándose con dificultad. --¡Sea en buen hora! ¡Eso ha sido una pi- cardía! exclamó Berru; yo voy contigo. Y ambos partieron para los Batignoles. Emile Zola. (Continuará.) -------- EL GRAN COMEDIANTE. -- Allá en el fondo de la provincia, en un bar- rio extremo de la ciudad, vive ó vegeta, tal vez herido por dolorosos recuerdos, ó en vias de arrepentimiento, olvidado de todos y des- conocido de los vecinos, que le ven salir al oscurecer sin rumbo fijo, como cualquier por- diosero. Es un hombre que habrá cumplido treinta años, moreno y esbelto, de ojos grandes y os- curos que pueden prestar á su fisonomía la expresion de refinada malicia ó de sincero afecto; una nariz gruesa y al parecer movible sirve á su vez como de acento en esta muda elocuencia de su rostro, sombreado por una gran barba negra. Su voz es recia y carras- peante como la del soldado que vuelve de la campaña atracado de pólvora y de aguardien- te; y observándole de cerca, hubiérase creido tambien que su levita rota y su capa desco- sida y mugrienta acababan de prestar los úl- timos servicios. Esta vida silenciosa y huraña llamaba la atencion del vecindario, y se hacian diversos y entretenidos comentos, sobre todo en los primeros dias de su instalacion. Los vecinos, en su mayor parte labriegos, madrugaban para acudir á las campestres fae- nas, retirándose al descanso á la hora precisa- mente en que el desconocido salía de su tugu- rio. Habia, por lo tanto, innumerables causas para despertar la pública curiosidad. Primera, no tenia oficio conocido: segunda, se daba á ver únicamente de noche: tercera, vivia solo: REVISTA IBÉRICA. 151 cuarta, no se trataba con la gente: quinta, se le habia guipado á la salida de una timba bas- tante desacreditada: y así por el estilo seguían otras muchas, más o ménos verosímiles, y por las cuales se le tenia sobre ojo. Sólo su soledad se alivió al mes y medio, que le vieron acompañado de otra persona, de mejor vestimenta, aunque con el mismo aire de reserva y de despego para el vecindario. El género de vida continuó como antes; salían casi siempre juntos, pero solian retirarse á distintas horas. Despues de algun tiempo se supo que este amigote íntimo era un antiguo jugador de Madrid, conocido por Chinitas. --Vamos, dijo uno de los que concurrian á la cantina de enfrente; es el compadre que le hacia falta. Durante dos semanas repararon los vecinos que Chinitas salia solo. La curiosidad se des- pertó de nuevo. Luego vieron entrar al médi- co del barrio y todo quedó explicado: el des- conocido estaba enfermo. Sin embargo, otro de los concurrentes lo comentó á su modo, y dijo: --Eso es una borrachera. Pero la borrachera duraba demasiado y no prosperó tal idea. En fin, ya empezaba á convalecer cuando la vecindad fué sorprendida por un nuevo acontecimiento. Una tarde llegaron dos seño- ras jóvenes á la casa donde moraba el desco- nocido y preguntaron por D. Fernando Are- nillas. La mujer interpelada les dió galante- mente las señas, siguiéndolas con la vista mientras las jóvenes subian la escalera ale- gres y ligeras como dos pájaros. No eran mal parecidas, segun voz general, sobre todo la más jóven, á quien el deseo de sorprender al desconocido animaba su rostro con una encan- tadora jovialidad. En este rostro, de diez y siete primaveras á lo sumo, notábanse tres cosas que complacian al observador más des- contentadizo: los dientes que eran blanquísi- mos, los ojos negros y dulces y las cejas grandes y arqueadas, sobre las cuales la mo- rena frente parecia más tersa y más graciosa. Ambas vestian con gusto, pero sus faldas de medio color no podían ser más sencillas, lo mismo que sus sombreritos de viaje, que tal vez revelaban en su simple labor y adorno la mano práctica y hábil de la portadora. En el momento que llamaban á la puerta, acababa nuestro desconocido de levantarse del lecho y vestirse á toda prisa. Creyó que seria Chinitas y abrió sin molestarse en preguntar, por lo cual su sorpresa fué muy grande. --¡Fernando!... gritó la más jóven de las viajeras arrojándose á sus brazos. Luego sacó el pañuelo apresuradamente y se enjugó las lágrimas. --Pero chiquilla, ¿qué significa esto? ¿De dónde vienes? ¿Cómo has podido indagar mi paradero? preguntó el desconocido, al mismo tiempo que aproximaba dos desvencijadas si- llas, las únicas disponibles, para que se senta- ran las mujeres. La de más edad no era bonita; pero en sus ojos vivos y pequeños, en sus labios delgados y sin color, en el óvalo casi perfecto de su ros- tro, encontrábase un cierto sello de gravedad y de inteligencia que cautivaba á primera vista. Cuando comprendió por el silencio el enter- necimiento de su compañera, se dirigió á Fer- nando y le dijo: --Tiene Vd. á su hermana muy incomodada y con fundado motivo. ¡Volver á España sin avisarle! ¡Estar en Madrid y no preguntar si- quiera por ella! ¡Recibir carta suya y no que- rer contestar!... Esto es atroz, caballero, per- mítame Vd. que se lo diga. Y la verdad, veni- mos únicamente para echarle una soberana peluca; una peluca de padre y señor mio, ¿No es eso, Lucía? --Sí señor, sí señor, afirmó la joven ya más tranquila. Su conducta de Vd. es incompren- sible... ¡No corresponder á su hermana con una pequeña muestra de cariño! ¡No haberle puesto ni aun cuatro líneas, despues de cinco años de separacion, diciendo: aquí vivo ó aquí muero!... Al recuerdo de estos cinco años de trabajo, de orfandad y de lucha, tornó la pobre mucha- cha á entristecerse é inclinó la adorada cabe- cita para ocultar su emocion. El hermano que vió esto, se sentó á su lado y acariciándola y besándola en la frente, le dijo: --¡Por Dios, Lucía, ten en cuenta mi situa- cion, que era desesperada!... Habia que ganar el pan de cada dia en un país inhospitalario... Mira; la fortuna me ha tratado como la peor de las madrastras; ni un solo beso de paz me ha concedido... De modo, hermana mia, que fui más desgraciado que tú, por lo que veo: tú has conquistado el cariño de una buena amiga; yo me encuentro más pobre que una rata y más solo que un estercolero que apesta. --¿,Y quién tiene la culpa de eso? preguntó la compañera de Lucía. Y si hablo así es por lo que me ha contado su hermana de Vd. y por lo de la peluca. Usted abandonó sin moti- vo su carrera; Vd. no quiso tomar ningun ofi- cio; Vd. llenó de disgustos y penas la vida de su difunto padre; Vd. se escapó de su casa con una pícara mujer, desertó del ejército y se marchó Vd. á Buenos-Aires sin avisar á su madre, y sin conocer que aquella mancha y esta separacion podian agravar su enfermedad y llevarla al sepulcro. Repito, señor don Fer- nando, que esto es atroz, y que no sé lo que 152 REVISTA IBÉRICA. usted merecía... Merecia Vd. que no le quisie- ra su hermana tanto como le quiere. --Eso si que no, repuso nuestro héroe con viveza, á la vez que empequeñecia la nariz por medio de una contraccion nerviosa y po- nía en su expresiva mirada levísima sombra de tristeza. ¿Verdad que me perdonas, Lucía mia? Yo me defendí como pude de mi mala sombra... Cierto que algunas veces obré mal, pero obré como un insensato, sin darme cuenta del daño que causaba á mi alrededor... Pero ahora será otra cosa; yo te prometo por la memoria de nuestra madre, no separarme de tí, vengarte de las injurias de la orfandad y hacerte tan feliz, que las pasadas desdichas te parezcan un triste sueño que se desvaneció para siempre... ¿Verdad que me perdonas, hermana mia? --Cuántas noches, despues de diez horas de trabajo, en casa de nuestros tíos, me acordaba de tí, y me decía á mí misma temblando de miedo y de frío: Si Fernando estuviera á mi lado no pasaria yo hambre, ni tendria que ar- rastrarme por los suelos como la última de las criadas, ni sufriría el desprecio de estos parien- tes, ni me veria... pero no, no quiero contarte el horrible martirio á que me condenaron. --Cuenta mujer, cuenta, insistió su amiga, para que sepa este caballero lo que vale su hermana, y el poco meollo que se necesita para no hacer caso de ella. --Pues bien, continuó Lucía; despues se empeñaron en que tenia vocacion de monja y que habia de entrar como novicia en las Mer- cenarias. Ya tú conoces aquella gente devota de Toledo, y es inútil añadir, que todos cuan- tos venían á casa eran de la misma opinion. Fuimos al convento, me hicieron conocer á la madre priora y á don Melquiades Romo, cape- llan de las monjas, que me sermoneaba todas las noches, y á quien yo no podia sufrir por lo mal que le olía la sotana. Así es, que me acos- taba asustada y amanecia casi siempre lloran- do y pensando en aquellas horribles tinieblas del convento. Me faltaban las fuerzas para re- sistir. Algunas veces, mi tio, con sus ojazos de loco, se presentaba de repente en mi cuar- to y me amenazaba con ponerme en la calle. Y siempre concluia del mismo modo: ¡Desgra- ciada de tí si no sigues mi consejo!... ¡algun dia lo habías de llorar con lágrimas de sangre! Las palabras dulzonas de su mujer me hacian aún más daño, porque me echaba en cara la comodidad y los desahogos de nuestra casa. Eres muy señorita, hija mia, exclamaba á me- nudo. ¡Ah! si tu pobre madre no hubiera teni- do una cabeza tan destornillada... no pasaria lo que pasa... ¡Jesús mío! tanto lujo y tantos requilorios para acabar á la postre por tener que comer patatas. Al mismo tiempo; cuando me miraba yo al espejo y me veia tan fea y tan flaca, me ahogaba el despecho y la corajina que interiormente sentia contra todos ellos. Llegó por último una tarde en que creí volver- me loca. Habia bajado al huerto por verdu- ra... de pronto me escurrí á la calle... y an- dando, acolando, me encontré en la plaza. Al oscurecer entraba en la estacion, y ví el tren que iba á partir para Madrid... Afortunada- mente habia billetes de tercera, y tomé uno. No quiero ponderarte las angustias de mi lle- gada y 1o mucho que sufrí hasta que tropecé con Mercedes, mi amiga de colegio, que tenia un obrador de costura, y á quien nunca agra- deceré bastante lo que le debo. --De eso no hablemos ahora, queridita. Bás- tele á Vd. saber, señor don Fernando, que tra- bajamos mucho y ahorramos poquísimo. De estos ahorros insignificantes ha salido este viaje, hecho exclusivamente para sorprender le en su retiro... Creo que bien puede usted agradecérnoslo, ¿eh? --Con el alma y la vida, contestó Fernando, volviendo á acariciar á su hermana. ¡Pobre Lucía mia!... Mi historia es muy larga, muy larga... pero de todos modos, yo tambien en América me acordaba mucho de tí. --Vaya que se conoce, repuso Mercedes. --Es Vd. implacable, señorita... No quisiera que fuese mi hermana de madera tan áspera... En cuanto Vd. me trate y me conozca a fondo, me perdonará como Lucía, y comprenderá que merezco por mi fatal estrella más compasion que vituperio. --Ojalá me equivoque, señor don Fernando; pero temo que pese más en su cuerpo la carne de pícaro que la de hombre de bien. --De todo hay en la viña del señor, aunque bien mirado yo no puedo querer á mi herma- na más que con el corazon de un hombre de bien. No hagamos caso de lo demás ¿verdad Lucía? Y así continuaron charlando largo rato, con- viniendo, por último, en que al dia siguien- te por la noche, tomarian el tren correo para tornar todos tres á la coronada villa. La desaparicion del desconocido en compa- ñía de las jóvenes, causó profunda sorpresa al vecindario. --Un hombre tan raro no debia tener fami- lia, es lo que afirmaban varias comadres, acompañándose del tric... trac... de sus largas agujas de hacer media, sentadas orondamente delante del portalillo de una vecina, á la man- sa caída de la tarde. Y su afirmacion fué un verdadero epitafio. Despues de algun tiempo, nadie se acordaba en el barrio del desconocido. Tanto en el viaje, como á la llegada, mos- tróse Fernando tan complaciente, tan cansado de sus aventuras y tan desengañado del mun- REVISTA IBÉRICA. 153 do, que hasta la misma Mercedes acabó por creer en la sinceridad de su arrepentimiento. Lucía estaba más contenta que nunca. Su mo- desto cuartito de la calle de Jesús y Maria, contaba con un dormitorio de sobra, destinado á los enseres y ropas de poco uso, y allí colo- caron á Fernando. Quedaban de su familia algunas buenas re- laciones, que ambos hermanos trataron de reanudar por consejo de su amiga. Entre estas, habia un deudor insolvente de los prósperos tiempos del padre, que les prometió su in- fluencia, ya que no podia cumplir con dinero. Un ligero cambio político, la entrada de dos nuevos ministros en el gobierno, bastó á los pocos meses para que el agradecido deudor hi- ciera efectiva su promesa. Fernando recibió una credencial, y fué colocado con dos mil quinientas pesetas en el Ministerio de Fomen- to. ¡Con qué júbilo recibieron al hermano aque- lla noche! La vuelta del hijo pródigo no debió festejarse con mayor alegría en la paterna casa. Verdad es que faltaba en su mesa el ter- nero cebon de que habla el Evangelio; pero en cambio habia unos ricos filetes de idem y una hermosa botella de Valdepeñas, reservada para estas grandes solemnidades. Y en cuanto á Mercedes y Lucía, como no faltaba trabajo y eran notables maestras en la costura, podían ahorrar unos cuantos reales todas las semanas, preparándose así para el porvenir. Si alguna cosa les preocupaba, eran las distracciones del hermano, que solía reti- rarse siempre de madrugada. Luego iba tarde á la oficina, y el jefe de su Negociado le rega- ñaba de vez en cuando. Otro dia sucedió un percance que les afectó dolorosamente. En un rinconcito de su cómoda, conservaba Mercedes un medio aderezo de oro que habia sido el re- galo de boda de su madre. Y lo que pasa en estos casos: una mañana que por casualidad ponía en órden sus antiguallas y diges, lo echó de ménos. Lucía que le acompañaba en la faena, tuvo idéntica sorpresa, y parecida idea. Visitábalas de ordinario muy poca gente, las costureras y oficialas que acudian al obra- dor, eran buenas muchachas; de los vecinos no habia motivo para sospechar... ¿quién podia ser el autor? ¡Qué bochorno para Lucía, si como temian, resultase Fernando el verdadero delincuente!... Y no fué corta ni perezosa; al dia siguiente se lo espetó en crudo, porque así habia que obrar, segun la opinion de su amiga. --¡Cómo! ¿Sereis capaces de dudar de mí? preguntó á su vez Fernando con una santa in- dignacion que se reflejaba en la fulgurante mirada y en el abultamiento de aquella gruesa nariz, cuyas rojas ventanillas parecían echar sangre. De Mercedes esperaba yo sospechas, recriminaciones, acusacion impremeditada, porque todavía no me conoce á fondo. Pero tú... ¿y eres tú la que me acusas? ¡Mi propia hermana, mi Lucía; el único ser en quien he depositado mi cariño y mi confianza!... ¡Oh, qué desengaños más crueles me reserva la enemiga suerte! Podré yo ser, hermana mia, un hombre de pasiones, un desdichado loco; nunca un ladron doméstico, entiéndelo bien. Despues de hablar así, le volvió la espalda y se fué tan compungido, que la misma Mer- cedes, escondida en la alcoba del gabinete, creyó oír sus reprimidos sollozos. Abrazáronse entonces ambas amigas, mudas y pensativas, sin saber qué camino tomar en su infortunio. Al levantarse más tarde de la mesa ofrecióse Fernando acompañar á Mercedes á todas las casas de préstamos sobre alhajas, para ver si daban con el inapreciable aderezo. Sus pasos al fin y al cabo fueron bien inútiles, y solo el tiempo pudo apaciguar el dolor de semejante pérdida. Por otra parte, favorecíales la fortu- na aumentando el crédito de su obrador y el número de sus parroquianas. Las dos amigas habían reunido sus ahorros que ascendian á unos 15 ó 16.000 reales, reservándolos la pri- mera para su dote, y la segunda, ó sea Merce- des, para abrir una tienda lujosísima en el centro, que era su sueño dorado. De Lucía se enamoró un muchacho inteli- gente y laborioso que llevaba la direccion de una casa de comercio y pensaba en un dia no lejano hacerse corredor ó emprender algunos negocios por su cuenta. Así marchaban las cosas, cuando una ma- ñana despues del desayuno supieron que Fer- nando no habia vuelto á casa. A Mercedes le asaltaron tristes presentimientos, pero no quiso comunicárselos á Lucía. La conducta de su hermano no habia variado ni un ápice desde los primeros dias, y bien podian ser in- fundadas las dudas que le martirizaban. Sentáronse á comer en silencio, intranquilas y tristes, esperando el desenlace de tan miste- riosa tardanza. Aquella tarde recibieron una nota ó aviso de su jefe que le llamaba inmediatamente á su despacho. Despues se presentó un compañero suyo á reclamar 15 duros que hubo de pres- tarle días antes, sin recibo ni pagaré de nin- gun género y fiando en la formalidad de su promesa, de la cual no podia dudar nunca. A este buen amigo le aseguraron al salir del mi- nisterio que Fernando no estaba ya en Madrid, y tampoco quiso creerlo. En la misma semana hablaron los periódicos de la desaparicion de una actriz francesa, muy mediana, que traba- jaba en la opereta cómica de la Alhambra, con un empleadillo de Fomento. Las señas eran mortales, y sin embargo, aún dudaba de la 154 REVISTA IBÉRICA. verdad del hecho el acreedor de los 2,5 duros. Ocho dias despues de esta escapatoria, Lucía tuvo carta de su hermano; una carta larga, minuciosa, patética, elocuente, que concluía de este modo: "Desengáñate, querida hermana; en este mundo no hay mal que por bien no venga. Es la última locura, de la cual estoy arrepentidí- simo; pero algo he aprendido por ella. Dentro de tres ó cuatro días volveré á tu lado, y así debes hacerlo presente á nuestra querida Mer- cedes, Quiero sincerarme de esta gran falta; deseo que le impongais el correctivo que me- rece, y por grande que sea yo lo recibiré con gusto de vuestra mano. ¡Te pareceré tan des- preciable y tan olvidadizo!.. pero tú me verás, tú comprenderás que no lo soy tanto como parezco. Lucía mia, no me aborrezcas antes de verme, te lo ruego por la memoria de nuestra madre. En el ínterin, arreglad vuestros nego- cios y disponeos á venir conmigo á París. Aquí está vuestro porvenir; yo os aseguro que al cabo de cinco años de trabajo os podreis re- tirar ricas, tan ricas como nunca lo habeis soñado en esos tristes Madriles. Esta es la ver- dadera América de las modistas. Vestireis á una duquesa y os casareis con un banquero. La chinela de una mujer bonita no tiene aquí precio. Y estais dispuestas á encontrar vuestra fortuna debajo de la cifra de un pañuelo blan- co, primorosamente bordado, que hayais de- jado caer á los pies de un príncipe ruso. Y no digo más. Ya sabes cuánto te quiere tu mejor hermano,--Fernando." Al acabar la lectura, habíase quedado Lucía perpleja y como encantada ante aquellos hori- zontes desconocidos que le mostraba su her- mano desde lejos. Mercedes meditaba: ¿era sin- cero aquel grito de un corazon arrepentido? ¿Eran creíbles aquellas cariñosas protestas, aquella nueva promesa de volver al buen ca- mino y aquel vivo deseo de su felicidad? Trascurridos ocho días y no teniendo noticia de su venida, decidió Mercedes tomar una tienda vacante en la calle del Arenal. La casa era nueva y la proposicion del dueño acepta- ble. Lucía opinó lo mismo. Una noche, antes de acostarse, buscaron en el doble cajon de la cómoda los quince mil reales de sus ahorros, porque á la mañana si- guiente habian quedado en firmar el contrato. Este doble cajoncito era un secreto; abrie- ron y ambas se miraron con asombro: no es- taba el dinero. En el mismo instante Lucía se puso blanca como la que acaba de morir y cayó desvane- cida en brazos de Mercedes. Idéntica sospecha habia herido como un rayo la imaginacion de las infelices: sólo Fernando conocía el secreto de su cómoda. Los esfuerzos de su laboriosidad, sus cinco años de trabajo, la esperanza de la dote, su porvenir asegurado, todo habia des- aparecido en las manos del burlador infame. --¿Pero es esto posible, Virgen santa? pre- guntaba Lucía con un acento de dolor indes- criptible. Mercedes no lloraba, como su desconsolada amiga; sentia únicamente haber sido engaña- da lo mismo que los imbéciles, y se vengaba con esta frase: --¡Oh tu hermano!.. tu hermano erró la vo- cacion; hubiera hecho un cómico inmejorable. José M. Matheu. -------- UN NATURALISTA PORTUGUÉS. ---- O primo Bazilio, episodio doméstico, por Eça de Queiroz.--1878. -- Parece cosa fatal que españoles y portugue- ses no lleguen á conocerse y estimarse nunca. Diría cualquiera que en literatura no era esta empresa tan difícil. Pues lo es mucho, á juz- gar por los hechos. Pasan los años, van cayendo preocupacio- nes, allana el arte las fronteras de los Pirineos, y sin embargo, por las llanuras de Extrema- dura no se atreve á pasar; y portugueses y españoles seguimos sin conocernos y sin esti- marnos. Portugal conoce nuestras zarzuelas, y aho- ra, con motivo de la visita de sus reyes á los Borbones de España, conocen algunos perio- distas de allí la Sociedad de Escritores y Artis- tas y algunos versos de poetas de segundo órden. Pocos días hace leía yo en una Revista por- tuguesa impresiones de viaje de un escritor muy discreto de Lisboa; pues á, pesar de su discrecion, engañado por las apariencias y los reclamos, ese escritor llamaba ilustre poeta á un pobre coplero de por acá, sin crédito al- guno, y copiaba versos del tal, como muestra de lo que somos capaces de hacer nosotros. El mismo viajero citaba frases de un truchi- man español, que vive de fusilar chistes fran- ceses, como si se tratara de nuevo Quevedo ó del Fígaro de ahora... Estas equivocaciones se explican. Aquí la parte formal de la vida literaria la representan los que ni siquiera son literatos; los portugueses han venido y, salvas honrosas excepciones, los escritores que los han salido á recibir representaban la flor y nata de la cursilería literaria. Pero ¿dónde voy á parar? Se me ocurrió todo lo dicho pensando en que un libro como El primo Basilio, no era conocido en España, á pesar de haberse publicado tan cerca, en Lis- REVISTA IBÉRICA. 155 boa, y hace ya tantos años. Es sencillamente absurdo el afectado desden de algunos estira- dos académicos y aprendices de académico res- pecto de la literatura portuguesa contempo- ránea. Será triste decirlo, pero es la verdad; el espíritu general de la literatura contemporá- nea está allí más adelantado que en nuestra tierra. Se pueden citar pléyades de brillantes escritores que en prosa ó en verso representan la nueva vida literaria, lo que es oportuno, lo que no es arcaico... y en España predomina la herrumbre. ¡Y pensar que un escritor español, insigne sin duda, afirmaba há poco que la li- teratura portuguesa moderna era inferior á la catalana! Para acabar con tamañas injusticias, con- viene leer mucho á los escritores de Portugal que hoy representan allí la savia fecunda de la vida moderna, y no leerlos en detestables traducciones, sino en el original, que es donde valen, como toda literatura verdadera. El naturalismo, esa tendencia literaria que con haber nacido en Francia no parece fran- cesa, que se va abriendo paso y va siendo con- viccion arraigada de muchos escritores en muy diferentes países, tiene en Portugal tam- bien dignos representantes en la novela, en la poesía y en la crítica. Uno de los más notables es Eça de Queiroz. Hoy no pienso hablar á los lectores de la RE- VISTA IBÉRICA mas que de una obra de este es- critor. El primo Basilio está francamente ins- pirado, si vale hablar así, en las novelas de Balzac, Flaubert y Zola, pero especialmente en la inmortal Madame Bovary (que un crítico español confesaba sin rubor no haber leido). Hasta tal punto existe relacion de procedi- mientos entre ambas novelas, que el que se propusiera atacar la del portugués podria, obrando de mala fé, hablar de plagio, acusarle de imitador. Imitador es, sin duda, Eça de Queiroz, pero imitador de tendencias, de procedimientos: la observacion, la experimentacion, la composi- cion, el estilo, la invencion son en él comple- tamente originales. La mala fe puede ver servil imitacion en lo que no es más que conformidad de escuela, tendencia idéntica. Nadie más enemigo que yo de los imitadores y de los sofismas con que defienden sus plagios y caricaturas; pero cuando lo que se hace es seguir una escuela literaria, con conviccion profunda de lo que se hace, con reflexion propia ,y con elementos de produccion artística originales, entonces la imitacion deja de serlo en ese sentido de la pa- labra que hace de ella un sambenito. Tambien Zola imita á Flaubert, y más toda- vía, á Balzac. El que haya leido á estos auto- res con cariño una y otra vez, para estudiar en ellos, llegará á sorprender la secreta vía por donde las observaciones de Zola van á buscar las observaciones de Balzac; sirva de ejemplo en esta, noble y legítima clase de imi- tacion el gran parecido íntimo entre Isodaun de Balzac y Plassence de Zola. Narrado lo que suele llamarse el argumento de El primo Basilio en pocas palabras, sin atender al valor psico- lógico, á la observacion y á la forma puramen- te artística, se parece mucho al de Madame Bovary, pero la buena fé no puede contentar- se con esto. Luisa es la mujer de la clase media (aunque no tan humilde como la Bovary), que prueba el adulterio por cierto sentimentalismo que nace de la aspiracion á una vida más fácil, más elegante, más selecta en sus pormenores de lujo y distincion, á partir de una existencia vulgar y monotona, que no se llena con las ordinarias tareas de una mujer casada, sin hijos y que no necesita descender en los tra- bajos domésticos, á los detalles que podrian arrancarla de la poesía de sus ensueños. Luisa no llega á caer tan abajo como madame Bo- vary, si se atiende á que no pasa del primer amante; pero con éste agota todos los refina- mientos del vicio; llega por la curiosidad mal- sana de la lascivia á las groserías del lupanar, sin entrar en ese templo de la podredumbre. Y sin embargo, no pasa del primer amante; cuando éste la engaña, vuelve al amor, ó cree volver por lo ménos, de su esposo, y ya toda su vida se reduce al martirio de ocultar, á cos- ta de grandes humillaciones, las pruebas de su delito. Cuando el marido descubre el crí- men, Luisa muere como herida. por un rayo. Como madame Bovary, se ve Luisa en situa- cion angustiosa por falta de dinero; como ella recurre á su amante y se v edesairada, y como ella tambien busca el auxilio de un apa- sionado á quien no ama, y á sus solicitudes groseras, contesta con el desprecio. Y á pesar de todo esto, madame Bovary y Luisa, son, dentro de una misma especie, de familias de caracteres muy diferentes. Valentía ha sido, y grande, en el autor portugués, el atreverse con un personaje que tales recuerdos traía; pero bien hizo en contar con sus fuerzas, que eran muy poderosas. Reune Eça de Queiroz las más importantes cualidades del novelista, segun entiende que ha de serlo el que merezca el nombre de tal, la nueva tendencia literia. No ha ido á briscar personajes, caracteres, costumbres, ni color local lejos del mundo que le rodea. Lisboa es el lugar de la accion, y cuantos figuran en ella, verdaderos lisboetas, como el autor dice. Hasta Bazilio, el enfatuado brazileiro, el elegante aburrido D. Juan Teno- rio de Ultramar, es un tipo que ha copiado del natural, sin necesidad de figurárselo y pin- 156 REVISTA IBÉRICA. tarlo de oidas. La originalidad, sin más que estas condiciones, aparece con caracteres de absoluta, á pesar de las semejanzas que quiera ver la malicia. Pocos personajes intervienen en la obra; Luisa, Basilio, Juliana, Jorge, Sebastian, doña Felicidad, D. Acacio, Leopoldina, Julian, Jua- na, y otros pocos personajes que apenas ha- blan, son los que bastan para hacer interesan- te este libro lleno de verdad, de intencion, que encada página hace admirar la perspicacia, el arte, la gracia y la profundidad de observacion del autor. De todos los escritores que yo he leido, es Eça de Queiroz el que más se acerca á Zola, entre cuantos procuran seguir su tendencia. El naturalismo en la novela no admite me- dianías; como el lugar comun, la vulgaridad, los recursos falsos de prendería, están prohi- bidos, necesita el escritor hacerlo todo, y no vale fingir facultades; si no se tiene gran ta- lento, si no se ve mucho, si no se sabe volar más alto que el vulgo, es inútil todo esfuerzo. En el naturalismo hay dos grandes maneras por lo que respecta al estilo: la sobriedad de Balzac (sobriedad de estilo, entiéndase bien, no en las palabras, no en detalles descriptivos) llevada al extremo en Sthendal, y la brillantez y el color de Flaubert, extremados en los Gon- court y modificados en Zola y en Daudet con sello de gran personalidad. Eça de Queiroz, sin dejar de ser brillante y pintoresco cuando quiere, suele preferir la for- ma concisa que se va derecha al asunto: narra más que describe y describe muy bien con pocos rasgos. En El primo Basilio la observacion no se de- tiene tanto en la convivencia social, en el estudio de las costumbres, como en el carác- ter, y en éste casi siempre escoge lo interior, lo que se llama generalmente lo psicológico. No es que no se dé á la fisiología su parte le- gítima; pero se deja que su efecto en el espí- ritu determine acciones morales para analizar. No estudia á Luisa por fuera, por los sínto- mas exteriores Eça de Queiroz con la insis- tencia y proligidad que Zola emplea en Ger- vasia, en la esposa de Mouret, cte., etc. Y sin embargo, en la caída de la esposa de Jorge se ve, más que las influencias exteriores, mas que la accion de las circunstancias, de la edu- cacion, el influjo del estado físico, algo de la ocasion, como tal ocasion, la curiosidad; todas esas causas pequeñas que suelen ser las más frecuentes en esta clase de desgracias. En este punto muestra el autor grande habilidad, mucho estudio del asunto y dotes de serio y perspicaz observador. Críticos españoles conozco yo que si leen El primo Basilio extrañarán este elogio y la fama que en su tierra goza el autor. Dirán que esta novela no tiene interés, no tiene variedad. ¡La lucha de un ama con una criada que no quiere entregarle unas cartas que la comprometen, robadas por la doméstica! ¡Eso es y nada más El primo Basilio! Algo más es, pero no cabe negar que en esa lucha se emplea lo más del libro; se arrastra, en efecto la accion con esa pesadez con que caminan la desgracia, la mi- seria humana, lo mismo en los libros buenos, como L'Assommoir, que en la vida real, que es el mejor libro naturalista. Eça de Queiroz es un maestro en esto de no fabricar el interés pueril y falso de las novelas que aún hacen las delicias del público impre- sionable y de curiosidad enfermiza. Una de las facultades más difíciles en el novelista moder- no--lo he dicho varias veces--es saber imitar en el movimiento de los fenómenos supuestos el que tienen los de la vida; cómo se combi- nan; cómo se condicionan é influyen unos en otros en diferentes respectos. Por nada mejor. que por esto se conoce la falsedad de una obra de imaginacion, y son pocos los libros que re- sisten á un análisis fundado en este criterio de la imitacion de lo que puede llamarse la morfología de los fenómenos. En El primo Ba- silio marcha la accion naturalmente, sin nin- guno de esos saltos ilógicos que destruyen un carácter ó suponen en la vida casualidades ó contingencias inverosímiles, armónicas com- ponendas de los sucesos punto ménos que im- posibles. En este respecto, Bien puede decirse que no hay escritor español que aventaje ni iguale acaso á Eça de Queiroz, hecha excep- cion de Perez Galdós en su Desheredada, que le iguala en este punto, aunque no le supera. He citado á Perez Galdós, único novelista español de facultades más admirables que las de Eça de Queiroz. No tiene éste su límpida sencillez; no tiene su variedad de tono y re- cursos; pero si en estas y otras cualidades es inferior al gran novelista español--á cuya altura pocos llegan--posee un mérito en que acaso aventaja á Galdós mismo: es más inten- cionado en su malicia; parece conocer mejor las flaquezas femeniles, haber visto más de cerca á la mujer, en la intimidad de su toca- dor... y hasta de su alcoba. Galdós pinta bien á muchas mujeres, no ya sólo á las de su pri- mera época, Solita, Inés, Gloria, Marianela, Maria Egipciaca, etc., sino á Isidora (su mejor creacion del sexo contrario), radiante de ver- dad; pero las pinta siempre muy vestidas, muy sobre sí, como si sólo las hubiera obser- vado delante de gente, en visita. Muchas ve- ces se conoce que Galdós, en tal materia, adi- vina, más que recuerda, lo que ha observa- do; se desea que tan gran talento, aquella gracia socarrona y penetrante, tengan á veces REVISTA IBÉRICA. 157 más malicia, vean las cosas más tristemente, las desprecien y las flagelen más. La ironía de Galdós lleva consigo el bálsamo de las heridas que causa. En este respecto, Eça de Queiroz se parece más á los naturalistas franceses que tienden al pesimismo, aunque no con tenden- cia de enseñanza artística, que seria contra- diccion palmaria. Con mucho gusto entraria en el análisis de- tallado de El primo Basilio, pero ya me falta espacio para ello. Diré muy de prisa, que la vida de Lisboa, segun la lleva la clase media, está pintada con verdad tan correcta que da la ilusion de la realidad. Parece que se asiste al Passeio, al Fausto en San Cárlos, y que se siente en derredor la vida un poco monótona de una capital un poco provinciana, á pesar de ser corte. Entre los personajes secundarios son dignos de especial mencion Sebastian, dibu- jado con cariño y con delicadeza que encanta; el conselheiro D. Acacio, carácter perfectamen- te estudiado, producto de observacion profun- da y prolija; Julian y doña Felicidad tambien son dibujos de mano maestra. Pero lo mejor de todo, mejor que el mismo carácter de la prota- gonista, es el estudio del carácter de Juliana, la doncella, ladrona de honor, fábrica de con- cupiscencias atrofiadas y miserables... Y no sigo, porque habria nucho que alabar to- davía. Aunque toda la novela es buena, en la últi- ma tercera parte el interés, el verdadero inte- rés, el que nace de imitar bien la vida, aumen- ta hasta el punto de que cuantos sobresaltos y dolores hay en el libro, el lector los siente; la ilusion es completa; se lee hasta la última hoja sin poder contenerse... y todo esto lo consigue el autor sin salir de la más severa. dogmática naturalista. Ningun arranque de fantasía en que el ingenio se luzca á costa de la verosimilitud... ¡un prodigio de habilidad, en suma! Yo aconsejo á los lectores que si no conocen esta novela la lean cuanto antes... en portu- gués, por supuesto. Clarin. -------- EL DARWINISMO Y LA FILOLOGÍA. ---- Carta al Dr. Ernst Hœkel, escrita por Augst Schleicher. -- Querido amigo: Mucho tengo que agradecer tu empeño en no dejarme sosegar hasta con- seguir que leyera la importantísima obra de Darwin, que tantas discusiones ha motivado sobre el origen de las especies orgánicas por seleccion natural y la conservacion y perfec- cionamiento de dichas especies mediante la lucha por la existencia, traducida de la segunda edicion inglesa por Bronn. Stuttgart en 1860. He cumplido tu voluntad, estudiando dete- nidamente tan curiosísimo libro, y á la ver- dad, su instructiva lectura convierte en placer el trabajo. Cuando tanto empeño tenias en que leyera la obra, que tan decididamente colocas en pri- mer lugar entre las científicas modernas, con- tabas seguramente con mi pasion por la botá- nica y la horticultura. Estas ciencias ofrecen, efectivamente, un campo vastísimo para la ob- servacion, sobre todo la de la lucha por la existencia. ¿Y cómo no, cuando nosotros mis- mos tomamos parte en la lid, mostrando nues- tras preferencias en la accion, que en el len- guaje vulgar designamos con la palabra arrancar? Causa admiracion el desarrollo de que es susceptible una planta cuando encuentra es- pacio suficiente y condiciones de vida favora- bles; pregúntaselo si no al jardinero que ve comprobarse este hecho más veces de las que desearia. Y en cuanto á la variabilidad de las especies ó á la persistencia de las mismas, en fin, en cuanto á la seleccion natural, basta la cons- tante observacion y la experiencia para con- firmarlas en algunas de nuestras más variables flores de adorno, que desde hace algunos años tienden marcadamente al perfeccionamiento. Sin embargo, amigo mio, te equivocaste al suponer que la obra en cuestion influiria pre- ferentemente en mi aficion por la horticultura; las doctrinas darwinistas tomaron otro rumbo en mis ideas y me condujeron al estudio com- parativo con la ciencia del lenguaje. Del estudio del organismo gramatical sur- gen ideas análogas á las que expone Darwin hablando de los séres en general. Esto lo dije (1) hasta cierto punto en el año 1860 (2), año en que apareció la traduccion alemana de las obras de Darwin sobre La lucha por la exis- tencia, la extincion de las formas primitivas y la gran extension y diferencia de una misma raza en una zona filológica; relacionándose de una ma- nera notable lo que expuse con las doctrinas de Darwin. No te sorprenda, pues, el que entre alegremente en materia. Si deseas saber la impresion que me causó la obra de Darwin, te la participaré con gran placer, como la participaria á todo el mundo. Yo creo que la observacion, carácter funda- mental de la teoría darwinista, encontrará ---------------------------------------- (1) En su obra Die deutsche Sprache, Stuttgart. 1860, pág. 43. (2) La primera edicion del original inglés se publicó en Noviembre del año 1859. 158 REVISTA IBÉRICA. grandes aplicaciones en las ciencias, más aún, si así puede decirse, ha encontrado muy pronto adictos desconocidos. Seguro estoy de que esta opinion no te desagradará á tí, al gran defensor de las doctrinas darwinistas. Me parece que lo que te voy á decir no carece completamente de interés para los demás: di- rigiéndome, pues, á tí particularmente y pro- curándome el inocente placer de sorprenderte con estas humildes líneas, hablaré, como si lo hiciese públicamente, de la ciencia, que de- searía adquiriese más conocimientos sobre el lenguaje, de los que posee actualmente. Y no me refiero solamente al análisis fisiológico del sonido lingüístico, sino tambien al exámen y consideracion de las derivaciones filológicas, en sus diferentes acepciones, que tan impor- tante papel desempeñan en la historia natural del género humano. Porque ¿no serian, quizá, útiles las derivaciones filológicas, como base de un sistema natural único en su género? La historia del desarrollo del lenguaje ¿no es acaso una de las páginas más importantes de la historia del desarrollo de la humanidad? De- ducimos rigorosamente, pues, que sin conoci- miento de las relaciones lingüísticas, no se pueden adquirir datos suficientes sobre la na- turaleza y la existencia del hombre. Uno de mis mayores deseos es que los filó- logos se penetren más aún de los métodos científico - naturales. Puede ser que las si- guientes líneas tengan el poder, por cuanto al método, de determinar á algun filólogo no- vel, á asistir á la cátedra de algun hábil natu- ralista. Seguro estoy de que no se arrepentiria; á lo ménos sé muy bien lo que tendria que agra- decer al estudio de obras, tales como la sapien- tísima Botánica de Schleiden, las cartas fisio- lógicas de Cárlos Vogts, etc., para el estudio de la naturaleza y vida del lenguaje. Daré, pues, primeramente á conocer, lo que entendemos por historia del desarrollo. Los na- turalistas nos enseñan, que sólo constituyen hechos en las ciencias, las observaciones com- pletamente exactas, rigorosas, objetivas, y que, únicamente tienen valor científico, las deducciones basadas en estos hechos. Aprové- chense bien mis colegas de este conocimiento. Interpretaciones subjetivas, estudios etimo- lógicos inconstantes, vagas conjeturas, des- pojan los estudios lingüísticos de su severidad científica, degradándolos á los ojos de las gentes ilustradas, y áun haciéndonos caer en ridículo; en fin, quitándoles de esa manera su gran atractivo, cuando observaciones sensatas han enseñado á colocarlos en primera línea. Sólo las exactas observaciones del organis- mo y de las leyes que le rigen, sólo el estudio científico del objeto, deben ser las bases de nuestra ciencia; todo ingenioso discurso que no posea sólidas bases, carece de valor científico. La palabra es un órgano natural, que fuera del dominio de la voluntad del hombre, crece, se desarrolla y áun envejece y muere, obede- ciendo á ciertas leyes; le es propia, tambien la serie de fenómenos que designamos general- mente con la voz vida. La ciencia del lenguaje es una ciencia natu- ral; su método, pues, debe ser enteramente el mismo que el de toda ciencia natural. Este estudio, que gracias á tí, hago de la obra de Darwin, no puede, pues, parecerme fuera de mi terreno. Vistas las tendencias de nuestra época, creo que la obra de Darwin se modificará, salvo algunos párrafos en donde el autor, consecuen- te con la conocida mezquindad de sus compa- triotas en materias religiosas, que, sin embar- go, están de acuerdo con sus ideas sobre la creacion, no hace concesiones, párrafos que encierran una contradiccion de Darwin consi- go mismo. De los principios fundamentales de su doctrina se deduce la nocion de orígenes sucesivos, pero de ninguna manera la de una creacion de la nada. En consecuencia, resulta de las teorías de Darwin, que el principio de todos los órganos de la vida, es una simple célula que se desar- rolla completamente durante un cierto espa- cio de tiempo, llegando por fin á constituir el sér viviente, que no tarda en morir y desapa- recer. Y en efecto, encontramos esta forma simple de la vida en los órganos que acompa- ñan los más ínfimos grados del desarrollo or- gánico, así como en el primer estado embrional de los séres superiores. El libro de Darwin me parece que está en completa armonía con los principios funda- mentales más ó ménos reconocidos de la filo- sofía moderna, y que están admitidos por la generalidad de los escritores científico-na- turales. El espíritu de los tiempos modernos se in- clina visiblemente hácia el monismo. Las ideas dualistas están en completa contradiccion con la naturaleza; sólo se recurre á ellas para opo- nerse al talento. Esa division en subsistencia y forma, ó como tambien podria. decirse, en ser y vision. es un punto completamente fran- queado en nuestros dias por las ciencias natu- rales. Para estas no existe materia sin espíritu (ni hay necesidad tampoco), lo mismo que sin materia no hay espíritu, más áun, no existe ni materia ni espíritu, en el sentido comunmente atribuido á estas palabras, sino sólo uno que lo constituyen ambos á dos (1). ---------------------------------------- (1) Con esto, apoyándonos en la observacion, tanto atacamos al espiritualismo como al materialismo. REVISTA IBÉRICA. 159 El monismo es, áun hoy, erróneo en algu- nos de sus puntos de vista; sin embargo, en la historia del desarrollo de la filosofía moderna vemos una tendencia muy grande hacia la uni- ficacion. No se nos oculta además, que visto el modo de pensar de nuestra época, y considerando los séres en general, la actividad científica ha to- mado un camino muy diferente del que antes seguia: mientras que antiguamente se prepara- ba el sistema antes que todo, luego se le traba- jaba y por fin se le constituia en tal, hoy se procede á la inversa, profundizando primero el estudio exacto y detallado del objeto, sin cuidarse de la construccion sistemática del todo. Con tranquilidad suma se sufre la falta de un estado sistemático filosófico de nuestras exac- tas y rigorosas investigaciones de detalles, convencidos de que actualmente es imposible pensar en ello; más aún, para el ensayo de re- paracion de este estado de cosas, debió haber- se esperado á que poseyésemos una plenitud suficiente de observaciones exactas y de se- guros conocimientos en todas las ramas del saber humano. Una consecuencia necesaria de las ideas fun- damentales del monismo, doctrina que no ad- mite más que el sér, teniendo por idénticos el sér y la apariencia, como antes dijimos, es la importancia de la observacion en las cien- cias, y de éstas en las naturales sobre todo. La observacion es la base de la ciencia. Fuera de la observacion solo se admite por ne- cesidad lo que se funda en argumentos cla- ros ,y demostrados; todo aquello construido á priori, valdrá á lo más como muestra de in- genio, mas para las ciencias es antigualla sin valor. La observacion nos enseña, despues de cui- dadosos estudios, que todo órgano de la vida varía segun determinadas leyes; una de sus variaciones, la misma vida, constituye su pro- pio ser y sólo podríamos apreciarlo cuando co- nociésemos el número de sus modificaciones y el total de su existencia. De otro modo; no sabiendo cómo se ha convertido en algo, no sabemos nada. Continuacion indispensable del fundamento de toda observacion es la consecuencia, á la cual deben las ciencias naturales la historia del desarrollo y demás conocimientos científi- cos relativos á la vida de los órganos. La importancia de la historia del desarrollo del organismo individual, para el estudio de éstos, está reconocida por todos. Lyell define la vida de nuestro planeta como "una serie gradual de variaciones, que se su- ceden," teniendo, así como la vida de los or- ganismos naturales, entradas bruscas en nue- vas faces de existencia. Lyell se funda en la observacion. No tenemos, pues, razon alguna para supo- ner el pasado de una raza desaparecida; pues de la observacion del cortisimo período de la vida terrestre actual, se deduce un cambio continuo en todo. Partimos, pues, de este principio, siempre en consideracion de la vida del lenguaje, que para nosotros entra en la última época, muy corta proporcionalmente, de las observaciones directas. Este pequeño período, de algunos siglos, nos muestra, con exactitud incontestable, que la vida del organismo lingüístico cambia gra- dualmente obedeciendo á determinadas leyes, siendo injustificado el que supongamos haya sido distinta en épocas anteriores. Darwin y sus precursores fueron un paso mas allá que los demás zoólogos y botánicos; segun ellos, no sólo tienen vida los indiví- duos, sino áun la tienen las especies y las razas; éstas tambien se han derivado unas de otras gradualmente; tambien ellas están suje- tas á variaciones continuas segun leyes deter- minadas. Lo mismo que todo hombre científico de los tiempos modernos, Darwin se apoya en la ob- servacion, aunque ésta, así como la existencia del objeto, esté reducida á cortísimos perío- dos, tanto en la vida terrestre como en la del lenguaje. Obsérvase hoy en dia, que las razas no son estables, viéndose además en general la ten- dencia á variar en pequeñas masas. Un hecho, casual en sí, la brevedad del período durante el cual se hubiesen establecido las observacio- nes, es la causa de que no parezca completa- mente definida la variabilidad de la especie. Compréndese perfectamente la necesidad de que las observaciones que se han hecho durante un gran número de siglos, en la vida de los séres de nuestro planeta, estén en armonía unas con otras, para poder admitir esas varia- ciones contínuas y graduales que resultan de aquellas efectuadas en nuestros dias. Segun eso, paréceme que las teorías de Dar- win son una consecuencia necesaria de los principios admitidos hoy en dia por las cien- cias naturales. Ellas se fundan en la observa- cion y son especialmente un ensayo de histo- ria de la formacion de los séres vivientes. Darwin ha realizado para la historia de la vida de los séres en nuestro planeta, lo que Syell estableció para la vida del planeta mis- mo. Las teorías darwinistas no son, pues, una cosa incierta, creada por una imaginacion particular, sino hijas razonables y verdaderas de nuestro siglo; en fin, dichas teorías son una necesidad. 160 REVISTA IBÉRICA. Aquello que Darwin nos revela en las espe- cies animales y vegetales, se aplica perfecta- mente, á lo ménos en su carácter fundamen- tal, á los organismos lingüísticos. Esta apli- cacion es el principal objeto de mi carta. Creemos haber demostrado que todas las ciencias de observacion, entre las cuales se encuentra la filología, están relacionadas en- tre sí por un rasgo característico comun, de- terminado por un cierto principio filosófico. Abramos, pues, la obra de Darwin y veamos cómo los principios allí establecidos vienen á aplicarse perfectamente á la filología. Observemos primeramente que las relaciones de especificacion en el dominio del lenguaje, son realmente las mismas que las que existen entre los séres en general, sólo que los térmi- nos de que se sirven los filólogos, son diferen- tes de aquellos que emplean los naturalistas. Ten esto bien presente, pues todo lo que si- gue está basado en ello. Lo que el naturalista designaria por género, denomina el filólogo familia ó grupo lingüístico; géneros aproximados ú órdenes, es absolutamente lo mismo que, en lingüística, grupos de familias ó ramas lingüís- ticas. Sin embargo, no quiero de ninguna manera dejar pasar en silencio que al paso que entre los zoólogos y botánicos no están precisadas las diferencias entre los géneros, los filólogos se hallan más acordes sobre dicho punto; más adelante volveré á hablar de esta circunstan- cia característica que se reproduce en todas las graduaciones de la especificacion. Las especies de un género, denominadas len- guas de una familia, las subespecies son para nos- otros los idiomas y dialectos de una lengua; á las variedades corresponden los subdialectos; y final- mente, al individuo el tono de voz, al sér expresivo la lengua (órgano). Como sabemos, los individuos de una mis- ma raza no son nunca absolutamente iguales; lo mismo sucede con los individuos lingüísti- cos; el tono de voz se colora más ó ménos fuer- temente en cada uno, lo mismo que todo sér expresivo difiere siempre algun tanto de los otros. Por lo que se refiere á las variaciones de las razas durante el trascurso del tiempo, de que nos habla Darwin, por cuyas variaciones, di- ferentes en grado y manera para cada indivi- duo, se originan muchas formas en una sola, operacion natural que se reproduce continua- mente, hace tiempo que se han observado en los organismos lingüísticos en general. Si nos sirviésemos del estilo de los natura- listas, designaríamos las lenguas como espe- cies de un género, considerándolas como hijas de una lengua madre comun, de la cual nacie- ron por continuas variaciones. Estableceremos el tronco de las diversas ra- mas lingüísticas, de la misma manera que Darwin trata de hacerlo con las diversas espe- cies animales y vegetales. Nadie dudará ya, despues de los trabajos efectuados, que el indo-iranio (persa, arme- nio, etc.), griego, itálico (latino, uskaro, úmbrio y las hijas del latin), celtas ó eslavo, lituanio y germano ó aleman, son derivados de la lengua indo-germánica; tenemos, pues, una rama, compuesta de numerosas especies, subespecies y variedades, formas distintas de una funda- mental, la lengua madre indo-germánica, que les ha servido de fuente comun. Lo mismo su- cede con el grupo de las lenguas semíticas (hebreo, sirio, caldeo, etc.), y en general con todos los grupos y troncos lingüísticos. Como ejemplo daremos al final de esta carta en el próximo número, el árbol genealógico del grupo de lenguas indo-germánicas, que segun nuestra opinion, es la imágen fiel de la generacion continua de las lenguas. Se ase- meja al cuadro simbólico de Darwin; mas de- bemos hacer notar que si éste traza un cua- dro ideal, nosotros en cambio lo hacemos con la generacion de un grupo dado (1). No siendo muy practicable la ejecucion exacta de nuestro cuadro, sólo hemos indicado las variedades, debiendo tambien haber dejado las divisiones de las ramas hiránicas é indias. Hé aquí la explicacion: En uno de los primeros períodos de la vida de la especie humana, existió una lengua que por un estudio especial de sus derivadas las lenguas indo-germánicas, podemos suponer que fuera la lengua madre de éstas (2). Al multiplicarse y ensancharse los pueblos, éstos se separarian, y despues de un cierto número de generaciones, durante las cuales la lengua comun habria tomado por gradua- ciones insensibles caracteres diferentes en va- rias partes de su dominio, se dividiria en dos distintas de ella misma; posible es que se haya subdividido en muchas lenguas, pero proba- blemente sólo quedarian dos de éstas, las cua- les se desarrollarían á su vez, sucediendo lo mismo á estas últimas y así sucesivamente. Así, pues, en cada una de las divisiones an- tedichas, se efectuaria idéntica operacion. Una de dichas ramas, la nuestra, por ejemplo, que llamamos slavo germánica, se subdividió nue- ---------------------------------------- (1) En mi obra Die deutsche Sprache (La lengua alemana) hice un croquis de la generacion de las espe- cies y subespecies lingüísticas de una forma fundamen- tal, en un todo conforme con el cuadro modelo presen- tado por Darwin. (2) En mi Compendium des vergleichenden Gram- matick der indogermanischer Spracher, Weimar, Boh- lau, 1861, 1862 (1871 tercera edicion), hice un ensayo relativo á su forma gramatical. REVISTA IBÉRICA. 161 vamente por diferenciaciones graduales (ó por continua propension á la variacion de carác- ter, como diría Darwin), en aleman y eslavo-lé- tico, de las cuales la primera fue la madre pri- mitiva de todas las lenguas germánicas y dia- lectos correspondientes, la segunda la del es- lavo y lituanio (báltico, lético, etc.) Las otras lenguas que se formaron por va- riaciones de la lengua madre indo-germánica, el ariograecoitalokéltico, dispensen el nombre, se subdividió más tarde en dos lenguas; una el graecoitalocéltico, madre del griego, albanés, et- cétera, dando origen despues al céltico é itá- lico, por lo que las llamamos italocélticas, la otra fué base de la lengua aria (1), madre primitiva más aproximada de las familias indio (2) é hi- rania (persa). De la misma manera formaríamos cuadros naturales con los demás grupos lingüisticos, cuyas afinidades estén reconocidas con sufi- ciente exactitud (3). Podemos considerar las lenguas é idiomas (Mundarten), cuyos grados de proximidad sean bastante elevados, como subdivisiones de una lengua fundamental comun no muy lejana. Las lenguas de un mismo grupo son siempre diferentes las unas de las otras; más tarde es- tableceremos su procedencia de una base co- mun. Antes estudiaremos las diferencias en las formaciones individuales. Mas tiempo es ya, querido amigo, de que tú, y contigo todos aquellos naturalistas que no se han ocupado de filología, propongan la interpelacion que hace rato estoy viendo venir. --¿En qué basais semejante ciencia? Madres fundamentales, análogas á las que establecéis para un grupo de lengua, por ejem- plo, establecemos nosotros para los animales y plantas suficientemente conocidos, en la hi- pótesis de que se originan en una forma fun- damental primitiva, cuya forma podemos de- ducir de sus rasgos característicos, cosa per- fectamente realizable. (Continuará.) Por la traduccion directa del aleman, Pedro de Melo y Novo. ---------------------------------------- (1) Tanto los antiguos indios como los antiguos per sas, se denominaban Arias, por lo que llamamos ario á la lengua fundamental comun del indio é hiranio. (2) La lengua fundamental de la familia india se ha conservado hasta nuestros días: es aquella en que están redactados los primit vos himnos de los indios, los himnos vedas. Nacieron de esta lengua: en primer lugar, la lengua india central, el pralerito, y despues el indio moderno y sus dialectos (bengali, maharata, industani, etc.), por otra parte, una lengua escrita, no hablada por el pue- blo, el sánscrito, lengua literaria de la India, como quien diría el latin indio, pues como la lengua escrita de los romanos, viene á ser hoy en dia una lengua uni- versitaria. (3) Ver mi obra Die deutsche Sprache, pág. 71. REVISTA POLÍTICA EXTERIOR. ---- El Papa y la política europea.--La dimision de Herr Beunigsen en Ale- mania; sus consecuencias probables; conflicto entre Bismarck y el Parla- mento; resúmen de la última legislatura.--La insurreccion albanesa; su resonancia en Austria y en Bulgaria.--Situacion del imperio austro- húngaro.--Actitud pacífica de Rusia; los nihilistas --Francia é Ingla- terra en sus respectivas colonias.--Un discurso de Mr Bright.--Síntoma de insurreccion egipcia. Durante la quincena que acaba de trascur- rir se han acentuado los síntomas de un ade- lanto de influencia de la Santa Sede en los diferentes Estados de Europa donde hay plan- teados problemas político-religiosos de más ó ménos trascendencia. En este asunto obsérvase un fentómeno que de seguro no ha pasado inadvertido para nin- gun hombre pensador que no pierda de vista la política exterior como punto de compara- cion y terreno de enseñanza. Hace trece años que el Papado perdió los últimos restos de los Estados Pontificios y que el rey de Italia esta- bleció su córte en Roma. El Papa, reducido por voluntad propia al Vaticano, no volvió á salir de allí ni áun para ir á San Pedro. Los últimos años del pontificado de Pio IX se señalaron por la encarnizada lucha religio- sa en Alemania y Suiza; estos Estados, lo mis- mo que Bélgica, retiraron sus embajadores en la córte del Papa, el cual se hallaba abando- nado de todas las potencias que ni contaban con él para nada, ni se ocultaban para prede- cirle un fin próximo; pero á la exaltacion al trono de Leon XIII comenzó la reaccion que áun cuando lenta, tranquila y sin ruido, hizo, sin embargo, grandes progresos que ahora comienzan á ser notados. En la actualidad la situacion es perfecta- mente distinta, y como he dicho antes, debe interesar en alto grado á los políticos en parti- cular y en general á todos los hombres ilus- trados que presten atencion á estos asuntos. No es posible desconocer que la Santa Sede es hoy uno de los elementos más considerables de la política actual. Y si no, fíjense en estos datos los lectores de la REVISTA IBÉRICA: Inglaterra que negaba oficialmente hasta su existencia hace muy poco tiempo, tiene hoy un representante di- plomático en el Vaticano. Rusia que se halla- ba en encarnizada guerra con los Papas des- de hace más de un siglo, acaba de hacer la paz con ellos El czar ha recibido á un Nuncio con motivo de su coronacion, y las diócesis que se hallaban vacantes desde qué sé yo cuándo, acaban de ser provistas en virtud de un amistoso acuerdo. El canciller aleman ha restablecido la em- bajada de Prusia en el Vaticano y, con asom- bro general, ha modificado las leyes de Mayo. En el mismo sentido está Suiza: Monseñor Mermillod que hace tiempo estaba desterrado, 162 REVISTA IBÉRICA. ha vuelto á tomar posesion de su obispado de Ginebra y Friburgo. El reino de Italia procura, como he dicho en anteriores artículos, recon- ciliarse á todo trance con la córte pontificia, y á la postre y por muchas que sean las difi- cultades que la solucion del problema presente, se conseguirá establecer un modus vivendi entre el Quirinal y el Vaticano. En Turquía y en Bulgaria se produce tam- bien ese mismo movimiento favorable al pa- pado. El catolicismo se rehace en Bosnia y en Tunez y empieza á sembrar, para recoger pronto sin duda, hasta en el interior de Africa. El gobierno de los Estados-Unidos ha pedido y obtenido que hicieran cardenal á un arzobispo norte-americano y el presidente de aquella re- pública ha visitado en Nueva-Yorck á los obis- pos reunidos en concilio nacional. Estos hechos son indiscutibles, é inútil seria negar su existencia, que demuestra con clari- dad que ese poder renaciente del Vaticano re- presenta genuinamente los principios religio- sos y morales sobre los cuales se halla fundada la sociedad europea. Todos, católicos y pro- testantes, creyentes fervorosos é indiferentes despreocupados, reconocen el principio de la moral cristiana, del cual no se desprenden por completo ni los libre-pensadores, ni los ateos mismos. El Papa es un poder, y ha llegado el mo- mento de reconocerlo así, siquiera no sea un poder más que espiritual. Pero indiscutible- mente lo es, porque no se ocuparían todos en nuestro siglo con tanto afan en los asuntos re- ligiosos y en las relaciones con la Santa Sede, unos para defenderla, para atacarla otros, si no le diesen la importancia de que hablo y que los asuntos de Alemania y de Francia, á más de los que acabo de señalar, han puesto nue- vamente de manifiesto durante la segunda quincena de Junio. * * * Entre los acontecimientos más importantes de política exterior de que me toca hoy hablar, debe ser colocado y en primera fila tal vez, la dimision de Herr-von-Beunigsen, el jefe del partido nacional-liberal, el aliado de Bismarck que con sus huestes contrabalanceaba la in- fluencia de los partidos más avanzados del im- perio germánico y tenia á raya tambien á los del centro y del ultramontanismo, realizando así una labor de importancia suma para el can- ciller y para su extravagante política interior. Las consecuencias de la desaparicion de ese hombre importantísimo pueden ser fatales, y desde luego son inmensas para la política ger- mánica. Su retirada ha obedecido, en primer término, á la terquedad del canciller Bismarck en que se discutieran los presupuestos para 1884-85, y despues á la disidencia en que se hallaba con algunos personajes de su partido sobre la manera de apreciar el último proyec- to de ley político-religiosa. Una vez privados los liberales-nacionales de la direccion de su jefe, han iniciado un movimiento de concen- tracion hácia los partidos liberales del Parla- mento, que acentuarán su oposicion al canci- ller, agrandado así el conflicto constante que reina en aquel país y del cual he hablado tan- tas veces en estas Revistas. Por la situacion malísima en que se hallan los partidos políticos en el imperio, sin necesidad de esa nueva com- plicacion, la legislatura que ha terminado hace unos días el Reichstag pasará á los anales de la historia parlamentaria de Alemania, por- que ha visto nacer el conflicto á que aludo, y que tarde ó temprano no puede ménos de de- terminar un duelo á muerte entre la represen- tacion nacional y el canciller. Las tareas le- gislativas de aquella Cámara han sido por com- pleto nulas; la historia de esa legislatura es la de los esfuerzos titánicos é inútiles que ha hecho Bismarck para imponer al Parlamento concepciones políticas y sociales que van di- rectamente encaminadas á lastimar las aspi- raciones de los pueblos modernos. La táctica del canciller de Guillermo III es bien conocida ya; consiste en presentar inde- finidamente los proyectos rechazados por el Reichstag, hasta que el convencimiento ó el cansancio den cuenta de la paciencia de los diputados. El primer ministro no ha salido este año más airoso que en épocas anteriores; el monopolio del tabaco, cuestion batallona de su política financiera, ha sido rechazado sin contempla- ciones; los proyectos de reforma social, desti- nados á preceder á la introduccion de ese sis- tema fiscal, han tenido la misma suerte, porque la ley sobre las cajas de ahorros constituye en rigor todo el activo de la legislatura, puesto que la mucho más importante ley sobre seguro obligatorio de los obreros contra los acciden- tes, que fracasó el año pasado, continúa ahora en suspenso despues de haber sufrido modifi- caciones, que han decidido al gobierno á anun- ciar que la va á retirar, sustituyéndola por una nueva proposicion. Finalmente, el proyec- to favorito del canciller, el de presupuestos bienales, encaminado á permitirle pasar sin el Parlamento un año sí y otro no, y que de seguro era el preludio del establecimiento de presupuestos para siete años, como sucede en lo referente al ramo de Guerra, ha sufrido una tercera derrota, habiendo tenido que conten- tarse Bismarck con recurrir á una estratage- ma verdaderamente cándida para darse la platónica satisfaccion de hacer discutir y REVISTA IBÉRICA. 163 votar los presupuestos de dos años seguidos. Así, pues, la legislatura que acaba de ter- minar no ha hecho más que poner en eviden- cia la incompatibilidad de aspiraciones entre la Representacion nacional y el estadista que gobierna el imperio. Este último parece ha- berse complacido en proclamar este antago- nismo latente desde hace mucho tiempo. Sus padecimientos físicos lo han tenido más que nunca alejado de las sesiones parlamentarias, por las cuales hace tiempo que mostraba gran desden; pero sus colegas y sus subordinados han proclamado abiertamente la doctrina del conflicto, negando al Parlamento todo dere- cho de oposicion á la voluntad soberana, y li- mitando sus atribuciones á cierto derecho de intervencion platónica. La legislatura se termina además , ya lo he dicho, bajo la impresion de la dimision dolorosa de Beunigsen, que se retiró descorazonado de la lucha, con el amargo convencimiento de ha- ber sido burlado por el hombre á quien habia servido con legendaria fidelidad. La reaccion ha triunfado allí, y el partido nacional-liberal, perdidas sus ilusiones, ve que con Bismarck no cabe centro izquierdo parlamentario, y que no ha sonado en el reloj de la historia la hora de constituir el imperio liberal germánico, que habia soñado Herr-von-Beunigsen. * * * La situacion de los negocios relativos á la Península de los Balkanes, que en punto á po- lítica internacional ha sido objeto de grandes preocupaciones durante la quincena que aca- ba de trascurrir, á pesar de ciertos síntomas tranquilizadores, es de gravedad suma y en- cierra en sí un problema pavoroso que no me atrevo á decir si costará mucha sangre resol- ver, por lo que especialmente á la Alemania se refiere. La lucha armada continúa sin cesar en aquellas regiones entre las tropas del sul- tan y las tribus de belicosos montañeses. La causa aparente de esta insurreccion es el de- seo de ver definitivamente determinada la frontera albanesa montenegrina por el Norte del lago Scutari; pero en realidad Mustafá Al- sina Bajá ha recurrido á. la fuerza de las armas para restablecer en Albania la quebrantada au- toridad del califa. Por desgracia, su lugarte- niente el general Hazig-bajá no ha sido favo- recido por la suerte en las acciones de guerra que ha sostenido hasta ahora contra las tribus de los castratis, hartis y sekrelis, que lo han derrotado siempre que se han batido. Estas derrotas, despues de todo, no tendrian consecuencias muy graves, desde el punto de vista político, porque no son irreparables y se remediarian probablemente tan pronto como llegaran tropas de refuerzo al teatro de la in- surreccion. La gravedad de la cosa, y esto es lo que la hace digna de fijar la atencion de los lectores de esta REVISTA, estriba en que las diferentes tribus albanesas, sin distincion de religiones ni razas, así mahometanas como católicas y griegas ortodoxas, se han puesto de acuerdo y formado una alianza de resisten- cia á Turquía para llegar á conquistar por fuerza, si no de grado, la autonomía de la Al- bania. Esta liga se halla resuelta, ó yo me equi- voco de medio á medio, á emprender una guerra sin cuartel contra Constantinopla. Ya no esperan los aliados á ver realizadas las pro- mesas de reforma que tantas veces les hiciera la perfidia turca, sino que se muestran decidi- dos á tomarse la justicia por su mano, por más que, á creer en sus declaraciones, no se separarian del sultan si accediese éste á con- cederles autonomía y un gobernador elegido por ellos. Otro punto de vista, desde el cual se puede considerar grave la cuestion, es la resonan- cia que por razon de sus posesiones en Bosnia y en la Dalmacia, han de tener necesariamente esos disturbios en Austria-Hungría, sobre todo ahora, porque desde principios de este mes en los distritos de Gazuigrad y Tatchar en Ser- via, los partidarios de Riztich, tan hostiles al imperio austriaco, se agitan de un modo des- usado. En Bulgaria, entre tanto, el partido ruso está más vigoroso que nunca desde que regresó de Moscou el general Sobolev, y es posible que, influido por esa circunstancia el príncipe Ale- jandro, olvide tan pronto como pise el territo- rio búlgaro los consejos que le daba Bismarck para que se mantuviera en buenas relaciones con Austria. Demás los búlgaros, lejos de demoler las fortificaciones de Roustchuck, han restau- rado un fuerte que existia en Levant-Tabia y hecho un casamento donde podrán alojarse mil hombres. En cuanto á Rumania, bien sa- bido es que no puede ser considerada como amiga de Austria. Todo, pues, son dificultades para el imperio de los Hapsburgos, que no traerán tal vez en pos de sí complicaciones muy inmediatas, pero que, desde luego, imposibilitarán la eje- cucion del pensamiento predilecto de muchos estadistas austriacos: la de extender la esfera de la influencia de la monarquía austro-hún- gara hasta más allá de Mitrovitza. Por sí solo, constituye esto un motivo de fundado descontento para los que además tie- nen otros no ménos serios en el interior. En- tre ellos debo citar, porque es la cuestion de actualidad, la lucha encarnizada de los dife- 164 REVISTA IBÉRICA. rentes elementos de la poblacion del imperio, lucha que, gracias á nuevas leyes electorales, va redundando en perjuicio del elemento ale- man y en provecho de las aspiraciones nacio- nalistas de los eslavos y czeques que á la larga pudieran llegar á ser un verdadero peligro para la integridad de aquel imperio. No lo ven así sus gobernantes, porque he de añadir que, ó por conviccion, ó por ódio al elemento ale- man, favorecen esas aspiraciones de que acabo de hablar. * * * Rusia, si hemos de creer en la circular que su ministro de Negocios Extranjeros, M. de Giers, acaba de dirigir á las potencias dando las gracias, en nombre del czar, á los demás soberanos por la deferencia con que se le ha tratado en las fiestas de su coronacion, está resuelta á permanecer neutral, testigo impa- sible de cuanto por ahora pueda ocurrir en Europa y decidida á no salir de su pacífica ac- titud por nada ni por nadie. Todo esto seria objeto de felicitaciones para el czar y su gobierno si en cuanto á política interior no se empeñasen en permanecer esta- cionarios. En mi último artículo para la REVISTA IBÉ- RICA, decia yo que las consecuencias de seme- jante terquedad, que nada justifica, se deja- rian sentir bien pronto. No me he equivocado: los que leen periódicos extranjeros, saben que estos dias los nihilistas, que habian pasado de moda, y que sólo á los desaciertos de los con- sejeros moscovitas se debe que se hallen de nuevo en escena, han publicado un manifiesto lamentándose de lo inútil de sus esfuerzos, y diciendo al pueblo ruso que no desisten de se- guir trabajando sin cesar, por todos los medios á su alcance, así legales como ilegales, por la patria y por la libertad, ó lo que es lo mismo, traducido á buen romance, por la emancipa- cion de la tiranía odiosa que representan los elementos del partido antiguo y contra el em- perador que los ampara y que se amolda á se- guir sus inspiraciones. Aparte de estos asuntos que en primer tér- mino han preocupado la opinion pública en Rusia estos quince dias últimos, háse tra- tado tambien en ciertos círculos de la even- tualidad de una guerra franco-china que cada vez es ménos probable, mejor dicho, que ha dejado de serlo por completo, desde la fecha de mi última Revista. Los rusos, despues de todo, no lo habian de sentir gran cosa, y defensores acérrimos en ese caso de los dere- chos de Francia, procurarian sacar todo el partido posible para reivindicar sin sacrificio alguno sus aspiraciones en el Asia central, en la frontera misma del imperio chino. * * * Ya que he comenzado á hablar de este asun- to que tanto interesa á nuestros vecinos de allende el Pirineo, los cuales, en mi concepto, están en situacion ventajosísima ahora como al principio de la contienda, porque la fuerza y el derecho se hallan entrambos de su parte, he de decir que la publicacion en The Times de varios fragmentos de la correspondencia que se cruzó entre el ministerio de Negocios Ex- tranjeros de Francia y el embajador chino, ha tenido de seguro por objeto demostrar que el rey de Annam no ha dejado nunca de ser vasallo del Celeste imperio, porque el tratado de Marzo de 1874 franco-annamita, de que tanto han hablado los periódicos diarios, es nulo toda vez que no se ratificó en Pekin cuando se debiera. Pero en los hombres pensadores y en los que no tenemos la costumbre de leer el Times como quien oye un oráculo, la publicacion de esos documentos no ha dado el resultado apetecido por el periódico inglés. No sólo no nos de- muestra, ¿cómo ha de hacerlo si es imposible? que el rey annamita sigue siendo un vasallo del emperador chino, sino que no nos dice tampoco, áun suponiendo que eso estuviese demostrado, qué derechos de soberanía son esos que China pretende poseer. Verdad es que posteriormente, el mismo pe- riódico de que hablo, ha modificado su actitud de exagerada cólera contra la política colonial de Francia, lo mismo que casi todos sus cole- gas, sin excluir á los ministeriales, lo cual pa- réceme que indica la existencia de una con- signa del gobierno, justamente alarmado por la tan injusta como enérgica campaña que ve- nia haciendo la prensa británica, á quien pre- tende ser nacion colonial de primer órden sin detrimento de la Gran Bretaña. Verdad es que esto, á no dudar, lo ha con- seguido en gran parte con un discurso mister Bright, el príncipe de los oradores de Ingla- terra, gloria del Parlamento inglés , ilustre jefe de los radicales de su país, que brindan- do en un banquete que le ofrecian sus elec- tores de Birmingham para conmemorar el 25 aniversario de su entrada en la vida pública, dijo que era error gravísimo separarse de Fran- cia, y que á todo trance debiera su país cul- tivar las relaciones amistosisimas con sus vecinos como condicion para el equilibrio euro- peo y como garantía sine qua non para la pros- peridad de su importantísimo comercio y de su muy floreciente industria. Francia, pues, está tan de enhorabuena hoy REVISTA IBÉRICA. 165 como cuando por última vez hablé de su si- tuacion, en las columnas de la REVISTA IBÉRI- CA, especialmente respecto á política colonial. Sus triunfos rápidos en Madagascar, sus pací- ficas conquistas en Tunez, su caminar mesu- rado, pero progresivo, en el Senegal, y su guerrera actitud en el Tonkin, así como su habilidad diplomática para evitar nuevas ane- xiones á la Gran Bretaña en Oceanía, la hacen digna de la realizacion de sus ideales colonia- les, que conseguirá sin duda alguna en plazo más corto de lo que se cree generalmente en Europa. Y en el interior tampoco hay en la vecina República más que motivos para satisfaccio- nes. Las leyes en proyecto van poco á poco siendo discutidas y aprobadas en consonancia con la aspiracion popular; los partidos extre- mos, enemigos del actual órden de cosas, se suicidan á fuerza de disensiones intestinas, dejando el campo libre á la situacion, y la union republicana, con el ministerio actual al frente, continúa impertérrita su grande obra regeneradora. * * * Inglaterra es ménos afortunada y ménos afortunado su gobierno tambien, el cual, si en el Parlamento lucha con ventaja contra sus enemigos los conservadores a quienes de nada sirven sus alianzas con los irlandeses para der- rotar al gabinete Gladstone en Egipto y en sus colonias de Africa, ya que no en las de- más, anda á vueltas con dificultades sin cuen- to, con complicaciones gravísimas de las que difícilmente podrá salir airoso. Los egipcios no disimulan ya su animadver- sion al extranjero que los avasallara hace un año, para tratarles despues como á país con quistado en vez de protegido, y hay rumores de complots terribles de que intentan hacer víctima á los ministros del jedive y á las au- toridades inglesas. Basta leer los telegramas del Cairo y de Ale jandría que publicaban las Agencias estos dias, para convencerse de que se está condensando en la atmósfera política de Egipto una tem- pestad que no puede tardar en estallar, y que dejará al gobierno inglés mal preparado para evitar sus consecuencias á poco que se des- cuide. Angel de Luque. -------- SONETOS. ---- IMITACION. -- El peregrino que resiste apenas el astro ardiente que su aliento agota, y diera un mundo á cambio de una gota para calmar el fuego de sus venas, puede matar las angustiosas pellas al ver surgir como ilusion remota el paraíso que luciente brota del lejano monton de las arenas. Tras de marchar por fatigoso suelo tambien buscando una region de calmas, los hombres pueden apagar su anhelo; que hay un refugio de inmarchitas palmas, y öasis de las almas es el cielo si es la tierra el desierto de las almas. * * * LA ESTACION FLORIDA. ---- Intenso aroma en el vergel lozano; sonrisa azul en la brillante esfera; la lengua se desata lisonjera; el pensamiento bulle soberano; nubes de rosas al abrir la mano; todo al oïdo murmurando: espera. ¡Cómo encanta la dulce primavera! ¡Cómo la siente el corazon humano! Ensueños vagos cual celeste gasa, hacen girar á la mujer querida por un éter fantástico que abrasa: todo á dormirse en el placer convida; pero ¡qué presto con sus flores pasa la primavera hermosa de la vida! Valentin Marín y Carbonell. -------- LIBROS NUEVOS. ---- El feudalismo; por D. Manuel Pedregal. Hombre dotado de clara inteligencia y de extraor- dinaria cultura, el Sr. Pedregal, se distingue tambien por una cualidad rarísima en la república de las letras: la sinceridad. Hijo casi póstumo de la Revolucion, dado apenas á conocer en las tumultuosas Córtes de 1873, donde mere- ció formar parte del más templado de aquellos ministe- rios, ha consagrado al estudio y á la propaganda cien- tífica de sus doctrinas, todo el tiempo trascurrido desde el célebre 3 de Enero. No el club, sino el Ateneo ha sido el centro donde se ha formado su reputacion. No los ca- bildeos políticos, sino las discusiones y estudios cientí- ficos han sido causa de que el ministro desconocido de sus correligionarios en 1873, sea hoy reconocido por todos como distinguido jurisconsulto, notable econo- mista y orador experto en la polémica. Buena prueba de estas cualidades es la conferencia sobre el feudalismo que hace un año pronunció en el Ateneo y acaba de publicar en un folleto. Disertar en 32 páginas, que representan una hora de lectura, acerca del asunto más amplio y variado que puede ofrecerse á la consideracion de un historiador es, por si, empresa que exige grandes alientos; llevarla á cabo debidamente requiere, además, una fuerza de con- 166 REVISTA IBÉRICA. densacion y una facultad extraordinaria de percibir las relaciones de las cosas. Opina el Sr. Pedregal que el feudalismo no fué efecto inmediato de la invasion de los bárbaros, supuesto que éstos realizaron sus principales correrías por Europa en el siglo V, y el feudalismo no se inició con caracteres distintivos hasta el siglo VII, ni llegó á su apogeo sino en los siglos X, XI y XII. "El feudalismo, dice, no es una institucion hija de la conquista de los bárbaros; nació primeramente de la transformacion que experimentaron las clases sociales y políticas, por efecto del choque entre dos pueblos, y despues por la necesidad que tuvieron de aislarse los grandes propietarios territoriales." En su concepto, el feudalismo "es más bien hijo del aislamiento en que vivieron los grandes propietarios, y de su separacion del poder central, que de la domina- cion de los pueblos bárbaros." En esto el Sr. Pedregal acepta plenamente las con- clusiones de la moderna escuela sociológica. Europa por ley natural empezó á la caida del Imperio Romano la serie de vicisitudes que caracterizan la mayor parte de la Edad Media; el feudalismo no fué más que una con- secuencia inmediata de la lucha por la vida de aquel período de disgregacion y desmoronamiento social. Así como una misma semilla colocada en lugar abo- nado germina en el espacio y tiempo que su naturaleza requiere, sin más variantes que las diferencias acciden- tales en cada caso particular, de igual modo vemos que en los siglos medios se desarrollan las mismas institu- ciones por idénticos motivos en todos los pueblos de Europa, si bien con caracteres diversos, lo cual lejos de significar ley distinta, confirma su universalidad, pues- to que en todas partes se cumple sin influencias ni imi- taciones. Hé aquí como el autor distingue los caracteres del feudalismo en cada pais: "En Francia dominaba la jerarquía, el órden, la subordinacion; en Alemania tendian los señores feudales á la separacion y á la más completa independencia. El duque de Suavia convirtió su territorio en un rei- no; los arzobispos, obispos, condes y todos aquellos grandes propietarios que únicamente se reunían cuando iban á nombrar emperador, se consideraban y eran tanto ó más soberanos que el designado como sucesor de los emperadores romanos. En Francia despues de la disolucion del imperio car lovingio, hubo siempre una monarquía que, si bien tuvo mucho de nominal en algun tiempo, fué un lazo político, y como tal, siempre imponia una jerarquía, un órden de subordinacion. En Inglaterra desarrollóse el feudalismo anglo-sajon plenamente, y con un órden muy marcado de jerarquía, por una parte, y de libertad municipal ó de inmunidades populares, por otra, cuando apareció Guillermo el Conquistador con una fuerte organizacion monárquica, á la cual iba subordinada la aristocracia, que le acompañaba, para repartirse el botin. No se esta- bleció el verdadero feudalismo inglés sino bajo la dinas- tía de los Plantagenets, en tiempo de Enrique II, pues todo el período de la monarquía normanda fué de intrin- cadalucha entre los mismos que habian invadido á In- glaterra. Con la dinastía angevina se estableció el feudalis- mo inglés, y en él habia un principio, que le hizo dis tinguirse de nuestro feudalismo sobre todo." Nemo potest exuere Patriam. Nadie podia abandonar la patria; á ninguno era permitido romper el lazo que se establecia entre el señor y el feudatario." Entre nosotros era muy frecuente lo que se llamaba desnaturalizacion, y de igual modo podia el rey despedir á su vasallo que el señor feudal se despedía de su rey. El solariego abandonaba á su señor, como el escudero dejaba al caballero, porque los vínculos feudales se establecían por medio de contra- tos. Lo ordinario era que el señor colocase sus manos entre las del rey, e1 caballero entre las del señor, é hin- cando la rodilla en tierra, se sometian los inferiores al dominio del superior y le besaban la mano. Este es el origen del besamanos, que todavía se conserva en nues- tro tiempo y es un acto de vasallaje. Cuando el señor hincaba la rodilla ante el rey ó el caballero ante el señor, besaban la mano del rey ó del señor y se sometian á su soberania, quedaba establecido el lazo feudal, y para romperlo era necesario que el feudatario besase la mano de nuevo, se hincase de rodillas y que se despidiese; hecha esta ceremonia, quedaba roto todo lazo feudal, y el vasallo marchaba en completa seguridad, hasta que salla del territorio en que dominaba el señor." * * * Cuentos droláticos de Balzac. Una nueva casa editorial acaba de poner á la venta su primer volúmen. Pretende realizar todos los proble- mas que se propone un editor para dar pronta salida y reputacion literaria á sus obras: deleitar y... deleitar; pero esta vez el deleite no es á expensas del buen gusto, sino á fuerza de él; no se sacrifica el arte por el chiste ni la bella forma por la verdosidad, sino que el ingénio de uno de los más grandes novelistas de nuestro siglo pone á contribucion todos sus recursos para divertir sin corromper, á pesar de las desnudeces que refiero y los lances picarescos que inventa. Cuentos droláticos es un libro vedado para las seño- ritas; pero magistralmente escrito y todo lo fielmente vertido al castellano que permite el francés anticuado que emplea el autor; fidelidad esta, que aunque relativa, será tal vez la única que haya en toda la obra. Joaquin Moreno. ------------ REVISTAS EXTRANJERAS. ÚLTIMOS NÚMEROS PUBLICADOS. ---- LE CORRESPONDANT. SUMARIO.--I. Los Egnósticos ingleses.--Thomas Carlyle, por el conde Ludre.--II. El general Bugeaud, se- gun una publicacion reciente; por H. de la Combe. --III. Las fortificaciones de París; por Denys Cochin. --IV. La canonisa de Ambremont; por la condesa de Massa.--V Recuerdos de Escocia; por el conde Luis Lafond.--VI. Flores y pintura de flores (escuela fla- menca); por Loir Mongazon --VII. La guerra civil en América por el conde de París; por Augusto Bou- cher.--VIII. Investigaciones históricas acerca de la en- señanza de sordo-mudos; por Alexis Chevalier -- --IX. Miscelánea; por Edmundo Biré.--X. Revista científica; por Henri de Parville.--XI Crónica polí- tica; por Augusto Boucher. Pocas personas Conocen el orígen de la familia Pe- REVISTA IBÉRICA. 167 reira. En un importante libro (Jacobo Rodriguez Pe- reira, su vida y sus trabajos, por Ernesto La Rochelle) lleno de interesantes documentos, acaba de demostrarse á qué deben esos príncipes de la banca moderna la ilus- tracion y el rango de que gozan en Francia, desde me diados del pasado siglo. Los Pereira proceden de España. Abraham Rodri- guez Pereira, para escapar á la persecucion que los ju- dios sufrieron en su patria, adoptó, así como su esposa, al menos en apariencia, el culto católico y mandó bau- tizar á sus hijos poco antes de su muerte. Molestada por el Santo Oficio, á pesar de la aparente conversion, la viuda de Pereira pasó con sus hijos á Francia en 1741. La familia Pereira se estableció en Burdeos, donde alcanzó prosperidad. Jacobo Rodriguez, hijo de Abra- ham, consagró sus desvelos á la educacion de sordo- mudos; vocacion que debió serle inspirada á la edad de diez y nueve años por el deseo de enseñar á una herma- nita suya sordo-muda de nacimiento. Un benedictino de San Salvador de Oña, D. Pedro Ponce de Leon, habia organizado á mitad del siglo XVI una escuela con objeto de enseñar el uso de la palabra á esa clase de desgraciados. Otro español, el aragonés Juan Pablo Bonet, escribió la primera obra conocida acerca de dicho asunto: Reduccion de las letras y arte para enseñar á hablar los mudos (Madrid 1620), libro donde expone les procedimientos que dice haber inven- tado para instruir al hijo del Condestable de Castilla, afectado de sordo-mudez desde la edad de dos años. Partiendo del principio de que es posible, por el sen- tido de la vista, imbuir al sordo-mudo los conocimien- tos que no puede adquirir por el oído, procura auxiliar el lenguaje natural con el lenguaje de accion y reempla- zar con formas figuradas el sonido de las letras. Los dos medios que habia imaginado para este efecto eran un sistema de pronunciacion, cuyas reglas explica, y el al- fabeto manual ya conocido de los antiguos, como él mis- mo declara. Un sordo mudo de nacimiento, Saboureux de Fon- tenay, que á la edad de trece años fué confiado á Perei- ra, cuenta á qué grado de adelanto habian llegado la educacion y la instruccion de esos desheredados de la naturaleza, bajo la direccion de tan hábil maestro: "Consiste en una especie de alfabeto manual en es- pañol, representado con los dedos de una sola mano. Consta de veinticinco signos correspondientes á las le- tras de la escritura ordinaria (excepto la k y la w, sig nos que Pereira inventó con el solo objeto de conformar exactamente este alfabeto manual á las leyes de pro- nunciacion y ortografía francesas. De este modo hay sonidos de la pronunciacion hasta el numero de treinta y tres ó treinta y cuatro, y el número de combinaciones de las letras asciende á treinta y dos. De modo que la cifra total de signos entre sencillos y combinados es bastante crecida, gracias á esta dactilologia, palabra usada por Pereira. En este arte se usa la mano en vez de la pluma para trazar en el aire hasta los puntos y los acentos, para distinguir las mayúsculas de las mi núsculas y para expresar las abreviaturas más usuales. Se pueden marcar las pausas é inflexiones de la conver- sacion, de modo que la dactilologia es tan cómoda y rápida como la misma pronunciacion y tan expresiva como la escritura. Por medio de la dactilologia se puede hablar á los sordos y á los ciegos. Pereira y yo nos encontramos un dia en una habita- cion á oscuras, y el maestro, para hablarme, me cogió de las manos y movió mis dedos conforme á las reglas de la dactilologia, y entendí perfectamente todas las palabras." Conviene, no obstante, evitar exageraciones en el panegírico de Pereira. Conste, pues, al ménos, como hecho demostrado segun los documentos reunidos por M. de la Rochelle, que á mediados del pasado siglo la instruccion de sordo-mudos estaba, gracias á Pereira, muy adelantada, tanto en Francia, como en España, Inglaterra y Holanda, naciones en donde la ciencia de los Bonet, los Walls y los Amman, habia conseguido notables progresos. Pero en todas partes habia perma- necido en calidad de enseñanza privada hasta el celo del abad de l'Epée, poderosamente secundado por el rey Luis XVI, extendió los beneficios de esta enseñanza á todas las clases de la sociedad, incluso á los niños indi- gentes. El mismo abad de l'Epée tributa homenaje al sabio maestro que le habia marcado el camino. En la controversia que en 1782 se elevó entre el abad de l'Epée y Samuel Heinicke á causa de pretender éste haber hallado un método para enseñar sordo-mudos, más breve que el del maestro parisiense, el abad declaró que nadie podia atribuirse el mérito de una invencion que Pereira podria reivindicar antes que Amman y que Bonet. REVUE DES DEUX MONDES. SUMARIO.--Cabeza loca, segunda parte; por M. Th. Bentzon.--Excursiones arqueológicas: la casa de campo de Horacio; por M. Gaston Boissier.--III. La democracia autoritaria en los Estados-Unidos: Juven- tud y vida militar de Andrés Jackson; por M. Albert Gigot.--IV. Paulina de Montmorin, condesa de Beau- mont. I. Su familia, sus primeras amistades; por M. A. Bardoux --V. Los falsificadores y el laborato- rio municipal; por M. Denys Cochin.--VI. Los fres- cos, primera parte; por Ouida, traduccion de He- phell.--VII. La rebelion del hombre; por M. Arvéde Barine.--VIII. Revista dramática.--IX. Crónica de la quincena.--X. Movimiento financiero.--XI. Boletin bibliográfico. El problema de averiguar el punto donde estaba si- tuada la casa de campo de Horacio, fué definitivamente resuelto en la segunda mitad del siglo pasado por el abad Capmartin de Chaupy, uno de esos entusiastas por Roma, que van allí con objeto de pasar algunos meses y permanecen toda su vida. Hé aqui en que términos se expresa para demostrar a los más incrédulos que no se ha equivocado. En pri- mer lugar, establece que Horacio no tenia varias pose- siones; él mismo nos dice que no poseia más que la Sa- binia, y que con esa finca le bastaba: satis beatus unicis Sabinis. De donde se sigue que todas sus descripciones se refieren á dicha propiedad. Consignada esta afirmacion, Chaupy recorre sucesi- vamente todos los lugares en que se ha intentado colo- car la casa, y demuestra con gran facilidad que ningun otro responde á los cuadros trazados por el poeta. Al Este de Tivoli y en las cercanías de Vicovaro, está el lu- gar único que conviene en un todo con ellos. Sabemos 168 REVISTA IBÉRICA. por Horacio, que la ciudad más próxima de su casa y la más importante, se llamaba Varia. La descripcion de Peutinger menciona tambien á Varia, y la coloca á 8 millas de Tibur; á 8 millas de Tivoli, antigua Tibur, encontramos hoy á Vicovaro, que ha conservado casi completamente su antigua denomi- nacion (Vicus Varia). Al pié de Vicovaro corre un ria- chuelo llamado Licenza, que con pequeñas modificacio- nes viene á ser la Digentia de Horacio. Nos dice que este rio riega el pequeño pueblo de Mandela, hoy Barde- la. En fin, la elevada montaña de Lucretile, que daba sombra á la casa del poeta, es la Corgnaleto que todavía en la Edad Media se denominaba Mons Lucretii. Sin duda, la casualidad no puede haber reunido en el mis- mo sitio todos los nombres de lugar, mencionados por el poeta. THE EDINBURGH REVIEW. ARTÍCULO IV Federico II y María Teresa, segun documentos recientes 1740-1742; por el duque de Broglie: dos volúmenes en 8.° Estos volúmenes son de verdadera historia, no de sátira; y como los actos y las palabras de Federico son en ellos apreciados con exactitud nunca vista, se apren- de en ellos á distinguir la verdad del error y el Fede- rico de la realidad, del Federico fantástico. Como fran- cés, el duque de Broglie, naturalmente, no se inclina en favor del rey de Prusia; pero es igualmente exento de parcialidad en favor del Gobierno de Francia. Exami- na y condena con la misma severidad y análogo rigor la débil, mezquina y miope política de Fleury y la hipó- crita rapacidad de Federico. El principio de la narracion nos remonta á la Prag- mática sancion, por la que el emperador Cárlos VI, á falta de herederos varones, dejo sus dominios á su hija María Teresa, y concluye en el tratado de Breslau. ARTÍCULO V. La ética moderna. 1.° Sus datos; por Hervert Spen- cer. 2.° Sus métodos; por el mismo. 3.° Lecturas y ensayos; por Clifford. 4.° La ciencia ética; por Leslie Stephen. 5.º Ensayos en jurisprudencia y en moral; por Federico Pollock. Hay un antiguo criticismo en filosofía moral que no da señal alguna de progreso. Las distintas y sucesivas obras de ética publicadas en nuestro siglo, colocan al lector--generalmente en el último capítulo--frente á frente de problemas eternamente insolubles: la exten- sion y limitaciones del deber, el carácter de la intuicion moral, la necesidad que tiene el hombre de ser moral, la conciencia, el libre albedrío, la responsabilidad, el remordimiento; hechos familiares estudiados por los hombres de ciencia en los términos de la tecnología an- tigua, ó disfrazados por los modernos con un velo de nuevas expresiones, tan sutil que á través de su tejido se perciben con toda claridad los antiguos lineamientos. Pero si, abandonando las inútiles investigaciones en busca de una moral nueva, nos fijamos en la extension que el código moral alcanza, nada hay en el mundo tan progresivo como la Ética. Cada nueva adquisicion científica--ya sea en física, en biología, en fisiología, etc.--va dejando su huella para bien ó para mal en las especulaciones de dicha ciencia. THE NORTH AMERICAN REVIEW. SUMARIO.--Intereses fabriles de América; por Joseph Némo.--II Actual aspecto de la educacion en los cole- gios; por el presidenle D. C. Gilman.--III. El abuso de la ciudadanía; por Edward Self.--IV. Datos y de- ducciones de Spencer; por el profesor Isaac L Rice. --V. Unas cuantas palabras sobre canto en público; por Cristina Nilsson.--VI. Tributacion incidental; por William M. Springer.--VII. Influencia moral del drama; por varios autores. La emigracion á los Estados Unidos, cumple una periodicidad perfectamente calculable. Hé aquí un cuadro estadístico de las personas de ori- gen extranjero que residian en la gran República en Ju- nio de 1880. El número total ascendia á 6.679.943, correspondien- tes á las siguientes nacionalidades: Imperio aleman.................... 1.966.742 Irlanda........................... 1.854.571 América inglesa................... 717.084 Inglaterra........................ 662.676 Suecia............................ 194 337 Noruega........................... 181.729 Escocia........................... 170.136 Francia........................... 106.971 China............................. 104.541 Suiza............................. 88.621 Bohemia........................... 85.367 Gales............................. 83.302 Méjico............................ 68.399 Dinamarca......................... 64.196 Holanda........................... 58.090 Polonia........................... 48.557 Italia............................ 44.230 Austria........................... 38.663 Rusia............................. 35.722 Bélgica........................... 15.535 Luxemburgo........................ 12.836 Hungría........................... 11.526 REVUE SCIENTIFIQUE. SUMARIO.--Sociedad de Geografía de París; Conferencia de M. Charles Rabot.--El granizo, las trombas y la electricidad; por M. Le Goarant de Tromelin.--Los fenómenos de la digestion en los animales invertebra- dos; por M. E. Bourquelot.--La evolucion del troton americano.--Bibliografía.--Academia de ciencias de París.--Crónica. El artículo referente al caballo americano contiene observaciones y datos muy curiosos acerca de la evolu- cion ó desarrollo del troton que se cria en el nuevo Con- tinente. M. Brewer en el American journal of science ha pu- blicado un cuadro con los resultados obtenidos á fuerza de educacion y herencia en trotones desde 1818 á 1881. En dicha tabla estadística se ve que en 1871, por ejem- plo, habia 99 caballos que recorrían al trote un kiló- metro en un minuto y 31 segundos; que en el mismo año habia 40 que podían recorrer igual distancia en un mi- nuto y 30 segundos. En 1883 existian 495 caballos que recorrian un kilómetro en un minuto y 30; y 275 capa- ces de salvar esta distancia en un minuto y 29 segundos. En vista de esto, M. Galton, que se ha ocupado en igual asunto, establece el pronóstico de que en 1890 habrá 15 caballos que recorrerán un kilómetro en un minuto 24 segundos y ? todo lo más, y que el mejor caballo en el mismo año pasará esta distancia en un minuto y 20 segundos. ---------------------------------------- Madrid 1883.--J. Lopez, impresor, Caños, 1 triplicado.