Año I.-Número 8. Madrid 16 Julio 1883. REVISTA IBÉRICA DE POLITICA, LITERATURA, CIENCIAS Y ARTES. ------- Director: D. Juan Reina Queda prohibida la reproduccion de los artículos literarios y científicos que se publiquen en esta Revista, salvo convenio especial. SUMARIO. - B. A.-Don Juan Alvarez de Lorenzana. 16 de Julio. MR. EMILE ZOLA.-Santiago Damour (novela). DON EDUARDO SANZ Y ESCARTIN.-La crisis re- ligiosa y el pesimismo. DON PEDRO MELO Y NOVO.-El darwinismo y la filología. DON ANGEL DE LUQUE.-Revista política ex- terior. DON JOSÉ M. MATHEU.-Sonetos. REVISTAS EXTRANJERAS: Academia de ciencias de París. Revue Historique. Revue Suisse. Revue Politique et litteraire. Nota. ? DON JUAN ALVAREZ DE LORENZANA. -- Subido mérito debió ser el suyo, cuando, sin otro auxilio que su pluma, alcanzó glorioso renombre y alta posicion. Al periodismo se lo debió todo, y no es poco lo que á él debe el periodismo, siendo caso extraño que por tan débil escala llegase tan alto y con tal mereci- miento, que jamás atribuyó nadie á la fortuna su en- cumbramiento, sino á debido premio por sus excelentes prendas y nunca interrumpida laboriosidad. A quien haya leído sus escritos, conociendo el au- tor, no causará maravilla la justa fama que gozaba ni los altos honores y preeminencias que en su vida se le concedieron, porque eran tales, que son muchos los que atribuyen á su eficacísima virtud la impulsion prime- ra del más radical y trasformador movimiento que se ha verificado en España. Regocija el ánimo sin em- bargo, ver alguna voz en igual proporcion con sobresa- lientes cualidades el reconocimiento de ellas, porque suele ser desacostrumbrado fenómeno en nuestro país, principalmente cuando aquellas cualidades se ejercitan en el oscuro y anónimo bufete de una redaccion. Lucha el periodista, siendo modesto como lo era el Sr. Loren- zana, especialmente con embargos y tropiezos insupera- bles siempre que no disponga de superior talento y de tenacísimo carácter. El que difunde la luz por doquie- ra vive oscurecido é ignorado, como en el gasómetro la informe y confusa sustancia con que se alimentan los innumerables focos que durante la noche nos alumbran; redactar es arrojar el ingénio por el balcon á modo de atrabiliario dilapidador, sin esperanza de cobro ni si- quiera de personal agradecimiento. Por eso es dificilísi- ma empresa la de conquistar un puesto desde las co- lumnas de un periódico, y por eso es mayor el mérito de quien, sin otro recurso que ese, y sin doblegarse jamás con serviles complacencias, alcanzó envidiables triunfos y brillantes posiciones, más estimadas por los extraños que por él. Seremos parcos en la alabanza y en las noticias bio- gráficas, porque la una es innecesaria, tratándose de una persona, cuyo apellido es título glorioso, y las otras han sido tan repetidas por todos los periódicos, que al exponerlas, antes que ilustrarlos, imaginamos fastidiar á nuestros lectores. Sin embargo precisa decir algo, si- quiera no sea más que como sentido recuerdo que nos haga admirar los extraordinarios esfuerzos con que logró alcanzar un limpio renombre, y con los cuales contribuyó á la realizacion de los más importantes su- cesos de la accidentada política de nuestra patria. Nació el Sr. Lorenzana por el año de 1818 en Ovie- do, donde estudió leyes y alcanzó sus primeros triun- fos, hasta que vino á Madrid en 1840. Aunque diestro y entendido en jurisprudencia, gustaba más que de las prácticas forenses de otras labores intelectuales, más provechosas para la comunidad, pero harto menos lu- crativas para el individuo. Ganoso, pues, de luchar en extenso campo é impelido por su decidida vocacion al periodismo, abandonó la toga y sus primitivas y casi infantiles aficiones poéticas, comenzando, apenas ini- ciado en la vida pública, briosas campañas, que resona- ron mucho, desde las columnas de El Faro y de El País. Pero donde lucieron con todo explendor su talento y su ingénio fué en El Diario Español, periódico fundado en union del Sr. Rancés y otros notables políticos en 1851. Como premio á sus profundos estudios sociales y á su perspicacia política, lo eligieron diputado sus paisanos para las Córtes de 1851, siendo nombrado á poco por O'Donnell director general de Administra- cion, y desempeñando despues con el Sr. Posada Her- rera la subsecretaria de Gobernacion. Durante las tristes vicisitudes por que pasó nuestra patria, bajo el imperio de los moderados, el ilustre pe- riodista contribuyó con su pluma y su accion á derri- bar aquel intransigente poder, bien que no viera, á pe- sar de su conspicua inteligencia, el lamentable extremo a que habian de llegar los sucesos. Fueron preparados estos, como he indicado, por notabels artículos suyos, por los cuales, y por la participacion que tuvo en ciertos trabajos revolucionarios, fué nombrado ministro de Es- tado del gobierno provisional en 1868, en cuyo mes de Noviembre dirigió su famosa circular á las naciones extranjeras. Fuera porque, segun se decia entonces por los maliciosos, no se considerase con cualidades orato- rias para mantenerse en el banco azul, ó porque no gustase de las luchas ínfimas y diarias que ocasionan 170 REVISTA IBÉRICA. ciertos cargos, abandonó el suyo, retirándose á la vida privada. Desde este momento escribió poco y estudió mucho, siendo lástima grande que no haya legado á la posteridad en obras maestras el producto de su incansa- ble laboriosidad y maravilloso talento. Disgustado de lo mal encaminados que iban los acontecimientos du- rante el período revolucionario, si no tratrajó directa- mente, abogó por la restauracion; pues siempre fué tan ferviente monárquico como sincero liberal. Por eso no aceptó cargo alguno hasta que, verificado el golpe de Estado del 3 de Enero, no obstante sus ideas no del todo ortodoxas, fué de embajador á Roma, donde su discretísimo ingenio, su compostura y corte- sia y su clarísima inteligencia, lograron captarle las simpatias de S. S Pio IX, en cuya córte prestó impor- tantes servicios á la patria. Nombrado senador vitalicio por el Sr. Cánovas, aceptó la honra; pero resuelto al vivir apartado de la vida pública, dedicándose exclusivamente á su familia y á sus libros, apenas frecuentaba el palacio del Senado. Ha muerto el Sr. Lorenzana á los 75 años de edad y cuando todavía esperábamos algun sazonado fruto de sus últimos estudios y experiencias. Honrado, pun- donoroso y de chispeante ingenio, ni ofendia con atra- biliarias intransigencias, ni se hacia cómplice de ruines propósitos; en él, como en algunos otros insignes escri- tores, la pluma impidió la lengua; pero no fué parte esta deficiencia á oscurecer su esclarecido nombre. Importa ahora al de la nacion que no se olviden sus servicios, á fin de que no puedan nuestros Hijos decir con Campoamor: Que en este mundo fingido sólo pagan con olvido á los que van, los que quedan. B. A. ___________________________________ 16 de Julio. En la Babel política ha llego el dia de la dispersion de las gentes. Si de la discusion brota la luz, en esta ocasion no ha existido más luz que la producida por la tea de la dis- cordia. Desde el primer escarceo sostenido por los seño- res Canalejas y Lopez Dominguez contra el ministerio, pudo vislumbrarse el resultado final que anunciábamos en nuestra crónica anterior. Tiene razon el primero de nuestros poetas cuando afirma en su reciente libro El ideismo, que sin ideas no hay nada. la falta de princi- pios fundamentales, ha privado á la izquierda de la in- contrastable influencia que ha podido ejercer contra un gobierno que no goza simpatias en el país ni tiene pro- blemas que realizar; y la falta de convicciones, tambien, es causa de que en el partido fusionista no pueda inten- tarse una reforma que por avanzada ó por reaccionaria, no provoque la desunion. Ocupó el Sr. Sagasta la presidencia del Consejo de Ministros en las circunstancias más ventajosas que po- dia haber soñado un hombre publico durante el período de tiempo que ha trascurrido desde la revolucion de Se- tiembre. No recordamos una situacion más cómoda que la del jefe de los constitucionales. Contaba con la aquiescencia explícita y leal del formidable partido que desde el poder le habia permitido y aún ayudado á for- mar sus huestes. Tenia de su parte al jefe de los posibi- listas, que le ayudaba con su palabra y con sus votos; vió llamar á las puertas de la monarquía á uno de los más elocuentes oradores de nuestro Parlamento, acom- pañado de importantes elementos; vió formarse un nuevo núcleo de demócratas igualmente benévolos, que procuraban ingresar amistosamente en las filas monár- quicas, unidos á los descontentos de la fusion que se habian separado del Sr. Sagasta; y cuando nadie le com- batia seriamente, cuando no tenia más cuidados que los domésticos, es decir, los de ir contentando á los amigos que habian recibido promesas suyas en la época de es- pectacion, deja pasar los meses y los años, sin cuidarse para nada de mejorar la situacion política, social y ad- ministrativa del país. Un estudio comparativo de las actitudes políticas que el Sr. Sagasta tenia enfrente el año 1881, con las que hoy puede observar, seria el más elocuente comentario de su conducta. El partido conservador, que en cierto modo le soste- nia con su ténue oposicion está hoy más cansado de con- templarle que lo estaba de oirle clamar por el mando desde 1876, hasta 1881. ¿Qué más? Hasta Castelar, que nada espera ni apetece, encerrado en el alcázar de su gloria como orador á olvidar las vicisitudes de sus cam- pañas propagandistas, nos ha recordado los mejores tiempos de su elocuencia en la discusion que acaba de verificarse. Firme en su política de no hacer nada para no dis- gustar á nadie, vive el jefe del fusionismo, falto del aliento vital de las ideas, y continuaria de igual modo, si estas muestras de pereza que tanto se parecen á la in- capacidad, no tuvieran su obligado fin. * * * Pasó el debate sin resultado alguno. Los izquierdis- tas continúan celebrando conferencias y proyectando ar- reglos. Sagasta, que en plenas Córtes ha declarado su desafecto al nuevo partido, al mismo tiempo que se brindaba á realizar por sí las reformas que le propusie- ran, ha demostrado una vez más, que sólo es para él cuestion de personas la que debiera ser de ideas, mien- tras que Martos, con su obstinacion republicana, acaba de convencernos de la poca fé que le inspira la optimis- ta afirmacion de varios amigos suyos que creen viable la union apetecida. No es posible aproximarse más al enemigo, ni brin- dar mejores términos de paz que los indicados por Mar- tos: declaracion de distancias honestas; visita á Palacio con un pretexto no político; promesa de no imponer su jefatura; benevolencia sostenida, y ruptura circuns- tancial. No ha podido, tampoco, el presidente del Consejo de Ministros ser más franco, á pesar de la forma vaga de sus discursos: primero, resistir á toda modificacion constitucional; segundo, antes aceptar cualquier cambio de ideas, que admitir una fusion constitucional-demo- crática que pueda enejenarle la voluntad del grupo cen- tralista. Queda, no obstante, puesto el banderin para la pre- sentacion individual. Condiciones de admision: las mismas exigidas al ministro de Gracia y Jus- ticia: olvido de lo pasado y lustraciones. REVISTA IBÉRICA. 171 SANTIAGO DAMOUR. -- III. Situada la tienda en la esquina de la calle de los Monjes y la calle Nollet, tenia cierto aire de riqueza con su rejilla roja y sus cabe- zas de buey doradas. Reses descuartizadas pendian sobre lienzos blancos y filas de piernas con mangos de papel con festones calados como bouquets for- maban guirnaldas. Sobre las mesas de mármol habia rimeros de carne, trozos cortados y pues- tos con arte, la rosada ternera, el carnero color de púrpura, la vaca escarlata con el viso blan- quecino que les da el sebo. Las vasijas de co- bre, los brazos de la balanza y los ganchos de un aparador relucian. Habia tal abundancia, tal aspecto de salud en aquella tienda llena de claridad, enlosada de mármol, abierta de par en par y un olor tan agradable de la carne fresca, que parecia como si exparciese la san- gre y la infiltrara en las mejillas de todos los que vivian en la casa. En el fondo, iluminada por el golpe de luz de la calle, estaba Felisa en un elevado conta- dor con cristales que la resguardaban de la corriente del aire. Allí, á los alegres y rosados reflejos de luz de la tienda, tenia ese aspecto fresco de una jamona que ha pasado de los cuarenta. Limpia, con el cutis suave, con sus trenzas negras y su cuello blanco, tenia la sonriente y afanosa gravedad de una buena comerciante que con una pluma en la mano y la otra mano sobre el dinero del mostrador, representa la limpieza y la honradez de la casa. Varios dependientes cortaban y pesaban la carne, gritando números; los parroquianos iban destilando por delante de Felisa, que re- cibia los pagos, conversando con voz amable acerca de las noticias del barrio. En aquel momento una mujer pequeña y de semblante enfermizo pagaba dos chuletas que miraba con languidez. -Quince sus, ¿no es eso? dijo Felisa. ¿Sigue, usted delicada, madame Verdier? -No estoy buena del estómago. Devuelvo todo lo que como. El médico dice que necesito carne; pero es tan cara... Ya sabrá Vd. que murió el carbonero. -¿Es posible? -Ese no padecia del estómago, sino del vientre... ¡Quince sus por dos chuletas! La car- ne de ave es ménos cara. -Nosotros no tenemos la culpa de eso, ma- dame Verdier. No sabemos cómo salir adelan- te... ¿Qué es eso, Cárlos? Mientras charlaba y devolvia los cambios de dinero, no perdia de vista la tienda y aca- baba de ver un dependiente que conversaba con dos hombres en la acera. Viendo que el dependiente no la oia, esforzó un poco la voz. ¡Cárlos!.. ¿Qué es lo que preguntan? Y no esperó la respuesta, porque de los dos hombres acababa de conocer al que venia de- lante. -¡Ah! ¿Es Vd., Sr. Berru? El aspecto de ella, con los labios recogi- dos, más que satisfaccion, indicaba menos- precio. Ambos camaradas habian hecho alto en va- rias tabernas desde la calle de San Martin hasta los Batignoles, porque el camino era largo y se les secaba la boca de tanto charlar y discutir en voz alta; de modo que parecian bastante alumbrados. Damour habia sentido un vuelco del corazon cuando Berru, con un ademan brusco, le se- ñaló desde la acera de enfrente hácia Felisa, tan bella, tan jóven, en la vidriera del mostra- dor, diciendo: -¡Mírala! ¡Imposible! Aquella debia ser Luisa, que tanto perecido tenia con su madre; con segu- ridad Felisa estaria más vieja. Y aquella tienda tan rica, las carnes que sangraban, las vasijas que relucian y aquella mujer tan bien puesta, con aire burgués, la mano sobre un monton de dinero, le disiparon la ira y la audacia, causándole verdadero mie- do. Palidecia de vergüenza. ante la sola idea de penetrar y sentia deseos de huir á escape de allí. Aquella señora no consentiria jamás en re- unirse con un hombre tan mal portado, con aquella barba tan grande y aquella blusa man- chada. Ya se volvia para salirse á la calle de los Monjes sin que 1e viesen, cuando Berru le detuvo. -¡Truenos y rayos! No tienes sangre en las venas... ¡Ah! Yo en tu pellejo haria danzar á la burguesia. Y no me marcharia sin hacer partincha. Sí; la mitad de las carnes y de lo demás... ¿Quieres andar adelante, palomino atontado? Y habia obligado á Damour á atravesar la calle. Despues, habiendo preguntado á un depen- diente si el Sr. Sagnard estaba allí, y habiendo oido que estaba en el matadero, entró delante para precipitar las cosas. Damour le seguia amilanado y con aire de imbécil. -¿En qué puedo servir á Vd., Sr. Berru? dijo Felisa con voz poco animada. -No soy yo, respondió el pintor, sino mi compañero, quién tiene algo que decir á Vd. Berru se habia separado; en aquel momento 172 REVISTA IBÉRICA. Damour se encontro cara á cara con Felisa. Ella le miró; él terriblemente conmovido, su- friendo como en tortura, bajó los ojos. Antes habia ella hecho un gesto de disgusto; su sem- blante tranquilo y feliz, expresó repulsion há- cia aquel viejo beodo y miserable que trascen- dia la pobreza. Fijaba en él la mirada, hasta que súbitamente, sin cambiar palabra con él, palideció ahogando un grito y dejó caer el di- nero, cuyo sonido en el cajon se percibió cla- ramente. -¿Qué es eso, está Vd. mala? preguntó ma- dame Verdier, que se habia quedado por curio- sidad. Felisa hizo un movimiento con la mano, como para que todos se marchasen de allí. No podia hablar. Con mucho trabajo se incorporó y se dirigió hácia el comedor, al fondo de la tienda. Ambos amigos, sin que ella les indicase nada, la siguieron. Berru chanceándose y Da- mour fijando la vista en las baldosas cubiertas de aserrin, como si tuviese miedo de caerse. -¡Ah! ¡El lance tiene gracia! murmuró ma- dame Verdier, cuando se quedó sola con los dependientes. Estos, que habian cesado de cortar y pesar, se cambiaban miradas de sorpresa; pero no quisieron comprometerse y volvieron á su faena con aire indiferente, sin responder á ma- dame Verdier, que se marchó con sus dos chuletas en la mano, observándolas con indo- lente mirada. Una vez en el comedor, creyó Felisa que to- davia no estaba bien segura Abrió una se- gunda puerta y entró con los dos hombres en su alcoba. Era ésta una habitacion muy bien puesta, muy cerrada y silenciosa, con corti- nas blancas en la cama y en el hueco del bal- con; un péndulo dorado, muebles de caoba, cuyo barniz relucia sin un grano de polvo. Felisa se dejó caer sobre una butaca de reps azul y pronunció estas palabras: -Es Vd... Es Vd... Damour no encontró una frase. Examinó la alcoba y no se atrevió á sentarse, porque le parecian las sillas demasiado bellas. Berru fué, pues, quien habló: -Si; hace ya quince dias que anda buscan- do á Vd... ahora nos hemos encontrado y le he traido. Despues, como si hubiera sentido necesidad de excusarse: -Ya comprenderá Vd. que yo no he podido por menos. Es un antiguo camarada, y sus cuitas me han herido el corazon cuando le he visto en tan miserable estado. A pesar de todo, Felisa se repuso un poco. Ella era la más razonable y tambien la más animosa. Cuando se calmó del estado de an- gustia que sufria, quiso salir de una situacion intolerable y abordó la terrible querella. -Sepamos, Santiago, ¿.qué vienes tú á pedir? El no respondió. -Es cierto, continuó ella; yo me he vuelto á casar, pero no ha sido mia la culpa, bien lo sabes. Te creia muerto y no has hecho nada por sacarme del error. Por fin habló Damour: -Sí; te he escrito. -Te juro que no he recibido tus cartas. Bien me conoces; bien sabes que jamás he mentido... ¡Mira! Aquí tengo el acta en un cajon. Abrió un escritorio, sacó febrilmente un pa- pel y se lo entregó á Damour, que empezó á leerlo asombrado. Era su acta de defuncion. -Despues me vi completamente sola y cedí á los ofrecimientos de un hombre, que deseaba sacarme de tormentos y miserias... Hé ahí toda mi falta. Me he dejado llevar de la idea de ser feliz; no ha sido un crimen. ¿,no es cierto? Damour la escuchaba cabizbajo, más humil- de y más fatigoso que ella. No obstante, alzó los ojos. -¿Y mi hija? preguntó. Felisa se echó á temblar y balbució: -¿Tu hija?.. No sé; no la conservo. -¿Cómo? -Sí; la coloqué en casa de una tia mia... Se ha escapado... ha echado por mal camino. Por un momento Damour enmudeció, con ademan tranquilo, como de no haberse ente- rado. Despues él, antes tan cohibido, dió brus- camente un golpe sobre la cómoda con tal violencia que una caja llena de conchitas bai- ló en la tapa de mármol. Pero no tuvo tiempo de hablar, porque dos niños, un varoncito de seis años y una niña de cuatro, acababan de abrir la puerta y de arrojarse al cuello de Felisa con verdadera ex- plosion de alegria. -Buenos dias, mamita: venimos del jardín que está al final de la calle... Francisca nos ha dicho que era preciso volver... ¡Ah! Si supieras... Hay arena y patos en el agua... .-Está bien; dejadme; dijo bruscamente la madre. Y llamando á la criada: -Francisca, lléveselos Vd... Es una tonte- ria regresar á estas horas. Los niños se marcharon compungidos, en tanto que la niñera, ofendida con el tono de la señora, se incomodaba con los chicos, empu- jándoles por delante de ella. Felisa tuvo el loco temor de que Santiago robase los niños. En un instante podia echár- selos al hombro y escapar. Berru, sin que le hubiesen invitado á tomar REVISTA IBÉRICA. 173 asiento, se habia dejado caer anchamente en una butaca, despues de murmurar al oido de Damour: -Los pequeños Sagnard... ¿eh? ¡Con qué rapidez se cria el pegujar de granujas! Cuando estuvo cerrada la puerta, Damour dió otro golpe sobre la cómoda, gritando: -No basta con eso; necesito mi hija, y ade- más vengo á recogerte. Felisa estaba helada. -Siéntate, hablaremos. Nada se adelanta con el ruido... ¿Vienes en mi busca? -Sí; te vas á venir enseguida... Soy tu marido, el único legítimo. ¡Oh! Conozco mi derecho... ¿No es cierto, Berru, que estoy en mi derecho?.. Vamos, ponte algo por la cabe- za, sé amable si no quieres que todo el mundo conozca nuestros asuntos. Ella le miraba y, en lo demudado del rostro se le conocia, á su despecho, que no le amaba y que la asustaba y le repugnaba con aquel aspecto envejecido y miserable. ¡Cómo! ¡Ella tan blanca, tan gruesa, acostumbrada enton- ces á todas las dulzuras de la vida burgués, volver á la vida ruda y pobre de otras veces, en compañia de este hombre que le parecia un espectro! -¿Rehusas? repitió Damour, leyéndole en el semblante. ¡Oh! lo comprendo; te has acos- tumbrado á hacer el papel de señora en el mostrador, mientras que yo no tengo una bella tienda ni un cajon lleno de dinero donde tú puedas enredar á tus anchas... Además, tienes esos niños que entraron hace poco y al pare- cer los atiendes con más esmero que á Luisa. Cuando se ha consentido en perder una hija, bien se puede una pasar sin el padre... Todo me es igual. Me he propuesto que te vengas y vendrás ó voy en busca del comisario de poli- cía para que te envíe á mi casa con los cor- chetes... Estoy en mi derecho, ¿no es cierto, Berru? El pintor afirmó con la cabeza. Esta escena le divertia mucho. No obstante, cuando vió á Damour furioso, aturdido con las propias palabras, y á Felisa desfallecida haciendo esfuerzos para contener los sollozos, se creyó en el deber de desempe- ñar un hermoso papel, é intervino en tono sentencioso: -Sí, sí, estas en tu derecho; pero hay que ver... hay que reflexionar... Yo siempre he jugado limpio... Antes de tomar una determi- nacion, convendria que hablásemos com mon- sieur Sagnard, y puesto que no está en casa... Se detuvo un momento y despues continuó con la voz demudada y temblorosa de una falsa emocion: -Pero mi amigo se ve apurado. Es muy duro esperar en su posicion... ¡Ah, señora, si usted supiera cuánto ha sufrido! Y al presente ni rábano; el infeliz se cae de hambre; en to- das partes le rechazan... Cuando le encontré hace un momento, no habia comido desde ayer. Felisa, pasando del temor á un súbito enter- necimiento, no pudo contener las lágrimas que la ahogaban. ¡Qué tristeza tan grande le producian aquellos disgustos de la vida! Y lanzó un grito: -¡Perdóname, Santiago! Y cuando pudo hablar: -Lo hecho, hecho está; pero yo no puedo consentir que tú seas desgraciado... Permíte- me que te preste algun auxilio. Damour hizo un violento ademan. -De seguro, dijo vivamente Berru, en esta casa reina la abundancia suficiente para que tu mujer no te deje el estómago vacío... Su- pongamos que no quieres dinero: puedes acep- tar un regalo. Aunque no le diese Vd. más que un puchero, podria tomar, un poco de caldo, ¿no es cierto, señora? -¡Oh! Todo lo que él quiera, Sr. Berru. Pero Damour volvió á golpear la cómoda gritando: -¡Gracias; Yo no como esa clase de pan! Y miró fijamente á Felisa en los ojos. -Tú sola eres lo que deseo y te obtendré... Guarda tu carne. Felisa habia retrocedido con repugnancia y estupor. Entonces Damour se puso furioso, amenazó con romper todos los muebles y pro- firió terribles acusaciones. Deseaba saber el paradero de su hija; sacudió á Felisa en su asiento acusándola de haber vendido á la jó- ven; y Felisa, sin defenderse, en medio del aturdimiento que todo aquello le causaba, re- petia, con voz débil, que ignoraba su residen- cia; pero que con seguridad la sabrian en la prefectura de policía. Damour, que se habia sentado en una silla jurando que ni el demonio le moveria de allí, se levantó de repente y dió otro golpe con más fuerza que los anteriores: -¡Muy bien! ¡Ira de Dios! Me marcho; sí, me marcho porque me parece irme... Nada perderás con esperar; volveré cuando tu señor esté en casa y os arreglaré á él, á tí, á los mu- ñecos y á todo tu endiablado chamizo... ¡Es- pérame, ya verás! Y se marchó amenazándola con el puño. En realidad, esta conclusion le servia de desahogo. Berru, que se habia quedado un poco atrás, complacido de presenciar estas escenas, dijo en tono conciliador: -No tenga Vd. cuidado, yo no me separo de él... Es menester evitar á cualquier precio una desgracia. 174 REVISTA IBÉRICA. Y con esto se animó hasta el punto de co- gerle una ruano besársela. Ella lo consintió. Estaba rendida; si Damour la hubiese cogido del brazo, se hubiera ido con él. En esto, se oyeron los pasos de dos hombres que atravesaban la tienda. Un mozo cortaba á grandes golpes de machete un trozo de car- nero y varias voces gritaban números. Enton- ces el instinto de buena comerciante la llevó al escritorio cerrado por luciente cristalera, y sentóse allí, muy pálida, pero tranquila como si nada hubiese ocurrido. -¿Cuánto tengo que cobrar? preguntó. -Siete francos y cincuenta céntimos. Y Felisa devolvió el cambio. IV. Al dia siguiente tuvo Damour un golpe de fortuna. El picapedrero le colocó de guarda en las obras del Hotel-de-Ville. Así tuvo oca- sion de vigilar el monumento á cuyo incendio habia contribuido diez años antes. Era un trabajo suave, una de esas ocupacio- nes embrutecedoras que engordan. Durante la noche paseaba por los andamios, escuchaba los ruidos y á veces se dormia so- bre los costales de yeso. Ya no hablaba de vol- ver á los Batignoles, cuando un dia que Berru fué á convidarle á almorzar, Damour exclamó al tercer litro, que tenia preparado el gran golpe para la mañana siguiente, y en efecto, al otro dia no se movió de las obras. Desde entonces su carácter adquirió cierta regulari- dad, no agriándose ni reclamando sus dere- chos mas que borracho. Cuando estaba en ayunas, permanecia taci- turno y como avergonzado. Berru habia concluido por bromearse con él, acusándole de ser poco hombre. Damour se ponia serio y murmuraba: -¡Hay que exterminarles!... Creo que al final me dará por ahí. Una tarde llegó hasta la plaza Moncey, y despues de haber estado una hora sentado en un banco, volvió á las obras. Durante el dia creyó ver pasar á su hija por delante del Hotel-de-Ville, reclinada en los co- gines de un magnífico landeau. Berru le prometió hacer averiguaciones, con la seguridad de encontrar las señas de Luisa en el término de veinticuatro horas. Pero Da- mour no quiso. ¿para qué _ saberlo? Sin embar- go, la idea de que aquella hermosa jóven tan compuesta, que él habia entrevisto, al trote de dos grandes caballos, fuese su hija, le an- gustiaba el corazon y aumentaba su tristeza. Compró un cuchillo y se lo mostraba á Berru diciendo que era para sangrar al carnicero. Debió gustarle la frase, porque no dejaba de repetirla con una risa burlona. -Yo sangraré al carnicero... A cada uno le llega su vez, ¿no es cierto? Entonces Berru le tenia horas enteras en una taberna de la calle del Temple, para con- vencerlo de que no es lícito sangrar á la fuerza. -Eso seria una torpeza, porque en el acto te prenderian. Y le cogia las manos exigiéndole juramento de no echar sobre su conciencia una accion tan reprochable. Pero Damour insistia con ter- quedad: -No, no, á cada uno su vez... Yo sangraré al carnicero. Pasaban dias y no le sangraba. Un nuevo acontecimiento estuvo á punto de precipitar la catástrofe. Le despidieron de las obras por incapaz: una noche de tormenta se habia dormido y le habian robado una pala. Entonces volvió á tambalearse de hambre; marchaba por las calles, demasiado orgulloso todavía para mendigar, y se paraba á mirar con ojos lucientes los escaparates de los bo- degones. Pero la miseria, lejos de irritarle le abatia. Encorbaba la espalda sumido en tristes reflexiones. Hubiérase dicho que no osaba pre- sentarse en los Batignoles ahora que no tenia una blusa limpia que ponerse. Felisa vivia en continuas inquietudes. La tarde de la visita de Damour no habia querido hablar á Sagnard, y al dia siguiente, arrepen- tida de su silencio, habia tenido remordimien- tos, sin atreverse á hablar. Temblando estaba mañana y tarde, creyen- do á cada momento ver entrar á Damour, y se imaginaba escenas terribles. Lo peor era que algo debian sospechar en la tienda, porque los mozos bromeaban, y cuan- do madame Verdier, con regularidad, venia en busca de sus dos chuletas, tenia un modo de recoger el cambio que asustaba á Felisa. Por fin, una noche, en la cama, se arrojó al cuello de Sagnard, y se lo confesó todo sollo- zando. Refirió lo que habia dicho á Damour: no tenia ella la culpa, puesto que cuando las personas se mueren no deben resucitar. Sagnard, muy verde todavía para sus sesen- ta años, y que ademas era hombre de valor, la consoló. ¡Por Dios! ¿Qué tenia eso de particular? Todo concluiria por arreglarse. ¿Por ventura no se arreglan todas las cosas? Como hombre de dinero, en la plenitud de la vida, experi- mentaba curiosidad por todo. Ya verian al re- sucitado y hablarian con él. La historia le in- teresaba Hasta el punto de que ocho dias des- pues, viendo que Damour no parecia, dijo á su esposa: REVISTA IBÉRICA. 175 -Pero dime, ¿qué es de él? Nos está chas- queando... Si supieses sus señas yo mismo iria á buscarlo. Y habiéndole suplicado Felisa que no se moviese, añadió: -Pero, querida, si es para asegurarte... Estoy viendo que adelgazas. Es forzoso con- cluir. En efecto, Felisa adelgazaba, bajo la ame- naza del drama cuya expectativa aumentaba sus angustias. Un dia que Sagnard reprendia á un mozo que habia olvidado mudar el agua á una ca- beza de ternera, Felisa llegó pálida y balbu- ciente: -Vélo ahí. -¡_Ah, muy bien! dijo Sagnard calmándose en el acto. Pásalo al comedor. Y sin transicion, se dirigió al mozo: -Lávela Vd. bien, que huele mal. Enseguida se dirigió al comedor, donde en- contró á Damour y a Berru. Era una casualidad que hubiesen venido juntos. Berru habia encontrado á Damour en la calle de Clichy; por aquellos dias le veia poco, porque fastidiado de su miseria, no le encontraba chiste. Pero cuando supo que su amigo se dirigia á la calle de los Monjes, habia prorumpido en quejas diciendo que el asunto era tambien suyo y que se lo debia haber advertido. En todo lo largo de la travesia, habia vuelto á sermonearle. Contaba con que no iria allí á hacer majaderias; por un momento se le inter- puso en la acera queriéndole obligar á entre- garle el cuchillo. Damour se encogia de hombros sin ceder terco en una idea fija que no queria comu- nicar. A todas las objeciones respondia: -Ven si quieres, pero no me estorbes. En el comedor, Sagnard dejó de pié á los dos camaradas. Felisa se habia refugiado en la alcoba con sus dos hijos, y detrás de la puerta, cerrada con dos vueltas de llave, permaneció sentada, llena de sobresalto y abrazando á los peque- ños como para defenderlos. Puesto el oido, que le zumbaba por efecto de la misma ansiedad, no entendia palabra; pues ambos maridos, en la inmediata habitacion, estaban cohibidos y se miraban en silencio. -¿De modo que es Vd? acabó por pregun- tar Sagnard, por decir algo. -Sí, yo soy, respondió Damour. Este encontró bien á Sagnard y se sintió empequeñecido. El carnicero no representaba mas de cin- cuenta años; era grueso, de cara fresca, cabe- llo cortado á rape y sin barba. En mangas de camisa y envuelto en un gran mandil blanco como la nieve, habia en él cierto aspecto de alegria y juventud. -Es que .. respondió Damour vacilando, no es á Vd., sino á Felisa á quien yo deseo hablar. Entonces Sagnard logró tener su natural aplomo. -Vamos, amigo, expliquémonos ¡Qué dian- tre! Nada tenemos que echarnos en cara. ¿De qué sirve reñir cuando nadie ha faltado? Damour, con la cabeza baja, miraba fija- mente uno de los piés de la mesa, y con voz sorda murmuró: -Yo no le busco á Vd.; puede Vd. marchar- se... A Felisa es á quien deseo hablar. -Eso no, Vd. no ha de hablar con ella, dijo tranquilamente el carnicero. No quiero que me la ponga Vd. mala cono la otra vez. Ha- blemos solos._ Por lo demás, si Vd. es hom- bre de razon, todo irá bien. Supuesto que us- ted afirma que todavía la quiere, fíjese usted en la situacion, reflexione, y obremos en bien suyo. -¡Silencio! interrumpió violentamente Da- mour. No se meta Vd. en nada ó todo se va á echar á perder. Habia adelantado algunos pasos en actitud de amenaza, cuando Berru, pensando que se buscaba el cuchillo en la faltriquera, se arrojó entre los dos haciéndose el precavido; pero Damour lo rechazó con furia. -¡Déjame en paz tú tambien!.. ¿De qué tienes miedo, idiota? -¡Calma! repitió con prudencia el carnice- ro. Cuando uno se enfada no hace más que disparates... Escuche Vd. Si llamo á Felisa, ¿me promete Vd. ser prudente? Es muy impre- sionable, Vd. lo sabe tan bien como yo... Ni uno ni otro queremos mortificarla, ¿no es cierto?.. ¿Se portará Vd. bien? -Si hubiera venido para conducirme mal, hubiera empezado por extrangular á Vd. con toda su palabreria. Dijo esto en un tono tan profundo y tan sentido, que Sagnard no pudo ménos de con- moverse. -En ese caso, voy á llamar á Felisa... ¡Oh! Yo soy hombre cabal: comprendo que usted quiera discutir con ella el asunto. Está Vd. en su derecho. Y dirigiéndose hacia la puerta de la alcoba, llamó: -¡Felisa! ¡Felisa! Viendo que nadie se movia, porque Felisa, temblando ante la idea de esta entrevista, per- manecia como clavada en su silla, estrechando más fuertemente á sus hijos, concluyó por im- pacientarse. -¡Felisa! ¿No vienes?,. Es una tonteria lo 176 REVISTA IBÉRICA. que estás haciendo. Ha prometido ser pru- dente. Por fin sonó la llave en la cerradura y Feli- sa apareció, volviendo á cerrar cuidadosamen- te la puerta, para dejar los niños á buen re- caudo. Hubo un nuevo silencio, sin duda por cor- tedad. Aquel era el peor golpe, segun creia Berru. Damour habló en frases lentas que se em- brollaban, en tanto que Sagnard, de pié junto á la ventana, levantando con los dedos uno de los blancos visillos, hacia como que miraba hácia fuera, con objeto de mostrarse hombre de mundo. -Oye, Felisa; bien sabes que nunca he sido un malvado; tú misma puedes decirlo... y no es ciertamente hoy el dia en que he de empe- zar á serlo. En un principio hubiera deseado exterminarles aquí á todos; pero despues me he preguntado qué adelantaré con eso... Lo mejor me parece dejarte escoger. Nos amolda- remos á lo que tú determines. Sí; puesto que los tribunales con su justicia nada pueden ha- cer por nosotros, tú misma nos dirás qué es lo que más te agrada... Responde: ¿con cuál de los dos quieres irte? Felisa no pudo responder. La emocion le ahogaba. -Está bien, continuó Damour en la misma voz sorda; ya comprendo: es á él á quien pre- fieres... Al venir aquí sabia el giro que esto habia de tomar. No te solicito; en medio de todo, tienes razon. Estoy perdido... no tengo nada .. en suma, no me quieres... mientras él te hace dichosa, sin contar que además tiene los dos niños... Felisa lloraba conmovida. -Haces mal en llorar; esto no es darte que- jas. Los acontecimientos han venido así, ¿qué hacer? Te queria ver para decirte que podias dormir tranquila. Habiendo ya elegido, no vol- veré á molestarte... hemos concluido; no vol- verás á oir hablar de mí. Ya se dirigia hacia la puerta cuando Sag- nard, sumamente impresionado, le detuvo ex- clamando: -¡Ah! ¡Es Vd un valiente!.. No hay que marcharse de ese modo. Usted comerá con nosotros. -No, gracias respondió Damour. Berru, sorprendido por este agradable des- enlace se mostró escandalizado cuando Da- mour rehusó la invitacion. -Al ménos beberemos una copa, insistió el carnicero. ¡Qué diantre! Acepte Vd. un vaso de vino en esta casa. Damour se negó á ello. Lanzó una lenta mi- rada por todo el comedor, limpio y alegre, con sus muebles de roble claro; despues, fijos los ojos en Felisa, que con la faz inundada de lá- grimas le suplicaba, dijo: -Sea, pues. Sagnard muy animado prorrumpió: -¡Pronto, Felisa, vengan copas! No hace falta la criada. Cuatro copas. Es menester que tú tambien bebas. ¡Ah compañero! es Vd. muy amable en aceptar; no puede Vd. figurarse el placer que me da en ello; yo estimo á los bue- nos corazones; lo declaro, es Vd. hombre de buenos sentimientos. En tanto Felisa, con temblorosas manos, buscaba las copas y un litro en el aparador. Estaba mareada: no encontraba los objetos. Fué forzoso que Sagnard le ayudase. Cuando estuvieron llenos los vasos, todos cuatro en re- dedor de la mesa brindaron. -¡Por la de Vd.! Damour enfrente de Felisa tuvo que alargar el brazo para chocar su copa. Ambos se mira- ron mucho con todo el pasado en los ojos. Ella temblaba de tal modo, que se oyó sonar en el cristal de la copa ese ligero castañeteo de dientes que caracteriza las fuertes calenturas. Ya no se tuteaban: estaban como muertos, no quedándoles más que la memoria -¡Por la de Vd.! Y mientras los cuatro bebian en silencio, se oyó la voz de los niños que estaban en la ha- bitacion inmediata. Jugaban al escondite, dando _gritos y risotadas. Despues empezaron á golpear la puerta: ¡Mamá! ¡mamá! -Ea, pues. ¡Todo el mundo con Dios! dijo Damour, dejando la copa sobre la mesa. Se marchó. Felisa, de pié, pálida, le miró partir mien- tras Sagnard acompañaba cortesmente á los señores hasta la puerta. V. _ Ya en la calle Damour, echó á andar tan de- prisa, que á duras penas podia Berru seguirle. El pintor se enfadaba. Al fin del bulevar de los Batignoles, cuando vió á su compañero de- jarse caer rendido sobre un banco y permane- cer allí con las mejilla blancas y la mirada fija, desahogó todo lo que le bullia en el pecho. El, cuando ménos, hubiera arañado al bur- gués y á la burguesa. Le escandalizaba el ver á un marido ceder de esa manera su mujer á otro sin la menor protesta. Era preciso ser muy... para consentir aquello. Y citaba el ejemplo de otro comunista que habia encontra- do á su mujer arreglada con un caballero par- ticular. ¿Y qué? Ambos viven juntos con la esposa muy bien avenidos. Las gentes se en- tienden y nadie se deja burlar. -Tú no comprendes, respondió Damour. REVISTA IBÉRICA. 177 Márchate tambien, puesto que no eres mi amigo. -¡Que no soy tu amigo! Reflexiona un poco. ¿Qué va á ser de tí? No tienes á nadie; te en- cuentras en la del rey como un perro, y pere- cerás si no te saco adelante... ¡Que no soy tu amigo! Si yo te abandono no te queda más re- que meter la cabeza debajo del brazo, como las gallinas que han terminado sus días. Damour hizo un gesto de desesperacion. En efecto, no le quedaba más recurso que tirarse al rio ó dar motivo pora que le prendiesen. -¡Bien! continuó el pintor; soy tan amigo tuyo, que te voy a llevar á un sitio donde en- contrarás mesa y mantel. Y se incorporó como cediendo á una súbita resolucion, llevándose á la fuerza á su compa- ñero que balbucia: -¿A dónde? ¿á dónde? -Ya lo verás... Puesto que no has querido comer con tu esposa, comerás en otra parte... Vuelve en tu juicio, porque no pienso consentir que cometas dos necedades en un mismo dia. Marchó con rapidez, descendiendo por la calle de Amsterdam. En la de Berlin se detuvo delante de un hotel, llamó y preguntó á un la- cayo si estaba en casa madame Souvigny, y viendo que el criado vacilaba, añadió: -Diga Vd. que soy Berru. Damour le seguia maquinalmente. Aquella inesperada visita, aquel suntuoso hotel, le mareaban completamente. Subió. De repente se encontró en los brazos de una jóven rubia, muy linda, á medio vestir, con un peinador de encaje. -¡Papá, es papá! ¡Ah, qué amable ha sido usted obligándole á decidirse! Como buena hija, no mostraba repugnancia por la vieja blusa de su padre, en aquella cri- sis de ternura filial que le hacia batir palmas. Damour, sorprendido, no la conoció hasta que Berru le dijo: -¡Si es Luisa! -¡Ah, sí!.. Es Vd. muy amable... No se atrevía á tutearla. Luisa le hizo sentar- se en un sofá, y ordenó que no recibiesen á nadie. El padre en tanto miraba la habitacion tapizada de cachemira y amueblada con una delicada riqueza que le enternecia. Y Berru, triunfante, le dijo golpeándole la espalda: -¿Eh? ¿Dirás todavía que no soy tu ami- go?.. Bien sabia yo que habias de necesitar á tu hija; he procurado averiguar sus señas, y cuando supo tu historia, me dijo al punto: ¡Traelo! -¡Ah, sí! ¡Pobre padre mío! ¡Cuánto te quie- ro! Verás qué bien lo pasamos, con tal que no hablemos nunca de política. Por de pronto, vamos á comer juntos. ¡Ah, qué gusto! Luisa se sentó junto á las rodillas de su padre. Éste, sin fuerzas para resistir, experi- mentaba un bienestar delicioso. Bien hubiera querido rehusar, porque no le parecia decente comer en semejante casa; pero no tuvo bastan- te energía. La dulzura de Luisa y el atractivo que sobre él ejercían sus pequeñas y blancas manos, le sujetaban. -Vamos ¿aceptas? repetía Luisa. -Sí, dijo al fin, en tanto que dos ;mesas lágrimas corrian en sus mejillas arrugadas por el hambre. Cuando pasaban al comedor, anunció un criado que habia llegado el señorito. -No puedo recibirle, contestó ella tranqui- lamente. Dígale Vd. que estoy con mi padre... Que vuelva, si gusta, mañana á las seis. La comida fué admirable. Berru estuvo ocur- rentísimo y Luisa reía hasta saltársele las lá- grimas. Se creia de nuevo en la calle Envier- ges. Damour comió mucho y adormecido por el cansancio y la alimentacion, sonreia con ternura cada vez que sus miradas se encontra- ban con las de su hija. A los postres bebieron un vino dulce y sua- ve algo parecido al champagne, que les mareó. Cuando los criados no estuvieron presentes, los tres, apoyados los codos sobre la mesa, charlaron del pasado con la melancolía de la embriaguez. Berru habia liado un cigarrillo para Luisa, que se puso á fumar. Habló de sus amantes, sobre todo del primero, y por úl- timo, hizo severos juicios acerca de su madre. -Ya comprenderás, dijo al padre, que no puedo verla; se porta muy mal... Si quieres iré á decirle la manera indigna que ha tenido de echarte. Pero Damour declaró solemnemente que Fe- lisa no existía para él. De repente Luisa se levantó, diciendo: -A propósito, voy á traerte una cosa que te ha de gustar. Desapareció y volvió al momento, presen- tando á su padre una vieja fotografía amarillen- ta y rota por los picos. La vista de aquello produjo una fuerte sacudida en Damour, que fijó los ojos, exclamando: -¡Eugenio, mi pobre Eugenio! Pasó el retrato á Berru, y éste, lleno de emocion, murmuró á su vez: -Está muy parecido. Despues tocó el turno á Luisa, que retuvo un momento la fotografía, pero las lágrimas la ahogaban, y la devolvió á su padre, di- ciendo: -¡Oh! ¡Me acuerdo muy bien de él!... ¡Era tan gallardo! Los tres enternecidos lloraron á un tiempo. Por segunda vez pasó el retrato de mano en 178 REVISTA IBÉRICA. mano, en medio de las más conmovedoras re- flexiones. El aire habia ajado mucho la tarje- ta: el pobre Eugenio, vestido con el uniforme de guardia nacional, parecia la sombra de un sér fantástico. Damour, que habia vuelto el retrato, leyó lo que él habia escrito allí en otro tiempo: "Yo te vengaré;" y empuñando un cuchillo de postres, repitió el juramento: -Sí, si, ¡yo te vengaré! -Es para tí, te lo doy, dijo Luisa. Damour puso la fotografia apoyada de canto en la copa, y no cesaba de mirarla. Pasado el incidente, se habló en razon. Luisa, conmovida, deseaba sacar á su padre de apuros. Por un momento habló de recogerlo en su casa; pero esto no era posible y se le ocurrió otra idea: le preguntó si admitiria el encargo de guardar una finca que acababan de comprarle cerca de Mantes. Allí tendria habi- taciones donde vivir muy bien con doscientos francos mensuales. -¡Pues no faltaba más! exclamó Berru acep- tando por su amigo. Si se aburre yo iré á verle. A la semana siguiente Damour se instaló en el Bello-Aire, propiedad de su hija, donde con- siguió al fin una tranquilidad que bien merecia, al cabo de su agitada existencia. Engordaba y se rejuvenecia. Vestido al estilo burgués, tenia el aspecto honrado y bonachon de un ve- terano. Los campesinos le saludaban cortes- mente. Se entretiene en cazar y en pescar con caña. A veces le ven sentado al sol en el borde de un camino viendo crecer los trigos, tran- quilo en su conciencia, como hombre que no ha robado á nadie y que consume unas rentas duramente ganadas. Damour no ha intentado más ver á su esposa. No tiene en el mundo más que á su hija que ha tenido compasion de su anciano padre que es su orgullo y su alegria. ¿,Para qué hacer la menor tentativa de restablecer su esta- do civil? Allí vive perdido, olvidado; no es nadie y no tiene que enrojecerse por los rega- los de su hija; en tanto que si le resucitasen no faltaria quien murmurase de su situacion, y hasta él mismo acabaria por sufrir. De vez en cuando hay gran movimiento en su pabellon. Es que Berru viene á pasarse cua- tro ó cinco dias de campo. Ha logrado en casa de su amigo el rincon que soñaba para el descanso. Caza y pesca con Damour, y se está los dias enteros tendido panza arriba en la yerba cerca de algun arroyuelo. Por la tarde, ambos camaradas hablan de política. Berru lleva de París los periódicos, y terminada la lectura, se ponen de acuerdo respecto á las me- didas radicales que conviene adoptar: fusilar al gobierno, prender á los burgueses, e incen- diar á París para levantar una nueva ciudad, la verdadera ciudad del pueblo. Siempre concluyen por la dicha universal obtenida por medio del exterminio. Al tiempo de acostarse, Damour, que ha puesto en un marco el retrato de Eugenio, se aproxima, lo mira y blande la pipa, excla- mando: -¡Sí, sí, yo te vengaré! Y al dia siguiente, con calmoso continente, vuelve á pescar, mientras Berru, tendido en una rampa, duerme sobre la yerba. Emile Zola. ---- LA CRISIS RELIGIOSA Y EL PESIMISMO. -- "No ha habido epoca más irreligiosa que la nuestra, y, no obstante, con dificultad se en- contrará otra en que las cuestiones religiosas se hayan agitado más profundamente." Estas palabras de Hartmann han acudido á mi memoria al leer la última y muy intere- sante publicacion del catedrático de filosofia de San Isidro, Sr. Gonzalez Serrano, que lleva por título Cuestiones contemporáneas. Y es que el hecho consignado por el ilustre discípulo de Schopenhauer arroja luz vivísima ma para apreciar la dolorosa crísis que afecta y contrista los más nobles espíritus de nues- tro tiempo. Sí; es cierto: jamás el ámbito de lo invisible ha estado más desierto para nuestra fantasia, jamás ha sido tan inaccesible á nuestro anhelo la inmensidad de lo desconocido y sobrehu- mano, como hoy que cien agentes naturales, dominados por la intensísima virtualidad de nuestra inteligencia, salvan distancias y fran- quean los antes intraspasables límites de nues- tros sentidos, desnudos y abandonados á sus propias fuerzas. Seria vano, seria casi criminal negar que este estado de las almas presta alas al dolor y á la desesperanza, que produce la vacilacion, la conmocion profunda de los fundamentos to- dos sobre que descansa la vida moral. Porque con ser grande, con ser útil, no es suficiente la ciencia para llenar las necesida- des del espíritu. Créelo por un instante nues- tra mente envanecida cuando la naturaleza es jóven aún, y ni la duda ni la decepcion la han conmovido; pero presto llega el desengaño cuando la realidad pierde para nosotros el ro- paje con que la revisten nuestros ojos y la pesadumbre nos agobia. Por eso se ha dicho por alguien que toda religion nace de una con- cepcion pesimista del mundo. Y si esto sucede en la vida interior, en la REVISTA IBÉRICA. 179 conciencia individual ¡con cuánto más pode- rosos motivos no podremos afirmar resultado semejante en la vida colectiva! "Todos recuer- dan, dice Hastur, las aclamaciones de alegría con que la democracia socialista acogió en tristes dias los horrores de la Commune pari- sense. Ellos nos demuestran hasta qué punto puede descender el pueblo cuando ha perdido con la religion la única forma bajo la que el idealismo le es accesible." Ahora bien, reconocida la necesidad de que esta crísis tenga un término, y de que el sen- timiento religioso posea un alimento adecua- do, ¿cuál puede ser la natural solucion del problema, cuál el punto á que deben dirigir sus esfuerzos cuantos aspiren á cooperar al logro de este fin, que no es otro que el de lle- var la serenidad á las conciencias y su más fuerte asiento al órden social? Hé aquí el problema planteado por el señor Gonzalez Serrano en su citado libro; problema verdaderamente difícil, oscuro hoy, y oscuro, quizá tambien mañana, y sobre el cual, hu- milde, pero independiente y sincero, emitiré mi juicio; juicio que extrañará, de seguro, á los que en más de una ocasion me vieron lu- char con ardor en las filas de los más resueltos adversarios del pasado; Pero que es lógica y necesaria consecuencia del desarrollo de mi pensamiento. * * * Ante todo conviene establecer la separacion radical que existe entre la esfera religiosa y la esfera científica. Esta es lo asequible á nues- tros sentidos y á su más alta expresion en la razon; aquella es el dominio de lo ignoto y de lo absoluto, eternamente abandonado al senti- timiento y á las facultades á este afines. Decidme: esa eflorescencia de la religiosi- dad-la oracion- tan dulce y grata al cre- yente, ¿qué es para el que en la ciencia sólo ve y sólo puede ver la accion inflexible, la accion incesante de las leyes naturales? "Cuando Strauss nos pide que experimente- mos un sentimiento de piedad religiosa y de amor hácia su universo, que sólo es el com- puesto de todas las sustancias materiales par- ticulares, y que amenaza á cada instante ani- quilarnos entre las ruedas de su implacable mecanismo, encontramos excesiva y cándida la exigencia." Es verdad: amor divino, veneracion, subor- dinacion religiosa, religion, en una palabra, tal como el sentido general de los hombres la entiende, sólo son posibles por la creencia en un Dios personal. Las palabras que pone Goe- the en boca de Fausto, tan citadas para demos- trar lo contrario, son poesía y alta poesía, pero nada más. No se concibe, en efecto, cómo puede bendecirse, cómo puede amarse una naturaleza que obra de manera inflexible, se- gun leyes ajenas á nuestros méritos ó á nues- tros deméritos, madrastra sin piedad que más de una vez, en su actividad ciega, lleva el dolor y la muerte, la humillacion y el infor- tunio, al noble y al virtuoso. La naturaleza sólo respeta al fuerte; el fuerte vive, el fuerte goza. La adoracion de la naturaleza es senci- llamente la adoracion de la fuerza. Y sin embargo - perdonad la digresion -no es digno el incrédulo de censuras que hieran á su alma. Dejemos que la iglesia fulmine con- tra ellos sus anatemas: es su mision; pero no repitais jamás la frase que poco há resonó en el Parlamento español; no digais que el incré- dulo es despreciable, que no tiene conciencia, que para nada debe ser tenido en cuenta, y que es un deber el rechazarlo de todas las esferas de la vida. Que el fervor no os ciegue; que la ca- ridad y la tolerancia hablen en vosotros. La elaboracion del pensamiento, los proce- sos de la razon son necesarios: el incrédulo es irresponsable de su incredulidad. Todos los co- noceis: entre ellos hay almas de temple esco- gido. Buscan la verdad, la buscan con since- ridad, y si son hombres de vasta y escogida cultura, ó imbuidos en tradiciones de honra- dez, conservan íntegro el tesoro de un nom- bre sin mancha. Antes bien, compadecedlos de que en sus angustias y en los críticos momentos de su vida, carezcan de esas luminosas perspectivas que vosotros contemplais y que os fortalecen y alientan. * * * No está, por tanto, la solucion del proble- ma, en la adoracion de un Dios que se identi- fica con las leyes de la naturaleza. Estas se estudian, se utilizan, pero no se adoran. El conocimiento de nuestra subordinacion á ellas, podrá inspirarnos la fria resignacion del es- tóico, pero jamás la celestial esperanza del cristiano. Y el estoicismo no ha penetrado nun- ca, no puede penetrar, producido por la razon, en las masas sociales; áun en los fuertes está sujeto á desfallecimientos. Todos recuerdan la imprecacion de aquel varon fuerte de la anti- güedad, expresion de la suprema duda que hiere con frecuencia, tarde ó temprano, á la virtud. No está tampoco la solucion deseada en las formas religiosas dominantes en el Norte y centro de Europa. El protestantismo, verda- deramente fecundo para el desarrollo de la ciencia y de los intereses de órden material, fué funesto para la vida religiosa. 180 REVISTA IBÉRICA. Oigamos la melancólica declaracion de Lu- tero en los últimos momentos de su vida: "Es cosa extraña, decia, y verdaderamente triste, que desde que la pura doctrina del Evan- gelio ha reaparecido á la luz del dia, el mundo no haya cesado de empeorar. Si yo pudiera to- mar esta responsabilidad ante mi conciencia, aconsejaria y cooperaria más bien para que el Papa con todas sus abominaciones volviera á dominarnos; pues esta es la manera como el mundo quiere ser conducido: por leyes severas y por la supersticion." La negacion más radical en este órden es lógica consecuencia de las negaciones que produjeron la Reforma. Las religiones no se apoyan mi pueden apoyarse en el dato experi- mental y sujeto á demostracion. No se defien- den con la lógica, sino que encuentran eleva- dísima justificacion y razon de ser á nuestros ojos en las más íntimas necesidades del espí- ritu humano. Es locura, es desconocimiento del verdadero estado intelectual de nuestras sociedades, el esperar que brote una nueva religion de la descomposicion de todas las creencias por el influjo, en esta esfera fatal, de la crítica con- temporánea. La civilizacion moderna, con esos grandes auxiliares de la imprenta y del vapor, contiene datos que la distinguen radicalmente de las antiguas. Los dogmas y el culto cristiano pu- dieron sustituir en el siglo I á los dioses del gentilismo. Hoy, el cristianismo es irreempla- zable en los pueblos civilizados. Los ensayos de nuevas religiones nos pare- cen cómicos. Los santos del progreso son, sin duda, hombres dignos de lauro y estimacion; pero de esto á ser objeto de culto hay una in- mensa distancia. Los centenarios modernos tienen algo de simulacro de las solemnidades religiosas; pero en ellos todo es aparente y exterior: en el fondo no palpita nada. Siendo esto así, y pocos se atreverán con sinceridad á contradecirlo, la cuestion queda reducida á estos sencillos términos: O la socie- dad se mantendrá en el seno de la religion cristiana ó será atea. El creer con Hartmann que una nueva reli- gion, en que el panteismo sea la base, puede reemplazar al ideal cristiano, me parece un sueño. ¿Será un hecho ese renacimiento religioso que tantos esperan y que todos consideramos conveniente y bueno?... Sólo puedo decir que se nota algo en la at- mósfera moral que pudiera considerarse como signos del tiempo. El ateismo ha ido creciendo en estos últimos años con marcha verdadera- mente invasora. El lleva el descontento y el grito de rebelion á todas partes; ante él no se justifican las profundas desigualdades socia- les; si alguna vez puede decirse que Dios ciega á los que quiere perder, nunca con más razon que cuando vemos á las clases conservadoras y privilegiadas de la sociedad alentar la rebe- lion religiosa de las muchedumbres. Por eso, ya en todas partes se advierte un movimiento de contencion en ciertos órdenes que tal vez es preludio de un verdadero rena- cimiento del cristianismo. El cristianismo, con su admirable compleji- dad orgánica, puede satisfacer á muchas al- mas. Lleva en su seno una idea invariable, tienen razon sus apologistas; pero es lo cierto que se adapta admirablemente á la más varia- da cultura. El instinto, la necesidad más bien del poli- teismo en las masas, encuentra en sus jerar- quias inagotable alimento. El Dios abstracto reside en las alturas, pero la amorosa Virgen y el Niño-Dios, los santos y los bienaventura- dos, nos fortalecen con su ejemplo y nos ayu- dan con su intercesion. Esto, que yo creo entrever, no debilitará, en modo alguno el vuelo de la ciencia que se mueve en regiones tan distintas de las que son patrimonio de la religion. Floreció Lucrecio en época de florecimiento aún para el paganismo, y no es de creer que termine la tradicion radicalmente hetero- doxa, ni mucho ménos la exclusivamente científica. Pero una exacta apreciacion de las cosas se- llará más de una vez sus labios. Los ateos á lo Suñer han desaparecido. Los iconoclastas se re- clutan ya en las más bajas capas sociales. El verdadero filósofo sabe muy bien que no son tan distintos como se cree el fenómeno del nóu- meno, la ilusion de la realidad, y que, aunque atrevidas, no son tan erróneas como por algu- nos se ha supuesto ciertas afirmaciones de Hegel. * * * Hubiera querido tratar del pesimismo, si- quiera no fuera más que para combatir algu- nos conceptos emitidos por el Sr. Campoamor sobre esa gran personalidad intelectual de Ar- turo Schopenhauer que, seguramente desco- noce ó no ha llegado á penetrar el ilustre poeta asturiano; pero me lo imposibilita la pre- mura con que me veo obligado á hacer este li- gero trabajo. No quiero, sin embargo, dejar de consignar de acuerdo en esto con Hartmann, que la con- cepcion pesimista, casi pudiéramos decir la concepcion real, del mundo, es y será firmísi- mo auxiliar del renacimiento religioso. Los pesimistas modernos y los grandes místicos REVISTA IBÉRICA. 181 cristianos son de una familia. En efecto, cuan- to más multiplica la humanidad los medios de que dispone para hacer agradable la existen- cia, más se convence de la imposibilidad de sobrellevar de este modo la angustia de la, vida y alcanzar la felicidad ó siquiera tan sólo el contento. "Un período ascensional de las cosas huma- nas puede ser optimista, en tanto que conser- va la esperanza de conseguir y disfrutar la dicha; pero desde el instante en que el fin se ha alcanzado, el pueblo que lo perseguia ad- vierte que no ha progresado en la felicidad y que sólo ha conseguido acrecentar las necesi- dades que lo consumen y lo atormentan." Estas palabras del filósofo pesimista aleman encierran una realidad amarga y una ense- ñanza que viene á fortalecer mi creencia de que se acerca el momento de la necesaria re- novacion de los sentimientos religiosos, verda- dero lenitivo del dolor y de la tristeza insepa- rables del hombre. Eduardo Sanz y Escartin. ---- EL DARWINISMO Y LA FILOLOGÍA. -- Carta al Dr. Ernst Hœkel, escrita por Augst Schleicher. - (Conclusion) Pero hé aquí la cuestion. ¿Puede suponerse que hayan existido realmente semejantes for- mas en algun tiempo? ¿Quién os da la razon, filólogos? ¿Quién os asegura que sean exactas vuestras deducciones de lenguas primitivas y lenguas madres de las formas lingüísticas en cuestion? Más aún. ¿No podrian considerarse vuestras madres primitivas como débiles produc- tos de la imaginacion? ¿Por qué asegurais tan- to y tan de acuerdo os ponéis al afirmar la va- riabilidad de las especies, la divisibilidad de una forma en muchas durante un cierto espacio de tiempo, mientras que nosotros los zoólogos y botánicos discutimos no poco sobre dicha cues- tion, combatiendo muchos de entre nosotros la lucha por la existencia, considerando al sér como invariable, y condenando á Darwin que piensa de los animales y plantas justamente lo mismo que vosotros pensais de vuestras especies filo- lógicas? Respuesta. Cuanto á la observacion relativa al orígen de las formas, lingüísticamente ha- blando, en una primitiva, podernos decir que está perfectamente establecida. Verdadera- mente que en éste punto llevamos los filólo- gos una gran ventaja sobre los naturalistas; muy claramente podemos demostrar que una infinidad de idiomas y dialectos se han deriva- do de lenguas conocidas. Podemos, además, seguir algunas lenguas y familias lingüísticas en sus variaciones durante muchos siglos, gracias á los escritos que trasmiten fielmente la imágen de sus formas primitivas. Esto sucede con la lengua latina, por ejem- plo; conocemos muy bien el latin antiguo, como probado está que en él tomaron orígen las lenguas romanas, sea por variaciones (vos- otros diriais por cruzamientos), sea por in- fluencias ejercidas por otras lenguas. Conocemos tambien el indio primitivo, sus derivadas, y más aún, su rama directa, el in- dio moderno. Tenemos, pues, sólidas y segu- ras bases de observacion. Lo que deduzcamos para aquellas lenguas que, gracias á convenientes documentos de anteriores épocas, felizmente conservados, po- dremos observar durante un cierto período, puede aplicarse tambien á los demás grupos de lenguas que se alejan igualmente de sus formas primitivas. Vemos, pues, directamente por esta serie de observaciones, que las lenguas varian conti- nuamente; debiendo tal seguridad á los escri- tos que nos han legado los antiguos. Si no se hubiese inventado la escritura has- ta nuestros dias, probablemente no hubiesen asegurado nunca los filólogos, que lenguas tales como el ruso, el aleman y el francés, pro- cediesen de una ú otra de ellas. Quizá no se hubiese concebido, en manera alguna, un orí- gen comun para algunas lenguas, que tienen mucha afinidad admitiendo la variabilidad del lenguaje. Sin documentos. estariamos más atrasados que los zoólogos y botánicos, que tienen á su disposicion restos de tipos primitivos, y cuyos sujetos científicos se prestan en general á la observacion mucho más fácilmente que el len- guaje. Pero gracias á los escritos, tenemos más materiales que los naturalistas, con la ventaja de que estos materiales se aproximan más á la naturaleza primitiva de la especie. Muy posible es tambien que las variaciones en el lenguaje se efectúen en un espacio de tiempo más corto que las que se verifican en el mundo animal y vegetal. Los zoólogos y botánicos pensarian como nosotros si hubiesen podido llegar hasta ellos colecciones enteras de ejemplares bien conservados, es decir, con piel y pelo, hojas, jugos, fruto, etc., aunque sólo hubiese sido en algunos géneros. Las relaciones lingüísticas están perfecta- mente apropiadas para la demostracion del orígen de las especies, sea en algunos grupos ó sólo en uno fundamental, instruyéndonos provisionalmente sobre algunas regiones de la ciencia faltas de hechos consignados. La diferencia relativa del material de obser- vacion entre el mundo del lenguaje y el ani- 182 REVISTA IBÉRICA. mal vegetal es solamente cuantitativa, segun se dice, más no en cualidad, pues es un hecho la propension al cambio entre los animales y entre las plantas. Por lo que hasta aquí hemos visto sobre la trasformacion de una forma primitiva en otras muchas, division progresiva y gradual, deri- vándose. por consiguiente, unas formas de otras, no podemos establecer separacion pre- cisa entre las diversas denominaciones de len- gua, idioma, dialecto y subdialecto, corres- pondientes á los diferentes períodos de di- vision. Las divisiones que se han indicado con esos términos, se han formado gradualmente, yen- do la una comprendida en la otra y siendo de naturaleza distinta en cada grupo de lenguas. Así, por ejemplo, las lenguas semíticas están realmente en otras condiciones de afinidad que las indogermánicas, y áun el carácter de analogía de ambos grupos se distingue muy claramente del de las lenguas finesas (finés, lapon, magyar, etc.) En esta cuestion no hay, pues, métodos pre- cisos, puesto que ningun filólogo puede dar una definicion de lengua con relacion á dia- lecto, etc. Lo que unos llaman lenguas desig- nan otros como dialectos y vice-versa. Aun en la region tan bien estudiada de las lenguas indogermánicas no se suministran datos con- venientes para esta separacion; muchos lin- güistas hablan de dialectos eslavos, mientras que otros los denominan lenguas; tambien se han calificado de dialectos algunas lenguas de la familia germana. Mas esto no debe extrañar, pues lo mismo absolutamente sucede en zoología y botánica con las nociones correspondientes de especie, subespecie y variedad. Darwin se expresaba de la manera siguiente sobre este particular: "Todavía no se ha demarcado un límite fijo, ni entre especie y sub-especie, cuyas formas se asemejan y segun la opinion de algunos natu- ralistas se aproximan mucho en algunos gé- neros, mas sin llegar empero á igualarse com- pletamente, ni entre sub-especies y ciertas variedades, y finalmente, ni entre simples va- riedades y variaciones individuales. Estas di- ferenciaciones están comprendidas las unas en las otras en serie tan ordenada, que despierta la idea de una transicion bastante definida." Basta solamente cambiar las calificaciones de especie, sub-especie y variedad por las correspon- dientes usadas en filologia (lengua, dialecto, subdialecto), para ver cuánta razon tiene Darwin al expresarse así; pues claramente se observa en algunos grupos de lenguas, cuya generacion hemos expuesto con un ejemplo. ¿Se verifica esto de igual modo en el carác- ter primitivo de los géneros lingüísticos ó en la naturaleza originaria de las lenguas ya per- didas que fueron madres de grupos? ¿Se re- produce aquí el mismo fenómeno que hemos observado en las lenguas de un grupo? ¿Des- cienden acaso tambien estas lenguas madres de una fundamental comun y esta de una pri- mordial? Cuestiones son estas que estarian más de- terminadas si, valiéndonos de sus derivadas, hubiésemos deducido por las leyes que rigen la vida del lenguaje, de una serie más exten- sa de grupos lingüísticos, la forma primitiva del género. En esta cuestiones se incurre hoy en dia en tantos errores como antes; sin em- bargo, han llegado á adquirirse algunas defi- niciones para la observacion de las lenguas existentes. La diferencia entre los individuos es, como en los grupos lingüísticos, tan grande y tan acentuada, que ningun observador imparcial puede suponerles un orígen comun. Nadie podia presentar, por ejemplo, una lengua que claramente se vea ser orígen del indogermá- nico y el chino, ó el semítico y el hotentote; ni tampoco la forma primitiva de los troncos aproximados á que corresponden algunos gru- pos análogos en su manera de ser; no deduci- mos, por ejemplo, el semítico y el indogermá- nico de su lengua fundamental, para luego erigirlas en madre de lenguas dispersadas ya. Podemos, pues, suponer casi imposible, por decirlo así, la derivacion material de una úni- ca forma fundamental. Pero el caso varia con relacion á la forma lingüística. Todas las lenguas organizadas im- portantes, por ejemplo, la madre del indoger- mánico, que perfectamente deducimos, mues- tran evidentemente por su construccion que han provenido por desarrollos graduales de una forma más simple. La construccion de toda lengua enseña que su forma primitiva era en realidad la misma que la que, aún hoy, se conserva en algunas lenguas, cuya cons- truccion es muy sencilla (en la china, por ejemplo). En resúmen, el orígen de toda lengua fué, probablemente, signos, símbolos simples de percepciones, ó de conceptos, ó de ideas, en cuyas relaciones podrian llenar por sí misma las funciones gramaticales, sin que estuviesen secundados por alguna diccion sonora, en otros términos, por un órgano. En estos inmemo- riales escalones de la vida lingüística, escalo- nes que tanto se diferencian entre sí, no exis- tia ni verbo, ni nombre, ni conjugacion, ni declinacion, etc. Ensayemos á aclararlo con un ejemplo: En el primer período de formacion de la len- gua indogermanica, era dha la forma en que se presentaban las palabras alemanas Tha, gethan, REVISTA IBÉRICA. 183 thue, thœter, thœting (1); de las raíces comu- nes á todas estas palabras deducimos dha (2). Por carecer de espacio no nos detenemos en demostrarlo; además, todos los lingüistas estan conformes en ello. Algo más tarde, cuando la lengua indoger- mánica hubo alcanzado un cierto grado de desarrollo, se formaron las raíces, que expre- saban ciertas relaciones, aunque todavía no constituian palabra, repitiendo tambien algu- nas veces una raíz para añadirla a otra; por ejemplo, para designar la primera persona del presente, se decia dha dha ma, de donde, sea por la fusion de los elementos en un todo (ele mentos variables, por consiguiente), sea por la propension al cambio, de dichas raíces, for- móse en un cierto período de la vida del len- guaje la palabra dhadhami (3). Las diversas relaciones gramaticales se fun- dan en estas antiquísimas raíces, principal- mente las verbales y nominales, así como sus modificaciones que, áun entonces, no se ha- bian separado; es un hecho que observamos claramente en las lenguas estacionarias, es decir, en aquellas que no han alcanzado más que un muy simple grado de desarrollo; tam- bien podemos verlo en el ejemplo citado. Podriamos demostrar con hechos que las raíces desempeñan el papel de células lingüís- ticas, células que todavía no constituyen ór- gano especial alguno que haga el papel de nombre, verbo, etc., y del cual estas funcio- nes (las relaciones gramaticales) no se han separado. Lo mismo sucede en los organismos unice- lulares ó en las vesículas de los grandes seres vivientes con las funciones de digerir y res- pirar. Hemos adoptado, pues, un orígen comun para todas las lenguas. Cuando el hombre descubrió que la accion del sonido y las voces onomatopéyicas eran susceptibles de recibir significacion, no eran entonces dichas voces más que simples for- mas sonoras, que carecian de relaciones gra- maticales. Mas este material sonoro, prescin- diendo de aquello que expresaba, fué el orígen del lenguaje, tan diferente en los diferentes pueblos. De aquí proviene la diferenciabilidad del lenguaje que se ha formado en dichos prin- cipios. -------------------- (1) That, hecho accion; gethan, part. p. del verbo hacer (thun); thue, haz tú, del mismo verbo; thæter, autor de una accion; thæting, activo. (2) Significaba poner, hacer; dha, en indio antiguo, da en baktrico antiguo; de en griego; de en lituanio y eslavo; da en gótico; ta en alto aleman. (3) Dádahmi, en indio antiguo; dadhami, en baletrico antiguo; ??d?µ?, en griego; tom, tuom, por tetomi en alto aleman antiguo; thuc en el aleman moderno. Por esto suponemos la pluralidad de las len- guas primitivas, pero admitiendo para todas ellas una forma comun. Probablemente suce- derá lo mismo, poco más ó menos, con el orí- gen de los organismos animales y vegetales; la forma primitiva de éstos es la simple célula, como la simple raíz es la del lenguaje. En su orígen la célula no constituia ni ani- mal, ni planta, formas las más interesantes de la vida orgánica, su desarrollo se verificaria en diversos sentidos; lo mismo sucederia con las raíces del lenguaje. Podemos, en el trascurso de los tiempos his- tóricos, observar que las lenguas varían igual- mente tanto en los hombres que viven en ho- mogéneas condiciones, como en todos los in- dividuos susceptibles de expresar ideas; así, pues, deducimos en consecuencia que el len- guaje se formó de la misma manera en los in- dividuos de igual naturaleza. Los métodos superiores, desarrollados por la ciencia, nos permiten deducir lo desconocido de lo conocido; es, pues, contrario á la lógica suponer leyes distintas de vida para las épocas inaccesibles hoy en dia á la ciencia. Las lenguas se forman tambien bajo distin- tas condiciones, y verdaderamente hay mu- chas probabilidades para que a diferenciacion del lenguaje esté en razon directa de las va- riaciones y relaciones de la vida del hombre en general. La distribucion del lenguaje sobre la tierra demuestra una severa conformidad á determi- nadas leyes; lo que llamamos lenguas aproxi- madas deben ser aquellas que hablaban hom- bres que vivian en distintas partes de la tierra y que mantenian relaciones entre sí. Considerando, pues, un punto de partida, las lenguas deben haberse agrupado en mayor ó menor cantidad segun la mayor ó menor distancia á dicho punto de partida, variando continuamente, diferenciándose cada vez más de su orígen y desarrollándose segun las con- diciones climatológicas y las de la vida en general. Aún todavía nos parece observar vestigios de la distribucion normal del len- guaje; así, pues, las lenguas americanas de la América del Sur presentan evidentemente un tipo comun; igualmente, en el continente europeo asiático, las lenguas que por prioridad histórica se han separado, pertenecen proba- blemente á grupos lingüísticos semejantes. Por ejemplo, las lenguas indogermánicas, finesas, turcotártaras, mongólicas, manchurias y áun dekha- nicas, presentan su construccion por medio de partícula; todo elemento de composicion, toda expresion de relacion, se expresa en el sonido final de las raíces, no antes ni en ellas (1). -------------------- (1) Una excepcion á esto es, por ejemplo, el aumento 181 REVISTA IBÉRICA. Hablando más clara y brevemente, designa- remos con la letra R una raíz cualquiera, con p una ó varias prefijas, con i una ó más infijas y con t un número determinado de termina- ciones. La forma vocabular de todo grupo lingüístico se puede representar con el símbolo mor- fológico R t; en el grupo indogermánico esta- ria mejor representado por R x t, si R x repre- senta una raíz arbitraria, regular y variable; es decir, susceptible de aumento y disminu- cion, pues de esta manera se expresa mejor su término de relacion. Por ejemplo (1): band, bund, bind-e; flug, flieg-e, flog; grab-e, grub; riss, reiss-e; ? ?? p??, ?e?p ?, ?????p-?, etc. Los otros grupos lingüísticos presentan ge- neralmente más de una forma de vocablos: el semítico, por ejemplo, nos da las siguientes: R x, p R x, R x t, p R x t, etc. Esta construc- cion del indogermánico, que expresamos con el símbolo p R x (construccion por prefijas), se reproduce igualmente en el semítico, que en este punto se asemeja mucho al indogermáni- co. Estos dos grupos son los solos conocidos á quienes pertenece la forma radical R x. Consideramos como efecto del tiempo en la primitiva vida del lenguaje, la sorprendente concordancia que existe en la construccion de las lenguas pertenecientes á grupos lin- güísticos colindantes geográficos. Creemos deber admitir la proximidad en la multitud de orígenes de tales lenguas, cuyos principios formativos son en realidad los mismos. Asi- mismo la flora y la fauna de cualquier parte determinada del globo presentan tambien un tipo especial propio. Vemos extingirse continuamente en los tiempos históricos especies y géneros lingüís- ticos, dando lugar á que otras especies y otros géneros se desarrollasen á expensas suyas. Como ejemplo, podremos citar el gran desar- rollo de los grupos indogermánicos y la deca- dencia de los idiomas americanos. Cuando en la antigüedad se hablaban las lenguas, por pueblos relativamente pequeños, la extincion de formas lingüísticas pudo quizá haber sido en mayor grado, pero tambien mucho más desigual. Ahora bien; las lenguas organizadas más importantes, las indogermánicas, por ejemplo, deben haber existido desde muy antiguo; varias causas parecen demostrar- lo: primero, su gran desarrollo; segundo, su -------------------- en los verbos indogermánicos, pero este aumento sólo es aparente; asunto es este muy extenso para que encuentre cabida aquí Das Augment vgl. 3 B. Comp. d. vgl. Gr. d. indog. Spr. § 292 § .567 III Aufl. S. 738. (1) Band, ligamento; bund, liga, alianza; binde liga, vendaja; flug, vuelo, huida; fliege, mosca, flog, volaba; grabe, cavo, del verbo cavar; grub, cavaba, del mismo; riss rompía, reisse rompo. ya dicha forma senil, que áun hoy existe, y en general, la conocida lentitud de variabili- dad del lenguaje; dedúcese, pues, que el pe- ríodo anti-histórico de la vida del lenguaje, debió haber sido mucho más largo que el his- tórico. Claro es que el período histórico es el que empieza con la invencion de la escritura. Por cada desaparicion de órganos lingüisti- cos en general, por cada interrupcion de rela- ciones lingüísticas, tenemos, pues, un espacio de tiempo muy largo, período que podemos suponer de muchos millares de años (1). Du- rante estos períodos desaparecieron probable- mente muchas más especies lingüísticas de las que actualmente existen. Sólo así se comprende la posibilidad de un gran desarrollo en un determinado grupo de lenguas, por ejemplo, en el indogermánico, fines, malayo, africano del Sur, etc., cuyos grupos se diferenciarian considerablemente en los gran- des países. Darwin admite tambien hechos semejantes en los reinos animal y vegetal, denominándo- los la lucha por la existencia. Multitud de formas orgánicas debieron ha- ber desaparecido en esta lucha, dejando lugar á otras privilegiadas. Oigamos al mismo Dar- win (2): "Las principales especies de los gru- pos superiores, se esfuerzan en dejar varieda- des á la posteridad, formándose así nuevos grupos y subgrupos, como estos son propor- cionales, las especies declinan en un número menor de grupos potentes y á causa de la im- perfeccion comun que heredan, se extinguen sin dejar variedad alguna sobre la superficie de la tierra. "Esta completa extincion de especies puede ser muy bien una operacion lentísima, pudien- do algunas especies continuar existiendo ais- ladas en apartados lugares, cuyas especies desaparecerán probablemente (3). Toda espe- cie que muere, desaparece para siempre; es un término perdido de la serie de generaciones. De esta manera podemos, pues, concebir, que el desarrollo de las formas actuales de la vida, variables con la magnitud del tiempo, pueble la tierra de formas modificadas muy se- mejantes, las cuales prosperan á su vez, de modo que cada especie venga á ocupar el lu- gar que le corresponda en la lucha por la exis- tencia." -------------------- (1) Ugl. Deutsche Sprache S. 41 flg. (2) Ueber die Entstehung der Arten im Thier-nnd Pflanzenreich durch naturliche Zuchtung oder Erhal- tung der vervollkommneten Rassen in Kampfe ums Dasein. Ubersetzl von Bronn. S. 350 flg. (3) Esto sucede generalmente si las lenguas que ha- blan los pueblos de las montañas, por ejemplo, el vas- cuence, resto de una lengua primitiva dispersada; lo mismo sucede en el cáucaso. REVISTA IBÉRICA. 185 Sin cambiar una sola de estas palabras, po- demos aplicarlas al lenguaje. Darwin pinta en ellas el orígen mismo del lenguaje en la lucha por la existencia. En el actual periodo de la vida de la humanidad, las vencedoras en estas luchas son las lenguas del tronco indogermá- nico; contínuamente se están desarrollando y absorbiendo para alimentarse una gran canti- dad de otras lenguas. Su multitud de especies y subespecies muestran claramente la gran magnitud del árbol que forman. Con esta enorme pérdida de lenguas des- aparecieron infinidades de formas intermedia- rias; con la emigracion de los pueblos han va- riado considerablemente las relaciones pri- mordiales; muchas lenguas, tan distintas hoy en su forma, quizá ayer fueron hermanas de territorio, aunque no se les conozca miembros intermediarios. El vascuence, por ejemplo, lengua indogermánica, difiere completamente de las demás lenguas europeas. Darwin se expresa lo mismo cuando habla del reino animal y vegetal. Tales son, querido amigo, los pensamientos que en mí despertaron la obra de tu venerado Ch. Darwin, cuyas doctrinas tan ardientemen- te defiendes y tantos esfuerzos haces por pro- pagar lo que, como á mi, te ha valido el ódio colérico del mundo fanático. Métodos claros y comprensibles constituyen las teorías darwinistas, métodos perfectamente aplicables á las ciencias naturales en general, y entre ellas al lenguaje. El reino del lenguaje se aproxima tanto al animal y vegetal, que la totalidad de las ideas de Darwin sobre éstos se aplica enteramente á aquel, teniendo el mismo valor para todos. Mas en lingüística es más incontestable el ori- gen de las especies por diferenciaciones gra- duales y la conservacion de los organismos en la lucha por la existencia. Los dos puntos principales de las teorías de Darwin se divi- den, pues, en otros muchos conocimientos de la especificacion que se confirman en un círcu- lo concéntrico y que originariamente no se tomaria en consideracion (1). Por la traduccion directa del aleman, Pedro de Melo y Novo. NOTA. Véase el cuadro de la pág. 192. ----- REVISTA POLÍTICA EXTERIOR. -- La enfermedad del conde de Chambord; la agitacion en los partidos mo- nárquicos franceses.-Probables consecuencias de la desaparicion del pretendiente - Situacion interior de Austria; trabajos de evolucion lenta; sus consecuencias con respecto á Alemania -E1 partido liberal inglés; peligros en lontananza.-Los revolucionarios rusos. Es muy posible, casi seguro, segun todas -------------------- (1) Darwin habla brevemente del lenguaje y consi- dera lógicamente que las relaciones de afinidad de las lenguas no son sino una ratificacion de sus teorías. las alarmantes noticias que se reciben de las cercanías de Viena, que cuando este artículo llegue á conocimiento de los lectores de la REVISTA IBÉRICA, haya dejado de existir el con- de de Chambord, que lucha entre la vida y la muerte hace muchos dias, y á quien no hay poder humano que salve, en concepto de las eminencias médicas que lo asisten en su do- lorosa enfermedad. Esta se manifestó en tér- minos tales, que desde luego se creyó inmi- nente el desenlace fatal que se aguarda de un momento á otro, y desde aquel instante la fa- milia política de que es jefe el conde de Cham- bord, el partido legitimista francés, conster- nada, se entrega á multitud de conjeturas y vaticinios sobre las consecuencias que podrá acarrearle semejante irreparable pérdida. Los demás partidos monárquicos en Francia no pueden permanecer indiferentes ante la probabilidad de esa desgracia para sus congé- neres, y alguno de ellos, el orleanista, con- vencido de que su jefe el conde de París es el indicado para recoger la herencia política del de Chambord, hablan ya de la fusion de ambas fracciones agrupadas en torno de una misma bandera y de un mismo jefe, para. combatir las instituciones republicanas y restaurar la mo- narquía francesa. Los imperialistas consideran que si tal sucediese, el problema para ellos tambien quedaria algo simplificado, por aque- llo de que cuantos ménos pretendientes, más probabilidades de triunfo hay para los que quedan. Por lo que á política colonial respecta, y hoy por hoy es indudablemente la que más interés presenta, el gabinete de París debe es- tar satisfecho hasta la saciedad del buen re- sultado que sus medidas producen en todas partes. La cuestion de Madagascar ha pasado de moda, si se me tolera la frase, porque In- glaterra, convencida de lo injusto de la inter- vencion que meditaba, y quién sabe si atónita al ver la energía de los franceses, ha creido conveniente desistir de su actitud, y dejar que realicen sus propósitos en la gran isla malga- che. Otro tanto sucede en la frontera de la China. De un dia á otro habrán llegado al Ton- kin las tropas que el ministerio francés envia- ra en auxilio de sus hermanos de Hanoi, y tan pronto como desembarquen, las operaciones militares, darán comienzo. El resultado de éstas no puede para nadie ser dudoso; el triun- fo de los derechos de Francia es en mi opinion indiscutible. En el Norte y en la costa occidental del con- tinente africano, pueden los franceses tambien cantar victoria; porque en Tunez su política prevalece, á pesar de los obstáculos que algu- nos países han querido crearle, y en las abra- sadoras orillas del rio Congo el marino Brazza 186 REVISTA IBÉRICA. que tremola la bandera tricolor de la repúbli- ca, ha conseguido ya gran parte de los propó- sitos que llevaba al salir para su última expe- dicion, y puede lógicamente alimentar la esperanza de poner en práctica los demás, sin lastimar intereses ni de Portugal ni de Ingla- terra, que seria lo único que pudiera perjudi- car su accion, por la protesta que de seguro formularian esas dos potencias. * * * Pero volvamos á Europa y fijémonos en la situacion interior de Austria Hungria, que se presta á grandes reflexiones y que no puede ser indiferente á nadie que siga con atencion la marcha de la política exterior, siquiera aquel imperio se halle lejos de nosotros y por lo tanto parezca á primera vista que los acon- tecimientos que allí se desenvuelven no ha- bian de tener más que un interés secundario. No hay que perder de vista que el imperio austro-húngaro es, como dijo Thiers, si mal no recuerdo, el punto estratégico más importan- te de la diplomacia europea. Demás, el cuidado extraordinario que tiene el canciller Bismarck en afirmar los lazos que unen a Austria con Alemania, demuestra que lo mismo opina sobre ese punto el más nota- ble diplomático de los tiempos modernos. En el seno de la monarquía austriaca se opera de algun tiempo á esta parte un trabajo de trasformacion interior, puesto por cierto muy de manifiesto estos dias, con motivo de elecciones para las dietas provinciales de que han hablado hasta la saciedad los periódicos diarios. Esta elaboracion lenta pero progresi- va, si sigue su desenvolvimiento natural y ló- gico, si algun acontecimiento imprevisto no viene á desencauzarla, podrá producir, produ- cirá de seguro en un plazo más ó ménos largo, pero nunca muy remoto, cierta frialdad en las relaciones que existen entre Viena y Berlín, y ese resultado tiene para Europa una trascen- dencia que de seguro nadie ha de desconocer. El punto de partida de esa evolucion es la política conciliadora, inaugurada por el conde de Taaffe. Desde su advenimiento al poder, el presi- dente del Consejo austro-húngaro trata, esto no puede ser más claro, de sustituir con el fe- deralismo el sistema centralizador que hasta ahora existiera en Cisleitánia, lo cual ha de redundar en provecho del elemento eslavo, asegurándole su preponderancia sobre el ele- mento aleman. Los partidos eslavos tienen ya mayoría en el Parlamento y en las dietas provinciales, y se sirven de ella para demoler poco á poco el Estado unitario, baluarte del germanismo, y sustituirlo por la autonomía de las razas que pueblan los diferentes distritos del imperio austro-húngaro. Estos dias, por ejemplo, los polacos y czeques han pedido que se trasladen desde Viena á Lemberg y Praga. capitales de sus respectivas provincias, las Direcciones de los ferro-carriles, pidiendo además la naciona- lizacion, si así puede expresarse la idea, de esos ferro-carriles y el uso oficial de sus res- pectivos idiomas provinciales en sustitucion del aleman. Esta descentralizacion que á primera vista parece no habia de tener gran importancia política, la tendrá á la postre, porque ha de re- ducir grandemente la supremacia vienesa, y contribuir no poco al afianzamiento de la au- tonomia provincial. Las reformas federalistas habrian sido, á no dudar, más numerosas á estas fechas, si la mayoría eslava de que hablé hace un momen- to, no estuviera compuesta de elementos que resultan, desde el punto de vista político, por todo extremo heterogéneos. En ella están re- presentadas desde las más sinceras aspiracio- nes democráticas, hasta las más arraigadas aficiones clericales y aristocráticas. No hace mucho, creo que en mi último ó penúltimo trabajo de este género, hablé á los lectores de la REVISTA IBÉRICA sobre el voto re- caido en la Cámara acerca de un proyecto de instruccion primaria. ¿,Qué sucedió en esa oca- sion? Que áun cuando la ley estaba inspirada en un criterio altamente reaccionario, los fede- ralistas liberales la apoyaron con toda su in- fluencia, y la hicieron triunfar al fin, para no comprometer la suerte de la mayoría eslava, y que los polacos la apoyaron igualmente, con la sola condicion de que la tal reforma escolar no fuese jamás aplicada á Galitzia. Estas anomalías y la lentitud en la marcha de la política, que es su consecuencia lógica, no cesará tan pronto, y que por poco que du- ren dudarán los dos años que faltan para que con arreglo á la ley se renueve el Reichrath. Sólo entonces, merced a la nueva ley elec- toral, el número de diputados de orígen esla- vo será bastante considerable para constituir mayoría, prescindiendo de la fraccion clerical- feudal. Hasta entonces, claro es que los esla- vos habrán de contentarse á falta de otra cosa, con aceptar á cuenta algunas pequeñas refor- mas que les ofrece el ministerio presidido por el conde de Taaffe y con conquistar poco á poco mayoría de votos en las diferentes dietas provinciales, como acaba de suceder á raíz de la disolucion de la dieta de Bohemia. Pero esta misma lentitud, esta misma parsi- monia, ha de contribuir á que sea más firme y segura la trasformacion de que hablo y que preocupa hoy á Europa entera, y lo será tan- REVISTA IBÉRICA. 187 to más cuanto que á ello contribuyen no poco 1os desaciertos del partido aleman propiamente dicho. Este partido del cual es jefe el diputado germanófilo y antisemítico señor Scheænerer, perdida la esperanza de luchar victoriosamen- te contra las aspiraciones eslavas, viendo que por momentos se acerca el final de la domina- cion gérmánica en Austria, se lia la capa á la cabeza, como se dice vulgarmente, y jugándo- se el todo por el todo, pide nada ménos que la anexion á la corona de Guillermo III de Alema- nia, de todas las provincias gérmanicas del imperio austriaco. Scheænerer y sus amigos están haciendo más daño al germanismo con sus declamacio- nes ridículas, con su intolerancia nacionalista, con sus excentricidades, que los mismos esla- vos á quienes pretenden exterminar, porque los sentimientos separatistas que acabo de se- ñalar y de que ellos con bien poco sentido po- lítico están alardeando, no pueden ménos de hacer sospechar á la inmensa mayoría de las poblaciones austriacas. Cierto que (y me extiendo tanto sobre este punto porque es, á no dudar, la nota saliente de la política esta quincena) la política conci- liadora del gabinete Taaffe no ha obtenido to- davía ninguna victoria ruidosa, pero cuando ménos tiene el indiscutible mérito de haber hecho comprender á los constitucionales ale- manes la necesidad, de dia en dia más impe- riosa, de renunciar á sus pretensiones de su- premacía sobre las demás nacionalidades que componen el imperio austro-húngaro, y de aceptar el principio de la igualdad de razas que proclama el conde de Taaffe. Esto no debiera ser para ellos un sacrificio, porque no pueden temer convertirse en opri- midos, toda vez que el principio federalista garantiza su autonomía en las ciudades y en las provincias donde se hallan en mayoría. Para concluir y resumiendo: las posiciones estratégicas conquistadas por los eslavos en lo política provincial y comunal, están perdi- das definitivamente para el germanismo, y puede decirse, sin temor de equivocarse. que Austria-Hungría irá siendo cada vez más fede- ralista y más eslava, ó lo que es lo mismo, cada dia estará ménos dispuesta á amoldar su política exterior á la de Alemania. ¿Puede alguien desconocer la importancia de seme- jante acontecimiento? * * * No es Austria el único Estado de Europa donde sucesos de estos dias indiquen trasfor- maciones en la manera de ser interior. En Inglaterra se verifica un período muy semejante, aunque no de razas, claro es, puesto que allí no puede nunca tratarse de eso, sino de partidos. A poca atencion que se preste á las evolu- ciones de los partidos políticos de Inglaterra, se ve que en la política inglesa se opera un movimiento curiosísimo y significativo que yo no puedo pasar en silencio si estos artículos quincenales han de responder al pensamiento de mi ilustradísimo amigo, el director de esta REVISTA. Parece que las opiniones se van aquilatan- do, que las diferentes fracciones del partido liberal se van deshaciendo de todo el lastre ajeno á su orígen y tratan de recobrar la auto- nomía política que habian sacrificado en aras de la comun conveniencia. El partido liberal triunfó en la última con- tienda electoral, gracias á concesiones mú- tuas; tratábase de derrotar á un ministro con- servador grandemente poderoso, y todas las fracciones adversarias se unieron en estrecho lazo para derrotar á lord Beaconsfield; pero como sucede siempre en casos semejantes, no es lo mismo estar unidos durante la batalla que despues de la victoria, si bien allí esa des- union que era de temer, fué evitada por un hombre superior, un estadista distinguidísimo, Mr. Gladstone, que por fortuna sabia ser tan simpático á los llamados liberales como á los radicales. Solamente él con su gran prestigio, con su incomparable talento podia unir en un minis- terio verdaderamente homogéneo, elementos que, aunque no lo parezcan, son muy dis- tintos. Pero Mr. Gladstone, ó por sus achaques ó por su edad, está ya poco en disposicion de luchar eficazmente contra los obstáculos gran- dísimos con que su política tropieza, y una de las primeras manifestaciones de esa falta de posibilidad material, es indudablemente lo que sucede hoy en Inglaterra. Las aspiraciones encontradas de varios elementos de la mayo- ría parlamentaria de la Gran Bretaña van que- brantando á la situacion actual, y como ló- gica consecuencia de esto, los conservadores que parecian no tener probabilidad alguna de reconquistar el poder, van ganando terreno, porque en varias cuestiones de estos dias, su criterio, por virtud de un fenómeno político que no quiero entrar hoy á analizar, ha triun- fado, y esto ha producido la natural reaccion en los elementos radicales de la mayoría y del gobierno, que reivindicarán tarde ó temprano sus aspiraciones y que acabarán por promover una excision que pudiera ser de consecuencias fatales para el Reino-Unido, donde no creo equivocarme asegurando que no hay ni en la izquierda ni en la derecha hombre bastante vigoroso, ni de talentos suficientes, para he- 188 REVISTA IBÉRICA. redar al ilustre estadista que hoy rige sus des- tinos. * * * En Rusia, los errores de los consejeros del czar, que para desgracia de aquel imperio aconsejaban á Alejandro III despreciara el clamoreo de los elementos liberales, han co- menzado ya á dar su fruto fatal. Los revolucionarios se agitan; el nihilismo vuelve á las andadas; por todas partes cunde el terror pánico que hace poco tiempo reina en el estado endémico en aquel país, y los ma- nifiestos políticos de los partidos ilegales y de las sociedades secretas menudean como en el período álgido de la agitacion nihilista. Las consecuencias pueden ser terribles. ¿Y á quién en ese caso habrá que culpar? A los ministros que comprometiendo los intereses de su soberano y acaso acaso su vida, le acon- sejaron caminar contra las corrientes liberales y reformadoras de nuestra época, y contra el espíritu dominador del progreso. Locura insigne es tratar de oponer un valla- dar á las aspiraciones de los pueblos modernos; el que lo intente es arrastrado por la impe- tuosidad de la corriente, y Alejandro III, que tiene la triste experiencia de la desgracia hor- rible de su augusto padre, debiera haber pen- sado en ello antes de dar oidos á malos conse- jos que la Europa moderna censura hoy amar- gamente. Angel de Luque. ---- SONETOS. -- LA VIDA. - Si la vida es la lucha, ya ha luchado; si es senda fatigosa, la ha seguido; si es un hermoso sueño, lo ha tenido; si es dicha que no llega, la ha esperado. Marino, obrero, viñador, soldado, todo aquel hombre por azar lo ha sido, cayendo en tal miseria y tal olvido que hasta el santo hospital le fué cerrado. ¡Ay! la amargura que llenó su pecho, como el mar rebosóle noche y dia, mas al sentir la muerte junto al lecho y el beso helado en su mejilla fria ¡perdon, Dios mio! dijo, ¿qué habré yo hecho? ¡Para morir... es pronto todavía! * * * EN POS DE LO VARIABLE. -- Junto al cristal de tus balcones era: viendo aquel cielo que enlutó el nublado, ¡cuántas veces, bien mio, hemos soñado con la vuelta de alegre primavera! Tras el Marzo por fin tornó lijera; de verdes vides se cubrió el collado, de rayos de oro el horizonte amado, de fresca grama la genial ribera. Y otra vez asomados, tristemente soñamos con las brumas del invierno, y el tibio fuego del hogar caliente, buscando el bien tras el variar eterno, sin pensar que en nosotros, hondo ambiente, llevamos nuestro cielo ó nuestro infierno. José M Matheu. ----- REVISTAS EXTRANJERAS. ----- ÚLTIMOS NÚMEROS PUBLICADOS. -- ACADEMIA DE CIENCIAS DE PARIS. SUMARIO.-ASTRONOMIA: Loewy. Nuevos métodos para la determinacion de las ascensiones rectas y de las declinaciones absolutas de las estrellas.-Cornu (A.) y Obrecht (A.) Estudios experimentales relativos á la observacion fotométrica de los elipses de los sa- télites de Júpiter.-Callandreau (O.) Sobre el cálcu- lo de las variaciones seculares de los elementos de las órbitas.-MATEMÁTICAS: Perrin. Sobre la teoría de la forma binaria de sexto órden.-Barbier (E.) Sobre una fórmula de Lagrange, generalizada por Cauchy. Nueva generalizacion.-FÍSICA MATEMÁTI- CA: Ledieu. Recíproco de la homogeneidad. Seme- janza de las fórmulas.-Quet. Sobre las relaciones de la induccion con las acciones electro dinámicas y sobre una ley general de la induccion.-FÍSICA: Becquerel (H.) Máxima y mínima de extincion de la fosforescencia bajo la influencia de las radiaciones infra rojas -FÍSICA APLICADA. Brettes (Martin de). Impresion automática de los despachos telefónicos ó transmitidos por la luz.-MECÁNICA APLICADA. Tresca. Estudio sobre deformaciones en el forjado.-QUÍ- MICA. Demargay (Eug ) Sobre el sulfato de thorio.- QUÍMICA ORGÁNICA. Combes (Alf.) Sobre una base derivada de la aldeyda crotónica.-Robinet y Colson. Investigaciones sobre la mesetylena.-Noussette Ob- servaciones sobre la fermentacion del pan.-FISIO- LOGÍA. Marey. Empleo de las fotografias parciales para estudiar la locomocion del hombre y de los animales.-Bert (P.) Sobre la accion de las mezclas de aire y de vapor de cloroformo y sobre un nuevo procedimiento anestésico.-GEOLOGÍA Grand'Henry. Sondeos de Rilhac (cuenca de Brassac) y de Touss- heu (Isére).-BOTÁNICA. Vesque (J.) Concomitancia de los caracteres anatómicos y organográficos de las plantas.-GEOGRAFÍA: Venukoff. Resultados cientí- ficos de los viajes del coronel Prejeralsky y particu- larmente del tercer viaje al Thibet y á las fuentes del rio Amarillo. Astronomía.-M. Loewy continúa el estudio de los dos nuevos procedimientos que propone _para la deter- minacion de las constantes fundamentales que inter- vienen en las investigaciones de las ascensiones rectas y de las declinaciones absolutas de las estrellas, que son la inclinacion del eje instrumental sobre el Ecuador y la otra la colimacion polar, y considera el caso, no ya como lo hacia anteriormente de observaciones aisladas, sino el de cálculos ejecutados en un Observatorio, de- REVISTA IBÉRICA. 189 duciendo que el segundo procedimiento es el que per- mite obtener en la determinacion de las incógnitas una exactitud que ningun método de los seguidos hasta el dia permite alcanzar. MM. Cornu y Obrecht describen los estudios compa- rativos que han efectuado operando con un astro artifi- cial de brillo variable segun una ley conocida á priori, deduciendo de la aplicacion que hacen á la observacion de los eclipses de los satélites de Júpiter, que con el método propuesto por ellos se puede reducir á un pe- queñísimo numero de segundos el error fortuito sobre la época del semi-brillo en el caso del primer satélite, re- sultado muy conveniente para la determinacion apro- ximada de las longitudes y mucho mejor que los que suministran las observaciones actuales; pudiéndose en- tonces tratar de la eliminacion ó correccion de los er- rores sistemáticos que aparezcan, mientras que en la actualidad, estos se pierden en la magnitud de los erro- res accidentales. Física matemática-M. Quet deduce de una serie de observaciones la regla siguiente que resuelve segun él el problema de la induccion: la direccion de la fuerza de induccion coincide con la de la accion electro-diná- mica que ejerceria el sistema inductor sobre un ele- mento de corriente ficticia colocada en el punto del espacio, campo donde se encuentra el elemento inducido y dirigido segun la velocidad relativa de éste, su inten sidad es la mitad de la fuerza electro dinámica que ac- tuaria sobre este elemento ficticio, si los dos fluidos que le atraviesan en sentido opuesto tuviesen en conjunto una cantidad de movimiento igual á la cantidad de mo- vimiento relativo de la masa inducida. Físicas.-M. H. Becquerel que sigue brillantemente las huellas de su padre, describe unos interesantes ex- perimentos efectuados por él sobre los sulfuros de calcio, astroncio y bario, hechos préviamente fosforescentes, sometiéndolos á la influencia del espectro solar y que demuestran que los rayor infra-rojos hacen experimen- tar á aquellas sustancias una extincion parcial que se manifiesta muy rápidamente, si bien no todos de la misma manera y con la misma claridad; en lo que se refiere á los máximos de extincion ha observado que los mayores los presentan los cuerpos en los que la excita- cion fosforogénica es más grande á los rayos ultra- violetas. Mecánica aplciada.-M. Tresca da cuenta de una serie de experimentos sumamente importantes sobre el trabajo de los metales y que permiten establecer algunos datos muy útiles para el estudio de los fenómenos prin- cipales que se presentan en el forjado. Física terrestre.-M. de Chaucourtois despues de hacer un ligero estudio critico de algunos de los apara- tos autonnáticos destinados en la actualidad á hacer el estudio de los movimientos micro nímicos, propone como el más perfecto uno ideado por los Sres. Lalle- mand y Chesnau, que consiste en un péndulo cuyo peso es una lente convrergente á la que se hace atravesar por un haz luminoso que tiene orígen en un punto fijo con relacion al péndulo y cuya imágen conjugada, dada por la lente, va á dibujarse sobre un papel fotográfico, prestándose el aparato no sólo al estudio de los movi- mientos micro nimicos, sino tambien al de las varia- ciones aparentes de la vertical. Química orgánica.-M. Alf. Combes ha encontrado una base oxigenada derivada de la aldeyda crotónica, C8 H16 N2O posee una reaccion claramente alcalina, absorbe rápidamente el agua con desprendimiento de calor, formando un cuerpo blanco cristalizado que se obtiene fácilmente añadiendo agua á la disolucion en eter, hay precipitacion inmediata. MM. Robinet y Colson describen un Glycol mesitgéni- CH2 OH co, cuerpo nuevo que tiene por fórmula C6 H3 {CH2 OH} CH3 y tratan de probar que el dicloruro y el dibromuro de mesitylena obtenidos por la accion del cloro y del bro- mo sobre el vapor de mesitylena, son idénticos á los éteres diclorídrico y dibromídrico de este glycol. Química analítica.-M. Lecog de Bocibaudran se ocupa en la separacion del gallium del ruterio, del os- mio, del arsénico y del selenio. Fisiología.-M. P. Bert deduce que una serie de ex- periencias hechas sobre un perro.-A. Que la muerte sea lenta ó súbita, siempre el corazon continúa mar- chando despues de la cesacion de los movimientos res- piratorios, no habiéndose mostrado nunca síncope car- diaco.-B. Despues de una anestesia de muchas horas no pasa el cloroformo á la orina.-C. Con dósis muy débiles se puede hacer circular por los pulmones una cantidad enorme de cloroformo sin otro fenómeno obje- tivo que el descenso de temperatura.-D. Con dósis más fuertes se hace una muerte lenta con gran descenso de temperatura, pero la sensibilidad persiste.-E. Con dósis más fuertes, cuando la insensibilidad se mani- fiesta claramente, la muerte es consecuencia de la res- piracion contínua de mezclas cloroformizadas; cuanto más ricas son las mezclas en cloroformo, más rápida es la muerte y ménos baja la temperatura del animal. El nuevo método que propone es dar al perro la mezcla de 12 por 100 y al cabo de algunos minutos la del 8 por 100, y para el hombre la conveniente á esta relacion. REVUE HISTORIQUE. SUMARIO.-Fustel de Coulanges, del Instituto: Estudio acerca de la inmunidad merovingia.- C. Dardier: Juan de Serres, historiógrafo del rey: su vida y sus escritos 1540-98.-F. Decrue: Estudio de las ideas po- líticas de Mirabeau (continuacion).-R. de la Blan- chère: Exidium Montisfortini, 1557.-Boletin histó- rico.-Reseñas de crítica.-Publicaciones periódicas y sociedades científicas.-Crónica y bibliografía. Entre los estudios históricos y los trabajos críticos que contiene esta importante publicacion, merece ser especialmente mencionado y extractado el que consagra á la nueva biografia de Maquiavelo, del escritor italiano Pasquale Villari. La época, el hombre y la doctrina, tales son los puntos de vista que en los dos volúmenes de que consta el libro, tiene presentes Villari. En la extensa introduccion del primer libro, el autor muestra cuán necesaria fué una reforma política á fines de la Edad Media para hacer que Italia adoptase una posicion estable. No se verificó esta reforma, y de ahí parte el autor para explicar las invasiones ex- tranjeras que empezaron á desolar aquel desdichado 190 REVISTA IBÉRICA. país, tan debilitado de antemano por las disensiones interiores. En cambio en el órden intelectual se operó una ex- traordinaria revolucion: el estudio de las letras clásicas introdujo nuevos elementos de vida tanto en las cien- cias como en las artes y este renacimiento intelectual inauguró los tiempos modernos. El primer capítulo del segundo volumen se titula El siglo de Julio II. Despues pasa el autor á contar la vida de Maquiavelo. Sabido es que despues de la caida de los Médicis, restableció Florencia el gobierno liberal. Villari muestra los esfuerzos de Maquiavelo en esta época, para evitar que su patria sufriese la misma debilidad que poco á poco fué invadiendo todos los estados de Italia. En su concepto, el remedio estaba en un ejército nacional que con una organizacion firme hubiera impedido que Forencia cayese de nuevo bajo el despotismo de los Médicis cuando se les presentó nueva coyuntura de recobrar el gobierno, para reprimir nueva- mente la libertad. El panegirista de Maquiavelo pone aquí de relieve la tan debatida honradez de su héroe. Se afirma gene- ralmente que, viéndose pobre y padre de familia, habia sido esto causa de sus esfuerzos para obtener un empleo de los Médicis. Para el escritor que nos ocupa, no hubo semejantes móviles interesados. Las humanidades fueron siempre objeto preferente de atencion para el escritor florentino, y por ende los negocios públicos eran el elemento necesario de su vida intelectual. Ardiente partidario de la libertad, no perdía la es- peranza de rendir nuevos servicios á su causa, que pa- recia perdida por entonces. Pasquale Villari cita en apoyo de su afirmacion las tres cartas escritas despues de la caida de Soderini, una parece que á Alfonsina Orsini y las otras dos al carde- nal Médicis. En estas cartas aconseja Maquiavelo á los nuevos señores la prudencia en las represalias y en el desquite que deseaban tomar de las pérdidas sufri- das en el destierro; les pone en guardia contra los ca- lumniadores de Soderini y tambien hace indirectamen- te la defensa del desgraciado gonfalonero. Pero lo que más contribuye, segun el panegirista, á la justificacion de Maquiavelo, es el discurso acerca de "las reformas que debian hacerse en el Estado de Flo- rencia," trabajo escrito, como es sabido, por encargo del papa Leon X. Preso despues de haber sido acusado de complicidad con los conjurados Capponi y Boscoli, escribió tres so- netos que atestiguan en contra de su carácter. Alguien, en vista de la bajeza con que el poeta implora la gracia de Julio de Médicis, ha negado que esos sonetos fuesen de Maquiavelo. Villari reconoce la autenticidad; pero niega que lle- gasen á manos de Julio de Médicis ni que fuesen diri- gidos seriamente á él: "son, dice, la carcajada cínica de un alma encolerizada." Y así continúa el optimista escritor defendiendo unas veces y encomiando otras al acusado en todos los episodios memorables de su agitada y accidentada exis- tencia. REVUE SUISSE. SUMARIO.-I. Estado político y social de Italia; por el Marqués de Alfieri.-II. La encantadora; por M. José Noël.-III. El teatro contemporáneo en España; por E. Rios.-IV. La prevision del tiempo y la metereo- logía general; por M. E. Durand-Greville.-V Quin- ce dias en Italia; por M. Maarc Monnier.-VI. La música en el siglo XVIII; por M. William Cart.- VII. Crónica parisiense.-VIII. Crónica alemana.- -IX. Crónica inglesa.-X. Crónica suiza.-XI Crónica política.-XII. Boletin literario y bibliográfico. El primer artículo que contiene esta Revista perte- nece á la pluma de un vice-presidente del Senado ita- llano y contiene observaciones curiosísimas respecto á la índole de los partidos en la península italiana. "Entre los antiguos, dice, el retórico era maestro en el arte de bien decir. Hoy esta frase se toma en mal sen- tido y no se designa con aquel nombre mas que á las persomas que no ven en el lenguaje más que la forma, sin cuidarse del fondo. Pero como sucede con frecuencia, se ha caido, por reaccion, en el extremo opuesto y es imposible calcular el daño que resulta de la falta de es- mero en la palabra en una época de tanta publicidad y discusion corno la nuestra. ¡Cuántos equívocos, nacidos de una mala retórica, contribuyen á envenenar las dis- cordias sociales!" En 1868 decia Julio Simon: "Hay en Francia tantos partidos y tantas divisiones de partidos, que no resta en el lenguaje político ni una sola palabra cuya signi- ficacion sea perfectamente clara." En Italia puede afirmarse que la confusion no es menor: no sólo cambian las palabras de una region á otra, sino que tienen acepcion diferente segun la escuela ó la faccion que las emplea, sucediendo á veces que la realidad de las cosas no corresponde á ninguna de las muchas formas de expresion. A los vicios de diccion peculiares al territorio, hay que añadir el empleo sin discernimiento de una multi- tud de términos tomados del repertorio de los partidos extranjeros y especialmente de los franceses. De ahí tantos juicios erróneos ó absurdos. La polí- tica se pierde en debates académicos y en querellas de faccion. Se convierte en instrumento de una casta más ó ménos numerosa, cuya formacion varia segun los tiem- pos y cesa de ser á un tiempo el arte y la ciencia de la vida pública. Entendemos por política, el arte de mantener el equilibrio entre los grandes intereses del país, de dar á todas las fuerzas del cuerpo social su accion proporcio- nada y su natural expansion y la ciencia de las grandes leyes morales y económicas y de su aplicacion á la so- ciedad moderna. Un hombre político dotado de clara inteligencia y gran espíritu de observacion se expresaba respecto á Italia en estos términos: "La mayoría de los italianos no tiene aficion á la po- lítica militante; las asociaciones políticas no rompen el silencio sino con grandes intervalos y en hora fija. La prensa que podria servir de poderoso auxilio al espí- ritu público y un activo instrumento de propaganda, reducida á vivir en una atmósfera de indiferencia uni- versal, pagada por lectores que no le exigen general- mente más que distraccion, la prensa, al ménos la de provincias, tiene en la capital un corresponsal encar- REVISTA IBÉRICA. 191 gado de trasmitir y comentar las noticias, motivo por el cual cada dia es más notoria la centralizacion polí- tica en el Parlamento. Al lado de esta abstencion del mayor número, existe una minoría, ínfima en ciertas provincias, bastante considerable en otras, en perpétua asechanza de coyunturas en que sacar partido de sus doctrinas Esta minoría aprovecha todas las debilida- des del gobierno para propagar la indisciplina y acos- tumbrar al país á despreciar las leyes " REVUE POLITIQUE ET LITTERAIRE. SUMARIO.-Un proyecto de fiesta patriótica; por monsieur Francisco Bonellier (del Instituto).-Hilaire Ger- vaie, narracion; por M. Leon Barrancand.-Mr. Du- faure y el último partido republicano, segun M. Picot; por M. Emile Beaussire (del Instituto.)-Estudio del inglés en Francia, carta á M. Guillaume Guizot; por M. James Darmesteter.-M. Gread; por M. Berard- Varagnac.-Miscelánea literaria.-Boletín. Mr. Jorge Picot acaba de publicar una biografia completa de M. Dufaure, bien recargada de datos al es- tilo inglés, á partir de los primeros años del ilustre ora- dor, y sin omitir ningun detalle que pueda presentarle con perfecta claridad en toda su larga y laboriosa carre- ra. En familia, en el colegio, en la facultad de Derecho, en los tribunales de una populosa ciudad de provincia; como diputado en la oposicion y en el poder; como sub- secretario de Estado y ministro de la monarquía de 1830, de la república en 1848; en las causas célebres del segundo imperio que por espacio de muchos años fueron el asilo de la elocuencia, y finalmente, despues de las terribles pruebas de la guerra extranjera y de la guerra civil, figura en primera fila entre los hombres de Es- tado que han trabajado en pró del engrandecimiento de Francia. M. Dufaure, á pesar de su versatilidad política digna de fijar la atencion, no ha cesado de merecer universal respeto. El rey Felipe, el general Cavaignac, el prínci- pe Luis Napolcon, M. Thiers y el mariscal Mac-Mahon, le han tenido sucesivamente de ministro; ha servido las causas más diversas, y en todas ha desempeñado uno de los primeros papeles. M. Picot no encuentra en todo esto asunto de censu- ra. En la última parte de su estudio se limita á exponer con una simpatia sin reservas, los hechos en que él ha tenido alguna parte especial. ------ NOTA. - Hemos recibido, y agradecemos á sus autores; las siguientes obras: El Vierzo, su descripcion é historia, tradicio- nes y leyendas; por D. Acacio Cáceres y Prat.-Esta preciosa obra que ha merecido unánimes elogios de gran parte de los periódicos de Madrid y de provincias, cons- tituye un elegante tomo, donde el autor ha demostrado una vez más, las singulares dotes que como poeta le adornan, y se ha dado á conocer como prosista fácil, ameno y castizo. Bellas descripciones tomadas del natural; interesan- tes leyendas recogidas allí mismo de labios del pueblo y engalanadas con todos los primores del arte, tales son el fondo y la forma del libro que nos ocupa. La literata; por D. Antonio Corton.-Una de las primeras obras presentadas al público por la Biblioteca Diamante, lleva el título que encabeza este párrafo. Gracia en la forma y extremada crueldad en las ideas, son las cualidades distintivas de este libro. Por un procedimiento de concentracion, verdadera seleccion inversa, ha procurado el señor Corton acumu- lar en 56 páginas todas las diatribas, acusaciones y mofa que pueden dirigirse contra la mujer que, abando- nando el amor de la familia, suficiente á sublimar á la ménos inteligente ó favorecida por la naturaleza, se lanza sin instruccion ni talento á competir con los hom- bres de más talla en las lides literarias, confundiendo los sentimientos que hermosean al bello sexo con un sentimentalismo cursi y enfermizo. El cuadro que el autor de La literata nos pinta, apa- rece tan recargado de ironia y de saña, que el prologuis- ta señor Nombela, ha creido conveniente, con beneplá- cito del autor, hacer las oportunas salvedades en pró de aquellas mujeres que, consagradas al arte, no en des- prestigio de su familia, sino en su honor, ni en uso de un sentimentalismo ridículo y una educacion deficien- te, sino utilizando las delicadezas de que es capaz el co- razon de una mujer inteligente, culta y bien educada, enriquecen con producciones del pensamiento, la litera- tura de su país. Con este antídoto, aceptado en prueba de sinceri- dad por el autor, La literata es una verdadera sátira social. El pícaro mundo; por D. Julio Nombela.-Esta breve novela, desarrollada con naturalidad y sencillez, es el primer volumen de la Biblioteca Diamante. El público conoce de antiguo al Sr. Nombela, y no necesita éste de nuestros elogios, puesto que nos tendria- mos que limitar á repetir lo que tantas veces ha dicho la prensa. Catálogo de la Biblioteca clásica, dirigida por D. Luis Navarro.-Reunir en una serie de tomos de buena impresion y fácil lectura las obras célebres de los autores clásicos griegos, latinos, alemanes, ingleses, franceses, italianos y portugueses, aprovechando las traducciones que tienen merecida fama, corrigiendo las que, por la depuracion moderna de los textos origina- les y los adelantos de la crítica deban ser enmendadas, y vertiendo por primera vez al castellano aquellas que no lo han sido, es el objeto de la Biblioteca Clás ca, la cual comprenderá tambiem las obras más reputadas de autores españoles. Se publica en tomos en 8.°, elegantemente impresos en papel satinado, de 400 á 500 páginas. Las traducciones están hechas directamente del idioma en que fueron escritos los originales y por las personas más competentes. -------------------- Madrid 1883.-J. Lopez, impresor, Caños, 1 triplicado. 192 REVISTA IBÉRICA. CUADRO QUE REPRESENTA la derivacion histórica de las lenguas indogermánicas (*). (*) Este cuadro ó árbol genealógico es el que citamos en el número anterior, pág. 160.