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Pieza del mes diciembre 2009
- La pieza
- Biografía
- El cuadro
- Biografía del artista
- Ficha técnica
INTRODUCCIÓN
Artista de una marcada estética en sus obras y fiel a su estilo pictórico, Cristino de Vera fue una pieza clave para entender el arte contemporáneo español. Considerado por muchos como uno de los mejores transmisores de la «angustia» a través de sus lienzos, trabajó en ellos una paleta cromática basada en los ocres y tierras, donde la ausencia de brillos, las estilizaciones y un halo casi religioso otorgarán a su obra un silencio perfectamente transmitido al espectador.
El ascetismo, tan presente en su obra, es elaborado por el artista por medio de composiciones con marcadas líneas constructivas, enjutas masas y una ausencia de relieve que van a dotar al lienzo de una gran espiritualidad alejada de cualquier frivolidad. Esto es más que evidente en sus bodegones en los que podemos observar la influencia de la pintura española del siglo XVII. Su maestría, personal y reconocible, es un alarde técnico donde la capa pictórica parece haber sufrido el desgaste y la erosión del tiempo. Así sus lienzos parecen raspados o construidos a punta de pincel, lo que otorga una personalidad creadora avasalladora y que se ha mantenido al margen de las modas para decantarse por una pintura profunda, emocional y muchas veces adjetivada como «franciscana» por su simplicidad y el uso de tonalidades. Cristino plasma así una belleza conceptual basada en lo lírico y ascético que, sin aparentemente pretenderlo, recoge la tradición pictórica del Barroco español, despojándolo de elementos superfluos y presentándonos su esqueleto, tanto en forma como en tonalidad o concepto. Quizá, toda su obra se resuma en el comentario que realizó en una de sus últimas entrevistas
Lo importante es contemplar las cosas. El hecho de pasar por un museo no significa nada, no sirve para nada. Hay que buscar el silencio, la paz y el tiempo para poder reflexionar
Su exposición en las dependencias del Ateneo de Madrid se realizó en el mes de abril de 1959, justo cuando el artista comenzaba a despegar como una de las figuras clave para entender el arte contemporáneo. De esta muestra el Ateneo conserva un lienzo que resume perfectamente las maneras de hacer del artista, sin lugar a dudas una obra clave en la trayectoria de Cristino de Vera.
EL CUADRO
Tras la exposición que el artista realiza en las dependencias del Ateneo de Madrid en 1959, la obra entra a formar parte de la colección del Ateneo por donación de su autor. Sin lugar a dudas es una obra que representa la esencia de Cristino de Vera, de su hacer pictórico y de su peculiar forma de entender la creación artística.
Un bodegón es la temática elegida para llenar una sarga que llega a quedar descubierta a la indiscreta mirada del espectador. De marcada composición horizontal, una cesta llena de frutas, una jarrón con flor y una palmatoria se sitúan una tras otra, ordenadamente, sin interrumpir sus contornos que quedan perfectamente delimitados por la línea, por un dibujo que predomina sobre el color, siendo este último en base a una extensa gama de ocres, sienas y crudos. Son precisamente estas tonalidades las que, junto con la composición, dotan a la obra de un halo místico y casi religioso. La vertical queda marcada por la contraventana de cuarterones situada a la izquierda de la composición. Esta manera de componer es ampliamente deudora de los bodegones del Barroco español, presentándonos los elementos sobre una mesa cubierta, recordando la esencia de Sánchez Cotán.
Dentro de la obra podemos observar las influencias que Cristino adquirió en su periodo de formación, no tan lejano a la realización de esta tela. Así, la influencia de su maestro –Daniel Vázquez Díaz– es patente en el uso de los colores azulados con los que tiñe las frutas o en los acusados dintornos de los elementos mostrados, forzándoles a reconstruirse. También podemos atisbar ya el interés por la abstracción –que un año más tarde invadirá su obra– en cómo nos presenta la flor, casi protagonista del lienzo por su ubicación central y el vivaz amarillo que la construye y donde el artista nos hace centrar la vista para luego recorrer el resto del espacio sencillamente constituido en dos planos, prescindiendo de cualquier otro elemento que distraiga la atención del espectador.
Cristino de Vera Reyes
(Santa Cruz de Tenerife, 1931). Inició su formación en la Escuela de Artes y Oficios de su ciudad natal, trasladándose a Madrid en 1951 para estudiar en la Escuela de San Fernando bajo la tutela de Vázquez Díaz. Su obra se dio a conocer en 1952 a través de una exposición colectiva realizada en la galería Xagra, celebrando en 1954 su primera individual, lo que le impulsará al circuito expositivo madrileño de esos años acaparando la atención de la crítica. En 1959 expone su obra en la sala Santa Catalina del Ateneo de Madrid, tras haber participado en la Bienal de Alejandría y justo antes de obtener la Beca de la Fundación Juan March. Las Bienales de París y Venecia, así como sus exposiciones en galerías extranjeras y un reconocimiento internacional, comienzan a consagrarle como un artista contemporáneo lleno de peculiaridades en su obra ya que se mantiene al margen de las modas imperantes en estos años. No obstante, entre 1960 y 1962 Cristino de Vera introduce en su obra la abstracción, que pronto abandona para volver a sus orígenes y a su peculiar forma de entender la pintura, algo que ha hecho propio y que le ha valido ser considerado como uno de los artistas más fieles a su manera de concebir y crear.
Su trayectoria ha sido reconocida con importantes galardones, entre los que destaca el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1998 o las exposiciones retrospectivas que han realizado Museos como el Reina Sofía o el antiguo Museo de Arte Contemporáneo.
