La
ciudad es un hormiguero humano que también se extiende
por la superficie,por donde deambulan miles de personas
para crear unas condiciones de vida solidaria y egoísta.
La madre protectora exige implacable y severa la colaboración
de cada ciudadano para el mantenimiento de este contradictorio
engranaje.
En
sus principios- cuando la ciudad no era sino un castillo-
se la representó como un anillo puntiagudo y firmemente
cerrado, flotando en la distancia. Con los años,
las murallas fueron perdiendo vigencia y aquella visión
hermética dio paso a un decorado de escasas proporciones,
hecho de cartón piedra, donde sus gigantescos habitantes
representaban escenas y lances: el hombre había
tomado conciencia de su primacía en al tierra.
Luego
vinieron las ciudades topográficas, de detalladas
proporciones, pintadas piedra a piedra. Las ciudades rodeadas
de atmósfera que, al crecer, se convirtieron en
humo de colores, tan evanescentes y misteriosas que apenas
existe la ciudad romántica. Al poco tiempo, las
ciudades se transmutaron en un incesante estallido de
partículas, ilegibles en su proximidades, a las
que sólo se podía reconocer en la distancia.
Con
el encumbramiento de lo primitivo, en el siglo XX, se
originaron unas ciudades de monstruosas construcciones,
hechas con planos turbios y parduscos y las nuevas ciudades
que juegan al escondite, como un enredo de ovillos deshilachados.
La
presencia pertinaz del automóvil las convirtió
en costras de asfalto rajado, fatigado de soportar pisadas
y ruedas.
Hasta
que un día, al comprobar que son el estricto retrato
de todos aquellos que las habitan y las habitaron en otros
tiempos, se las consideró culpables de nuestras
ansias depredadoras y nos avergonzó representarlas
como nos avergüenza pintar retratos de ciudadanos_as.
Manuel Domingo Castellanos